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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El principio Yehudi


            Me estoy volviendo loco.
            Charlie Swann también se está volviendo loco. Quizá más que yo, porque era su juguete predilecto. Quiero decir que él lo fabricó y pensaba que sabía lo que era y cómo funcionaba.
            Verán, Charlie sólo pretendía tomarme el pelo cuando me dijo que trabajaba sobre el principio Yehudi. Por lo menos, eso es lo que él creía.
            —¿El principio Yehudi? —le pregunté.
            —El principio Yehudi —repitió—. El principio del hombrecillo que no existía. Esto lo hace.
            —¿Hacer qué? —quise saber.
            El juguete predilecto, debo interrumpirme para explicarlo, era una cinta para la cabeza. Encajaba a la perfección en torno a la cabeza de Charlie y había una caja negra y redonda no más grande que una caja de pastillas sobre su frente. También había un disco de cobre redondo y plano a cada lado de la cinta, justo encima de las sienes de Charlie, y un trozo de alambre que le bajaba por la oreja hasta el bolsillo superior de la americana, donde guardaba una pequeña pila eléctrica.
            No tenía aspecto de hacer nada, excepto curar un dolor de cabeza o acrecentarlo. Pero por la trastornada expresión de Charlie, no creo que se tratara de algo tan normal.
            —¿Hacer qué? —quise saber.
            —Todo lo que quieras —dijo Charlie—. Siempre que sea razonable, naturalmente. No puede mover un edificio, ni traerte una locomotora. Pero hace cualquier cosa pequeña que tú quieras.
            —¿Quién lo hace?
            —Yehudi.
            Cerré los ojos y conté hasta cinco. No pensaba preguntar: «¿Quién es Yehudi?»
            Aparté un montón de papeles que había sobre la cama —había estado releyendo una serie de antiguos manuscritos con la esperanza de encontrar algo lo bastante bueno como para redactarlo desde un ángulo nuevo— y me senté.
            —De acuerdo —dije—. Dile que me traiga una copa.
            —¿De qué?
            Miré a Charlie, y me hizo el efecto de que no bromeaba. Debía estar bromeando, naturalmente, pero…
            —Una ginebra —repuse—. Una ginebra verdadera, si es que Yehudi sabe a lo que me refiero.
            —Extiende la mano —me dijo Charlie.
            Extendí la mano. Charlie, sin hablarme a mí, ordenó:
            —Trae una ginebra para Hank. —Después movió afirmativamente la cabeza.
            Algo le ocurrió a Charlie o a mis ojos, no lo sé con exactitud. Durante un segundo escaso, su figura se desdibujó. Y después volvió a parecer normal.
            Lancé un chillido y retiré la mano, porque noté que tenía la mano húmeda con algo muy frío. Oí el ruido de un líquido al derramarse y vi un charco en la alfombra que había bajo mis pies. Justo debajo de mi mano.
            Charlie observó:
            —Tendríamos que haberla pedido en un vaso.
            Miré a Charlie, miré el charco del suelo, y por último me miré la mano. Me llevé rápidamente el índice a la boca y lo chupé.
            Ginebra. Volví a mirar a Charlie.
            Preguntó:
            —¿Me he desdibujado?
            —Escucha, Charlie —dije yo—. Hace diez años que te conozco, fuimos juntos a la Tecnológica y… Pero si vuelves a jugarme una mala pasada como ésta, te borraré de verdad. Te…
            —Esta vez fíjate más —dijo Charlie. Y nuevamente mirando al espacio y sin hablar conmigo, empezó a ordenar—: Tráenos ginebra, en una botella. Media docena de limones, a rodajas, en una bandeja. Dos botellas de cuarto de soda y un plato con cubitos de hielo. Déjalo encima de aquella mesa.
            Movió afirmativamente la cabeza, igual que antes, y que me ahorquen si no se desdibujó. Desdibujarse es la mejor palabra para describirlo.
            —Te has desdibujado —dije. Empezaba a dolerme la cabeza.
            —Lo suponía —repuso—. Cuando lo probé estando solo utilicé un espejo, y pensé que quizá fueran mis ojos. Por eso he venido. ¿Quieres mezclar tú mismo las bebidas o lo hago yo?
            Miré en dirección a la mesa, y vi todo lo que él había pedido. Tragué un par de veces.
