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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 7 de octubre de 2013

El corneta Yergunov


Relato Ruso


La historia del corneta Yergunov la conozco solamente de oídas. Sin embargo, aquellos que la han oído de primera mano afirman que muchos de los detalles de la narración dependen en gran medida del grado de embriaguez con que fue relatada. Pero como la exactitud de los hechos es el objetivo de la gente de mi profesión, considero apropiado fiarme por completo de mis propias fuentes, modestas pero sin duda alguna objetivas, en este asunto en el que solo la imparcialidad es capaz de contener el desenfreno de la fantasía. La historia es la siguiente.
Taras Yergunov era (y probablemente todavía lo es) uno de esos cadetes «eternos», más o menos como esos estudiantes «eternos», que, una vez superado el examen de ingreso en cualquier sitio, no pueden, en modo alguno, terminar el curso. Su destino es universalmente conocido. En su círculo acaban convirtiéndose a menudo en leyendas; los más jóvenes los miran con respeto; los profesores, por el contrario, los miran con desprecio. Eso le pasó a Yergunov. Pasó aproximadamente un año en una academia militar de la Marina, se matriculó, prestó su servicio, regresó y se estableció a poca distancia de su ciudad natal, sin apresurarse, por el momento, en regresar bajo su techo. Entretanto fue probando un montón de trabajos. Como mozo de carga en el puerto, donde entabló inmediatamente una buena amistad con sus colegas de la cervecería «Baviera Roja», y así éstos solamente tenían que sacar de contrabando los productos de su empresa mientras que los trabajadores del puerto se preocupaban de obtener algo para comer. Como vigilante de cementerio, donde sin embargo no permaneció mucho tiempo, alegando que no podía soportar oír el día entero los instrumentos de metal interpretando marchas fúnebres, y además, si uno supiera lo que allí ocurría por las noches, podría acabar fácilmente en el manicomio. Y, finalmente, junto a un desafortunado poeta (ay, ahora muerto) custodió un conocido crucero amarrado en el mismo punto de siempre... Los amigos -y los hombres como él son amigos de todo el mundo- le otorgaron un rango: el de corneta. Este rango no era solamente un apodo tonto. Era mucho más que un apodo, y además de ése, Yergunov tenía otro apodo que había surgido por otro motivo completamente diferente. Ocurrió así.
En cierta ocasión, ya en el primer año de su estancia en la academia de cadetes, declaró que su tatara-tatarabuelo había sido caballero de la Guardia Real. Como lo conocíamos, no queríamos creer lo que contaba. Sin embargo, de repente, se encontraron pruebas: él ganó la apuesta.
Los caballeros de la Guardia Real en Rusia pueden contarse con los dedos de una mano. Ya a principios de siglo, el historiador Panchulidzev había recopilado sus biografías y las había publicado en cuatro lujosos volúmenes llenos de grabados, sellos y escudos. Y he aquí que en el primer volumen, expresamente sacado de la biblioteca para tal efecto, había de hecho un tal Vasili Nikiforovich Yergunov, que en su época había prestado servicio bajo el reinado de Isabel, y del que a decir verdad ya no había más información que las fechas grabadas en su tumba y la noticia de que en 1746 se retiro del ejército debido a una afección «por una vieja herida bajo su tetilla derecha». Taras Yergunov triunfó. Verdad es que desde aquel momento se le empezó a llamar a sus espaldas y, naturalmente, también a la cara, Teta. Él hacía entonces como si se enfadara. Pero, en su interior, se sentía orgulloso: el apodo confirmó sus venerables raíces. Para él eso era evidentemente importante. Era un muchacho arrojado, un granuja, un maestro en beber temerariamente o en armar escándalos, y nadie, ni siquiera los «veteranos», conocía tan bien como él todos los detalles y las tradiciones no escritas de la institución donde estudiaba y cuyo diploma quedó para él en un sueño. Y al final, eso fue la causa de los acontecimientos que sucedieron.
Las tradiciones en la Marina, sí, y también en la Armada, son a menudo curiosas. La escuela de cadetes de la que aquí hablamos, una institución relativamente modesta, había tomado por costumbre, dios sabe por qué, pulir hasta que reluciera, en la noche de graduación, esa parte de la estatua ecuestre de Pedro que Falconet había tallado solo por ser fiel al natural. A eso lo llamaban «cepillar el semental pelado». De ese modo, esa parte resaltaba por encima de todas. Ni la dirección de la escuela, ni las autoridades de la ciudad, ni la comandancia militar podían evitarlo, aunque sí se habían tomado ciertas medidas y ese día peligroso, ya desde por la tarde, se colocaban agentes para velar por el orden en el parque más próximo, como si estuvieran deambulando casualmente por ahí. Todo en vano.
