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jueves, 26 de septiembre de 2013

Un barrio de nombre Panfilovka


Relato Ruso


El barrio se llamaba Panfilovka por el nombre de la aldea a partir de la cual se había originado. Como curiosidad, en los años treinta la aldea se anexó a la ciudad tras haberse convertido en un suburbio obrero. Después de la guerra la mayoría de las casuchas particulares fueron derribadas para dar vía libre a nuevas construcciones. Sobrevivieron algunas casitas, que acabaron sus días escoltadas por armaduras de hormigón.
El adolescente Anatoli vivía en el sector privado. Quizá por eso el origen de sus sufrimientos era de naturaleza completamente chejoviana: el fértil jardín que rodeaba su casa. Sus viejos amigos, que vivían en bloques altos, recibían cada verano su cánon de manzanas, peras o cerezas a cambio de una buena relación, pero si este tributo frutícola no les parecía suficientemente abundante, llegaban malos tiempos para Anatoli. Una tarde de agosto Anatoli estaba sentado en la barandilla de un arenero y se secaba una sangre inexistente en los labios. El amor propio le impedía trasladarse del patio común al particular. Y simplemente se había encaramado lejos de quienes le humillaban. Estaban separados por la zona de juegos y una mesa con un tejadillo de madera en la que por las noches los hombres de los bloques cercanos echaban ruidosas partidas de dominó. Anatoli vio que no había sangre, pero siguió palpándose el labio con diligencia. Cada vez que se lo rozaba, el tragar aire se volvía doloroso. Ese sonido en los límites de la intensidad contenida honraba por igual a la persona que había asestado el golpe y al que lo había sufrido. Anatoli era consciente, claro está, de su adulación oculta y sufría doblemente por ello. Otros años, sin fuerzas para soportar la separación, era el primero en ir a hacer las paces, y entonces toda la panda abarrotaba su jardín y lo saqueaba. Y después la madre de Anatoli se iba a la cama con jaqueca porque esos cultivos eran su medio principal de subsistencia y su escaso «remiendo» monetario no cubría este constante agujero en el presupuesto familiar. A su padre Anatoli no lo recordaba. El grupo dejó de molestar físicamente a Anatoli, pero continuó acosándole de palabra. Los insultos no aludían personalmente a Anatoli, pero se soltaban de la forma adecuada para que dieran justo en el clavo. Cualquier otro día se hubiera quedado callado, como en ocasiones anteriores, pero hoy a su deshonra le surgió un testigo accidental. En la mesa se había sentado un tipo con el aspecto de un vulgar currito de unos cuarenta años. Incluso de lejos se distinguían sus manos machacadas de trabajar. El hombre fumaba indolente, escupiendo de vez en cuando las hebras de tabaco que se le quedaban pegadas en la lengua. No obstante, la presencia de un extraño hizo que Anatoli se revolviera. Y, al final, Anatoli «se pasó». Sin querer, se le escapó un epíteto que le acarrearía consecuencias. Inmediatamente del grupo se separó el destacamento punitivo, formado por los tres chicos más fuertes. Anatoli sintió la bilis en su boca, su mandíbula magullada empezó a resentirse por adelantado. Miró al hombre, pero éste examinaba con indiferencia las punteras de sus bastas botas, similares a un canto rodado. Cuando el primero de los chicos se plantó a la altura de lo que parecía un trabajador amodorrado, sucedió algo inesperado. El tipo, sin cambiar la posición de su cuerpo, estiró bruscamente una pierna. El chico cayó al suelo de golpe. Intentó levantarse, pero recibió un puñetazo en la espalda y el chico se desplomó de nuevo. Un objeto afilado y corto, similar a una lezna, se le cayó de la mano, y el tintineo apenas se oyó en el asfalto.
-Largo de aquí -dijo el hombre tranquilamente. El chico le miró a los ojos desde abajo y, al parecer, percibió en ellos algo que le hizo levantarse sin abrir la boca y salir corriendo rápidamente en dirección a las casas. El resto de los chavales se esfumó sin dejar huella.
-Déme un cigarrillo -Anatoli, por si acaso, inició un acercamiento. El hombre hurgó en su bolsillo y sacó un paquete arrugado. Vacilando, Anatoli enganchó un cigarrillo con las uñas-. Me llamo Tolik, ¿y usted?
