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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 7 de octubre de 2013

El día de la partida

Relato de Colombia



El sabio jamás renuncia a su independencia. Aun, en medio de la suprema tempestad, se comporta como un vir fortis, sólido y tenaz en sus propósitos. Sus palabras pueden parecer contradictorias a los oídos de los demás y escuchará a su paso a los pedantes tildarlo de loco, sin perder por ello la tranquilidad de su ánimo.
SÉNECA

Los detalles de la muerte de un hombre siempre son enojosos. Y lo son porque recuerdan a los demás hombres su propia muerte y adelantan algunos trazos generales de lo que será nuestro futuro común. Pero estos detalles son útiles, pues conservan la intensidad de esos últimos momen­tos en los que todo se hace por vez final. Un gesto, una mirada, una pala­bra... se diría que la certidumbre de la partida exalta el valor de la vida y produce en el alma de los que aún no mueren un impacto profundo, la marca de un sello indeleble que dice: 
«Yo también seré aquel que hoy muere, yo también seré Séneca».
 
I
Séneca ha recibido en la mañana la orden de suicidarse, y su valero­sa esposa Pompea Paulina lee en voz alta un trozo de un escrito que su marido ha terminado tiempo atrás. El día transcurre normalmente y todo respira una luminosa serenidad. Todo, salvo un ligero temblor en los labios del filósofo. Su cabello ha encanecido, pero su vigor está intac­to, como corresponde a un hijo de la soleada Hispania. Lucio Anneo ha podido aguantar una andanada de reproches motivados por su riqueza excesiva; ha resistido la tentación de muchas conspiraciones -salvo esta-; ha soportado la prepotencia de los consejeros griegos y de los innumerables oradores romanos. Su pecho sabe lo que es el exilio, el escarnio y la soledad. No ha perdido el coraje, y en su alma navega todavía la Dama de la inteligencia, en medio de la desdicha abrumado­ra, producto de la impotencia.
Sin embargo, siente miedo. El miedo es poderoso y se mueve solo, arrastrándolo todo consigo. Cuando la vida está perdida, todos los hom­bres son iguales: pueden fingir valor, pero no pueden sentirlo. El valor es únicamente para los vivos. Unas horas más y todo habrá pasado. La conspiración de Pisón fracasó, y es la hora del tributo de sangre. Natal y Escevino confesaron. Más tarde, Lucano, Quinciano y Seneción. Todos los demás fueron descubiertos. Sólo la mujer libertina, la increíble Epicarnis, fue capaz de soportar el tormento sin denunciar a los otros: no es raro. ¡Las más grandes hazañas de la tozudez humana han sido rea­lizadas por mujeres!
Es el día de la partida. Todos saben que el sabio cordobés no es un conspirador, pero también saben que el César lo odia desde hace años y que ha decidido deshacerse de él. Un tribuno llegó hasta la quinta, dis­tante cuatro millas de la ciudad, para notificarle la inminencia de su propia muerte. Cuánto le habría gustado tener tiempo para decidirlo por sí mismo. Pero siempre es tarde cuando se es un vasallo. Y el mun­do no marchará bien mientras los sabios se encuentren al servicio de imbéciles.
 
