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jueves, 12 de septiembre de 2013

Frontera

Relato Argentino


Viró brusca y torpemente hacia el costado derecho para evitar que la botella de alcohol diera contra el borde de la puerta. Estaba borracho y se bamboleaba a uno y otro lado. Sonreía continuamente y tenía la cara sudorosa y contraída por el bulto del acullico; los pelos le caían sobre la frente dándole un ligero aspecto perruno.
Era una noche de luna, fría y clara, y el rancho se distinguía con toda nitidez en medio de la pampa salitrosa, junto a una hondonada manchada de tolas, a pocos metros del río que señalaba la frontera. La única iluminación en el rancho era el amarillo y tenue resplandor del lento fuego de yaretas encendido en el suelo, junto a una de las paredes de adobe.
Alrededor del fuego estaban los hombres y las mujeres, semi-borrachos, alegres, entusiasmados. Uno de ellos contaba y recontaba el dinero, separando los arrugados billetes en montoncitos parejos sobre un sucio trapo extendido.
-Aquí tenés que hacer dos, pues -dijo una coya obesa de ancha cara, señalando el dinero y refiriéndose a los grupos de billetes.
-¿Por qué dos? -preguntó el que distribuía la plata-. Éste es el de ambos: el tuyo y el de Milagro.
-Los dos hemos arriesgado, los dos tenemos que ganar.
-El Milagro es tu marido y los dos son como uno solo. Conformate con eso -concluyó el que repartía el dinero.
La coya obesa no dijo una sola palabra más y continuo con la mirada fija en los montoncitos de billetes arrugados.
La música chirriante y despareja que salía de la bocina de la victrola se mezclaba con las risas de los hombres. Uno de ellos se había encargado de accionar la manija del aparato; maniobra que repetía constantemente. Había un solo disco y a su ritmo bailaba con agitación. Dos hombres lo hacían entre sí, un tercero marcaba el compás con una larga caña, siguiendo a los bailarines con movimientos de su cuerpo; una muchacha se dejaba estar en los brazos de un mestizo flaco que la abrazaba, sonriendo, sobándole estrechamente las nalgas con parsimonia.
Hacía frío. Afuera soplaba el viento sobre los arbustos, haciéndolos crujir levemente como si fueran papeles estrujados.
-Debieras ser buenito y hacer dos montoncitos de plata -volvió a decir la mujer obesa, hablando como si no fuera ella, con su inmóvil cara de ídolo desenterrado.
Uno de los hombres, el que parecía más viejo, curcuncho y cubierto con un poncho oscuro de mugre y de años, todavía empapado por el agua de la lluvia que había tenido que soportar durante el viaje, se restregaba las manos y repetía para sí mismo, contando los sucios billetes:
-No iré más al ingenio. A ningún ingenio... Ahora no iré más.
El ruido del disco por momentos aumentaba. La pareja que bailaba toqueteándose dejó de hacerlo.
-La semana que viene tengo otro encargue -dijo el que repartía los billetes. Era un hombre delgado, de mediana estatura, pero fuerte. Andaba en eso desde hacía diez años. Tenía la mejilla izquierda atravesada por una enorme cicatriz, producida por una bala de los carabineros bolivianos en la época de la guerra, de cuando trabajaba mucho con el contrabando de cubiertas de automóviles. La cicatriz se extendía casi desde la comisura de los labios hasta el nacimiento de la patilla y por eso cuando se reía -era un hombre jovial-, parecían dos risas: una amplia, de los labios; la otra, insinuada, de la cicatriz. De allí que lo apodaran Risa-y-Media.
-Pero es un encargue más jodido -agregó-. Hay que cogotear la carga desde Abra Pampa.
El que parecía más viejo, sin hacerse eco de lo que los demás hablaban, dijo:
-Le compraré una cruz de fierro... la otra se pudrió y pronto no se sabrá de qué difunto es. Eso es malo para el Juicio Final.
-Este viejo está mamao -dijo otro de los hombres-. Sigue en pedo desde la flechada del martes.
El disco de la victrola volvió a andar, pero ya nadie bailaba.
Risa-y-Media dijo:
-Voy a estirar las gambas.
Salió hasta el pequeño patio, recibiendo en la cara el suave viento fresco que barría la puna. La luna enorme brillaba intensamente. Risa-y-Media encendió un cigarrillo y se quedó sentado en una piedra. Adentro se había reanudado la charla y se pasaban la botella de boca en boca. Entonces, Risa-y-Media no supo por qué le dio por pensar en lo de antes, incluso en cosas de su niñez. Recordó fugazmente, por ejemplo, la época en que estuvo de cocinero en la cuadrilla ferroviaria que construía el ramal de Huaytiquina. Ahora -pensó-, ya no tenía la astucia, ni la voluntad, ni la inteligencia de entonces. De tanto contar y repartir la inmunda plata ajena y darle vueltas al volante había desaparecido todo aquello. Tampoco la fuerza tenía ahora. Aquella fuerza que le sirvió para ganarse a Camelia, pulseando con el Burro Licau. No puso sólo la fuerza para ganarle a Licau, que era quizá casi el doble más grande que él, sino también la astucia. Risa-y-Media tenía entonces la idea del espectáculo, del héroe, y le gustaba andar prodigándose por el mundo; por eso aceptó el reto del Burro. Cada cual puso una moneda junto al codo, para comprobar que los mismos no se movieran, y así empezaron a forcejear. El espectáculo duró una hora y hasta el ingeniero jefe se llegó a verlo. Risa-y-Media ganó, y cuando todos lo aplaudían, vieron con estupor cómo el Burro, apartando los vasos de la mesa y escondiendo la cara entre sus brazos, rompió a llorar seca y silenciosamente, como una mujer estoica.