La promoción siguiente celebraba de nuevo el final de sus estudios. Yergunov era el invitado de honor. Al final, después de medianoche, buscaron a alguien que fuera a «cepillar». Llamaron a Yergunov. Él, si bien se sentía algo inseguro sobre sus piernas, accedió de buena gana, añadiendo que para él no se trataba de nada nuevo. Se pusieron en marcha con gran estrépito todo el grupo. Yergunov era quien lideraba la marcha. Pero como suele suceder con las fanfarronadas, al destino solo llegaron dos. El resto se había dispersado a saber dónde, por las calles y callejones nocturnos. La noche era fría y clara. La media luna doraba el almirantazgo. Tras haberse desabrochado la gabardina para estar más cómodo, Yergunov, con cepillo y tiza en mano, comenzó a trepar hasta situarse bajo el caballo. Y apenas hubo rozado el anhelado bronce cuando de repente se encendieron unas linternas a su alrededor, sonaron ruidos, voces y, como surgiendo del suelo, apareció un furgón amarillo haciendo girar sus luces azules y con los faros apuntando directamente al monumento. Ambos cómplices se olvidaron de Yergunov y huyeron corriendo a toda prisa. Estaba claro que había caído en la trampa. Su borrachera desapareció de golpe en el momento en que vio los uniformes. Soltando el cepillo y la tiza, de un brinco se apretó contra la pierna de Pedro evitando la luz de los faros y, de repente, dios sabe por qué, en un abrir y cerrar de ojos, saltó sobre la grupa del caballo, pegando su gabardina contra la de Pedro. En ocasiones la desesperación es el mejor indicador del camino que se debe seguir. Los haces de luz siguieron girando, el furgón dio la vuelta, las voces y los gritos se alejaron, y todo volvió a la calma. Taras comprendió que estaba a salvo.
Pero todavía no se atrevía a cambiar de posición, a moverse, seguía abrazado a la cintura de su salvador, y solo cuando reinó un silencio absoluto, estiró tímidamente la punta del pie hacia el suelo. Y a duras penas pudo ahogar un grito: su muñeca izquierda estaba atrapada por un aro de hierro, y por mucho que tiraba y trataba de soltarse, no lo conseguía. El terror presionaba su corazón con dedos de acero. En la oscuridad le dio la impresión de que ¡era el mismo Pedro quien le retenía! Se volvió a quedar inmóvil mirando a su alrededor en todas direcciones, no fuera a pasar alguien. Pero allí no había nadie. Totalmente desesperado miró hacia arriba. La luna brillaba como antes, si bien en el cielo había cada vez más nubes pequeñas. De repente, la primera gota de lluvia cayó sobre la espalda del monarca. Al instante Taras notó en todo su cuerpo esa sensación especial que uno nota en el tren cuando el vagón ya se ha puesto en movimiento, pero las ruedas todavía no han tocado la primera junta de las vías. Empezó a temblar. El parque se deslizó a su encuentro, como en un sueño, al mismo tiempo que un golpe seco de cascos sacudió al coloso sobre el que estaba sentado a horcajadas. Llovía cada vez más fuerte, hasta formar casi una pared infranqueable. Taras abrió la boca y tragó agua. Su mano volvía a estar libre, pero ahora era él quien se agarraba con todas sus fuerzas al jinete para no caerse. A través de la lluvia torrencial vio que iban cabalgando por San Petersburgo, por callejuelas estrechas y miserables que no conseguía reconocer. El chaparrón se hacía cada vez más denso, a Taras le parecía que el agua le impedía respirar. La lluvia repiqueteaba cada vez más fuerte, pero, de pronto, cesó. Taras miró a su alrededor y se quedó de piedra ante el extraño espectáculo que se le ofrecía. A su alrededor sólo había agua. Parecía como si cabalgaran por una inmensa extensión de agua, donde de igual forma se prolongaban las calles, pero unas calles muy especiales, únicas, como si hubieran sido construidas de barcos volcados. Un reflejo verde las cubría, únicamente el caballo de bronce que antes fuera verde era ahora un caballo negro sucio. Apareció gente. Iban de acá para allá, desordenadamente, braceando, pero sus movimientos eran fluidos, oníricos, ondeaban sus ropas hechas jirones y sus cabellos se alzaban de punta o bien caían formando ondas sobre la frente, sobre los ojos, que