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jueves, 3 de octubre de 2013

La noche en cuestión


Relato de los  EE. UU


Frances había ido al apartamento de su hermano para consolarlo de un desengaño amoroso, pero Frank terminó con la mitad de la tarta de cerezas que le llevó ella y apenas mencionó a la mujer. Se encontraba en un estado de exaltación debido a un sermón que había oído aquella tarde. El pastor Violet se había superado a sí mismo, le dijo Frank; aquél había sido el mejor de los suyos, el modelo insuperable. Frank quería repetírselo a Frances, lo mismo que le representaba escenas de películas cuando eran pequeños.
-Me tengo que ir, Franky.
-No es tan largo -dijo Frank-. Cinco minutos. Diez como mucho.
Tres años antes Frank había chocado con el coche de ella contra una mediana de la autopista y casi muere, luego casi vuelve a morir, en una clínica de desintoxicación, de un ataque epiléptico. Ahora quería soltarle sermones. Frances supuso que tenía que estar agradecida. Dijo que le daría diez minutos.
Era una noche bochornosa, pero Frank llevaba como siempre una camisa de manga larga para ocultar los extraños tatuajes con los que se despertó una mañana cuando estaba destinado en Manila. La camisa era blanca, estaba almidonada y planchada con esmero. La corbata que se había puesto para ir a la iglesia todavía estaba anudada firmemente bajo su prominente nuez. Hombre alto en una habitación pequeña, paseaba inquieto por delante del sofá mientras se concentraba para hablar. Tenía cuidado con la pierna izquierda, cuya rodilla se había destrozado en el choque: cada vez que pisaba con el pie derecho, los platos tintineaban en el aparador.
-Vale, ahí va -dijo-. Tendré que completarlo aquí y allá, pero recuerdo la mayor parte -continuó andando, lentamente, con decisión, manos en la espalda, cabeza inclinada en un ángulo que sugería meditación-. Queridos amigos míos -empezó-, puede que hayáis leído en el periódico no hace mucho lo de un hombre de nuestro estado, un padre como muchos de los que estáis hoy aquí aunque un padre que tenía que hacer una terrible elección. Se llama Mike Bolling. Es ferroviario. Mike es guardagujas y lleva trabajando en el ferrocarril desde que terminó en el instituto, lo mismo que su padre y su abuelo antes que él. Janice y él hace diez años que se casaron. Esperaban tener una casa llena de niños, pero el Señor decidió concederles sólo un hijo, uno muy especial. Eso fue hace nueve años. Le llamaron Benny por el padre de Janice. Aunque éste había muerto cuando ella era muy pequeña, recordaba su amplia sonrisa un poco torcida y cómo echaba la cabeza atrás cuando se reía, y esperaba que algo del espíritu de su padre se hubiera transmitido con el nombre. Bien, pues resultó que tuvo todo su espíritu, y algo más.
»Benny. Salió a toda marcha y nunca cambió de velocidad. A Mike le gustaba decir que podría tirar de un tren, de la energía que tenía. Buen estudiante, deportista nato, pero su fuerte era la mecánica. Uno de esos chicos que dejas con un reloj en la misma habitación y lo desarman antes de que te des la vuelta. En segundo grado ya arreglaba relojes, por no hablar del aspirador, la tele y el motor de la vieja segadora de Mike.
Aquello no sonaba a Frank. Él hablaba de modo directo, nunca formal ni popular, tan cortante y a veces violento que sus bromas sonaban a desafíos, o insultos. Frances era casi la única que las entendía. Aquel tono la estaba poniendo nerviosa. En aquella historia iba a pasar algo terrible, algo que Frances lamentaría haber escuchado. Lo sabía. Pero no le interrumpió. Frank era su hermano pequeño, y ella no le negaría nada.
