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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Segovia o de la poesía .- Jorge accame

5-4-07



SEGOVIA
o de la poesía



JORGE ACCAME




Personajes

Juan Cízico
Fernando Segovia
El Tren Cabido
Jorge Accame

(texto en negrita: Cízico se dirige a Accame; texto en blanca, se dirige a Segovia)




Cízico ordena papeles en su escritorio, bebe un vaso de vino. Tras los ventanales del fondo se ve pasar la silueta de Accame. Se oye su voz desde la puerta de entrada.

Accame- Juan, soy yo: Accame. ¿Estás ahí?

Cízico- Sí, bajá. (al público) Lo que va a pasar sucedió ya antes en dos posibles noches y acaso volverá a suceder en otras, cada vez que le cuente la misma  historia – que nunca será la misma- a Jorge Accame, mi primer espectador y ahora, también autor de mis palabras. (a Accame que acaba de entrar). ¿Qué tomás?

Accame- Por ahora nada.

Cízico- Fue hace tres meses, unos días después de que Atanassi se escapó de la ciudad. Yo sospechaba que podía tener quilombos por mi amistad con él, así que no me tomó desprevenido del todo. Era de noche, tarde. Entraron sin que me diera cuenta. Jorge, creéme: como si se hubieran escurrido a través de la cerradura. De pronto estaban frente a mí.

Dos tipos con aspecto duro entran a la habitación. El más grandote, el tren Cabido, se acerca amenazadoramente y golpea  a Cízico. El otro, Fernando Segovia, elegante con algo de exageración, se le para en frente. Segovia renguea levemente, la renguera se irá agravando a medida que avanza la acción.


Segovia –Mi nombre es Fernando Segovia. Seguramente sabe por qué estoy aquí. Pero, por las dudas, y para evitar que Ud. me diga que no, que no sabe, y yo le diga que no se haga el boludo y Ud. insista en que ignora de qué se trata todo esto, y para evitar que yo me enoje pensando que me está tomando el pelo y le ordene al amigo aquí presente que le reviente la cabeza contra la pared, voy a acortar camino y se lo voy a decir yo: quiero toda la información que tenga de Marcelo Atanassi.

Cízico-¿Marcelo Atanassi?

Segovia -Marcelo Atanassi y una princesa que se llama Marina. Entre los dos me golpearon, me ataron y me abandonaron para que muriera. Además de robarme el dinero que tenía en mi caja fuerte.

Cízico- Yo sabía que Marina era la amante de Segovia y que Marcelo se había enamorado de ella; también supe que los dos, Marcelo y Marina, se querían ir de la ciudad; pero lo del asalto, para mí, era nuevo.

Segovia -Se podrá imaginar que estoy de muy mal humor. Si Ud. es una persona sensata me va a decir adónde fueron Atanassi y Marina.

Cízico -¿Le robaron? ¿Ellos le robaron? Segovia cerró los ojos y me dio la espalda.

Accame- Gesto raro para un matón.

Cízico- Sí, pero cuando se dio vuelta me apuntaba con un revólver.

Segovia -El dinero me lo paso por el culo. Me importa ella. Marina. La necesito


De repente, Segovia toma asiento, se tira hacia atrás en el sillón y suspira.

Segovia -Disculpe. Estoy un poco borracho.

Accame- Estaba enamorado…

Cízico- Dificil de imaginar. ¿No?

Segovia- Cabido, salí un rato a tomar aire. Andá. Y atento al teléfono, y si hay alguna novedad sobre el asunto, me avisás en seguida (el Tren Cabido sale).

Accame- ¿Qué asunto?

Cízico- Se quedó solo conmigo, en silencio, cinco minutos por lo menos.

Segovia- (en un murmullo) ¿Ud. es amigo de Atanassi, no?

Cízico- ¿Qué?

Segovia- Ud. es amigo de Atanassi.

Cízico -Es mi amigo, sí.

Segovia –A su amigo, si lo encuentro, lo mato. Pero no me importa él. Aunque me atacó por la espalda y me rompió una silla en la cabeza, puedo olvidarme de eso. También puedo olvidarme de la guita. Es mucha, pero tengo suficiente. El problema es ella. ¿Sabe dónde está?

Cízico - Creo que salió de la ciudad.

Segovia se enoja, conserva con esfuerzo la calma, pero está furioso. Apunta a la cabeza de Cízico.

Segovia- No se haga el gracioso. Ya sé que Marina no está en la ciudad. Seguramente tampoco está en el país. Yo le abro mi corazón contándole que me muero por esta mujer y usted me verduguea.  ¿Sabe por qué le confesé que no puedo vivir sin Marina? Porque me dijeron que usted es poeta. Pensé que podía entenderme mejor que cualquier otro. Así que no me joda. ¿Se fueron juntos?