            —Es real —me aclaró Charlie. Respiraba con fuerza, con secreta excitación—. Funciona, Hank. Funciona ¡Nos haremos ricos! Podemos…
            Charlie siguió hablando, pero yo me puse lentamente en pie y me acerqué a la mesa. Las botellas, los limones y el hielo estaban allí. Las botellas gorgoteaban al sacudirlas y el hielo estaba frío.
            Un minuto después empezaría a preocuparme acerca de cómo habían llegado hasta allí. Mientras tanto y en ese momento, necesitaba un trago. Extraje un par de vasos del botiquín y el abridor del fichero, e hice dos combinados, con casi la mitad de ginebra.
            Entonces se me ocurrió una cosa. Pregunté a Charlie:
            —¿Crees que Yehudi también querrá una copa?
            Charlie sonrió.
            —Dos serán suficientes —me dijo.
            —Para empezar, quizá —contesté sobriamente. Le alargue uno de los combinados, en un vaso, y dije—: Por Yehudi. —Vacié el mío de un solo trago y empecé a preparar otro.
            Charlie dijo:
            —Para mí también. Oye, espera un minuto.
            —En las presentes circunstancias —repuse—, un minuto es un minuto demasiado largo entre dos copas. Dentro de un minuto esperaré un minuto, pero… Oye, ¿por qué no le dices a Yehudi que nos los mezcle?
            —Era lo que iba a sugerirte. Mira, quiero probar una cosa. Ponte la cinta en la cabeza y díselo tú. Quiero observarte.
            —¿Yo?
            —Tú —insistió—. No te pasará nada, y quiero saber si funciona con todo el mundo o sólo conmigo. Es posible que únicamente esté afinado con mi cerebro. Inténtalo.
            —¿Yo? —pregunté de nuevo.
            —Tú —repitió.
            Se la había quitado y me la estaba ofreciendo, con la pequeña pila colgando de ella al término del alambre. La cogí y examiné. No tenía aspecto de ser peligrosa. Era imposible que en una pila tan minúscula hubiera jugo suficiente parar hacer daño.
            Me la puse.
            —Prepáranos unas copas —dije, y miré hacia la mesa, pero no sucedió nada.
            —Tienes que asentir con la cabeza después de hablar —me indicó Charlie—. En la caja que llevas sobre la frente hay una especie de péndulo que acciona el interruptor.
            —Prepara dos combinados de ginebra. En vasos, por favor. —Después asentí.
            Cuando levanté nuevamente la cabeza, las bebidas ya estaban allí, mezcladas.
            —Sóplame con fuerza para que me despierte —dije, mientras me inclinaba para coger mi vaso.
            Y me encontré en el suelo.
            —Ten cuidado, Hank —me advirtió Charlie—. Si te inclinas hacia delante, es como si asintieras con la cabeza. Procura no asentir ni inclinarte cuando digas algo que no sea una orden.
            Me incorporé.
            —Fúndeme con un soplete —ordené.
            Pero no moví la cabeza. De hecho, no moví ni un solo músculo del cuerpo. Cuando me di cuenta de lo que había dicho, mantuve el cuello tan rígido que llegó a dolerme y apenas me atreví a respirar por miedo a balancear el péndulo.
            Con mucho cuidado, a fin de que no oscilara, alcé los brazos, me quité la cinta de la cabeza y la dejé en el suelo.
            Después me levanté y me palpé de arriba abajo. Probablemente tuviera alguna contusión, pero no noté ningún hueso roto. Cogí el vaso y bebí hasta la última gota de líquido. El combinado estaba muy bien hecho, pero preferí mezclar el siguiente por mí mismo; con tres cuartas partes de ginebra.
            Con él en la mano, di una vuelta en torno a la cinta de la cabeza, sin acercarme más de un metro, y me senté en la cama.
            —Charlie —dije—, ahí tienes algo importante. No sé qué es, pero me gustaría saber a que estamos esperando.
            —¿A qué te refieres? —inquirió Charlie.
            —Me refiero a lo que cualquier hombre sensato se referiría. Si esa maldita cosa nos trae todo lo que pedimos, lo normal que hagamos una fiesta. ¿Cuál prefieres, Lili St. Cyr o Esther Williams? Yo me quedaré con la que tú dejes.
            Él meneó tristemente la cabeza.
