Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 9 de septiembre de 2013

El mercurio de los termómetros


Oh dulce, dulce, dulce tía de provincias, de visillos siempre echados y primores de aguja, de confiterías cerca de soportales y sobrinos misioneros en África, oh tía, con sus misas parroquiales y su planchado de enaguas, balcones a una plaza mayor donde hay conventos y niños vestidos de primera comunión, y en niños y conventos el sol brilla por igual, mesa camilla, poco comer, poco beber, mucho sufrir, el pie pequeño de la viudez y la fotografía enmarcada de un marido tesorero en una fábrica de estuches de porcelana, cuarenta años de abnegado matrimonio con el tío Roque, ese señor, oh tía, siempre en domingo, tan diminuta, hacendosa, medalla al mérito, fruta escarchada, armarios ordenados y arroz con leche. Siempre tenía los ojos humedecidos y parecía estar lloriqueando por algo. ¿Por qué? No se sabía. Era pulcra. Friolera. Pelo color de bruma. Se alimentaba de nada, de una uva, de un vasito de mistela, de un pellizco de queso debajo de una campana, del misterio de su propia edad. Pertenecía a una congregación de damas de la caridad que organizaba rifas benéficas y belenes vivientes. Era la única que se acordaba de la fecha exacta de nuestro cumpleaños y todos los años sin falta nos enviaba a nuestra casa de la ciudad -por correo- un paquete sentimental que contenía algo dulce y aceitoso, una caja de polvorones, un surtido completo de mantecados, y, después de mordisqueado con desgana, aquello envejecía en la despensa durante meses y meses hasta que de repente alguien se aburría de verlo allí y lo arrojaba al cubo de la basura.                                                                    
Oh tía, y teníamos sus señas y sabíamos que vivía en esa calle concreta, encima de esa farmacia, y un frío y soleado día de invierno nos decidimos a visitarla por fin a su casa de provincias, allí nos presentamos sin avisar y usted no pareció asombrada de vernos y nos recibió en el umbral y roía algo pequeño, oh tía, me parece que una manzana más pequeña de lo normal, la mitad de una manzana, o incluso menos, un tercio, y extrañamente redonda. Así que allí estaba usted, tía, entre sus muebles menguados, royendo su extraña fruta igual que si royese su existencia provinciana y chasqueando la lengua con disimulo. En el suelo, un felpudo saludaba: «Bienvenidos». Nos restregamos los pies por turnos. Nos besamos ante la puerta. Entrad, entrad. Y entramos.
Su casa. Por aquí. El pasillo. Cuidado. Oh. Chocamos unos contra otros. Nos disculpamos. Se abrieron y cerraron puertas que parecían, cómo decir, de matrimonio. Gatos bordados en cojines. Sonería de relojes. Campanillas, tintineos, bisbiseos, roces, casi daba apuro hablar en voz alta, la tía nos precedió, avanzamos de puntillas por el pasillo como con miedo de no llegar o de estropear el aire, de profanarlo, y los objetos danzaban alegremente a nuestro alrededor, en señal de bienvenida, tapetes, fotos, aparadores, espejos, como perros que acudiesen a olfatearnos las manos.
Y una habitación sucedió a otra, y los techos se deslizaron con suavidad hacia atrás, cada vez más rápido, más lento, con sus pesadas colgaduras y sus racimos de lámparas, encendidas o apagadas, y nos salió al paso un velador -hubo que esquivarlo- y una luz gelatinosa latió al fondo del pasillo. O eso nos pareció a nosotros. Tuvimos que atravesar ese aire enrarecido y espeso, lleno del oxígeno respirado en otros tiempos, mangas de abrigo, macetas, líquenes, plantas carnívoras, selvas malayas, bosques de coníferas, islas de plomo derretido, volcanes en erupción, qué odisea. Y al final de todo aquello: un silloncito de orejas.
-Aquí es -dijo la tía. Y añadió, a modo de explicación-: Llevo todo el mes queriéndome comprar un lápiz.
Todo, allí, era de una escala reducida, la silla, la mesa, los libros (no había). El gato, hecho un ovillo en la alfombra, parecía un ratón. Metido dentro de una botella, flotaba suspendido un caballito de mar disecado. Un reloj de cuco (tic) picaba el tiempo (tac).