Cízico - Atanassi vino hace unos días y me pidió la moto.

Segovia -¿Cuándo fue?

Cízico - El martes.

Segovia -El día que me encerraron en el departamento y me chorearon la guita.

Accame- ¿Qué departamento?

Cízico- En el que Segovia alojaba a Marina.

Accame- ¿Vos sabías que lo habían encerrado?

Cízico- Me enteré ahí.

Segovia se levanta y comienza a caminar por la habitación, como antes, sin perder la serenidad, pero  tenso. De pronto algo le llama la atención: un sillón hamaca muy viejo.

Cízico- Justo se fue a fijar en la mecedora que me había dejado Marina antes de irse de la ciudad.  Era de mi bisabuelo.

Segovia - Me parece conocida.

Cízico (muy nervioso, mira a Segovia) -Es un tipo de mueble muy común.

Segovia se acerca al sillón y empieza a acariciarlo con mucha suavidad. Detecta las dos macetas que están contra la ventana.

Segovia -¿Las riega bastante?  Marina siempre decía que las azaleas necesitan mucha agua. Y luz.

Cízico -Están saludables. No se preocupe.

Segovia -No me diga que no me preocupe. Yo veo la tierra medio seca.  ¡Riéguelas!

Cízico -¿Ahora?

Cízico sale y vuelve rápidamente con  una cacerola  y tira  el agua adentro de una de las macetas.

Segovia -No sea infeliz. Así, no. Permítame. (Segovia le saca la cacerola de la mano, sale a llenarla de nuevo. Cuando regresa, comienza a verter dentro un chorro de agua muy fino con gran cuidado) Yo también era medio bestia para regar. Pero ella me enseñó. Tiene que dejar caer muy lentamente un hilo de agua sobre la tierra, hasta que se humedezca, como si cebara mate. ¿Entiende? ¿Ve? Así se hace, serenamente ¿Tiene vino, Cízico?

Cízico - Creo que me queda una botella de cabernet.

Segovia -Tráigalo. Atanassi es un apellido raro.

Cízico trae el vino. Lo descorcha y sirve dos vasos.

Cízico - Un apellido del sur de Italia, pero de origen griego. Significa inmortal.

Segovia - ¿Inmortal, eh? Si lo agarro va a tener que cambiárselo. ¿Griego, dice?

Cízico -Griego. Igual que Cízico.

Segovia -¿Ud. también?

Cízico- Si

Segovia- ¿Son parientes?

Cízico -No.

Segovia- Segovia es español, creo...

Cízico- Yo temblaba pensando que podía encontrar más cosas de Marina y que se pondría cada vez más loco, pero no sucedió. Pasó algo peor.

 Segovia- (En la biblioteca, descubre los originales de un  libro de poesía) ¿Esto es suyo? (Cízico se pone nervioso; Segovia abre la carpeta y empieza a hojearla. Cada tanto se detiene en alguna página) ¿Le importa si leo?

Cízico- Mejor ese no.

Segovia- ¿Por qué?

Cízico- (ansioso)Ese todavía no está publicado. (Va a la biblioteca) Acá tengo otros... (Segovia hace un gesto para que no lo distraiga)

Accame- ¿Por qué no querías que leyera eso?

Cízico- No era un texto mío. Era el original de una selección de poemas que me había dejado Atanassi antes de escaparse.

Accame- ¿Qué pensás que podía pasar si Segovia se enteraba?

Cízico- Podía hacerlo pedazos y no había copia.

Segovia- (leyendo)
Hoy en la biblioteca de la escuela
vi de espaldas a un alumno mío
estaba completamente pelado
jugaba a las damas con otro.
-Es la quimioterapia -
me dijo una profesora.
Yo sabía que estaba enfermo
y que le habían hecho un transplante de hueso.
-Quince años y un osteosarcoma -
añadió la mujer.
Osteosarcoma es una palabra asquerosa.
Su cráneo brillante
no tenía aspecto de enfermo.
Me dieron ganas de acercarme y abrazarlo
de decirle que no aflojara
que lo quería mucho
pero no son cosas de hacer.
Me quedé ahí sentado
las manos colgando entre las piernas
casi llorando
con los ojos clavados en su nuca
como un idiota.


Después de leer el poema en voz alta, Segovia levanta la vista y permanece quieto.

Cízico- No vas a creerlo. Quedó como emocionado.

Segovia -Esto es bueno, Cízico. Me gusta. ¿Por qué no lo publica ?