            —Hay ciertas limitaciones, Hank. Será mejor que te lo explique.
            —Personalmente —contesté—, me gustaría más Lili que una explicación, pero si no hay más remedio… Empecemos con Yehudi. Los únicos dos Yehudi que conozco son Yehudi Menuhin, el violinista y Yehudi, el hombrecillo que no existía. Me inclino a creer que Menuhin no nos ha traído esa ginebra, así que…
            —Tienes razón, no ha sido él. Sin embargo, tampoco ha sido el hombrecillo que no existía. Te estaba tomando el pelo, Hank. No hay ningún hombrecillo que no existía.
            —¡Oh! —exclamé. Lo repetí lentamente o, por lo menos, ésa era mi intención—. No… hay… ningún… hombrecillo… que… no… —Me di por vencido—. Me parece que empiezo a comprender —dije—. Lo que tú quieres decir es que no había ningún hombrecillo que no existe. Pero entonces, ¿quién es Yehudi?
            —No hay ningún Yehudi, Hank. Pero el nombre y la idea encajaban tan bien que lo he llamado así durante unos pocos días.
            —Y ¿cómo piensas llamarlo a partir de ahora?
            —El superacelerador automático autosugestivo subvibratorio.
            Bebí el resto de mi copa.
            —Precioso —comenté—. Sin embargo, me gusta más el principio Yehudi. Hay una cosa que me intriga; ¿quién nos ha traído este combinado? La ginebra, la soda y todo lo demás.
            —Yo mismo. Y tú has mezclado nuestra segunda copa. ¿Lo entiendes ahora?
            —En una palabra —repuse—, no exactamente.
            Charlie suspiró.
            —Entre las dos placas de las sienes hay un campo que acelera varios miles de veces la vibración molecular y, por lo tanto, la velocidad de la materia orgánica… el cerebro y, por lo tanto, el cuerpo. La orden dada justo antes de accionar el interruptor actúa como una autosugestión y tú ejecutas la orden que acabas de darte a ti mismo. Pero tan rápidamente que nadie ve como te mueves; es un desdibujamiento momentáneo cuando te vas y vuelves en prácticamente el mismo instante. ¿Está claro?
            —Desde luego —le aseguré—, excepto una cosa. ¿Quién es Yehudi?
            Me acerqué a la mesa y empecé a mezclar otras dos bebidas. Siete octavas partes de ginebra.
            Charlie repuso pacientemente:
            —La acción es tan rápida que no se imprime en tu memoria. Por alguna razón, la aceleración no afecta a la memoria. El efecto, tanto para el usuario como para el observador, consiste en la obediencia espontánea de una orden por parte de… bueno, del hombrecillo que no existía.
            —¿Yehudi?
            —¿Por qué no?
            —¿Por qué no, por qué no? —repetí—. Toma, aquí tienes otra copa. No está muy fuerte, pero yo tampoco lo estoy. Así que fuiste a buscar la ginebra, ¿eh? ¿Adónde?
            —Probablemente al bar más cercano. No me acuerdo.
            —¿Pagando?
            Extrajo su billetera y la abrió.
            —Creo que me falta un billete de cinco dólares. He debido dejarlo en la barra. Al parecer, mi subconsciente es honrado.
            —Pero ¿de qué sirve? —pregunté—. No me refiero a tu subconsciente, Charlie, sino al principio Yehudi. Te habría resultado igual de fácil comprar esa ginebra de camino hacia aquí. Yo habría podido hacer el combinado sabiendo que lo hacía. Y si estás seguro de que no puede traernos a Lili St. Cyr y Esther Williams…
            —No puede. Mira, no puede hacer nada que tú mismo no puedas. No es otra persona. Eres tú. Métetelo en la cabeza, Hank, y lo comprenderás.
            —Pero ¿de qué sirve?
            Suspiró nuevamente.
            —Su verdadera finalidad no es ir a comprar ginebra ni mezclar bebidas. Esto sólo ha sido una demostración. Su verdadera finalidad…
            —Espera —dije yo—; hablando de bebidas, espera. Hace mucho rato que no bebo.
            Me acerqué a la mesa, sin hacer más que dos eses, y esta vez no me molesté en poner soda. Puse una rodaja de limón y un cubito de hielo en cada uno de los vasos.
