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domingo, 22 de septiembre de 2013

Retrato de una infancia habanaviejera

Relatos de Cuba


¿Y por qué tendría que negarlo? Sí, soy de La Habana Vieja, y a mucha honra, vaya, ¿quién les dijo a ustedes que voy a avergon­zarme por mis orígenes? Yo pertenezco al casco histórico, ¿y qué, tú, qué pasó con eso? (Todo esto lo digo con las manos partidas, en jarra, una pierna cruzada sobre la otra, el pie descansando en punta, una sonrisa cubanísima, de exportación, los hombros desnudos y acentuados hacia adelante, desafiantes como los de la Cecilia Valdés en la novela de Cirilo Villaverde; la pobre mulatona fue una jinetera del siglo XIX,allá en la Loma del Ángel; to­do el bendito tiempo empinando hombros, boca y culo, ¡oyéee, con el dolor que da eso en la cervical! Mi caso es algo diferente, yo no soy exclusivamente negra, ni tan siquiera cuarterona, ni china, ni rubia, ni trigueña aindiá, ni jabá. Yo soy más bien un ajiaco de to­do ese rebumbio, y más.) Pues sí, mi niño, co­mo mismitico te iba diciendo, yo me crié, des­de que abrí los ojos al cielo azul tropicalísimo, estos ojitos que se va a tragar el fango, ¡ay, tú, no, solavaya!, pues di mis primeros pa­sos, gateé por los adoquines de la ciudad mo­numento, patrimonio de la humanidad y de todas esas sanacás que inventa la Unesco. ¿Que qué? Ay, mijito, habla claro, con ese acento no se te entiende ni pitoche. ¿Que us­ted es fotógrafo? Eso ya lo sé, mi vida linda, óyeme, ¿tú crees que soy ciega o bizcorneá? Si desde que te vi con la cámara colgando del cuello me pegué a ti. ¡Claro, corazón de me­lón, a mí me encanta que me tiren fotos! No, pa que tú veas es la primera vez que a mí me retrata un turista, un gallego. ¡Aaaah! ¿Que tú no eres gallego? ¿Y se puede saber de dónde tú vienes, cosita rica? Porque extraterrestre sí que no, qué va, tú no tienes ni una pizquita así de marciano. ¿De Portugal, y resides en París? ¡Eso está fuerte! Ay, tú estás un poqui­to raro. Bueno, y qué importa, a ver, ¿cómo quieres que me ponga? ¿Ya? ¡Contrá, qué rá­pido tú eres, ni los cupets te hacen ná! Niño, los cupets son los garajes nuevos donde ven­den gasolina en fulas. En fin, no te demoro más con cuentos del más allá, fíjate, yo soy nacida y criada en un palacio colonial, ¡un pa­lacete, chico! Pero de palacio ya no le queda ni el nombre. Ahora se llama solar, vaya, para ser más concreta, en la calle Muralla 160, en­tre Cuba y San Ignacio. No te puedo enseñar el edificio porque se derrumbó, hace un tongón de años, ¡quién se acuerda de aquello! Yo era chiquitica así. Mira, mi abuela me estaba dando la comida, ¡no, y menos mal que todo el mundo estaba en la calle, trabajando, o haciéndose los que trabajaban!, pues mi abuela se dio cuenta de que en el plato estaba cayen­do como una boronilla del techo, y cual ende­moniá recogió lo principal, es decir, yo y vein­te fulas que había comprado en el mercado negro; ¡qué luz la de mi abuela, virgen de la Milagrosa, alabao sea san Lázaro! No bien sa­limos del edificio, ¡cataplún! Piedra y polvo na má, igualitico al Partenón ese de los grie­gos que vi en un libro prestado. Luego de la catástrofe nos albergaron dos años; más tar­de, bien tarde, nos dieron un apartamentico, ¡no, pero ahí todavía queda gente esperando por que le den casa! Imagínate, en ese alber­gue de la calle Monserrate hay mujeres que se han hecho viejas pellejas. Nosotras navegamos con suerte porque la presidenta del con­sejo de vecinos es tremenda chivatona y tenía un contacto que nos resolvió. Nos otorgaron un apartamentiquito, como ya te dije, muy modesto él, en la calle Empedrado número 505 entre Villegas y Monserrate. La calle Em­pedrado es famosísima por La Bodeguita del Medio, a la cual no puede ir ningún cubano si no es acompañado de un extranjero. Pero no te vayas a equivocar (miro a todos lados), cuidadito ahí, a mí me priva este país, ¡aquí so­mos requetefelices y pajarita y palante! Hace un calor del carajo, pero mira cómo hay playas y arrecifes, las playas pa los turistas