estaban completamente apagados y hundidos. Taras lo comprendió: eran ahogados. A juzgar por su atuendo, llevaban ya mucho tiempo allí: había quien vestía el uniforme del regimiento Preobrazhenski, o quien llevaba una guerrera de alférez, o quienes iban de paisano con la ropa rasgada. A su encuentro salió un oficial con un tricornio y un traje relativamente bien conservado; no obstante, sus mejillas estaban bastante deterioradas por las mordeduras de los peces. Al ver al zar todos hacían una profunda reverencia, como juncos, y se quedaban inmóviles. El jinete de bronce avanzaba al trote abriéndose paso, apartando el agua con el pecho, hasta que el ruido de los cascos se volvió cada vez más vago y distante. Finalmente, delante de ellos comenzó a brillar una plaza blanca. Taras intuyó que iban hacia allí y que la gente de la ciudad también iba hacia allí desde todas partes. Se aproximaban a la plaza. Miró por encima del hombro y vio un pedestal en el centro de la plaza y encima de éste un caballo. Sin embargo, el caballo no tenía jinete; parecía estar esperándoles. Y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Taras se quedó solo en lo alto: el Pedro de bronce había bajado de un salto ágil como un húsar, para mezclarse con la multitud que le rodeaba entre reverencias. Delante de ellos el caballo se volvió, y con horror y vergüenza, Taras comprendió que era ¡una yegua! Intentó coger las riendas, ¡demasiado tarde! Su corcel se lanzó de frente hacia su amiga, se encabritó y, en un abrir y cerrar de ojos, la cubrió. Las sacudidas de la grupa del caballo de bronce a punto estaban de arrojar a Taras al suelo. Pero él sabía que si se caía no podría volver a levantarse. Con todas sus fuerzas se aferró a las crines del caballo, bajo la carcajada general de los muertos que se apiñaban alrededor, incluso Pedro, que estaba en primera fila, se reía a mandíbula batiente y le señalaba con el dedo. Entretanto, y debido a los empujones de la grupa bajo el agua, se extendieron varios círculos en todas direcciones, parecía que el viento hubiera empezado a sacudir a los muertos, y Taras miró hacia arriba y presintió que allí, en el Neva y el golfo de Finlandia, se iba a desencadenar una tempestad. De repente lo tuvo claro; si no contenía ahora al caballo, el agua se precipitaría sobre la ciudad y un diluvio convertiría San Petersburgo en la Atlántida... Todo eso se le pasó por la cabeza en tan solo un instante. Inmediatamente olvidó su miedo, olvidó incluso dónde se encontraba. Su corazón latió apasionado. La sangre de sus antepasados comenzó a bullir. Cogió las riendas de hierro con ambas manos, tenso sus músculos y tiró de las bridas tan fuerte como pudo con el cuerpo echado hacia atrás y los dientes apretados. El caballo resopló y retrocedió. Volvió a tensar las riendas. Las caras de los muertos se desdibujaron. Pedro dio un paso hacia él, todo giraba a su alrededor, una fuerza poderosa lo arranco de la silla de montar y lo lanzó hacia adelante, gritó y perdió el sentido. O, más bien al contrario, ¿fue entonces cuando volvió en sí?
Yacía de costado, envuelto en su gabardina junto a la valla, y el terrible monumento estaba sobre él. Solo que ahora ya no tenía miedo. Amanecía sobre el Nevá. Sus aguas negras e inmóviles como piedras, descansaban en la orilla como en una tumba. Se irguió apoyándose en el codo... ¡Era cierto! El maldito «caballo pelado» brillaba como el fuego con la luz del alba, y, desde un lateral del parque, se acercaba paseando tranquilamente un guarda con bandolera, guantes blancos y una sonrisa burlona en los labios.
Así termina la historia del corneta Yergunov. Cuando está sobrio, es más corta y más sencilla. Entonces cuenta que se encaramó al monumento debido al miedo y que se había quedado allí enganchado de la correa del reloj. Que después había esperado ahí arriba, bajo la lluvia, por miedo a una redada, y que se había quedado dormido, y que por eso se había caído al suelo de madrugada. Cómo pudo sujetarse allá arriba es algo que ni él mismo entiende: no es fácil sujetarse al caballo de Falconet. Y en eso tiene razón. Con la cabeza despejada no lo habría conseguido nunca.