            Charlie probó el suyo e hizo una mueca.
            Yo probé el mío.
            —Agrio —dije—. No tendría que haber puesto limón. Será mejor que nos lo acabemos antes de que se deshaga el hielo.
            —Su verdadera finalidad —dijo Charlie— es…
            —Espera —le interrumpí—; podrías estar equivocado ¿sabes? Me refiero a las limitaciones. Voy a ponerme esa cinta en la cabeza y a decir a Yehudi que nos traiga a Lili y…
            —No seas tonto, Hank. Yo lo he fabricado y sé cómo funciona. No puedes traer a Lili St. Cyr, ni a Esther Williams, ni el puente de Brooklyn.
            —¿Estás completamente seguro?
            —Desde luego.
            ¡Qué tonto había sido! Le creí. Hice otros dos combinados, aunque esta vez sólo utilicé la ginebra y dos vasos, y me senté en el borde de la cama, que se balanceaba suavemente de un lado a otro.
            —Muy bien —dije—; ya estoy preparado para lo que sea. ¿Cuál es su verdadera finalidad?
            Charlie Swann parpadeó varias veces e hizo un esfuerzo por enfocar los ojos sobre mí. Preguntó:
            —¿La finalidad de qué?
            Yo contesté, lenta y cuidadosamente:
            —Del superacelerador automático autosugestivo subvibratorio. Yehudi para mí.
            —¡Ah, eso! —exclamó Charlie.
            —Precisamente —contesté—. ¿Cuál es su verdadera finalidad?
            —Te lo explicaré. Supongamos que tengas que hacer algo a toda prisa, o que no quieras hacer. Podrías…
            —¿Como escribir un relato? —pregunté.
            —Como escribir un relato —dijo él—, o pintar una casa, o lavar un montón de platos sucios, o sacar la nieve de la acera, o…, o cualquier otra cosa que tengas que hacer pero no quieras hacer. Sólo tienes que ponértelo y decirte…
            —Yehudi —dije yo.
            —Ordenas a Yehudi que lo haga, y lo hace. Naturalmente eres tú quien lo hace, pero como no lo sabes, no te importa. Y lo mejor de todo es que lo haces muy de prisa.
            —Te desdibujas —recordé.
            Alzó el vaso y miró el candil a través de él. Estaba vacío. El vaso, no el candil.
            —Te desdibujas —dijo.
            —¿Quién?
            No respondió. Me pareció que se balanceaba, con silla y todo, describiendo un arco de un metro de longitud. Aquel movimiento me mareó, así que cerré los ojos, pero fue peor y los abrí de nuevo.
            —¿Un relato? —pregunté.
            —Desde luego.
            —Tengo que escribir un relato —dije—, pero ¿por qué iba a hacerlo? Es decir, ¿por qué no ordenar a Yehudi que lo haga?
            Me levanté y me puse la cinta alrededor de la cabeza. Ningún comentario accidental esta vez, me dije. Derecho al grano.
            —Escribe un relato —ordené.
            Asentí, pero no sucedió nada.
            Entonces recordé que, por lo que yo sabía, era imposible que sucediera nada. Me acerqué a la máquina de escribir y la inspeccioné.
            En el rodillo había una hoja blanca y una hoja amarilla, con otra de papel carbón entre las dos. La página estaba escrita hasta la mitad y más abajo, al final, había una sola palabra. No conseguí leerla. Me quité las gafas y tampoco lo conseguí, así que volví a ponérmelas, acerqué la cara a unos centímetros de la máquina de escribir, y me concentré. La palabra era «Fin».
            Miré a un lado de la máquina de escribir y vi un ordenado, aunque pequeño, montón de hojas mecanografiadas, alternativamente blancas y amarillas.
            Era maravilloso. Había escrito una narración. Si en mi subconsciente había algo, podía ser el mejor relato que yo había escrito en mi vida.
            Era una lástima que mi estado no me permitiera leerlo. Tendría que cambiarme la graduación de las gafas, o algo por el estilo.
            —Charlie —dije—, he escrito un relato.
            —¿Cuándo?
            —Ahora mismo.
            —No te he visto.
            —Me he desdibujado —manifesté—. Bueno, de todos modos, no me mirabas.
            Volvía a estar sentado en la cama. No recuerdo como llegué hasta allí.
            —Charlie —dije—, es maravilloso.