Adentro del rancho el disco había vuelto a detenerse. Los que bailaban al principio no volvieron a hacerlo; ahora estaban en un rincón oscuro cuchicheando, por momentos gruñendo, suspirando y riendo apagada, nerviosa, entrecortadamente.
-¡Qué hacen, che! -gritó la mujer obesa dirigiéndose hacia ese rincón. Todos los demás rieron con risa franca.
Afuera Risa-y-Media se esforzaba por continuar el recuerdo. Ni siquiera en aquella puja memorable puso de su parte las ganas de triunfar para recibir el premio, puesto que Camelia era sólo una putita, si bien después, antes de que ella se marchara para el Chaco, llegó a tomarle un poco de cariño. De un tincazo hizo volar el pucho por encima de la pirca, se acomodó la entrepierna y luego regresó adentro.
Los ex bailarines se habían incorporado por fin, aunque permanecían en la penumbra, y ahora eran sordos quejidos de autentico dolor, leves y profundos, los que partían de otro de los rincones, donde, sobre un jergón, yacía el muchacho a quien el camión le había estropeado un pie.
-¿Cómo anda? -se interesó Risa-y-Media. -Jodido -contestó uno.
El muchacho gemía alcoholizado y vencido por el dolor. Ellos esperaban la madrugada para marcharse, cuando aflorara la vigilancia de patrullas.
Habían vuelto, bajando, con el motor apagado; bordearon una peña y entonces el camión, con un golpe seco, se atascó. Temiendo encender las luces trataron de empujar, infructuosamente. Risa-y-Media le dijo al muchacho que se metiera debajo con la linterna para ver qué pasaba. Así lo hizo, y el muchacho dijo:
-Es una piedra. Se ha trancao el fierro.
-Hace palanca con esto y trata de sacarlo para el costado.
El muchacho comenzó a hacer fuerza, la piedra cedió, pero se le vino el camión encima y una rueda le estropeó el pie. Un quejido como de buey apuñalado los atemorizó e hizo que treparan y pusieran el camión en marcha. Antes levantaron al herido, que gritaba:
-¡Mi alpargata, mi alpargata!
-Alcanzásela -dijo una mujer.
Uno de ellos bajó y fue a traérsela.
-Aquí está -dijo.
-Dásela, pues.
-Está con pie y todo.
-¡Dásela, bolsudo!
Las seis botellas de alcohol se habían terminado. No había más y eso los puso silenciosos. El frío comenzó a aumentar y alguien, cuando iba a colocar otra vez el disco en la victrola, tropezó y lo hizo pedazos.
El hombre que parecía más viejo, inmóvil, de cuclillas, custodiando su montoncito de billetes, volvió a hablar:
-Me compraré unas ropitas.
-¡Viejo borracho! -gritó uno.
-...unos zapatos y sombrero para llevar a Calahoyo.
-¡Calahoyo bosta! -volvió a gritar alguien. Pero otro por detrás lo increpó:
-¿Por qué estás diciendo eso, hermanito?
-¡Porque puedo!
-Poder, no puedes, ¡Calahoyo es macho!
Entonces se generalizó el altercado:
-¡Viva Casira y Calahayo no!
Lo primero que cayó fue la victrola. La mujer obesa se abalanzó con un palo y logró alcanzarlo en un hombro al que había gritado por Casira. Entonces comenzaron a sonar los estampidos de una escopeta y la caída del barro seco del techo aumentó la confusión. Algunos corrieron hacia fuera; y de entre ellos uno, que se acababa de incorporar, le dijo a otro que lo estaba ayudando:
-Tráiganse unos fosforitos, vamos a quemar el rancho. El hombre entrado en años que había pensado en comprarse muchas cosas fue el primero en gritar:
-¡Los gendarmes!
Los gendarmes estaban llegando, señalando el camino con los faros del jeep, atraídos por las llamas que se elevaban sobre el rancho.
Todos habían ayudado a sacar al herido y ponerlo a campo raso, detrás de unas piedras. Y cuando los gendarmes llegaron, el fuego casi había acabado con la casa. Entonces alguien gritó desde la oscuridad:
-¡Gendarmes hijos de chanchas, vengan! -mientras descargaba su escopeta.
Algunos trataron de abrirse alrededor del fuego y los demás corrieron a parapetarse en una barranca, cruzando la playa en la semioscuridad, del otro lado de la frontera.
Los gendarmes comenzaron muy pronto a buscarlos con los reflectores y enseguida se hizo escuchar el primer tableteo de las ametralladoras. Ellos los espiaban desde sus escondites y, a intervalo de uno que otro tiro de escopeta y del tableteo de las ametralladoras, mientras amanecía, pudieron escucharse los gritos y estridentes risas de los hombres alegres.
Después, el propio sol fue testigo de cómo uno a uno fueron todos barridos por las balas.