Cízico -Editar es caro.

Segovia -Yo podría facilitarle el dinero. Sin compromiso. Quiero decir, no importa que usted no largue dónde está Marina. Puedo entender eso, por una cuestión de lealtad a su amigo. Claro que si no me lo dice cuando acabe esta conversación podría sacarle un ojo o cortarle un dedo. Pero eso es aparte. No mezclemos las cosas. ¿Cuánto se necesita para publicar un libro como este?

Cízico -No sé. ¿Dos, tres mil pesos?

Segovia -Eso no es plata. Delo por hecho.

Accame- Si Segovia llegaba a enterarse de que estaba por financiar un libro de Atanassi, te mata.

Cízico- En ese momento pensé lo mismo.

Segovia- Me gusta cómo habla del cáncer: “osteosarcoma es una palabra  asquerosa”. ¿Usted es profesor, Cízico?

Cízico- (confundido, mintiendo) Eh, sí. Trabajé algunos años dando clases.

Accame- ¿Vos, profesor? No parabas de mentir.

Cízico- Ya me había metido en el baile…

Segovia-Yo creo en la educación, Cízico. Es lo único que puede salvar a este país. Si fuera presidente o gobernador, lo primero que haría sería aumentar el presupuesto para los docentes.

Accame- Vos le mentías a él y él te mentía a vos.

Cízico- Querría estar bien conmigo.

Accame- Si se hacía amigo capaz que le soltabas algo sobre Marina.

Segovia- ¿La conoció a Marina?

Cízico- De lejos. No me animé a contarle la verdad.

Accame- ¡No me digas que tuviste una aventura con Marina!

Cízico- Algo así… Una vez estuve charlando con ella en un café, dos o tres horas.

Accame- ¿Y?

Cízico- Y nada.

Accame- ¿Y cuál fue la aventura?

Cízico- Que nunca se lo conté a Atanassi.

Segovia- Así que la conoció de lejos. ¿Y qué le pareció? Linda hembra, ¿no?

Cízico - Hermosa.

Segovia -Cízico, ahora lo único que haría falta es un cigarro.

Cízico -Eso no tengo.

Segovia -Pero yo sí.

Segovia extrae dos cigarros del interior de su saco y ofrece uno. Se derrama en el sofá. Estira las piernas, su cara se ve plácida y borracha.

Segovia -Esto es vida, Cízico. Vino, cigarro, buena compañía. Es un pecado que esta noche tenga tanta saña y no lo pueda disfrutar como se debe. ¿Hace mucho que está en esto de la poesía? ¿Cuántos libros tiene publicados?

Cízico -Tres. Afrodita, Luna... (se interrumpe). Ahí decidí leerle algo mío.

Accame- ¿No estabas elevando demasiado el nivel de la conversación?

Cízico- Estábamos tomando vino. Y el vino iguala a los hombres.

Segovia- ¿Y el tercero?

Cízico-  Unas traducciones que hice de Asciltos.

Segovia -¿Asciltos?

Cízico- Un poeta griego que traduje.

Segovia -¿Ud. lo tradujo? ¿Para qué?

Cízico -Para que se lo pueda leer en castellano:


                 Troyanas, de Asciltos

Troyanas
ríos por la noche
sobre ellas caen los espinazos
de los rayos

(Casandra extraviada en el campo
llamando a la tormenta)

Jadean, extendidas, dementes
como horas en la oscuridad

Segovia - ¿Eso es de Asciltos? No lo entiendo. ¿Cuál es la historia?

Cízico- ¿Qué historia?

Segovia- La que se cuenta. En la del chico con cáncer había una historia.

Cízico -Aquí no hay historia.

Segovia -Tiene que haber.

Cízico -Capaz que tenga razón: habla de las mujeres troyanas que fueron hechas prisioneras por los griegos. Casandra era una profetisa. También habla de todas las mujeres del mundo. Y las relaciona con la demencia de Casandra, que llama a la tormenta. Las mujeres son tormentosas.

Segovia -A mí me parece que quiere decir demasiado. No se puede decir tanto en tan pocas palabras.

Cízico -En poesía, sí se puede. Escuche este:

Adoro que siempre
aparezcas
como saliendo del mar

Segovia - Siga.

Cízico -¿Cómo que siga?

Segovia - ¿Terminó?

Cízico - Terminó.

Segovia -¿Tan corto? ¿Está seguro de que es todo? ¿Ud. no se habrá olvidado de traducir alguna parte?

Cízico- No me olvidé de nada.

Segovia- Entonces el tipo está loco. Yo ya me empezaba a hacer la cabeza con la mina desnuda que sale del mar y la corta de golpe sin explicarte qué pasa.

