Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 10 de octubre de 2013

Los novios


Relato Cubano


Pensar que antes nos veíamos todos los días, excepto los domingos y sábados por la tarde, y algunos domingos también, cuando celebraban cumpleaños en el barrio y nos invitaban a todos. Ella iba con su madre, llena la cabeza de lazos, cintas y cascabeles en los zapatos. No me le podía acercar, pero nos mirábamos y nos mirábamos de lejos, sonriéndonos. Y luego, ya acostado en mi cama, era cuando más recordaba, y entonces sí que podíamos pasear cogidos de la mano, lo mismo por el parque, que sobre los techos; los dos bajo su sombrilla.
La conocí en la escuela y se llamaba Ana. Un día sentimos un fuerte olor a flores y notamos que la clase estaba llena de mariposas. La maestra descubrió que volaban en torno a la niña nueva, y al revisarla encontró jazmines en su pelo, y fue entonces que todos la miramos por primera vez. Estaba junto a la ventana, muy rubia, y con sus lazos enormes y rojos en la cabeza.
Mamá dice que todos los niños tenemos un ángel de la guarda, que anda detrás de nosotros para cuidar que no nos caigamos ni nos hagamos heridas. Yo a cada rato me vuelvo de pronto, o salgo corriendo y me miro al espejo, pero nunca he visto mi ángel. Por eso en aquel momento, aunque la niña no tenía alas, sospeché que era él, pues yo creo que así de lindos deben de ser los ángeles. Y en el receso corrí y me le puse delante, a ver qué hacía, y cuando saltó, salté delante, y cuando corrió hacia la maestra, corrí delante, y le dijo que mirara a ese niño que no la dejaba caminar. Entonces nos miramos a los ojos. De inmediato yo comencé a escuchar una música que nunca había oído y sentí mareos. Tuve que apartar de ella la vista y fue peor, pues creí que me caería y que no podría respirar. La miré de nuevo y me volvieron los mareos; pero me empecé a sentir mejor, porque ella me sonrió y, no estoy seguro, pero me parece que yo iba llorando cuando nos fuimos a sentar bajo los almendros y tenía deseos de que lloviera o fuera bien de mañana. En el aula seguimos igual, ya nunca más pudimos dejar de mirarnos. Yo me cubría la cara y la miraba a través de los dedos para que nadie se diera cuenta, y ella bajaba la cabeza y dejaba algún huequito. A la salida de la escuela, me esperó. Sus lazos rojos volaban al viento. Yo tomé sus libros y la sombrilla, que también era roja, y bajamos la calle junticos y de mano. La gente se paraba a ver pasar aquella pareja tan bonita, rodeada de mariposas. Nos despedimos mucho más allá de mi casa, sin haber hablado una palabra, no más que mirándonos y mirándonos. La vi alejarse y entrar en la casona rosada, la más grande del pueblo. Regresé con los ojos cerrados para seguir viéndola delante de mí, y oía la música. Bebí dos vasos de agua junto a la tinaja, para ver si se me desinflaba el pecho, y mamá me preguntó que por qué estaba tan pálido, y yo le respondí que porque tenía novia. "Adiós, carajo", exclamó mamá y tuvo que sentarse en un taburete con una de sus sonrisas hermosas. Yo también la miré y me sentí mejor porque vi el orgullo que estaba teniendo. "Eso es lo que nos faltaba", dijo, pero abrió los brazos y yo corrí para que me abrazara. Las hermanas empezaron a cantar "el niño tiene novia, el niño tiene novia", y en eso entró el marido de mamá y ella le dijo enseguida que si no sabía la última noticia, pero antes de que él pudiera comentar algo, yo salí corriendo y me eché en la cama a llorar. Entonces mamá dijo que ya, que cuidadito con meterse conmigo, y fue a decirme que todo había sido jugando, que fuera a almorzar porque ahora sí tenía que comer mucho y portarme bien.
Desde entonces Ana y yo fuimos y vinimos juntos a la escuela. Qué lindos nosotros dos debajo de la sombrilla, a veces de mano y saltando de piedra en piedra. La gente nos saludaba y nosotros continuábamos. No tomábamos por los portales porque entonces para qué íbamos a abrir la sombrilla, que es como más bonitos nos veíamos. En ocasiones, sí íbamos por los portales con la sombrilla abierta, y era cuando no hacía mucho sol en la calle porque estaba a punto de llover. Nos deteníamos en todas las esquinas y nos íbamos comiendo el pan con tomates maduros que mamá me envuelve en un cartuchito para que me lo coma a la hora del recreo. Cuando por fin llegábamos a la escuela, nos mirábamos, me daba dinero para mi merienda y nos volvíamos a mirar. Cada uno se sentaba en su pupitre y seguíamos mirándonos, tan felices.
Algunas veces estaba lloviendo cuando se terminaban las clases, y mamá me preguntaba cómo era que llegaba seco a casa. Un día le dije que porque venía bajo la sombrilla de mi novia, y ella me dijo que aprovechara que no había nadie en la casa y le dijera quién era esa muchacha tan dichosa. Se lo dije y en vez de ponerse contenta y reírse así lindo como sabe, se acercó muy triste adonde yo estaba y me dijo que no, que los niñitos como yo, no debían echarse novias que fueran hijas de gente rica, porque uno tenía que casarse con la gente que era igual que uno, y eso mejor lo aprendía desde chiquito. Ahora me iba a pasar como en la novela que ella estaba oyendo, que Jorge era pobre y se había enamorado de Katy Villagas y estaba sufriendo tanto el pobrecito, que ya no le daban deseos de poner el radio. En las novelas, esas cosas se arreglan, porque siempre ocurre algún milagro o alguien que es malo, de repente se vuelve bueno; pero en la vida de nosotros, eso no pasaba. Yo siempre iba a ser pobre, que me figurara si esto era así, que desde que era niño, la única vez que había ocurrido un milagro en la familia de nosotros, fue una ocasión en que abuela venía entrando de la cocina para el comedor con una fuente de loza, que le acababan de regalar por el Día de las Madres, tropezó, la fuente se cayó al suelo y no perdió ni un pedacito ni se hizo una rayita. Pero fuera de éste, más ningún milagro. Mejor me peleaba con esa muchacha y me buscaba otra, ella iba a desbaratar su saya amarilla y me haría una camisa. Así también evitaba pleitos con su marido, que se ponía a preguntar si ya le había hecho esto y lo otro a mi novia, y que lo que tenía que hacer, era levantarle la saya y tocarla.