            —¿Qué es maravilloso?
            —Todo; la vida, los pajaritos en los árboles, los bizcochos… ¡Un relato en menos de un segundo! A partir de ahora sólo tendré que trabajar un segundo por semana. ¡Se acabó la escuela, los libros, las insolentes miradas de los profesores! ¡Charlie, esmaravilloso!
            Charlie pareció animarse. Dijo:
            —Hank, solo estás empezando a ver sus posibilidades. Son casi infinitas, para todas las profesiones. Puede hacerlo casi todo.
            —Excepto —objeté tristemente— traernos a Lili St. Cyr o Esther Williams.
            —Tienes una idea fija ¿eh?
            —Dos —repliqué—. Me conformaría con cualquiera de las dos, Charlie ¿estássegurísimo de qué…?
            Cansadamente, dijo «Sí». Por lo menos, esto es lo que pretendió, pero en realidad dijo «Chí».
            —Charlie —le espeté—, tú has estado bebiendo. ¿Te importa que lo intente?
            —Muérete.
            —¿Qué? ¡Ah!, quieres decir «muévete». De acuerdo, voy a…
            —Esso es lo que he dicho —repuso Charlie—. Muévete.
            —No es eso.
            —Pues, ¿qué he dicho?
            Yo contesté:
            —Has dito… quiero decir, dicho: «Muérete».
            Incluso Júpiter asiente.
            Sólo que Júpiter no lleva una cinta en la cabeza como la que yo aún llevaba. O quizá, pensándolo bien, también la lleve. Eso explicaría muchas cosas.
            Debí asentir, porque se oyó un disparo.
            Dejé escapar un grito y me puse en pie de un salto, al mismo tiempo que Charlie. Parecía sobrio.
            Dijo:
            —Hank, llevabas eso en la cabeza. ¿Acaso estás…?
            Me miré de arriba abajo y no vi ninguna mancha de sangre en la pechera de mi camisa. Tampoco sentía dolor en ninguna parte del cuerpo. Nada.
            Dejé de temblar. Miré a Charlie; él tampoco estaba muerto ni herido.
            Dije:
            —Pero ¿quién…? ¿qué…?
            —Hank —repuso él—, ese disparo no ha sonado en la habitación. Venía de fuera, del rellano, o las escaleras.
            —¿De las escaleras? —Me pareció recordar algo que ya había olvidado. ¿Sobre unas escaleras? Vi a un hombre en las escaleras, un hombrecillo que no existía. Hoy tampoco existía. ¡Vaya, ojalá se marchase…!—. Charlie —dije—. ¡Era Yehudi! Se ha matado porque yo he dicho «muérete» y el péndulo ha oscilado. Estabas en un error al creer que era automático y autosugestivo. Yehudi era quién lo ha hecho todo desde el principio. Ha sido…
            —Cállate —me cortó.
            Se acercó a la puerta, la abrió, yo le seguí, y salimos al rellano.
            Allí reinaba un penetrante olor a pólvora quemada. Parecía venir del tramo de escaleras que conducían al piso superior, porque se hizo más fuerte cuando nos acercamos a ese punto.
            —No hay nadie —dijo Charlie, temblando.
            Con voz atemorizada, susurré:
            —Hoy tampoco existía. ¡Vaya, ojalá…!

            —Cállate —me atajó bruscamente Charlie.
            Volvimos a mi habitación.
            —Siéntate —dijo Charlie—. Tenemos que solucionar todo esto. Tú has dicho «muérete» y después has asentido o te has inclinado hacia delante. Pero no te has matado a ti mismo. El disparo venía de… —Sacudió la cabeza, tratando de aclarársela—. Lo que nos conviene es un café —sugirió—, un café muy cargado y caliente. ¿Tienes…? Oye, aún llevas la cinta en la cabeza. Encarga dos cafés, pero haz el favor de tener cuidado.
            —Tráenos dos tazas de café muy cargado y caliente —dije. Asentí, pero no sucedió nada. No sé cómo pero ya lo sabía.
            Charlie me quitó violentamente la cinta de la cabeza. Se la puso y lo intentó por sí mismo.
            —Yehudi está muerto —dije—. Se ha suicidado. Eso ya no sirve de nada, así que haré el café yo mismo.
            Puse la cafetera encima de la plancha caliente.