Cízico-¿Quién le dice que es una mina desnuda?

Segovia-¿Lo que sale del mar no es una mina? Entonces no sé por qué el tipo se pone tan contento, salvo que sea trolo. No se ofenda, pero entre los que escriben poesía hay muchos trolos.

Accame- Se te hacía difícil la clase.

Cízico -Lo que quiero decirle es que Asciltos no habla de que sea una mina, ni de que esté desnuda. Todo eso se lo imaginó Ud.

Segovia -Me imaginé muchas cosas más, pero el pajero de su amigo terminó la historia de golpe.

Cízico - El pajero es usted, Segovia.

Segovia - ¿Cómo?

Cízico – No, que así es la poesía. Escuche, esto es mío, de Luna.

La libertad de la locura es demasiada
hasta el fin de los días.
Es una locura como el mar, harta de peces huracanados
que taladran los abismos.

Ella me dice:
"Sos bueno con los niños"
Y yo pienso: "Es fácil ser bueno con los niños
cuando uno sabe que debe protegerlos de sí mismo."

Entregado al mar,
estoy loco,
completamente loco,
rematado,
ahogado y lleno de amor
a la deriva.

¿Qué harías si descubrieras
que Dios no existe
porque te odia?

Cuando muere un joven
pienso en Aquiles.

Aquiles,
sentado junto a su tienda
después de haber matado a Héctor
sin saber qué hacer,
esperando la flecha
que vendrá desde las murallas.

Segovia -Ud. ha cambiado mucho en su escritura. Me gusta más como escribe ahora. La historia de su alumno. Tiene que seguir por ese camino. Hágame caso. Escriba sobre lo que conoce, como su trabajo en la escuela. Todas esas huevadas de Casandra y  el otro…

Cízico.-Aquiles.

Segovia.- Y Aquiles... ¿Quién se las va a pescar?

Accame- A él le gustaba Atanassi.

Cízico- Fijate que los dos tenían que ver. Se enamoraron de la misma persona.

Segovia- Tendrá más vino, ¿no?

Cízico- (molesto) No.

Segovia - Llámeme al Tren Cabido, por favor.

Cízico- ¿A quién?

Segovia- Al muchacho. Al  morocho (Cízico sale. Segovia merodea por el lugar. Se le nota más la renguera. Mira las azaleas y el sillón. Se pone a hojear de nuevo los poemas de Atanassi. Cízico vuelve con el Tren Cabido)

Segovia- El tren Cabido. El poeta Cízico. Probablemente, uno de los mejores poetas de nuestro país (Cízico le da la mano intimidado).

Accame- ¿Le diste la mano?

Cízico- ¿Qué iba a hacer?

Segovia- Al tren Cabido lo mandé muchas veces para vigilar a su amigo Atanassi (el tren Cabido intenta una sonrisa sin mucho éxito). Léale un poema al hombre. Ahora, no. Algún día, léale.

Cízico - Prometido. ¿Quiere sentarse?

Segovia -Cabido le agradece, Cízico. Pero mejor va a ser que haga el mandado y que después espere afuera, mientras nosotros conversamos. (a Cabido) Traeme las pastillas del auto que me está doliendo la pierna como la puta madre. Y comprá un buen vino. Ah, y ya sabés, no, atento al “asunto” (sale Cabido lentamente) (a Cízico) Traiga su copa. ¿Le molesta si hablamos un rato de Marina?

Cízico - Ud. da las órdenes.

Segovia - Preferiría que habláramos como amigos.

Cízico- Lo que diga. Ud. tiene la pistola.

Segovia- (deja apoyada el arma sobre la mesa) Yo sabía que se veía con Atanassi. Desde el principio. Iban a bailar cuando yo no estaba en la ciudad.

Cízico -¿Y no hizo nada?

Segovia -¿Qué iba a hacer? Ella se estaba enamorando de él. Contra eso no hay remedio.

Cízico -Pero Ud. la golpeaba.

Segovia -El último tiempo, sí. De rabia y de pena. Todo se me estaba complicando. Tengo un departamento en el centro para verme con las minas que contrato. Jamás había tenido problemas. La primera fue Susy, una pendeja de 23 años. Yo llegaba a la noche; ella se desnudaba y casi siempre me pedía que le atara las manos con las correas de la cortina del ventanal que da a la calle. Después yo ponía música, algún rock cantado en inglés. Susy prefería  no entender la letra. Entonces apagaba las luces y ella empezaba a bailar. Los hombros y las piernas le brillaban en la oscuridad. Podía bailar horas así, atada, de espaldas a mí, mientras yo la miraba.

