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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 1 de septiembre de 2013

La gaviota

Relato de Norruega


Habían
estado en el cine y luego tomando unas copas en un bar. Al llegar a casa
encontraron una gaviota en el patio. Era una gaviota grande, de las que suelen
asociarse a muelles y mar. Los miraba, inmóvil junio a los contenedores de
basura.
-¡Dios mío! -exclamó ella-, ¡pero si es una gaviota!
Él no contestó inmediatamente, pues ella había dado en el clavo: era una
gaviota.
-¡Di algo! -gritó ella-. Seguro que está enferma.
¿Y qué iba a contestar a eso? Dijo:
-No necesariamente.
-Claro que está enferma -replicó ella, y entonces él se dio cuenta de que había
bebido más que él-; si no, se habría ido volando.
Vale. Sana o enferma, no quería peleas por culpa de una gaviota. A ella le había
molestado que a él le hubiera gustado la película, y el vino blanco no había
sido lo suficientemente seco. Ahora había encontrado una gaviota viva en el
patio, y para ella estaba enferma, y basta. Si no hubiera estado enferma, se
habría ido volando. Pero por el contrario, estaba quieta junto a los
contenedores de basura, mirándolos fijamente.
-Bueno, esperaremos a ver -dijo él dirigiéndose hacia la puerta del portal.
-¿Esperar a ver? -Ella fue tras él-. Son más de las once y media.
Estuvo a punto de contestar que nadie estaría esperando al pájaro, pero
recapacitó y preguntó:
-¿Qué opinas tú que debemos hacer?
-No lo sé -contestó ella.
Tomaron una cena frugal y tardía y luego se quedaron sentados en la cocina
escuchando la radio: música clásica. Según él era Chopin, ella no opinó nada,
sino que se levantó y se acercó a la ventana con un vaso de leche en la mano.
-Sigue allí-. Sorbió la leche fría.
El encendió un cigarrillo.
-¿Oyes lo que estoy diciendo?
-Sí. Déjala en paz.
-No me gusta -dijo ella-. Me inquieta. Es como si estuviera esperando algo.
-Los que esperan son los seres humanos -contestó-. Si te inquieta, sería mejor
que te fueras a dormir.
-¿Con esa gaviota en el patio? ¡No seas ridículo!
El no dijo nada. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos, pero no dijo nada.
-¿No puedes llamar a la policía?
-No, no puedo. Son las doce y media, es viernes por la noche y la policía está
a tope de gente desesperada con rifles y cuchillos. ¿Y qué querrías que dijera?
¿Que mi mujer se siente amenazada por una gaviota que está espiando junto a los
contenedores de la basura? ¿Quieres que me encierren en un manicomio?
-No me siento amenazada, pero no me gusta ver sufrir a los animales.
-No sufre. Estoy seguro de que se encuentra estupendamente. Sólo está
meditando.
-¡Por Dios! -exclamó su mujer-. ¿Siempre tienes que burlarte de todo?
Pasó por delante de él y se metió en el cuarto de baño. La oyó orinar y luego
manipular el rollo del papel higiénico. De donde ella venía, todo se hacía a
puerta abierta.
Apagó la radio y se acercó a la ventana. La gaviota seguía inmóvil en la
oscuridad del patio.
Ella terminó en el baño y volvió a la cocina.
-¿Y si viene un gato montés? Hay muchos allí abajo.
-En ese caso la naturaleza procederá como debe, estoy seguro.
De repente le entraron ganas de llorar, de perder el control, de sacarlo todo
del cuerpo. De niño le había resultado fácil, ahora la desesperación estaba más
adentro.
-Yo creo que deberías bajar a matarla -dijo ella.
Mientras se estaba cepillando los dientes se le ocurrió pensar en el primer pez
que había pescado. Tenía siete años y la trucha pesaba más de un kilo. Una
fuerza dentro de la oscura poza tiraba en dirección contraria a la suya. Más
tarde, cuando el pez ya se había dado por vencido y se encontraba coleteando en
la hierba, aprendió cómo cortarle el cuello y romperle la nuca. Resultó más
fácil de lo que se había imaginado. Durante todo aquel verano había dormido con
la caña de pescar al alcance de la mano, y al llegar el otoño intentaron
enseñarle el alfabeto sin ningún éxito.
Ella lo siguió hasta el baño y repitió lo de antes.
-No -dijo él-. Y ahora no quiero oír ni una palabra más sobre ese pájaro.
Se acostaron. Ella primero, y él un poco más tarde. Ella se había vuelto hacia
la pared, y él llevaba el suficiente tiempo casado con ella como para saber que
estaría mirando fijamente la oscuridad. Ojalá no diga nada, pensó. Ojalá no
diga nada más, porque no sé lo que haré si lo hace.
Ella no dijo nada. Los dos permanecían muy silenciosos y quietos en la
oscuridad. Así transcurrió media hora. Entonces, en un tono de voz como si
hubiera perdido todas las batallas, ella exclamó:
-Creo que voy a calentarme un poco de leche.
Algo estalló dentro de él. Apartó el edredón, se levantó y se vistió con
movimientos bruscos y enfadados. Luego bajó por las escaleras y salió al patio.
La gaviota seguía igual que antes.
Soltó el palo de la escoba y se acercó con cuidado al pájaro. Sentía la mirada
de su mujer en la espalda. La gaviota, nerviosa, empezó a mover las patas y
retrocedió hacia la sombra. En la siguió lentamente con el palo levantado por
encima de la cabeza. De repente, los dos se quedaron quietos. Notó el viento
frío que entraba por la puerta de la calle y pensó: voy a hacerlo ahora mismo,
voy a poner punto final a esta pesadilla. Tensó los músculos y pensó que
tendría que ser de un solo golpe, un solo golpe con todas sus fuerzas en la
nuca del pájaro.
Entonces la gaviota se metió corriendo entre sus piernas, y moviendo las alas
se alzó torpemente por entre las fachadas de las casas y desapareció en la
noche.
Se había quedado solo, con el palo de la escoba entre las manos.
Cuando volvió arriba, ella ya se había vuelto a acostar. Las habitaciones olían
a miel y leche caliente. Estaba inquieto, le latían las sienes, se paseaba de
la cocina a la sala, de la sala a la cocina, de un lado para otro, una y otra
vez. De repente su mujer apareció en la puerta y preguntó si no iba a la cama.
-No -contestó-. Creo que me voy a dar una vuelta.
Ella suspiró.
-¿Siempre tienes que tomártelo todo tan a la tremenda?
-No me tomo nada a la tremenda. Me voy a dar una vuelta.
-¡Por Dios! -exclamó ella-. En medio de la noche. No hay adonde ir a estas
horas.
-No -contestó-. Pero de todas formas me voy a dar una vuelta.