-Pues digamos que tío Vasia -el hombre se presentó sin ganas-. Oye, Tolik -dijo de repente-, necesitaría un sitio donde quedarme, estoy de paso. ¿Puedes ayudarme? -preguntó dudando un poco.
-Venga a mi casa -se le ocurrió a un alegre Anatoli-. Tenemos una casa grande, hay un montón de sitio; ¡puede quedarse todo el tiempo que quiera!
-No ocupo mucho -el hombre se animó-, y apenas tengo cosas -alzó un poco un petate raído de electricista-. No estaré mucho tiempo, solo una noche, aquí no me retiene nada -dijo arrogante-. Mis camaradas de trabajo me esperan. Tomaré un tren y directo a verlos, a mis camaradas. Tengo buenos amigos, ojalá todos fueran así -una emoción manifiesta podía sentirse en su voz.
-¿Y adónde va? -se interesó un Anatoli respetuoso.
-Adónde, adónde, a tomar por culo -respondió el hombre sin ironía. La manida expresión le indicó a Anatoli que, sin duda alguna, manifestaba una curiosidad inoportuna. Anatoli sonrió y calló educado. Al hombre, por el contrario, se le soltó la lengua y fue todo el camino desgranando distintos detalles de su vida, cordiales e íntimos, como una canción al son de la guitarra. Trabajaba como instalador de circuitos y todas sus historias, independientemente de su contenido, terminaban con el mismo estribillo: «¡Menudo trabajo tan formidable el mío!».
Anatoli le escuchaba sin prestar atención a los detalles. Sus argumentos se parecían bastante a los de las películas que había visto sobre las obras del Komsomol, sobre la amistad y la camaradería, las dificultades y los peligros y, por supuesto, sobre el amor cristalino hacia alguna empaquetadora o cocinera, por eso Anatoli no dudó ni por un momento sobre la veracidad de esas historias. Mientras caminaba añoraba esa felicidad oída. Aparte de su madre, no le esperaba nadie, no se le suponían amigos fuertes y valientes, instructores jefes, incendios e inundaciones, puestas de sol, fogatas, besos; todo parecía lejano e irrealizable. Solo se permitió una observación:
-Estaría bien ser electricista.
-Si quieres, puedes serlo -dijo el hombre y empezó un nuevo cuento.
Total, que antes de que llegara su madre, Anatoli se había convencido totalmente de que había llegado el momento de romper con la escuela -de todas formas no le aportaba nada- y partir tras los pasos del tío Vasia o irse con él. Para no disgustar a su madre, decidió no comunicarle sus intenciones por el momento y dejar pasar un poco de tiempo. El tío Vasia le cayó bien a su madre. Delante de ella no contó historias, sino que se dedicó a reparar la cerca. Durante la cena también estuvo muy callado. Lo único que descompuso un poco esa impresión fue cuando la madre le preguntó adonde iba. El tío Vasia, sonriendo con esfuerzo, respondió: «Adonde, adonde, a tomar por culo». Lo que se interpretó como un infructuoso intento de hacer una gracia. La embarazosa pausa que surgió en la mesa se vio interrumpida por una tronada. A través de la ventana resplandeció el lila de un rayo y retumbó otro trueno.
-Menudo chaparrón -dijo turbado el tío Vasia. Y entonces de repente se fue la luz.
-Debe de ser algo en la instalación -conjeturó la madre con cautela-. Qué suerte tenerle en casa. ¿Le echaría usted un vistazo, Vasili Artemovich?
Un fogonazo azul captó por un instante el rostro desfigurado por la cólera del tío Vasia, y la habitación volvió a quedar sumida en la oscuridad.
-Sin problemas -respondió amablemente el tío Vasia, encendiendo una cerilla. Una sonrisa amistosa iluminaba su rostro, y resultaba incomprensible que un juego de luces hubiera podido desfigurarla de manera tan falsa en una mueca colérica. Salió a la entrada, estuvo un rato atareado con el contador. La lámpara se encendió.
-Los fusibles están rotos -gritó desde la entrada el tío Vasia.