Cízico- ¿Qué pasó con ella?

Segovia- Se fue. Terminó su contrato.

Cízico- ¿Por qué no se lo renovó?

Segovia- Susy estaba bien para un año.

Cízico- ¿Las contrata sólo por un año?

Segovia- Es  tiempo más que suficiente para estar con una misma mujer.

Cízico- ¿Qué? ¿Durante ese año no ve a otras?

Segovia- En general no tengo tiempo para la infidelidad, los negocios me mantienen ocupado.

Cízico- ¿Y después de Susy?

Segovia- Hubo varias más. Pero cuando Marina llegó, vi las cosas de otra manera. De Marina me enamoré. Por primera vez en mi vida. Me daba vergüenza pedirle cosas. Aceptaba lo que quisiera darme. Esa mujer me acobardaba.

Accame- Afrodita, la diosa del amor.

Cízico- La destructora. La diosa del mar que hundía las naves con sus tormentas. Odi et amo. Quare id faciam? Nescio, sed fieri sentio et excrucior…

Segovia- Pero ella se enamoró de Atanassi. Y ya ve, él la rechazó.

Cízico- ¿Quien le dijo?

Segovia- Tengo mis motivos para pensar que no salieron juntos de la ciudad.

Cízico- Acaso se encontraron después.

Segovia -Ud. sabe algo. Hable.

Cízico -Decía por decir.

Segovia -¿Atanassi no le contaba de Marina?

Cízico -  Muy poco.

Segovia-Yo los tenía bajo vigilancia permanente. ¿Y sabe a qué conclusión he llegado? Estoy casi seguro de que Atanassi y Marina no cogían. He confirmado que Marina se acostó con varios tipos mientras estuvo en la ciudad, pero apostaría las bolas a que no tuvo sexo con su amigo. ¿Atanassi era impotente? No se lo pregunto por despecho. En realidad, preferiría que su amigo funcionara bien. Fíjese: Si es impotente, estoy cagado, no existe ninguna posibilidad de que Marina vuelva conmigo; hasta que se muera va a estar pensando cómo sería Atanassi en la cama. En cambio, si Atanassi se la coge algún día, quizá ella pueda olvidarlo, como olvidó a los demás.

Accame- Segovia no era tan primario.

Entra Cabido con tres botellas y una cajita, entrega la cajita a Segovia abre una botella y sirve en las dos copas. Segovia  saca una pastilla de la cajita. Toma la pastilla con un trago de vino y suspira. Tren Cabido sale.

Segovia- Yo siempre he visitado a todas mis amantes en el departamento. A todas menos a Marina. Lo quería sólo para ella y quedamos en vernos afuera.

Cízico - Y Ud. respetó sus deseos.

Segovia - No me gustaba, el departamento era más cómodo que un hotel. Pero esta mujer me volvió loco y yo hacía lo que me pedía. Al principio no me dejaba ni pisar adentro. Imagínese, a mí, al dueño, a su patrón. Con el tiempo fue aflojando un poco y algunas veces pude subir y quedarme un rato. Nada especial: a tomar un café o ver televisión. Cízico, por favor, llámela y dígale que vuelva conmigo.

Cízico- No sé dónde está. Créame.

Segovia -Por favor.

Accame- ¿Tenías la dirección de ella?

Cízico- No.

Accame- ¿Si la hubieras tenido, se la habrías dado?

Cízico -Escúcheme. Esto es todo lo que sé: ya le dije, el martes por la noche, Marcelo Atanassi vino y me pidió dormir acá y que le vendiera la moto. Le dije que no, que se la prestaba. A la madrugada, oí que arrancaba y se iba. Más tarde encontré sobre la mesa, esta mesa, una pila de billetes. Hasta hoy no he sabido más de él, ni de Marina ni de la moto.

Segovia -¿Usted no le preguntó nada? ¿Adónde iba?

Cízico -Tenía mala cara. No era momento de pedirle explicaciones.

Segovia -¿Cómo es Atanassi?

Cízico -¿Nunca lo vio?

Segovia -No quise conocerlo. Pero averigüé todo sobre él. Poeta como Ud. Hice comprar todos sus libros; los tengo en casa, pero nunca he podido ni siquiera abrirlos, de lo nervioso que me ponía solamente leer su nombre en la tapa. Supe que secuestraron al padre en la época brava. ¿Cómo es?

Cízico -Un poco más alto que yo, flaco, moreno. Nariz fina.

Segovia -¿Pintón?

Cízico -Bastante.

Segovia -Así que es pintón.

Cízico – Tiene esa expresión de niño desvalido que enloquece a las mujeres.