II
El agua que corre por el patio calma la inquietud de Séneca. El recuerdo de su riqueza, donada a Nerón para alegar una fidelidad en la que ya nadie puede creer, atormentará a otros; es la hora de respirar libremente el aire de la campiña y de despedirse de los placeres que brin­dan a raudales las anchas fuentes del mundo. Es hora de bañarse en las termas y de probar manjares sutiles y desconocidos. Es hora de masticar el opio, venido de misteriosas montañas perdidas en Oriente. Todo el lujo sensual y el colorido de los techos artesonados tiene sentido tan sólo para el hombre que no conoce la fecha y la hora exacta de su muerte.
De una manera o de otra, el miedo se transforma en tristeza, la angustia en desencanto y el dolor se aleja probablemente para siempre. «Si todos los hombres tuvieran la oportunidad de morir a menudo, no habría ninguno que no fuese sabio.» El ventanal de la cámara de estu­dio de la quinta deja pasar un viento leve hasta la cara de este hombre de sesenta años. «¿Cómo debo matarme?» Su esposa le contesta: «Derra­ma el vaso de tu sangre para que fecunde la tierra. Quizá se una al Tíber y llegue al mar. Puede ser que algunas gotas vayan a dar a His­pania». Y luego lloró, tan hondamente como sólo lo hace quien va a per­der lo más querido en el mundo; Pompea Paulina amaba a Séneca, y el amor se resiente siempre por una ausencia inevitable.
«¿Dónde quedan, pues, los preceptos de la sabiduría; dónde la dispo­sición preparada con el discurso de tantos años para oponerse a cual­quier accidente y peligro inminente?», pregunta una vez más aquel que ya no requiere de ninguna respuesta. La serenidad sincera es el fruto de un desapego que él estaba lejos de poseer; no lo pregunta porque vea correr las lágrimas de su esposa ni porque pretenda enseñar algo a sus discípulos más fieles. Lo pregunta a Séneca, porque en él todo se resis­te a morir, todo quiere persistir. Está sorprendido de la fuerza de su insensata esperanza, que quiere inventar proyectos y que anoche mis­mo soñaba con convencer a Estacio Anneo de sembrar uno de sus cam­pos con delicadas frutas de estación. Hoy, después de años enteros de aguardarlo, es un día último, un día de despedida; el único día abrumadoramente real en la vida de todos los hombres.
 
III
Roma es un nido de víboras, en donde no bien la fortuna ha sonreído a alguno, un ejército de envidiosos y mezquinos se abate sobre él. Muchos años hace que Séneca vive en Roma, y su origen provinciano no ha sido un obstáculo para que su fama crezca y su fortuna aumente. No obstante, el fantasma de los celos de César ha rondado su cabeza, y hay muchos que le odian y que se alegran de su desgracia. Uno de ellos, Acrato, liberto del César, saqueador de templos y ladrón de imágenes sagradas, y cuya sacrílega mirada se ha posado sin recato en los cuer­pos de las vestales, se ha dedicado a desacreditarle públicamente, que­riendo acelerar su muerte. Todo hombre ruin busca afanosamente una víctima en la cual desahogar sus culpas. Así como este Acrato, muchos otros enemigos gratuitos le acechan desde hace tiempo, esperando en la sombra para clavar sus garras en la carne del cordobés. De nada ha valido ocultarse; han ido a buscarlo a su lugar de retiro para hacerle saber que están allí y que no lo dejarán en paz.
La desdicha no ha caído de repente sobre el hombre que tanto ha escrito respecto de la firmeza del ánimo. Cada golpe ha venido acom­pañado de otro golpe; cada flecha de otra flecha. Lentamente, el trozo de cielo que quedaba a Séneca se vuelve un jirón de tinieblas. Por for­tuna, esta vez será la última. Los que sufren por detestarlo podrán por fin descansar mañana y él también descansará. Nada de esto turbará la Historia.
La vanidad propia del mundo y la falta de razón que lo rige demues­tran una vez más que el filósofo tiene razón cuando desprecia a la lógi­ca como «no procedente para la sabiduría» y la somete a frecuentes y punzantes burlas. La vida es el conjunto informe de impulsos y arreba­tos del destino. Unos más rectos, otros más torcidos; no hay intelecto que los comprenda ni mente que los abarque. Si el hombre sensato no se dedica a esperar cualquier cosa de manos de la suerte, entonces irá perdiendo sin remedio la sensatez. Séneca se da cuenta de todo cuanto sucede, pero no puede gobernar las fuerzas que lo arrastran a la muer­te; lo único que puede hacer es no pretender rebelarse en vano. Y no se rebela.
 