-Vaya -la madre le hizo un gesto a Anatoli, totalmente satisfecha con la denominación del fallo-. Tolik, en vez de quedarte aquí sentado conmigo, ve a verlo trabajar -añadió sentenciosa, sin sospechar siquiera el terreno que estaba abonando. La verdad es que deseaba decirle algo agradable a su huésped.
Pero esa noche el huésped durmió intranquilo, se despertó repetidas veces y todas ellas salió a fumar al jardín. Cuando regresaba, se revolvía durante un buen rato, hacía rechinar los muelles del viejo diván y se quedaba dormido con un ronquido que a veces recordaba a un sollozo ahogado. Se levantó al amanecer, no eran ni las cinco. La madre se sorprendió de que Anatoli, normalmente dormido a estas horas de la madrugada, también estuviera despierto y que con aspecto sombrío se sentara con el tío Vasia a tomar té. Estuvieron comentando algo en voz baja, después el tío Vasia comunicó que tenía que irse a coger el tren:
-Bueno, ¿qué, Tolik, me acompañas hasta el autobús? -le hizo un guiño pícaro a Anatoli y cogió su petate.
Salieron a la calle y echaron a andar hacia la parada.
-¿Estás realmente decidido a venirte conmigo? -preguntó desconfiado el tío Vasia-, ¿Has pensado en tu madre?
-Mejor le escribo luego o la llamo por teléfono -gruñó Anatoli.
-Menos mal que me lo has recordado -el tío Vasia se dio incluso una palmada en la frente-, precisamente tengo que hacer una llamada, hay que avisar a los compañeros de que no voy solo -su semblante se volvió enigmático y severo-; si por lo que sea no quieren llevarte, me lo dirán, y así no tendrás que irte a ningún sitio.
-¿Por qué no van a querer? -se asustó Anatoli-. ¡Pero si usted mismo dijo que necesitan hombres jóvenes y atrevidos! Además, ¿cómo va a llamar si la oficina de correos está todavía cerrada? -Anatoli se quedó mirando al tío Vasia con pinta de infeliz total.
-No te preocupes -respondió el tío Vasia-, tengo línea directa con ellos. Llevó a Anatoli a una caseta de transformadores. Sacó de su petate una llave especial y la abrió. Para sorpresa de Anatoli tras la llave apareció un auricular con un pequeño cable. Entre la innumerable cantidad de clavijas y tomas de corriente el tío Vasia encontró el enchufe necesario y conectó el cable del teléfono.
Tras acercarse el auricular a la oreja, comprobó la calidad de la comunicación:
-¿Alo? ¿Alo? ¿Me oís? ¡Os recibo!
Por lo visto, al otro lado de la línea habían respondido, el tío Vasia dijo «sí», «sí», sonrió a Anatoli alentándolo y se puso a hablar por el auricular:
-No voy solo... Está conmigo -volvió a escuchar y desconectó el cable-. Todo solucionado -metió el auricular en el petate-, nos están esperando.
A Anatoli se le quitó un peso de encima. Mientras tanto, el tío Vasia hizo chisporrotear varios interruptores y dijo con aire preocupado:
-Será posible, cómo se ha recalentado -acercó su palma a un panel con dibujos hechos con gotitas de estaño de las que salían unos hilos de alambre-. ¿Quieres sentir la corriente? Trae acá tu mano.
Obediente, Anatoli colocó su palma en el panel. La verdad, no sentía nada.
-Ya está -dijo el tío Vasia y su voz empezó a temblar de forma extraña-. Y ahora nos vamos. ¿Sabes adonde?
Anatoli podía ver cómo en los ojos del tío Vasia resplandecían zigzags de un azul claro.
-¿Adonde? -preguntó en un susurro.
-¡Adonde, adonde! -el tío Vasia soltó un terrible y solemne grito-. ¡A tomar por culo!
Bruscamente el panel comenzó a chisporrotear. Anatoli intentó retirar la mano pero estaba totalmente pegada. En un segundo la placa se carbonizó y se desintegró, como el agujero de una media, dando paso a un nuevo espacio. La poderosa corriente eléctrica había absorbido a Anatoli y le había hecho girar en el centro de un colosal embudo que se extendía hasta el abismo. A su alrededor resplandecían relámpagos y a través de violentas corrientes plagadas de interferencias llegaron las palabras del hechizo:
-¡Reparar los cables! ¡Yo solo un momento, tú siempre!