y los dientes 'e perro pa los nativos. Pinta pallá, ahí viene Maruja, la señora del pañuelo en la ca­beza y el bastón, la viejita de la jaba. ¡Ay, ver­dad, qué torpe, si todas las viejas llevan jabas! Chico, esa que camina apoyándose en la puer­ta de latón de la bodega, Esa viejuca es de lo más mortalítica, quiere decir superchévere. Ella es hija de isleños, de los de Canarias, pe­ro nació aquí, esa pobre señora se pasa la vi­da en las colas, del cuarto a la bodega y de la bodega al cuarto. Un día se paró en la esqui­na, miró a la profundidad, al abismo interior de la jaba vacía y dudó; Ay, mi madre, Cristo bendito, qué memoria la mía, estoy ya tan arteriosclerótica que ya no sé si es que voy o vengo del mercado. Con eso te lo digo todo. ¿Qué co­sa, mi chino, que cambie el tema? Sí, sí, sí, yo sé que a ustedes los fotógrafos les amargan estos temas. A mí lo que me entristece es ver cómo en las fotos la pobreza se ve así, tan bo­nita. ¡No, mi amor, eso yo no te lo voy a negar, aquí sí hay pobreza, y mucha! Escúchame bien, ¿ves a esa mujer sentada con el perro, y al otro tipo que mira pallá, y al negro de pun­ta en blanco que hasta la cabeza la tiene blanquita en canas -dicho sea de paso, ese negro debe de ser viejo como loco, porque pa que a un negro se le vean las canas es porque es de un siglo de antes de nuestra era-, pues ese conjunto de personajes tú los ves y los foto­grafías y ya, y luego te largas a tu país, pero lo bueno de la foto, lo que tú te pierdes, es ese más allá que hay de la puerta padentro, detrás del niche canoso. Por esa puerta padentro hay una lobreguez que le para los pelos de punta al más pinto. ¡Una miseria que ya quisieran las favelas venezolanas o brasileñas! Cállate boca, ahí llegó la fiana, brigada central. A pro­pósito, ¿allá por donde tú vives no pusieron en la televisión Brigada central? Es un serial español, donde actúa Imanol Arias, el que hi­zo de Leonardo Gamboa con Daisy Granados haciendo de Cecilia Valdés. Yo lo conocí, ¡ni­ño, estáte tranquilo!, ¡más decente! Me firmó un autógrafo y todo, en la plaza de la Cate­dral. ¿Te quedaste botao, no entendiste? Bue­no, desmaya el chisme. ¿Y cuál es el cuento con estos dos policías que se aproximan como quien no quiere la cosa? ¿Qué sucede, compa­ñero? Usted mismo el de la camarita. Aquí hay mucha dignidad pa que lo vaya sabiendo. ¿La joven lo está molestando? No, porque por acá pululan una cantidad de muchachos malcria­dos, escoria, vaya... ¿Cómo dijo, una foto de nosotros? ¿Los dos juntos? Estamos trabajan­do y nos puede costar caro, bien, dale, métete ahí rápido, ¿cómo nos colocamos, nos reímos? Mijor no nos reímos. Chácata. Ya usted sabe, aquí estamos para servirle. Cuba es un eterno verano, venga a vivir una tentación. A mí me han dado un revirón de ojos, se ve que no les gustó que estuviera renguinchá de ti, fotógra­fo. Sí, aquí hay mucha dignidad, demasiada, sobra, pero la dignidad no se come, cariño, en fin, el mar... Hablemos de los peces de colo­res. ¡Apunta palla, no te las pierdas, ay qué niñitas tan monas, una en el velocípedo, y la otra con perrito de lo más chulo! Ah, ya las habías visto, por supuesto, el fotógrafo es el que ve más rápido, más hondo y mejor. Cual­quiera diría dos típicas habaneritas, graciositas, ahorita te preguntan la hora a ver si eres yuma, primero pa pedir chicles, luego que las saques del país... Pa que tú veas, la gente en­gaña, ellas sólo querían una foto, ya tú ves, to­davía quedan niños educados. Yo también lo soy, que se sepa que tengo trece años nada más, mi chino, y ni sé en qué etapa de la vida estoy, aquí una se hace tembona en un pestañazo, pero al mismo tiempo no conozco na de la vida. Pa mí el mundo es La Habana Vieja, cuanto más Centro Habana. Una vez me des­placé hasta el Vedado, pero el transporte está en llamas, en candela, vaya, no hay quien se empate con un camello, nombrete que les he­mos puesto a las guaguas en la actualidad. ¿A pie? ¡Mi cielo, no hay jama, no hay proteína pa tanto! Tú sí que puedes, porque tú estás ranqueao en las