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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 4 de octubre de 2013

NATAN ALTERMAN


NATAN ALTERMAN (1910-1970). Nació en Varsovia. Estudió Agronomía en Francia y durante mucho tiempo fue el redactor de una crónica en verso del periódico "Davar", de la Histadrut (la Central obrera de Israel). Es considerado como el más popular trovador de la lengua moderna hebrea. Sus obras completas aparecieron en 1965 incluyendo cuatro volúmenes: Estrellas afuera, Alegría de pobres, Las plagas de Egipto y La ciudad de la paloma. También escribió obras de teatro.


EN BANDEJA DE PLATA
"No se le concede un
Estado a un pueblo en
bandeja de plata"
Jaim Weizmann
La tierra calla, los cielos arrebolados se oscurecen lentamente 
sobre fronteras humeantes.
Una nación – con el corazón desgarrado mas respirando...
está recibiendo un milagro, 
único, que no tiene par...

Se está preparando para la ceremonia – hizo frente al cerco 
y le pudo, con anticipación – cubriéndose de fiesta y temor. 
Entonces, salieron al frente
una muchacha y un joven.
Lentamente avanzaron hasta ponerse frente a la nación.

Sucios y de uniformes, en pesados zapatos
por la senda suben
caminando en silencio.
No alcanzaron a cambiarse de ropas, ni se han lavado
los restos del cansancio de un día y una noche en la línea de fuego.

Cansados hasta lo indescriptible, absteniéndose del descanso, 
difunden gotas de juventud hebrea...
Ambos, parados e inmóviles,
están sin movimiento
y no dan señales de si son seres vivientes o estatuas.

Entonces, la nación bañada en lágrimas y encanto, habló 
y preguntó: ¿Quiénes son ustedes?, y ambos, con calma 
respondieron: Somos la bandeja de plata
sobre la que se concedió el Estado Judío.
Diciendo esto cayeron a sus pies, cubiertos por la sombra...

El resto se relata en los libros de historia de Israel.


CANCIÓN A LA NOVIA DE JUVENTUD
No todo es vanidad, hija,
no todo es vanidad de vanidades.
Tanto al dinero di la espalda
como que derroché mis días en futilezas.
Sólo tras tuyo fui, hija,
como el cuello tras la soga.

Ataviada con tu pañuelo estabas, hija,
me dijiste: mira y ve.
Juré que el pan no probaría
hasta que mis dientes de tu carne se olviden.
Juré verte, hija,
hasta que mis ojos de mirarte, se apaguen.

Y llegaron los achaques, hija,
y la pobreza nos dio en la cara.
A mis achaques di acogida
y a la pobreza abrí la puerta.
Y se acaban los perros, hija,
y huyen ellos de nosotros.

Golpeó el hierro, hija,
y alejó mi cabeza de ti.
Ya no queda nada, hija, fuera
del polvo mío que pisan tus pies, 
porque el hierro se quiebra, hija,
mas no mi sed por ti.

No es el espíritu el que fenece, hija,
sino el cuerpo, que se rompe como la arcilla,
La alegría no llamó a mi puerta
y la tierra no me ofreció abrigo.
Mas el día que gozas, hija,
gozan también mis ojos en la tierra.

Ha de venir aún el día de la alegría, hija,
y también nosotros tendremos parte de él. 
Caerás sobre la tierra de mi pacto
y hasta mí con una cuerda te bajarán.
No todo es vanidad, hija,
no todo es vanidad de vanidades.

LA MUJER
Dijo la mujer: Señor,
desde el principio de los tiempos
me has colocado a los pies de los vivos 
y a la cabecera de los muertos.

POEMA DE PRESAGIOS
Esta noche graznó un ave amargamente
como si hubieran venido a llevarle el alma.
Esta noche se te cayó el espejo de la mano,
esta noche se te rasgó el vestido en jirones de duelo 
y te sentaste apresuradamente a coserlo
y salpicó de pronto la sangre en la aguja.

No prestes atención a los presagios, 
que no prenda el temor en tus ojos,
para que anuncien el bien los presagios,
para que la alegría llame a las puertas,
que no es para ti, sino para tus opresores.
Hija mía, si aúllan los perros en la ciudad 
presagian el paso de un ángel por la ciudad.
Hija mía, si un ángel recorre la ciudad,
señal que habrá duelo en la ciudad.
Brillen los ojos, hija,
y los cielos luzcan, hija,
y que pasen los años, hija, 
y que se les recuerde, hija,
y se vean las grandes señales,
y que no anuncien en falso los presagios,
y se alegren los pobres y los humildes,
ya que la alegría llama a las puertas.

Me apena, apena tu abatido espíritu,
es como si hubieran venido a llevarme el alma. 
No tengo fantasías, no despido resplandores, 
tuve una pesadilla en el fondo del cubil,
y al despertarme me iluminó tu triste sonrisa, 
y en tu mano, salpicada de sangre la aguja.

Revelador es el idioma del presagio,
está frente a mis ojos y los tuyos.
No anuncian bondades los presagios.
La alegría no se presenta a las puertas,
que no es para ti, sino para tus opresores.
Hija mía, si aúllan perros en la ciudad, 
presagian el paso de un ángel por la ciudad.
Hija mía, si un ángel recorre la ciudad, 
presagia que gente como tú morirá en la ciudad. 
Que tus hombros estén prestos, hija,
que falta mucho todavía, hija,
y hasta el final no perdonarán, hija,
y ha de venir un presagio, el último, hija; 
Nuestra copa has de beber hasta agotarla,
es nuestro destino – sobrellevar los presagios. ¡Única mía, sé fuerte!
La alegría no llama a nuestra puerta.