Cuando Frank todavía era un bebé, ni siquiera andaba, Frank, su padre, se había puesto a enseñarle a su hijo el significado de la palabra «no». En las cenas balanceaba su reloj de pulsera delante de los ojos de Frank, luego decía «¡No!», y lo retiraba cuando el niño trataba de agarrarlo. Si Frank insistía, Frank padre le daba un golpecito en la mano hasta que el niño aullaba de furia y deseo. Eso pasaba noche tras noche. Frank no aprendía la lección; en cuanto le ofrecían el reloj, lo quería agarrar. Frances seguía el ejemplo de su madre y no decía nada. Tenía ocho años, y aunque temía la atención de su padre, también la echaba en falta, y le molestaba la obstinación de Frank y el alboroto que causaba. ¿Por qué no aprendía?
Entonces su padre le dio una bofetada en la cara a Frank. Fue en Nochevieja. Frances todavía recordaba los estúpidos sombreros con borlas que llevaban puestos todos cuando su padre abofeteó a su hermano, un bebé. En el vacío temporal que siguió a la bofetada no había más sonido que la larga ráfaga de aire que entraba en los pulmones de Frank cuando éste, con la cara roja, retorciéndose en su silla, se esforzaba por gritar. Frank padre bajó la cabeza. Frances vio que estaba sorprendido de sí mismo y tenía miedo a lo que seguiría. Miró a su madre, que había cerrado los ojos. Años después Frances trataba de pensar en un momento en que sus vidas hubieran podido dar un giro siquiera de un grado, hubiesen girado y tomado otra dirección, y siempre volvía a aquel instante en que su padre se dio cuenta de lo malo que era lo que había hecho y estaba temblando, esperando que se lo reprocharan. ¿Qué habría pasado si su madre se hubiera levantado de un salto de su silla y se hubiera plantado ante él, diciéndole que parara de una vez y para siempre? ¿O si sólo le hubiera mirado, confirmando su vergüenza? Pero tenía los ojos cerrados, y los mantuvo así hasta que Frank los abrió con su desesperación, y Frank padre salió de la habitación. Como sabía Frances incluso entonces, su madre no podía permitirse ver aquello a lo que no tenía fuerzas para oponerse. Estaba mal del corazón. Tres años después alcanzó una botella de amoníaco, dijo «Oh», se sentó en el suelo y murió.
Frances se enfrentó a su padre. Desafiando sus órdenes le llevaba comida a Frank a la habitación de éste cuando estaba encerrado, le defendía, y le decía que tenía que defenderse por sí mismo. Frank padre había decidido que su hijo necesitaba que lo doblegaran, y Frank no se doblegaría. Intentaba hacer todo lo que su padre decía que no hiciera, con Frances azuzándolo y tratándolo maternalmente cuando lo descubrían. En un determinado momento su padre dejó de explicar las razones de su fastidio. Según su silencio se hacía mayor, aumentaba también la fuerza de su mano. Una noche Frances agarró el cinturón de su padre, que se disponía a perseguir a Frank, y cuando la apartó a un lado Frank se lanzó de cabeza al estómago de su padre. Frances saltó sobre la espalda de su padre, y los tres fueron chocando por la habitación. Cuando aquello terminó, Frances estaba tirada en el suelo con un labio partido y un zumbido en los oídos, riéndose como una loca.
Frank padre le decía no a su hijo en todo, y Frances no le decía no en nada. Frank se daba cuenta de la resistencia de ella y aprendió a explotarla, con una desvergüenza especial durante los meses anteriores a su accidente. Invadía su casa, le originaba problemas en el trabajo, casi acabó con su matrimonio. Hasta el día de hoy su marido no había perdonado a Frances lo que él llamó su complicidad en aquella pesadilla. Pero a su marido nunca le habían lanzado de un puñetazo al otro lado de una habitación, ni pateado, o golpeado la cabeza contra una puerta. Nadie le había hablado nunca como el padre de ella había hablado a Frank. No tenia ni idea de lo que era estar indefenso y solo. Nadie debería estar solo en este mundo. Todos deberíamos tener a alguien que mantuviera la fe en nosotros, sin importar qué pasara, hasta el final.
