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miércoles, 23 de octubre de 2013

Un verdadero mago

Relato de Chile


Difícil que alguna vez llegue a olvidar ese día, y a mi viejo menos. Es curioso que lo llame viejo, cuando dejé de verlo él tenía mi edad de ahora, pero me sale así y no puedo cambiarlo. Tenía ocho años, me acuerdo perfectamente, unos días antes estuve de cumpleaños y recibí una pelota de cuero profesional como regalo. Era un sábado a fines de marzo, incluso me acuerdo de la fecha exacta pero encuentro irrelevante mencionarla. Había un lindo sol que cumplía con la única función de iluminar. Estaba helado. Como era habitual, después del desayuno salimos al pasaje a jugar. Mamá insistió en que me pusiera un chaleco y para evitar problemas me lo puse. En realidad, lo hice para no postergar más la salida. Apenas crucé la puerta lo colgué en la reja de la ventana. Mi viejo decía que jugáramos con la pelota nueva y yo no quise; llevé una de plástico. Estaba tan linda la pelota nueva que me dio lata gastar el cuero. Además, en el pasaje se podía pinchar. Preferí guardarla para cuando lo acompañara a la cancha los domingos; mi viejo era el arquero titular indiscutido. Se ubicó entre los nogales, que hacían de verticales, y debajo de unas ramas que se entrelazaban provocando el efecto de un perfecto travesaño. Dale, campeón, me decía siempre antes de empezar el juego. Yo tomaba vuelo y le pegaba con todas mis ganas al balón. Solamente el primer chute, así le decía en ese entonces, lo daba con fuerza (era parte de nuestro ritual de iniciación del juego), ya que si le pegas fuerte a una de esas pelotas salta para cualquier parte. ¿Todavía venden pelotas de plástico? Espero que sí. Los demás tiros los pateaba con técnica, tratando de colocar el balón en una esquina alejada. Mi viejo las atajaba casi todas y cuando por azar o por un gran acierto mío convertía un gol, me tiraba de rodillas contra el piso, elevaba los brazos al cielo y lanzaba un grito. Mamá se asomaba por la ventana y me retaba por no cuidar la ropa. Mi viejo fingía lamentarlo y pateaba uno de los árboles, pero creo que le divertía mi alharaca. En el colegio yo estaba en la selección y todos los viernes me quedaba después de clase para el entrenamiento de la semana. Mi viejo siempre me iba a buscar. Por esos días empezó a llegar como cansado, se notaba en su cara. Algo raro pasaba; por las noches mis viejos se quedaban conversando hasta tarde y a veces mamá se ponía a llorar. Nada va a pasar, amor, nada, la consolaba mi viejo acariciándole la cabeza. Yo los veía a través de la puerta entreabierta de mi pieza. Aquel sábado, luego del tercer gol, noté que mi papá no realizó el típico acto de lamentación y se quedó mirando a la entrada del pasaje; nosotros estábamos al fondo y no había otra salida. Un auto azul estaba estacionado, era grande, o a lo mejor no tanto, como yo era chico y no tenía costumbre de ver ese tipo automóviles pude haberlo amplificado en mi mente. Dos tipos se bajaron, uno de chaqueta gris y pantalón negro, y el otro entero de azul. No recuerdo bien sus caras, pero eran un poco mayores que mi viejo, estoy seguro. Se acercaron lentamente hacia nosotros. Mi viejo me tomó de la cabeza y se agachó hasta quedar a mi altura. No te preocupes, andan buscando a un arquero, vuelvo altiro, dijo. Me dio un beso en la boca, eso lo recuerdo perfectamente porque nunca lo había hecho. Antes de levantarse y caminar hacia los hombres de chaqueta, dijo que me quería mucho y a mamá también, no entendí muy bien por qué. Mi viejo conversó brevemente con ellos y caminaron hacia el auto. Sentí una pena terrible, me acuerdo, y no sabía por qué. Antes de subir al auto me hizo un gesto de despedida con la mano. Recién ahí noté que muchos vecinos se habían asomado a las puertas y ventanas y que todos me miraban extrañamente. Ahí me quedé hasta que mamá salió corriendo de la casa. Yo corrí detrás de ella.