Pasamos, agachándonos, al cuarto de recibir sobrinos. Ocupamos todo el tresillo y aún faltaba espacio. Estrecheces. A continuación la tía nos preguntó qué tal estábamos de salud y los cuatro respondimos al unísono que bien, que bien. Que si queríamos tomar algo y respondimos café, café. Luego la tía desapareció de nuestra vista engullida por la cocina y después de un laborioso cacharreo regresó de allí acarreando una cafetera de juguete, de la que salía vapor, y la tía surcaba el pasillo arrastrando los pies con su locomotora a cuestas, encorvada como un ciclista, pedaleando como un soldado ebrio, gibosa, haciendo tics con la cara. Encima del tapete de ganchillo estiró un mantel. Blanco. Lo planchó con la mano puesta de canto. Esto llevó su tiempo. A continuación sacó, de no sé dónde, una bandejita de cartón con cuatro dulces, algo mínimo y empalagoso, yemas de no sé qué santa, según nos dijo, y una botella de un licor espeso y monástico, de cuyo contenido vertió un dedalito, nada, una sombra de color, en unos vasos minúsculos.
Estábamos allí, frente a la tía. La tía frente a nosotros. En su casa de provincias de encima de la farmacia. Sin saber muy bien qué decirnos, qué hacer, cómo sobrevivir. Respiramos con torpeza. Olvidamos llenar de aire los pulmones. Nos miramos las rodillas hasta el mareo: ya basta. Y ya nos estábamos arrepintiendo un poco de haber hecho esta visita. Nosotros, los Fierro, somos así. Inconstantes. Queremos una cosa, y luego no la queremos. Queremos otra distinta. Siempre nos pasa lo mismo.

La panza del televisor, apagada, reflejaba en curva la habitación con nosotros dentro de ella. La tía nos regañó: Ya no os acordáis nunca de vuestra tía, nos dijo. Y nosotros -jugando limpio- protestamos con la boca llena de pasta de almendra diciendo que no, que sí, que no, que la prueba era que allí estábamos sentados en el tresillo los cuatro juntos en aquel preciso momento. Carraspeamos. Y, para que no hubiese dudas, enseñamos nuestras manos con las palmas hacia fuera.
Alguien señaló un cuadro de pescadores que colgaba de la pared y la tía zanjó: «Tema de navegantes.» Cuestión agotada; siguiente. Pasamos revista a aquella abigarrada mezcla de planos, de texturas, de superficies, de olores, y en medio de todo aquello: la tía. Nuestra tía de provincias. Dorotea Fierro. Sentada a contraluz. Qué lejos. Más remota que un faro remoto. Encontramos, después de cierto esfuerzo, las cucharillas. Con ellas removimos el ¿café? Masticamos el ¿cabello de ángel? Ingerimos el ¿licor? Después de todo lo cual, nos quedamos quietos y a la deriva, con un sabor monjil en la boca, cada cual a solas consigo mismo y pensando en sus inmundicias.
Pasó un ángel.
-¿Tenéis frío?
-¿Qué?
-Que si tenéis frío.
-No, no. Frío no. Qué idea tan extraña.
-¿Estáis seguros?
-Segurísimos.
-Ah, bueno. Porque si no...
La tía suspiró. La tía siempre suspiraba, con motivos o sin ellos. Nuestra tía Dorotea Fierro, a lo largo de su vida, no había hecho otra cosa más que suspirar y santiguarse por todo y asomarse al balcón y arrebujarse en la toquilla de lana gris y acudir a entierros y procesiones y hacer trabajos de costura con nido de abeja y ser viuda del tío Roque, ese señor, y masticar con eficacia, ante los visitantes, pequeñas piezas de fruta. Salía poco de casa. Sólo asistía, de tarde en tarde, a algún festival de coros y danzas. La tía dijo que ella no era amiga de andar zascandileando de un lado para otro, no, ella no era como esas beatas acaparadoras que se pasaban el día en la iglesia, compitiendo por ver quién de ellas rezaba más deprisa, nada de eso, ella iba una vez a la semana, todo lo más, y gracias. Ella no. Ella, de casa al mercado y del mercado a casa. De ahí no la sacabas. Que Dios es una cosa muy seria que no hay que tomarse a broma, dijo la tía Dorotea, ni desgastarlo, dijo la tía, no conviene abusar de Dios.