Anatoli se encontraba de nuevo junto a una caseta de transformadores abierta, a su lado estaba el tío Vasia, pero el paraje que los rodeaba era completamente distinto. El cuadro que se descubrió le recordó a Anatoli el panorama de los años de revueltas posteriores a la guerra tal y como aparecía en las viejas películas. Un interminable camino de tierra allanado por las ruedas se extendía hacia el horizonte. En sus márgenes se alzaban postes con cables arrancados. A lo largo del camino se extendían campos, se divisaba un bosque y la línea opaca de un río. Sobre el río se encaramaba un pueblecito, y de vez en cuando el viento traía desde allí fragmentos de una coral armoniosa.
-¡¿Qué es todo esto?! -instintivamente Anatoli se arrojó asustado hacia el tío Vasia, pero éste lo apartó con brusquedad.
-Cállate y escucha -dijo-, solo tengo un minuto y si no me da tiempo a contarte todo, será por tu culpa.
Anatoli tenía unas ganas horribles de echarse a llorar pero ese tono glacial de advertencia, más terrorífico incluso que un grito, le hizo prestar atención a todo lo que el tío Vasia quisiera decirle.
-Estás A Tomar por Culo -el tío Vasia empezó a hablar impasible y a toda mecha-, tienes que reparar el cable y continuar hacia delante hasta recorrer los Cien Mil Postes. Cada mil postes, habrá una caseta de transformadores, informarás por teléfono sobre el trabajo realizado al Jefe de Obra Supremo. No intentes engañarle, pues si lo haces la cantidad de postes nuevos aumentará diez veces. Cuando hayas conectado el cable al poste número cien mil, te permitirán, de acuerdo con el Jefe de Obra Supremo, salir al mundo antiguo a buscar un relevo. Para ello el Jefe de Obra Supremo te concederá veinticuatro horas exactas. No tienes derecho a ocultar a tu relevo adónde lo llevas, debe venir aquí por su propia voluntad. Si no te da tiempo a encontrar a tu sustituto, entonces regresarás y te quedarás para siempre.
-¡Pero si yo no sé arreglar cables! -suplicó Anatoli.
-No es difícil, las herramientas y las instrucciones imprescindibles están en el petate -el tío Vasia se apresuró a poner su mano sobre el panel negro de la caseta de transformadores-. No me guardes rencor, Tolik.
Algo parecido a la compasión asomó de manera fugaz a su rostro. Una chispa azul se encendió, el tío Vasia empezó a temblar y su interior brilló en la oscuridad con un fuego azul. Un grito horrible se escapó de su garganta, se convirtió en un chorro vivo de corriente eléctrica y desapareció en el transformador.
Anatoli se quedó solo. Permaneció sentado, sin moverse, puede que un día, o puede que una semana. Perdió la noción del tiempo. Nada cambió en el cielo, siempre iluminado por un púrpura pálido que podía encajar tanto en la salida como en la puesta de sol. En el petate, además del juego de llaves, de alicates y de unos «trepadores» de montador para escalar a los postes, había un paquete de kéfir, queso fresco y bocadillos de chorizo. De todas formas, no sentía ni hambre ni sed. Dejándose llevar por un espejismo bucólico, salió del camino y se dirigió hacia el pueblo, pero no avanzó ni un solo paso. Comprendió que aparte del camino no había nada objetivo. Siguiendo las instrucciones impresas en un papel basto y con restos de serrín, aprendió a tender los cables arrancados. En su primer poste número mil el operador le comunicó con voz artificial que en su cartilla laboral habían hecho el correspondiente registro.
Una vez se le ocurrió suicidarse tocando un cable desnudo, pero la corriente no le mató sino que se esparció entre sus dedos como el agua. Dejó de buscar la muerte porque en este mundo no existía. Sobrevivió al miedo a la soledad y a la soledad misma, al miedo a la locura y a la locura misma. Obstinado, siguió reparando los cables viviendo de antemano el momento en que saldría a su viejo mundo desde la caseta de transformadores.
En su cabeza preparaba las palabras melosas con las que atraería a su futuro relevo a pasear con él por este A Tomar por Culo.