IV
Pompea Paulina quiere matarse con su esposo. Se lo ha dicho y él no se lo ha impedido. Con la solemnidad que tienen las cosas de todos los días cuando se hacen por última vez, los esclavos preparan un baño caliente para su señor. Cuando todo se ha dispuesto, Séneca baja los ojos hacia la afilada cuchilla que sin perturbarse en absoluto vaciará su cuerpo de sangre. Ha escogido esta forma de matarse, porque asegura que podrá contemplar su propia muerte y la verá venir despacio, como se atisba una nave en la distancia.
Tras un instante de vacilación, necesaria al cuerpo y a la mente para recibir la llegada de lo inevitable, Séneca empuña el arma y observa que su esposa lo hace también. Mirándose las venas con calma se hace una incisión profunda en la muñeca izquierda. La primera gota de sangre es para el arma, las demás las beberá la tierra con la misma avidez con la que absorbe las lluvias torrenciales de primavera. Pompea Paulina san­gra, igual que él. La visión se hace turbia como para poder describir lo
que se ve. Una pesadez lánguida se va apoderando de cada músculo, de cada movimiento, de cada impulso del aliento. La muerte hace su obra simple y eterna. La misma que perpetuamente ha hecho. Pese a ello, Séneca siente que su cuerpo delgado y viejo se demora en responder al último llamado. Las venas tienden a cerrarse y la sangre que contienen no acierta a desviarse de su rumbo. La inercia de la vida aspira a retar a la muerte; así vemos abrirse y cerrarse la boca de una serpiente deca­pitada o vemos temblar la pierna cortada en la batalla. Séneca pide ayuda a uno de sus amigos para apresurar la obra de la muerte. La angustia de no querer morir da paso a la impaciencia por morir pronto. El dolor es inútil cuando es definitivo.
Lucio Anneo convence a su esposa para que se retire a una habita­ción contigua. Nadie emite un sonido. El duelo ha comenzado desde mucho antes de la hora definitiva. El sol busca ocultarse y sopla un viento fresco venido del mar. En tardes así era un placer caminar por las arboledas floridas, hacer proyectos y abrigar esperanzas. La másca­ra trágica ha caído y sólo resta tener paciencia. No hay nada que no lle­gue; la cuestión es saber la magnitud del plazo.
 
V
César es un hombre doble. Abraza y besa a quien ha mandado a apuñalar. El origen de su alma es oscuro, y en sus ojos apagados se per­cibe esa dureza que caracteriza a los crueles y esa blandura que pone en evidencia a los pusilánimes. Desde niño, su espíritu ha abundado en contradicciones. No es un mal poeta ni un mal gobernante. No obstan­te, no es un buen hijo ni un buen hermano. Como hombre es mucho menos que un Catón o que un Pompeyo. Vanidoso y vulgar, se ha gran­jeado el desprecio de su pueblo. Pero, a decir verdad, no es mucho peor que cualquiera de sus soldados; se trata tan sólo de un hombre ordina­rio colocado en un lugar extraordinario. Sus muchos crímenes obedecen por igual a la desidia que a la perversidad. Otros ha habido en el pasa­do bastante peores que él, pero no han durado tanto en el mando. Si Nerón conserva el poder es porque los dioses así lo quieren. Cuestionar los motivos que puedan tener para hacerlo así es una tarea inservible.
Su inquina contra Séneca se debe a la furia que le produce la sabi­duría de los demás y al desprecio que su espíritu siente por sí mismo. Sólo se puede odiar al que representa lo que no somos, lo que no pode­mos ser. Pero Nerón tiene las espadas, las legiones, la riqueza y la estupidez de su parte, y no hay pequeño rincón del mundo que esas cosas no conquisten. La virtud representada en un hombre, la autoridad moral o la lucidez, son escudos muy frágiles para protegerse del yugo de la igno­rancia. La ignorancia es asesina y mata ingenuamente, torpemente. Hace olvidar al grasiento César que su ayo y maestro dedicó años para sentar las bases de su espíritu y que lo vio sonreír cuando era un niño ante el descubrimiento de las primeras letras y la irrupción temprana de la sabiduría. Este cordobés, profesor de retórica y de leyes, de gim­nasia y de filosofía, fue en otro tiempo la gran ventana por la que se aso­maba el joven Nerón a un mundo complejo y avaro. Séneca tuvo que su­frir la persecución de Agripina y bajar la cabeza ante el arribo de la fuerza bruta, la vulgaridad y la intolerancia. Resignado a merecer el poder por su virtud, debió servir de pedestal a una familia entera de canallas.
Nada ha cambiado: hoy lo hará una vez más. Será la última. Maña­na brillarán los astros en el cielo y correrá alegremente el agua por las fuentes.
 