grandes ligas con respecto a carnes, vegetales y frutas. Pero aquí una ni ve pasar la carne. Yo, en la vida he visto una vaca viva. ¡Ah, no, espérate!: una vez vi una en el noticiero de las ocho de la noche por el Ca­nal Seis. Sí, aquí tenemos sólo dos canales, el Seis, que es el de la novela, y el Dos, que es el de la pelota y los discursos. Desde que tengo uso de razón veo la telenovela brasileña, es una cosa que me priva, en un televisor marca Caribe, en blanco y negro, pero de que la veo la veo, ¡cómo no! En un futuro no muy lejano, a lo mejor mi mamá, o yo misma, consigamos un aparato a color... ¡No, no, no, tú no te me puedes negar, tienes que hacerle una foto a ese que viene por ahí! Te presento a mi padri­no, él es palero, abakuá, y todo lo que tú quie­ras y mucho más, ¡a su prenda hay que decir­le usted! Cuando lo necesites él te puede ha­cer un buen trabajo, amarrar a tu mujer pa que no te deje nunca, envolver a tu jefe pa que te aumente el sueldo, lo que tú pidas por esa boca él lo logra, ¡es un puñetero volao! Padri­no, no se asuste, quieto ahí que lo van a retra­tar, vas a salir publicao en el mundo entero. El mundo entero, el imposible. Ya se aleja indi­ferente, cantando un bolero, trabucándole la letra. Ahí se va mi padrino, ajustándose la go­rra sudá. Te voy a contar un poco de mí, fotó­grafo, dime si te interesa, claro. Yo siempre me he destacado por ser tremenda pandillera, pero sana, sin hacerle daño a nadie. A mí lo que me gusta es estar en la calle, mataperreando, jodiendo, riéndome, de marimacho, arrecostá en cualquier pared viendo a los turistas pasar. Debe de ser extrañísimo eso de ser extranjero, ustedes van por la vida así, ti­rando fotos como en una película, sin inquie­tarse por sí llegó el huevo, o que si la leche se cortó con el calor y por eso no la despacha­ron. A mí, cuando me preguntaban de chiquitica que qué quería ser cuando fuera grande, respondía que extranjera. A veces odio ser yo, pero otras lo que siento es deseos de seguir aquí, sin hacer ná, mirando a todo el mundo pasar. ¿Estoy despeiná? No, es que no sopor­to salir desarreglá en las fotos, qué dirán por ahí después, mira a esa chiquita con las pasas paradas. A mí me fascina verme bonita en los retratos, sucede como con las casas, es cierto que aquí la ciudad está desbaratá, pero toda­vía quedan algunos lugares más o menos ele­gantes. Lo que esta zona del casco histórico la han restaurado de manera b-a-s-t-a-n-t-e aco­gedora, pero lo que es de ahí pallá, pa envuel­ta de la iglesia de la Merced, de Muralla hacia Paula, lo que son las calles Santa Clara, Luz, Acosta, Jesús María, Merced, San Ignacio, Muralla, Inquisidor, Habana, Cuba, Aguacate, Villegas, todo eso está en ruinas. Por ahí anda un chiste que dice que los americanos deci­den bombardear Cuba de una vez, ya, pa que Quien Tú Sabes no se llene más la boca di­ciendo que los americanos quieren agredir­nos y que esto y que lo otro. Entonces envían un cazabombardero pa acabar con nosotros, pero en el momento de tirar la bomba, el piloto mira para la ciudad, toca con el codo al copiloto preguntando: «Oh, Scott, ¿quién se nos habrá adelantado?». Y sin embargo, la vi­da tiene cada cosa, porque así y todo la ciu­dad luce simpaticona. Yo he chancleteao este barrio que tú no tienes ni una idea, de cabo a rabo, este niño, no hay familia decente ni bandolero que yo desconozca. Soy socia, ambia, vaya, hasta de los curas de la iglesia de la Merced y del Espíritu Santo. Si supieras la suerte que tengo para las amistades mayores. Mi madre trabajaba en una pizzería que aca­ban de cerrar, en la calle Obispo, ahora se de­dicará a fundar una Paladar, es decir una piz­zería en fulas, semiclandestina. La ayudaré, por supuesto. ¿Los materiales? Los ingredien­tes querrás decir, ¿que de dónde voy a sacar­los? A mí sí que no me preguntes sobre esa si­tuación, yo qué sé. De por ahí. En una oca­sión comí gato, sin enterarme, unas albóndi­gas de miau. ¡No, ahí sí que no, mi vida linda, los perros son sagrados en este país! Tú no ves que los perros