Otros temas. La edad. Los años. El tiempo.
-Ay, hijos, a mi edad los años pasan volando y el tiempo no perdona. Vamos cumpliendo ataúdes.
Oh ella también había sido joven, un día, qué nos pensábamos, también ella había cometido locuras con sus amigas, un día, tales como gastar bromas por teléfono a desconocidos o consumir bebidas carbonatadas.
Silencio.
Aquella ciudad de provincias con su catedral roja. Negra. Apaisada. Lenta. Con torres que temblaban contra el crepúsculo de agua y campanarios góticos llenos del sonido de pájaros iguales y música de altavoces. Catedral que no era una, sino miles, repetida incansable en los perfiles cambiantes de las postales chillonas para turistas ofrecidas por unas pocas monedas a todas horas, en todas partes, a lo largo de zaguanes húmedos y soportales con dibujos de tizas escolares y el eco de voces infantiles escurriéndose escaleras abajo, hacia el río que siempre hay a mano izquierda según se baja, no tiene pérdida.
Y la catedral crecía y crecía, enorme, no paraba de crecer y de estrellarse contra sus piedras, alta como una marea, curvada y húmeda, rebosante del oleaje verde de sus vidrieras y del rumor de sus misas. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Sus muros de roca viva custodiaban, en una urna, las reliquias de algún mártir local capaz de obrar un milagro, devolver la vista a un ciego, pongamos por caso, y allí estaban, en la urna, los huesecillos del mártir.
Y olía a cera (y también un poco a cacao), el olor de los cirios derretidos se esparcía por toda la calle, impregnaba la ropa, se colaba en los comercios de salazones y encurtidos, tomaba al asalto el Ateneo, donde un ujier dormitaba entre bustos de escayola, cruzaba los jardines hechos no tanto de árboles y plantas como de memoria y pasado, se filtraba por debajo de las puertas hasta la mesa puesta de los conventos donde había un bodegón compuesto por un mantel blanco, una hogaza de pan, una jarra de agua y un huevo duro blanquísimo y como recién pintado: la cena. Y todo el valle cenaba al mismo tiempo, las cocinas bullían de animación y conversaciones y por las plazas empedradas y desiertas de la ciudad de provincias no quedaba nadie, ni un solo transeúnte, el viento las recorría empujando la fuga de una hoja de periódico, el templete para la banda de música gemía de soledad, nadie, sólo se veía pasar de vez en cuando la sombra cinematográfica de un gato recortada contra el muro o a la última beata apresurada, Dios nos asista, que volvía tarde del médico, de medirse la tensión. Y al cabo de poco rato las luces de algunos balcones comenzaron a cabecear y apagarse y se oyó el crujir de los muelles de las camas y el sueño que cerraba los párpados se fue adueñando de todos y de todo.
Nuestra visita tocaba a su fin. La tía se levantó de su mecedora, se compuso el cabello completamente blanco, de una blancura de polvorón, de repente el tiempo retrocedió con un salto de lince y por un instante volvió a ser la joven Dorotea del pasado, alegre, tierna, asustadiza, la que sentía miedo del mercurio de los termómetros, con trenzas rubias y medias, el día de su boda con el tío Roque, ese señor, ni viva ni muerta, la que nos mima, nos malcría, nos consiente todo tipo de caprichos y disparates, nos regala álbumes de cromos y tebeos de superhéroes, nos enseña a leer y a escribir y a montar en bicicleta, nos cura las heridas con mercromina y saliva, cura-sana-mal-de-rana-si-no-se-te-cura-hoy-se-te-curará-mañana, nos seca las lágrimas derramadas por un amor desgraciado, nos consuela, nos hace reír, nos suena los mocos de la nariz y luego, con un cachete en el culo, nos manda de vuelta al jardín, hale, al sol, a jugar con nuestros primos. Pero antes nos estrecha fuerte entre sus brazos olorosos a perfume y aquello nos produce la sensación agridulce de ser abrazados por un rosal silvestre.