Accame- ¿Qué buscabas? ¿Qué se retorciera de bronca?

Cízico- Tendría que haberme callado.

Segovia- ¿Buen poeta? Sabría versear bien, supongo.

Cízico -Inventó un idioma.

Segovia- ¿Un idioma? ¿Inventó un idioma?

Cízico- En realidad, inventó un poema sin sentido para que después la gente lo usara como idioma.

Segovia -¿Qué gente?

Cízico -Cualquiera, usted, yo, los indios de alguna tribu del Amazonas.

Segovia -Los indios. ¿Ud. sabe hablar ese idioma?

Cízico -Sé algunos versos:
    Rascalá malém andala
    sinterapata sendela
    apasarasu

Segovia -Parece árabe o turco. Yo tenía un amigo turco y hablaba parecido.

Cízico -No es turco. Se llama El cantar de Tandras.

Segovia -No se enoje. Explíqueme mejor.

Cízico -Escribió un poema sin sentido, para que la gente le dé el significado que quiera y lo convierta en idioma.

Segovia -Loco de mierda.

Cízico -Es como si los poemas que uno escribe no quisieran decir nada, hasta que alguien los lee. El que los lee, les da el significado y empieza a usarlos para comunicarse, como si fueran un idioma nuevo.

Segovia -No puede ser. Primero, Ud. habla, dice algo que se entienda y después, con eso que habla, hace un poema ¿o no?

Cízico -Más o menos. Pero Atanassi quería construir un idioma con lo que sugería el sonido de los versos. Por ejemplo: Paraposa sináler ¿qué le sugiere?

Segovia - ¿Cómo, qué me sugiere?

Cízico -¿Qué le parece que podría significar?

Segovia -¿Me lo repite?

Cízico -Paraposa sináler.

Segovia -Un carajo.

Cízico -Haga un esfuerzo: Paraposa sináler.

Segovia -Una mierda.

Cízico -Bueno, entonces para Ud. significa “mierda”. ¿Entiende cómo funciona? Cada vez que Ud. quiera decir “mierda”, cantará: Paraposa sináler.

Segovia -¿Tengo que cantar? ¿Y los demás cómo me entienden? Cízico, hablemos de otra cosa, que este tema ya me está poniendo nervioso.

Cízico -Si va a cambiar de tema siempre que le cueste entender algo...

Segovia -¡Cállese! (Saca un pañuelo y se seca la cara. Está transpirando como un afiebrado.)

Accame- Lo enloqueciste con el asunto del idioma.

Cízico- Quería probar con Segovia si la teoría de Marcelo funcionaba.

Accame- El tipo tenía una pistola. Un peso pesado. No era el más indicado para tus experimentos.

Segovia interrumpe bruscamente.

Segovia –Yo he matado gente, Cízico.

Cízico – Yo también.

Segovia -No joda.

Cízico -Maté a mi esposa y a su amante. Los descubrí juntos. Yo sospechaba desde hacía meses que se encontraban cada vez que me ausentaba de la ciudad.

Segovia -No sea mentiroso.

Cízico -No le miento.

Segovia - Deje de embromar. Ud. es poeta.

Cízico - Es peor ser poeta, uno ama, pero también odia más intensamente.

Segovia  -Suena bien. Pero no le creo. No se ofenda. ¿Qué le pareció? Quiero decir, matar.

Cízico -¿No era que no me creía?

Segovia- No le creo, pero me gustaría saber cómo se lo imagina.

Cízico- Es terrible. La mayoría de la gente simplifica el hecho hasta idealizarlo y permite que su imaginación vuele contra quienes odia. Yo he matado a dos, y a pesar de que en ese momento quería hacerlo, tenía que hacerlo, sufrí horriblemente todo el tiempo. Es una tarea ardua y sucia, no se como explicarle. La sangre que empieza a surgir por distintas roturas complica la situación.: uno desea matar pero, simultáneamente, está dominado por la desesperación de ir limpiando todo. Mientras rompía sus cuerpos como zapallos con un pico, lloraba sin control y la camisa empapada se me pegaba al pecho y me daba frío. Desde entonces no he podido tener sexo con nadie.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             
Segovia -Su mujer, ¿cómo era?

Cízico -Un hembrón, Segovia. Un hembrón. Unos pechos… Hermoso pelo. La extraño tanto.

Segovia - Mi debilidad son el culo y la cintura. El tren trasero, como decía un mecánico amigo.

