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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ciclo


            La señorita Macy trató de ocultar su desprecio.
            —¿Por qué está todo el mundo tan preocupado? No nos hacen nada, ¿verdad?
            En las ciudades, en todas partes, reinaba un pánico ciego. Pero no en el jardín de la señorita Macy. Esta alzó tranquilamente la vista hacia las monstruosas figuras de casi dos mil metros de estatura, de los invasores.
            Hacía una semana que habían aterrizado en una astronave de ciento cincuenta kilómetros de longitud, en el desierto de Arizona. Casi un millar de ellos había descendido de la nave y ahora exploraban los alrededores.
            Pero, tal como la señorita Macy comentó, no habían hecho daño a nada ni a nadie. No eran lo bastante sustanciales como para afectar a las personas. Cuando uno te pisaba o pisaba la casa donde estabas, se producía una repentina oscuridad y hasta que retiraba el pie y seguía andando, no veías nada; eso era todo.
            No habían prestado atención a los seres humanos, y todos los intentos para comunicarnos con ellos habían fracasado, así como todos los ataques que el ejército y las fuerzas aéreas emprendieron contra ellos. Los proyectiles que daban en el blanco explotaban en su interior y no les producían daño alguno. Ni siquiera la bomba H que cayó sobre uno de ellos mientras cruzaba una zona desértica le afectó lo más mínimo.
            No nos habían prestado atención alguna.
            —Y eso —dijo la señorita Macy a su hermana, que también era la señorita Macy, ya que ninguna de las dos estaba casada—, es una prueba de que no quieren hacernos daño, ¿no crees?
            —Así lo espero, Amanda —repuso la hermana de la señorita Macy—. Pero mira lo que están haciendo ahora.
            Era un día muy claro o, por lo menos, lo había sido. El cielo ostentaba un nítido color azul, y la cabeza y hombros casi humanoides de los gigantes, a un kilómetro y medio de altitud, eran claramente visibles. Pero ahora empezaba a nublarse, y la señorita Macy lo observó mientras seguía la mirada de su hermana hacia lo alto. Cada una de las dos enormes figuras que había a la vista tenía en las manos un objeto parecido a un bidón, y de ellos se escapaba una nube de vaporosa sustancia que descendía lentamente hacia la tierra.
            La señorita Macy olfateó.
            —Están formando nubes. Quizá sea así como se diviertan. Las nubes no pueden hacernos daño. ¿Por qué está todo el mundo tan preocupado?
            Reanudó su tarea.
            —¿Qué es esto que estás pulverizando, Amanda? ¿Un líquido fertilizante? —le preguntó su hermana.
            —No —contestó la señorita Macy—. Es un insecticida.