Durante una centelleante fracción de segundo, allí mismo, ante nuestros ojos desorbitados, acompañada de un delicioso cosquilleo en la base de la columna vertebral, todo el mundo era joven y se besaba, nuestras madres, nuestros primos, el lechero aquel que sabía silbar por la nariz, comenzó a sonar la música en el jardín, se celebró una fiesta con farolillos de papel, alguien pronunció un brindis, alguien imitó un rebuzno, el jolgorio circulaba entre las mesas, se dispararon cohetes, las parejas bailaron toda la noche envueltas en el brillo tenue de las luciérnagas y luego se perdieron entre los árboles del fondo, extenuadas y alegres, nadie había enfermado aún, y hasta el tío Roque, ese señor, resucitó de su tumba riendo feliz y sacudiéndose de tierra el traje.
Murió. Todo aquello murió. Enterrado. Rip. Un nicho en el cementerio. Una corona de flores. Descanse en paz. Una oración por su alma. Una llama que se extingue. Líos de herencia. Abogados. Pleitos. Peleas entre hermanos. Los terrenos en que se levantaba la casa fueron vendidos en subasta pública, los adquirió un especulador, la piqueta derribó los pocos árboles que quedaban, en el jardín construyeron un aparcamiento vigilado. La tía hoy, semiciega, dormita en su silla de ruedas, y ni siquiera sabemos si nos reconoce. Oh misterio del tiempo. Las manecillas crujieron. El suave tictac de los relojes marcó la hora. Comenzamos a despedirnos. Adiós a todo esto. Somos fantasmas del pasado que vienen a perturbar su rutina. Nos damos cuenta de ello. Es penoso. Y un día, lejos de todo, solitaria y digna en un asilo, reclinará la cabeza sobre el hombro y todo habrá terminado, oh tía, porque de Dios no conviene abusar.
Volvimos a tomar asiento en el tresillo.

No pasó nada más. Cambio de luces. Luego nos enteramos de que nuestra tía de provincias se enamoró en una ocasión, por primera y única vez en su vida, y sucedió de repente. Ocurrió una tarde en que acudió a la consulta de un médico homeópata, en busca de alivio para ciertos trastornos, digamos, ejem, femeninos. No entremos en detalles. La enfermera abrió la puerta del consultorio, y allí estaba él. El médico homeópata era un hombre triste, tosedor, de hombros caídos y manos resignadas que en aquel momento movían sigilosamente estilográficas y fichas. El doctor dirigió hacia ella sus grandes y perezosos ojos azules y saludó: «¿Cómo estamos?» No dijo más. Dos palabras. Con eso fue suficiente. Basta con tan poca cosa para que un corazón se desgarre y sangre. Nuestra tía de provincias se enamoró a toda prisa, para no tener que arrepentirse luego, y esa misma noche lo dejó escrito en su diario, el diario que heredamos tras su muerte en el asilo, oh tía, junto a su urna con las cenizas, y por eso lo hemos sabido. Sus miradas se cruzaron. Y él dijo: «¿Cómo estamos?» Cometió la indiscreción de enamorarse allí mismo, de pie en medio del consultorio médico, delante de la enfermera de uniforme, qué vergüenza, en cuerpo y alma, nuestra tía Dorotea de encima de la farmacia, cuesta creerlo, con su joroba, su piel seca, sus tics faciales, sus bisbiseos, sus cajitas de música, sus tapetes de ganchillo, su perfil de chimenea, sus mantecados. A la mierda los mantecados. Los seres un poco ridículos también merecemos que alguien nos quiera. Todos necesitamos una mano que nos cierre los párpados cuando nos llegue la hora. Por primera y única vez en su vida nuestra tía de provincias se enamoró de aquel médico homeópata, y fue un amor pequeño, homeopático también, de dosis mínimas.
Después de reconocerla, el médico le dijo que no tenía nada; eran sólo los nervios. Ella volvió a casa más tranquila. Los nervios, sí. Eso debía de ser.
Le vio por segunda vez y última vez en la calle, por azar, pocos días más tarde. Estaba parado delante del escaparate de una relojería, al verla la saludó levantando su sombrero. A su lado, una mujer joven y bonita sostenía a un bebé en brazos. Ella devolvió el saludo con timidez ladeando un poco la cabeza y continuó su camino de pasitos cortos sin decir nada. Era invierno, hacía bastante frío, él tosía. Había nieve en sus hombros.