            —Charlie —dije— escucha, supongamos que fuera Yehudi quien lo hiciera todo. Entonces, ¿cómo sabes cuáles eran sus limitaciones? Quizá habría podido traernos a Lili…
            —Cállate —me cortó Charlie—; estoy tratando de pensar.
            Me callé y le dejé pensar.
            Y cuando el café estuvo hecho, me di cuenta de las tontería que había dicho.
            Serví el café. Charlie había destornillado la tapa de la pieza semejante a una caja de pastillas y estaba examinando su interior. Vi el minúsculo péndulo que activaba el interruptor, y gran cantidad de cables.
            —No lo entiendo —dijo—. No hay nada roto.
            —Quizá la batería —sugerí.
            Fui a buscar una linterna y empleamos la bombilla para comprobar el estado de la pequeña pila. La bombilla se encendió normalmente.
            —No lo entiendo —repitió Charlie.
            Entonces sugerí:
            —Empecemos por el principio, Charlie. Antes funcionaba. Nos ha traído todos los ingredientes para el combinado. Ha mezclado un par de copas. Ha… digamos que…
            —Ahora mismo estaba pensando en eso —dijo Charlie—, al decir: «Sóplame con fuerza para que me despierte», e inclinarte para coger el vaso, ¿qué ha ocurrido?
            —Una corriente de aire. Me ha soplado con tanta fuerza que me he caído, Charlie. ¿Cómo iba a haberlo hecho yo solo? Y fíjate en la diferencia de pronombres. He dicho: «Sóplame» y después he dicho «muérete». Imagínate que hubiese dicho «Mátame»…
            Me estremecí de pies a cabeza.
            Charlie parecía aturdido. Dijo:
            —Lo he fabricado basándome en principios científicos, Hank. No ha sido un mero accidente. No puedo haberme equivocado. Tú crees que… ¡Es absurdo!
            En aquel momento, yo también estaba pensando lo mismo, pero bajo otro punto de vista.
            —Escucha —dije—, supongamos que tu aparato estableciera un campo que actuase sobre el cerebro, pero supongamos también que te equivocaras sobre la naturaleza de ese campo. Imagínate que te capacitase para proyectar un pensamiento. Tú pensabas en Yehudi; debió de ser así desde el momento que lo llamaste el principio Yehudi, así que Yehudi…
            —Eso es una tontería —replicó Charlie.
            —¿Se te ocurre algo mejor?
            Se dirigió hacia la plancha caliente para servirse otra taza de café.
            Entonces recordé algo, y me acerqué a la mesa donde estaba la máquina de escribir. Cogí el relato, invirtiendo el orden de las hojas para que la primera quedara encima, y empecé a leer.
            Oí que Charlie preguntaba:
            —¿Es un buen relato, Hank?
            Yo comente:
            —G-g-g-g-g-g…
            Charlie dio una ojeada a mi expresión, y se apresuró a venir junto a mí para leer por encima de mi hombro. Le di la primera hoja. El título era: EL PRINCIPIO YEHUDI.
            El relato comenzaba así:
            «Me estoy volviendo loco.
            »Charlie Swann también se está volviendo loco. Quizá más que yo, porque era su juguete predilecto. Quiero decir que él lo fabricó y pensaba que sabía lo que era y cómo funcionaba.»
            A medida que leía una página tras otra se las fui dando a Charlie y él también las leyó. Sí, era este relato; el relato que usted lee en este momento, incluida esta parte que yo le relato en este momento. Escrito antes de que la última parte tuviera lugar.
            Charlie se sentó al acabar de leer, y yo también. Me miró y yo le miré.
            Abrió varias veces la boca y la cerró otras tantas antes de poder articular una sola palabra. Finalmente me dijo:
            —T-tiempo, Hank. También tenía algo que ver con el tiempo. Ha escrito anticipadamente lo que… Hank, conseguiré que vuelva a funcionar. Tengo que hacerlo. Es maravilloso. Es…
            —Es colosal —confirmé yo—. Sin embargo, jamás volverá a funcionar. Yehudi está muerto. Se ha suicidado en las escaleras.
            —Estás loco —dijo Charlie.
            —Todavía no —repuse. Miré el manuscrito que me había devuelto y leí:
            «Me estoy volviendo loco.»
            Me estoy volviendo loco.