pertenecen a san Lázaro, que es un viejito muy santo, milagrosísimo él. Desde que soy gente asisto cada diecisiete de diciembre al Rincón, donde se encuentra el santuario del viejito que me protege, ¡y de ro­dillas, de r-o-d-i-l-l-a-s, ni ná ni ná! Porque yo soy de lo más devota. ¿De quién, a quién tú mencionaste? Por favor, cariño, no pronun­cies ese nombre que trae mala suerte. Yo me considero única y desinteresadamente devotísima de Babaiú Ayé, que no es otro que san Lázaro. A mí nadie me obligó, con ese don se nace, es muy natural. Aquí el que no tiene de congo tiene de karabalí. Acto seguido podrás interpretar que a todo lo largo y ancho de es­ta islita, por delante, por detrás y por los cua­tro costados, toditos tenemos nuestra cosa hecha, su cuestión preparada. ¿El qué? ¿El comucuánto? ¡Oye, mira que tú eres cómico! Pues él, ¿el comunismo me dijiste? Él, ahí, de lo más bien, encantado de la vida, saludable y alimentadísimo, como si con él no fuera, ha­ciéndose el de la vista gorda. ¿Qué otras cosas lindas podría contarte? Vaya, para que te lle­ves una excelente imagen de este país. ¡Ya sé! Pues, tengo una amiguita que vive muerta con el circo, encandilada con los payasos y con los elefantes y con los trapecios y todo cuento. Sí, me confesó que sueña con ser tra­pecista. Yo, antes, quería ser gimnasta, como aquélla, la Nadia Comaneci, ¿la recuerdas? Pero clausuraron el CB deportivo de la calle Mercaderes, las instalaciones se jodieron por falta de mantenimiento. Ya no quiero ser gim­nasta. ¡El CB, niño! ¿Tú no sabes lo que es un CB deportivo? No, para nada, no es se ve, se escribe C y B. ¿Cómo, igual a esa tarjeta? En mi vida había visto yo carta tan brillosa. No seas mentiroso, tú. ¿Que con esa postalita se puede pagar? ¡Qué va, pa su escopeta, ni me la acerques, no quiero cuentos con trucos ra­ros! (Ahora me alejo, haciéndome la brava, la rebelde, la salvajona, pero esto de la foto me tiene trastorná; él se detiene en una esquina, el vecindario lo aborda; retrata a todos cuan­tos se meten delante del lente, después regala las pruebas que van saliendo, ha alborotado al barrio; le sacó una al tipo que le dicen el co­saco, debido al sombrero y el bigotón, el socio estaba en tremenda pea, con un ojo entreteni­do y el otro comiendo mierda, manda un feo que ni malanga, pero ¿quién lo iría a decir?, resultó ser superfotogénico, quedó bonito y todo; en la parada sobreviviente de guaguas fotografió a Pepito, quien regresaba del policlínico con una placa de los pulmones en la mano, toda la luz del universo atravesaba la radiografía; sin contención ni remilgos vuelvo a engancharme de mi amigo el fotógrafo, aquí estoy, pegá como un moco, pero él es de lo más cariñoso, pareciera cubano. ¿Que qué? Ya empezó de nuevo, es tremendo pregun­tón.) ¿Que por fin qué voy a ser cuando sea mayor? (Me la puso en China, ya le conté que me decepcioné con la gimnástica.) Ay, chico, todavía tengo tiempo, no le he dado mucha cabeza a ese asunto. Como soy medio marimacha a lo mejor va y me dedico a técnica de bicicleta. (De súbito, descubro a Lola, la la­vandera, sentada en un banco cagao por los sinsontes del parque de la plaza de Armas, ahí está más solita que la soledad misma, con un suetercito rojo, sucio que da grima, con el ca­lor que se está mandando; yo que siempre ando en chores bien corticos, a punta de nalga, sin ná pa arriba, porque como aún no he desarrollao bien. Lola fija la vista en la luna de Valencia, anda por Belén con los pastores, acariciando a otro perrito abandonado, a quien ella de seguro acaba de recoger, es una perrera de ampanga.) Pues, oye lo que te voy a decir, mi curucucucho de mamey, si se pone más dura la situación me dedicaré yo tam­bién a lavar pa la calle, o a mirar pa los cela­jes, igual que Lola, o a recoger perros, o a las tres cosas juntas. ¿No te parece una buena idea? Tal vez, pensándolo mejor, si esto se arregla, si cambia, vaya, quién sabe. ¿Tú de verdad tienes fe en que esto se compondrá al­gún día? ¿Crees que yo pueda llegar a ser fotógrafa? Sí, como tú.