Cízico -Mi mujer tenía todo lo necesario y me volvía loco. Sé que es perverso hablar así de ella, considerando que yo la maté. Por un tiempo pensé que aniquilarla había sido la única manera de poseerla. Me equivoqué. Con los años, su recuerdo se ha deshilachado y me lleva con él a la desintegración. Antes de que digas que el lenguaje que usaba                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          con Segovia no era adecuado, vuelvo a recordarte que estábamos bastante borrachos. Además podría ser que haya olvidado las palabras exactas y ahora esté tratando de mejorarlas sin querer.

 Accame- Pero lo que le contaste a Segovia sobre tu mujer y el amante…

Cízico- ¿Qué?

 Accame- Es mentira.

Cízico- Jorge Accame, me conocés.

Accame- Sí, pero vos te fuiste y volviste aquí mucho tiempo después… ¿Qué edad tenías?

Cízico- ¿Cuándo volví? Treinta y dos. ¿Qué tiene que ver?

Accame- Que hasta los treinta y dos pudieron pasar cosas. Como matar a tu mujer y a su amante. Yo ni sabía que te habías casado.

Cízico- ¿Y quién dice que me casé?

Accame- ¿No le contaste a Segovia que te casaste?

Cízico- Lo que le dije a Segovia era literatura. Tenía que quedar bien delante del hombre. Que me respetara un poco.

Accame- Entonces no te casaste.

Cízico- Me casé, sí, con una mujer hermosa.

Accame- Juan, me estás confundiendo.

Cízico- Vos sos el que se confunde solo. A Segovia le estaba armando una historia, a vos te estoy contando las cosas que yo recuerdo que me pasaron.

Accame- ¿Y qué fue de tu mujer? ¿Se separaron?

Cízico- Murió. Murió en un accidente. Volvía desde Córdoba con un amigo, un compañero de trabajo, y el auto se desbarrancó. La policía dijo que se había quedado sin frenos. ¿Ves? Lo que le dije a Segovia fue una deformación de lo que realmente pasó… Para impresionarlo.

Accame- ¿Y si fuera al revés? ¿Si la versión auténtica fue la que le diste a Segovia y la literaria la que me das a mí?

Cízico- Qué importa si lo que le conté a Segovia sobre mi mujer es verdad o mentira. Claro que es mentira. No sé. Segovia era mi oportunidad para decir cosas que apenas me había atrevido a imaginar hasta ese momento. Decir “he matado”, “he violado”, “he comido carne humana”, decirlo sin arrepentirme. Después de haberlo dicho no me parece tan difícil hacerlo. Aunque te rías, esa noche con Segovia aprendí que la moral depende del interlocutor.

Segovia- Me convenció, Cízico. Nunca pensé que Ud. pudiera matar a alguien.

Accame- Yo tampoco.

Cízico- Calmate, Jorge.

Segovia - ¿Tuvo problemas con la policía? ¿Fue en cana?

Cízico - Lo hice parecer un accidente. Metí los cuerpos dentro de mi auto, le prendí fuego y lo desbarranqué en la ruta. Hubo una investigación y un sargento sospechaba, pero zafé. En cuanto pude, me vine para acá para que se olvidaran de mí.

Segovia -A mí tampoco pudieron agarrarme nunca.

Cízico -¿Cuántos mató?

Segovia - De eso no se habla. No es de hombres.

Cízico - Espero que no le haya molestado que yo le contara mi historia.

Segovia -Es distinto. Ud. tenía que convencerme.  De mi se sabe lo que soy. Pero no fueron muchos. Los que maté; no son tantos. Sé que tengo mi fama, pero tampoco quiero exagerar.

Cízico -Hace unos años leí "Del asesinato como una de las bellas artes", de Thomas De Quincey.  El tipo dice que asesinar puede ser algo hermoso (lo mira). Como la poesía.

Segovia -Lea otro poema de su último libro ¿quiere? De ese que todavía no publicó.

Cízico- (abre el manuscrito de Atanassi y lee)


GORILAS

Vimos cómo el cuidador
daba de comer a las focas
(les tiraba pescados al aire;
ellas saltaban desde una rampa
y los atrapaban a contraluz)
Después entramos en una gran campana
donde estaba la jaula de los gorilas
Era una familia:
varias hembras, unos cuantos pequeños
y el macho quieto, gigantesco,
igual a un monte, recostado sobre el cubo de paja
Nos estudió a su antojo
con gran tranquilidad
movía sus ojitos
como si él fuese el amo
y nosotros los prisioneros
como diciendo que cuando él quisiera
daría la orden para que nos echaran de allí
No sé en qué momento
llegaron los tres muchachos, riendo, gritando.
Vieron a los gorilas y se acercaron.
Rieron más fuerte y empezaron a imitar
los gestos de algún mono que habrían visto en T.V.
Se retorcían, aullaban, se rascaban la cabeza,
lloraban de risa.
Dentro de la jaula se había hecho un silencio
pesado como el agua. Todos los gorilas estaban inmóviles.
El enorme macho se incorporó y caminó pendulando
hasta la parte de atrás. Recogió algo
en la palma de su mano.
Penduló otra vez hasta donde estaban los chicos
que lo contemplaban jadeando, recuperándose
aún de las carcajadas
Como si fuera el dios del tiempo
colocó a sus pies la torta de bosta.
Luego regresó al cubo de heno
y los miró.
Los miró y los muchachos callaron,
como si estuvieran en presencia de su padre.