-La noche en cuestión -dijo Frank-, el capataz de Mike le llamó para pedirle que hiciera el turno de otro compañero en el puesto del puente levadizo donde llevaba un tiempo trabajando. Era la noche de un lunes, a mediados de enero, tremendamente fría. Janice estaba en una reunión de la Asociación de Padres de Alumnos cuando Mike recibió la llamada, conque no tuvo otra elección que llevarse a Benny con él. Aunque iba contra las normas, estrictamente hablando, necesitaba las horas extra y lo había hecho antes, más de una vez. Nadie dijo nada. Benny siempre se portaba bien, y era una oportunidad para él y Mike de hacerse amigos, estar juntos un poco. Charlaban y bromeaban, asaban unas salchichas, y luego Mike le preparaba a Benny un saco de dormir y un colchón hinchable. Una aventura normal.
»Una noche cruda de invierno, como decía. Había una estufa en el puesto, pero no estaba encendida. El tipo al que relevaba Mike tenía puesto el anorak y unos guantes. Mike le tomó el pelo por eso, aunque él y Benny pronto se volvieron a poner sus propios gorros y guantes. Mike preparó un chocolate caliente, y jugaron a las cartas, o trataron de hacerlo: no es fácil jugar con los guantes puestos. Pero no estaban pensando en ganar o perder. Ya era bastante agradable estar juntos, los dos, con el viento gélido soplando contra las ventanas. ¡Padre e hijo! ¿Qué podía haber mejor que eso? Luego Mike tuvo que levantar el puente a un par de barcos, y las cosas se pusieron bastante tensas porque uno de ellos se acercó demasiado a la orilla y casi encalla. El patrón tuvo que dar atrás toda a los motores, volver río abajo y hacer otro intento. Todo el asunto duró mucho más de lo debido, y para cuando había pasado el segundo barco, Mike se había retrasado respecto al horario y tuvo que apresurarse a bajar el puente para el expreso de Portland. Fue cuando notó la falta de Benny.
Frank se detuvo junto a la ventana y miró afuera, sin ver, como si considerara si seguir o no. Pero luego se alejo de la ventana y volvió a empezar, y Frances comprendió que aquel breve momento de reflexión sólo era otra parte del sermón.
-Mike llama a Benny. No hay respuesta. Vuelve a llamarlo sin tener en cuenta el volumen de la voz. Tienes que entender la situación en la que está Mike. Tiene que bajar el puente para aquel tren, y casi no cuenta con suficiente tiempo para hacerlo. No sabe dónde está Benny, pero se le ocurre una buena idea. Justo donde se supone que no debe estar. Abajo, en la sala de máquinas.
»La sala de máquinas. La fábrica, como la llaman Mike y los otros operarios. Imagina el tipo de fuerza que se necesita para subir y bajar un puente levadizo, aparte del propio motor con todos los cabrestantes y palancas, poleas y ejes y ruedas y todo lo demás. Una maquinaria monstruosa. Tornillos gigantescos girando en todas partes, engranajes con dientes como armarios archivadores. Hay pasarelas y pasadizos entre la maquinaria para los mecánicos, pero nadie baja allí a no ser que sepa lo que está haciendo. Uno tiene que saber lo que hace. Tiene que saber dónde poner exactamente los pies, y mantener las manos cerca y llevar la ropa apropiada. Y ni siquiera si sabes lo que hay que hacer bajas allí cuando el puente se está moviendo. Nunca. Hay demasiadas cosas en marcha, demasiadas formas de engancharte y que te atrape la maquinaria. Mike le había dicho a Benny cien veces: "No te acerques a la sala de máquinas". Ésa es la norma inexorable cuando Benny viene al puesto. Pero Mike cometió el error de llevarle abajo para que echase un rápido vistazo un día en que el motor estaba funcionando, y vio cómo se iluminaba la cara de Benny ante la visión de todo aquel acero, toda aquella maquinaria. Benny se moría por poner las manos en aquellas ruedas y engranajes, ver cómo encajaba todo. Mike notó que aquello tiraba de Benny como un gran imán. Después de eso siempre lo tenía vigilado, hasta esta noche, cuando se distrajo. Y ahora Benny está allí abajo. Mike está tan seguro de eso como de que se llama Mike.
Francés dijo:
-No quiero oír esa historia.
Frank no dio señales de haberla oído. Ella iba a decir algo más, luego puso cara de amargura y le dejó continuar.
