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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 25 de octubre de 2013

Huyendo de las aguas

Relato Paraguayo



Al amanecer cargaron en la canoa algunas ropas y alistaron también la olla negra de hierro, la hervidora, la paila renegrida, el brasero y la pequeña bolsita de carbón. Rosaura colgó de un alambre los fideos y las galletas duras y alzó bien alto (al final de la tapia) las cosas que dejaría al marcharse al atardecer o a la mañana siguiente.
Él había improvisado un sobrado de caranday en el pequeño rancho (suficiente como para tenderse a dormir los cuatro) si es que la noche volvía a sorprenderlos en el mismo lugar. Ella miró el horizonte y vio agua por todas partes. Y las lejanas casitas semicubiertas por el río desbordante.
A lo lejos venía una canoa con dos ocupantes y ella creyó reconocer a su compañero que había salido con otro vecino a buscar algún lugar aún seco donde poner a salvo a sus familias. No eran ellos, si no otros desahuciados que huían también de la crecida. Miró a su niño que dormía en un leve colchón instalado sobre las tablas (vigilado por el perro que ante cualquier movimiento ladraba avisando a la patrona). Entonces bajó a la canoa para acercarse más al agua y poder lavar algunas ropas de su hijo y pensó en el guiso de fideos del almuerzo que se había secado esperando al comensal que no volvía.
 
... a lo lejos, islas de camalotes pasaban llevadas por la corriente.
 
Cuando terminó de lavar, volvió a subir al segundo piso improvisado de su rancho para acomodar los pocos objetos que llevarían en su éxodo, y pensó en sus plantas que quedaron bajo el agua, en los baldes de lata que solía utilizar para acarrear agua del río, en la hamaca del nene que quedó bajo el ybapovó, en el banco alargado que miraba hacia el norte, y en su huerto naciente donde las lechugas comenzaban a reverdecer compitiendo en altura con las plantas de locote y donde la papa que enterró para hacerle puré a su hijo comenzaba a echar brotes verdes que se asomaban tímidamente de la tierra.
Acomodó en el sobrado el brasero y la olla para recalentar el guiso cuando Armindo volviera, o para agregarle algún trozo de cecina y más agua agrandándolo para la cena, si es que su vuelta se retrasaba.
 
... un pedazo de isla flotante con un pequeño sauce también iba pasando.
 
El niño se inquietó en el colchón y ella posó sus manos sobre la frente sudada, comprobando con preocupación que estaba teniendo algo de fiebre. El perro la observó con los ojos brillantes, porque entendió en sus ademanes que algo extraño le ocurría a su pequeño amo.
Rosaura fue a buscar a la canoa la botella con alcohol y ruda que solía utilizar para bajarle la fiebre a su pequeño. y estaba revolviendo su pequeño bolsón cuando el ruido de un pequeño cuerpo cayendo en el agua la hizo volverse hacia el agujero del rancho que antes correspondiera a la puerta. Un sudor frío le recorrió el cuerpo mientras un grito desgarrador salía de su garganta llamando a su hijo. Sólo un pequeño remolino de agua le indicó que el cuerpito ya se había hundido.
Saltó con desesperación hacia el sobrado y lo encontró durmiendo, con el hocico del perro en su mejilla izquierda, totalmente ajeno al gran ruido que provocó al caerse el pequeño venado que su padre había cazado el día anterior y que se secaba colgado de un alambre en la tapia exterior, estaqueada con adobe y picanillas.