Estuvo a punto de sucumbir. Trazó un plan. Se arrepintió. Los dos estaban casados. No, no se podía, qué disparate. En la cama de al lado dormía el tío Roque. Ni pensarlo, no. En provincias. En aquel entonces. Encima de la farmacia. Todos se conocían, todos se vigilaban, no se podía. Cargó el resto de su vida con el peso de aquel secreto adúltero. Sin saber por qué, se sintió sucia. Escribió cartas enrevesadas que no envió. Comió manzanas. Se arrepintió. Como quería hacer algo por aquel hombre alto y con sombrero, y no se atrevió a nada más, comenzó a tejerle un jersey de lana, para el invierno. Los hospitales son fríos. Estalló la guerra y al médico homeópata lo empujaron encima de un camión y se lo llevaron al frente, allá lejos, entre vivas y mueras, y ya no regresó. Vino y se fue. Cuánta locura. El jersey de lana quedó a medio tejer, le faltaban los dos brazos. No era el momento de preguntar ni de pedir consejo. Ni pensarlo. No se podía. Ni al confesor, ni a nadie. En la cama de al lado dormía el tío Roque. No, nadie se enteró de aquella pasión enfermiza. Lo enterró en lo más hondo. Mejor así. No pasó nada. Pasó el tiempo. Durante años se dedicó a matar en silencio ese sentimiento, ahogarlo, asesinarlo minuciosamente para poder seguir respirando. La tía destejió el jersey pensado para aquel médico triste con nieve sobre los hombros y con la lana que sobraba tejió un guante de cocina, que resultaba más práctico.
Comió manzanas asadas. Presidió rifas benéficas. Asistió a festivales de coros y danzas. Se volvió friolera, con los ojos llorosos. Y mientras tanto la vida pasó, indiferente, con su menuda caravana de ruidos, fastidios, brindis, obligaciones, enfermedades, sobrinos, viajes, almuerzos, coitos, facturas, regalos, cabalgatas de reyes, domingos, nacimientos y muertes. Y al final de todo aquello: un silloncito de orejas.
Un muro de tiempo, imposible de derruir, los separaba. Allí estaban ellos dos, ambos desconcertados y demasiado tímidos, ella viva y él muerto, como dos actores pálidos retorciéndose las manos en silencio encima del escenario, bajo la luz de los focos, incapaces de pronunciar palabra, y el hecho de haber renunciado a un sueño quizá hermoso y central -la magnitud de ese sacrificio- dotaba a sus existencias triviales de un fulgor fantasmagórico capaz de convertirlos en criaturas épicas. ¿Dónde estaba el amor? ¿En qué fría tumba yacía? Vino y se fue. No pasó nada. Una brizna. En el reloj de cuco pasaron (tic) treinta años (tac).
Existe el orden y existe el caos. Existen medicinas que curan enfermedades imaginarias, dolencias leves del alma, infecciones del espíritu.
Del armario del dormitorio colgaba la ropa, la de ella y la del marido. La ropa que habían comprado juntos en las rebajas y que duraría hasta mucho después de que ambos hubiesen muerto. Y uno de aquellos vestidos, escogido por ella misma, le servirá de sudario.
Oh misterio del tiempo. Hasta que un frío y soleado día de invierno nos decidimos a visitarla en su casa de provincias y la tía nos recibió en el umbral royendo algo pequeño y vagamente espantoso, ¿un pájaro vivo?, y movía los ojos de un lado a otro con algo de pólipo o ectoplasma. Y uno de nosotros, puede que fuera yo, se arrancó de su modorra en el sofá, apuntó con un dedo manchado de nicotina hacia la ventana en sombras y declaró con énfasis: «Ya es tarde.»
Y  luego puntualizó, o puntualicé, más aterrado si cabe: «Muy tarde.»
Y entonces, todos lo vimos, nuestra tía de provincias, asustadísima, hizo un gesto raro, de escalofrío, como arrebujándose en su toquilla de lana, como encogiendo su estatura hasta adquirir la forma exacta de su futuro ataúd.
Oh.