Pero yo no me peleé con Ana. Tampoco le había dicho que era mi novia y que yo era su novio, porque no sabía cómo decírselo ni tenía a nadie a quien preguntarle. Además, nosotros no hablábamos, sólo nos mirábamos. Pero de verdad la madre de ella me daba miedo y pensaba que no nos dejaría casar, y entonces lo que hice fue ponerme a buscar las maneras que yo tenía de volverme rico de la noche a la mañana. Una era que el marido de mamá se muriera o se fuera de la casa y ella se casara con un viejo con mucho dinero, que también se muriera pronto. Antes mamá decía que ojalá le pasara eso. Otra, podía ser sacarnos muchas veces la lotería, pero nosotros nunca comprábamos billetes. También, que cuando mamá estuviera lavando con Fab o jabón Candado, de pronto le saliera un Gallo de Oro y nos hicieran una casa nueva como la que hay a la salida del pueblo. O si no, que nos pusiéramos bien dichosos, y un día yo encontrara un sobre con dinero; otro día, una hermana; después, la otra; más tarde, mamá; yo otra vez y así hasta que nos llenáramos. Y ya no se me ocurrió más ninguna manera de que nosotros valiéramos igual que la demás gente. También pudiera yo adivinar las palabras mágicas que me convirtieran en Supermán, porque entonces si alguien me hacía algo, ¡plum! me quitaba la ropa de mi otra personalidad y cuánta fuerza y valor no me entraba. Yo siempre vestido de azul y con la capa y la "S" aquí. Volaba y Ana me esperaba en su portal y me la llevaba por los aires para que viera el pueblo desde arriba. Su madre iba a estar orgullosa de mí y seguro que nos dejaba casar. A mamá le hacía una casa nueva y para nosotros un castillo.
Por todo eso no me quería pelear con Ana. Y también porque una mañana me trajo un par de medias blancas y me dijo que no me pusiera más las mías rotas, que algunas muchachitas de la escuela se reían. Mamá me dijo que no, que aquellas medias eran de hembra y se iban a reír más aún, pero no me importó y me las puse. A mi vez, busqué en el escaparate, en la cajita de mamá que no se puede registrar, y le regalé a Ana una postal con un hombre y una mujer muy brillosos que se miraban y sonreían, como nosotros. Esa postal se la regaló mi padre a mamá cuando eran novios, y a Ana le gustó muchísimo.
Pero todo terminó un día en que mamá y yo fuimos a la tienda. Ella conversaba con el bodeguero y yo miraba, cuando de pronto el mostrador y los estantes se cubrieron de mariposas y comencé a escuchar intensamente la música que siempre oía desde que conocí a Ana. Supe que si me volvía, la vería con sus lazos rojos e inmensos bailando al viento. Lo que no sabía era que también vería a su madre, alta y tiesa, con su cartera negra, y a dos o tres dependientes que corrían a ver qué deseaba.
Ana vino hasta mí, yo fui hasta ella, y los dos nos quedamos frente a la vidriera de los dulces, no mirándolos a ellos, sino a nosotros, sonriéndonos, contentos, olvidados de todo. Mamá nos vio y se acercó muy risueña y simpática y me tomó de la mano, para que Ana supiera que era mi madre. "¿Nos vamos para la casa o me presentas a esta señorita tan linda? Yo soy su mamá." Ana se turbó un poco y a mí no me gustó que mamá hiciera eso, pero mamá estaba sonriendo muy bonito. Menos me gustó que también se acercara, toda estirada, la madre de Ana. Llegó y la separó de nosotros. A mamá todavía no se le había terminado la sonrisa. "Yo no sé si usted sabe -comenzó a decir muy amable- que mi hijo dice que es novio de su niña, mire qué fresco, así es que tenga cuidado y vigílelo. Son novios en secreto", agregó y estaba sonriendo de nuevo. Ana y yo nos mirábamos, pero yo sentía que la cara se me llenaba de calor y la música que siempre escuchaba se iba apagando como si los músicos se alejaran en un tren. "Mire -habló la madre de ella con una voz muy seca-, no lo vaya a tomar a mal, yo sé que éstas son cosas de muchachos, pero le dice a su hijo que no ande más con ese jueguito, porque yo me preocupo mucho por mi hija y quiero que se críe en su lugar, sin pensar en cosas que todavía no tiene que pensar." Y dio media vuelta y se alejó con su hija, que no volvió su cara para mirarme, ni me miraría nunca más, lo sabía, ni yo levanté los ojos para verla alejarse, y supe que nunca más la miraría, ni caminaríamos por las calles bajo su sombrilla roja y rodeados de mariposas. Dejé de escuchar completamente la música. Mamá me fue explicando que la vida es así, que ya ella me lo había advertido; la gente rica no son como los pobres. Yo no prestaba atención a sus palabras. Nunca más me iban a gustar los lazos rojos, y por nada del mundo querría tener un ángel de la guarda.