VI
El anciano de hoy fue el hombre maduro de ayer y el joven de unos días antes. Séneca, aunque agotado, desea la muerte lúcido y con el talante en alto. No se resigna a los arrebatos de la inconsciencia y no quiere cerrarse todas las puertas; aun la cobardía tiene grados, y la suya es pequeña: ha comprendido que hasta el miedo puede esfumarse cuando ya no tiene sentido tenerlo. La bañera ensangrentada se disuel­ve en sus ojos como se alejan las pesadillas, por intervalos más o menos regulares. Sus manos trepidan, y bañado en un sudor frío, se imagina atravesar un océano de bruma y de silencio, uno de esos mares que se llevan dentro durante años y que se vacían abruptamente en el momen­to de la muerte.
Su amigo, Estacio Anneo, gran médico, le convence de que apresure su agonía ingiriendo veneno seco, parecido a la ilustre cicuta de Sócra­tes. Lo traga difícilmente, porque su alma ya no quiere percibir nada; quiere, antes bien, vomitarlo todo. El corazón avanza en su pecho como si hubiera adquirido pies. Desde su entrañable probidad, el ayo de Nerón, el trágico y el orador, el sabio y rico comerciante, cavila dulce­mente sobre los errores y torpezas del pasado. ¡Qué candidez hay en sus ojos, mientras se contempla en su recuerdo como si mirara a otro! Ve a su madre, reclinada en la vieja silla en su casa cordobesa. Ve a su padre, el estricto rétor Marco Anneo Séneca, solemnemente dedicado a sus libros. Ve a sus hermanos y a sus primos; observa los hermosos caballos de la infancia y la espada cartaginesa que poseyó alguna vez. Delira magníficamente, como arrastrado por una rápida embarcación de vela bellamente calafateada que gozara de viento favorable. Los momentos vividos se le arremolinan en la cabeza, pero terminan por llegar suave­mente a su espíritu. Recuerda los lejanos misterios, en los que creyó ver el alma misma del mundo, atractiva e inalcanzable como la de una fiera. Recuerda antiguas pasiones y amores desgastados por el tiempo. Se ve a sí mismo y tiene ocasión de volver a amarse intensamente. Produce, tan sólo para sus ojos, el deleite y la desgracia de haber sido Séneca, precisa­mente Séneca y no algún otro.
Todo esto no ha sido suficiente para arrancar el aliento de su ser y desprender el alma de su cuerpo. Todavía sumido en la ensoñación, pue­de comprobar que se encuentra a medio camino del mundo de los muer­tos. Su mente trabaja ardorosamente para encontrar una solución. Uno de sus esclavos, un cartaginés moreno que hacía muchos años prepara­ba sus abluciones con hierbas y esencias españolas, lo transporta a un aposento donde hay un baño de agua caliente. El líquido hirviente y vaporoso salta sobre la piel de sus criados, mientras se oye decir a Séne­ca: «Consagro este licor a Júpiter librador». Entra al baño y ya no vuel­ve a salir, pues aquel vapor suspende su aliento, y su alma inicia el tránsito al Tártaro profundo y obscuro, al cual todos estamos destina­dos, sin excepción ni perdón.
Los soldados del tribuno impiden la muerte de Pompea Paulina. El cuerpo del cordobés es quemado sin rituales, como él lo había dispuesto en su codicilo. Cuando la noticia llega a oídos de Nerón, los consejeros griegos sonríen y el Emperador hace una mueca de espanto que termi­na en una carcajada. Sale para un banquete en las afueras de Roma, y lleva bajo su brazo algunos libros escritos por su maestro.