-Para llegar a la sala de máquinas, Mike tendría que ir por el pasadizo de la parte de atrás del puesto y esperar el ascensor, o si no bajar por la escalerilla de emergencia.. No tiene tiempo para hacer ninguna de esas cosas. Sólo tiene tiempo para bajar el puente, y apenas el tiempo justo para eso. Tiene que bajar el puente ahora o el tren se irá al río con todos dentro. Esa es la situación en la que está, ésa es la elección que tiene que hacer: su hijo, Benny, o la gente de aquel tren.
»Ahora pensemos un momento en la gente de aquel tren. Mike nunca los ha visto, pero ha vivido lo bastante para saber cómo son. Son como el resto de nosotros. Hay algunos que respetan al Señor y aman a su prójimo, y viven en la luz. Y están los otros. En ese tren van hombres que murmuran sobre arteros documentos y le quitan a una viuda incluso lo poco que le corresponde. En ese tren va el hombre cuyas fabricas matan y mutilan a los obreros. Hay ladrones en ese tren, y mentirosos e hipócritas. En ese tren va el hombre al que no le basta con su mujer, que no está contento hasta que posea a todas las mujeres que andan por la tierra. Va el falso testigo. Va el que acepta sobornos. Va la mujer que abandonó a su marido e hijos por su propio placer. Va el que vende productos en mal estado, el cobarde y el usurero, y va el hombre que vive para su droga, que hará cualquier cosa por esa falsa promesa: robar a los que le dan trabajo, a sus amigos, a su familia, sí, incluso a su propia familia, aprovechándose de su compasión, pidiendo prestado de mala fe, asaltando sus mismas casas. Todos esos van en el tren, despiertos y hambrientos como lobos; y también van en el tren los que duermen, los que pasan como sonámbulos por sus vidas sin hacer el mal y sin combatirlo, como soldados que se hacen los muertos para no participar en la batalla, ni por sus ciudades ni por sus casas, ni siquiera por sus mujeres e hijos. Por esas personas, ¿como puede renunciar Mike a su hijo, a su Benny, que no es culpable de nada?
»No puede. Claro que no puede, no por sí solo. Pero Mike no está solo. Sabe lo que sabemos todos, incluso cuando tratamos de olvidarnos: que nunca estamos solos, jamás. Estamos en presencia de nuestro Padre a la luz del día y en la oscuridad de la noche, incluso en esa oscuridad en la que huimos de Él, escondiendo la cara como niños asustados. Él no nos dejará. No. Él nunca nos dejará solos. Aunque cerremos todas las ventanas y atranquemos todas las puertas. Él entrará de todos modos. Aunque vaciemos nuestros corazones y los convirtamos en piedra, hará de ellos Su morada.
»No nos dejará solos. Está con todos vosotros aquí, como está conmigo. Está con Mike, y también en el tren con el hombre que acepta sobornos, y con la mujer que debe conquistar al marido de su amiga, y el hombre que necesita una copa. Conoce sus necesidades mejor que ellos. Sabe que lo que de verdad necesitan es a Él, y aunque huyan de Su voz nunca deja de decirles que está allí. Y en ese momento, cuando Mike no tiene ningún sitio donde esconderse y no le queda nada que decirse, oye y sabe que no está solo, y sabe qué es lo que debe hacer. Ya ha sido hecho antes, incluso por el que habla, el Padre de Todos, que ofreció a su propio Hijo, su Bienamado, para que otros pudieran salvarse.
-¡No! -exclamó Frances.
Frank se interrumpió y miró a Frances como si no pudiera recordar quién era.
-Basta ya -dijo-. Ésa es mi cuota de santidad por este año.
-Pero hay más.
-Lo sé. Lo veo venir. El tipo mató a su hijo, ¿no? Tengo que decirte, Frank, que es una historia horrible. ¿Qué se supone que debemos sacar de una historia como ésa?... ¿Deberíamos matar a nuestro propio hijo para salvar a un desconocido?
-Hay más que eso.
-Vale pues que sea un tren lleno de desconocidos, que sean diez trenes llenos de desconocidos. ¿Debería hacer eso yo porque ese supuesto Padre de Todos lo hizo? ¿Es ésa la cuestión? En todo caso, ¿cómo piensa la gente en cosas así? Es una historia espantosa.
-Es verdadera.
-¿Verdadera? Franky. Por favor, tú no eres idiota.
-El pastor Violet conoce a un hombre que iba en ese tren.
-Apuesto lo que sea a que sí. A ver si lo adivino -Frances cerró los ojos con fuerza, luego los abrió de golpe-. ¡Al drogadicto! Sí, y después se rehabilitó y trabajó con los niños de la calle de Brasil y demostró a todo el mundo que el sacrificio de Mike no había sido en vano. ¿Es así como sigue?
-No te estás enterando, Frances. No es sobre eso. Déjame terminar.
-No. Es una historia horrible, Frank. La gente no hace una cosa así. Yo estoy completamente segura de que no la haría.
-No te lo han pedido. Él no nos pide que hagamos lo que no podemos.
-No me importa lo que pida. ¿Dónde aprendiste a hablar así, de todos modos? Ni siquiera pareces tú mismo.
-Tenía que cambiar. Tenía que cambiar mi forma de ver las cosas. Puede que también suene un poco diferente.
-Sí, aunque sonabas mejor cuando estabas borracho.
Pareció que Frank iba a decir algo, pero no lo hizo. Dio un paso atrás y se sentó en una espantosa butaca reclinable con tela de cuadros dejada por el inquilino anterior. Estaba atascada en la posición vertical.
-Ni aunque el Todopoderoso me ponga una pistola en la sien, nunca lo haría -dijo Francés-. Ni en un millón de años. Ni lo harías tú. Se sincero ahora, hermanito, si yo estuviera abajo entre la maquinaria, ¿me triturarías? ¿Pulsarías el botón que me hiciera picadillo?
-No es algo que tenga que elegir yo.
-Sí, sí, lo sé. Pero digamos que tuvieras que elegir.
-No tengo que tomar esa elección. Él no nos pondría pistolas en la sien.
-¿De verdad? ¿Y qué pasa con el infierno? ¿Cómo llamas tú a eso? Pero da igual. Que le follen al infierno, no me importa un pito. ¿Me harías picadillo o no?
-No me pongas a prueba, Frances. No es tu papel.
-Estoy abajo en la fábrica, Frank. Estoy atrapada en los engranajes y ahí viene el tren con la Madre Teresa y quinientos pecadores, pi-pi, pi-pi. ¿A quién, Frank? ¿A quién sacrificarías?
Frances tuvo ganas de reír. Rígido y confuso en el asiento, con las manos agarrando los reposabrazos, Frank parecía que iba a despegar en medio de un huracán. Se guardó para sí misma aquella pequeña reflexión, Frank estaba pensando, y tenía que dejarle. Sabía cuál sería su respuesta -en definitiva no podía haber otra respuesta-, pero no podía decir simplemente «a mi hermana» y quedarse en eso. No, tenía que darle vueltas a las cosas para encontrar una razón justificada y que sonara a elevada para elegirla a ella. Y puede que no la encontrara, al principio, puede que se acobardase y saliera con una respuesta de catequesis. Frances estaba preparada para eso; podría hacerle entrar en razón. A Frances no le importaba pelearse, y no le importaba especialmente pelearse por su hermano. Por su hermano se había peleado con vecinos gamberros, profesores estirados y entrenadores despreciativos, tiburones prestamistas, caseros, gorilas de discoteca. Desde la época en que era una niña con las rodillas llenas de costras había competido con su propio padre, y si la llegaban a empujar competiría con el Padre de Todos, aquel matón incomprensible. Estaba dispuesta. Sería como en los viejos tiempos, los dos esperando en su habitación del piso de arriba mientras Frank padre se ponía hecho una furia abajo, mascullando, dando portazos, apestando la casa con los puros que fumaba cuando se comportaba irracionalmente. Ella lo recordaba todo: el temblor de sus piernas, los fuertes latidos en el cuello según se hacía más espeso el humo. Todavía notaba el sabor de aquel humo y oía los pasos de su padre en la escalera, el jadeo de Frank a su lado, acercándose más, susurrando su nombre y su propia voz respondiendo, según el miedo daba paso a la furia y a un gozo inexplicable: «No pasa nada, Franky, yo estoy aquí».