Segovia -Eso es poesía, Cízico. Mi padre era igualito a ese gorila, lo pinta como si Ud. lo hubiera conocido.

Cízico- Le encantó. Increíble. No sé por qué le gustaban tanto. Alguna crítica ni siquiera los considera poesía.

Accame- ¿Te pusiste celoso de Atanassi?

Cízico- Lo que escribe Marcelo es más bien prosa. Hay poca concentración de lenguaje. Son poemas que llevan a confundir la esencia de la poesía.

Accame- Menos mal que hay gente que la tiene clara.

Cízico- Eso dolió.

Segovia -Mi viejo era un sobreviviente, como yo. Cuando mamá murió, él me abandonó. Se rajó. ¿Sabe por qué? Para enseñarme. ¿Qué es lo mejor que un padre puede dejar a su hijo? Educación. Rajándose, dejándome solo, me enseñó a valerme por mí mismo. Hay que tener huevos para eso.

Cízico -¿Cómo está tan seguro? Capaz que lo abandonó porque no quería ocuparse de Ud.

Segovia - A cualquiera que hubiese dicho semejante cosa, lo habría destripado como a un pejerrey. Tiene suerte de que lo respete, Cízico. Además sé que no lo dice con mala intención, sino por sincera curiosidad. Pero la respuesta es no. Mi viejo no me dejó porque yo le fuera una carga, sino por enseñarme algo.

Cízico -¿Cómo era?

Segovia -¿Papá? Un tipo fuerte. Silencioso. Mamá decía que antes del accidente había sido distinto: alegre y amigo de los bailes. Mi padre viajaba en un avión que cayó en el mar.  Todos se ahogaron, pero él era muy buen nadador y no se dio por vencido. No se veía tierra por ningún lado. Mientras nadaba, iba pensando que desde abajo algo lo agarraría de un pie y lo iba a hundir. Pero siguió, como una máquina siguió braceando. Cuando se cansaba hacía la plancha. Si algo me muerde, se decía, voy a patalear y a tirar trompadas y algún golpe le voy a dar. No me va a llevar gratis. Creo que los tiburones se dieron cuenta de esto y no lo atacaron. Imagínese, Cízico, un hombre en medio del mar, solo, dirigiéndose a ninguna parte, resistiéndose a morir cuando para el resto del mundo ya estaba muerto ¿no es digno de respeto? Nadó tres días y llegó a las playas del Uruguay.

Cízico -¿Del Uruguay? Capaz que no lo atacó ningún tiburón, porque en ese lugar no hay tiburones.

Segovia -Cízico, Ud. esta noche se ha propuesto hacerme enojar. ¿Cómo no va a haber tiburones en el mar? Andan por todas partes. Los tiburones lo habrán respetado. Como yo lo respeto a Ud., Cízico. Si no lo respetara, Ud. ya sería finado. Además mi viejo estaba lastimado, se había cortado con un hierro del avión. Estaba sangrando ¿entiende? Los tiburones huelen la sangre y se van al humo.

Accame- ¿Te volviste loco? ¿Para qué lo molestabas tanto?

Cízico- Ya me estaba hartando con el padre perfecto y heroico, invulnerable a los tiburones.

Segovia- A la noche, en la oscuridad, el viejo miraba las estrellas y con eso se orientaba.

Cízico- (a Accame) ¿No te digo?

El tren Cabido entra y le da el celular a Segovia.

Segovia- (hablando por el celular) Sí. ¿Lo agarraron? ¿Dónde lo tienen? Vamos para allá. Cízico, tengo algo urgente que hacer.

Cízico - Como quiera. Igual ya me iba a acostar.

Segovia - No me interpretó. Suspendemos la conversación, pero usted viene conmigo.

Cízico - ¿Yo? ¿Adónde? ¿Para qué?

Segovia - Cállese y haga lo que le digo.

Cízico- Tengo que ir al baño.

Segovia -No hay tiempo.

Cízico -¿Adónde vamos?

Segovia - Tranquilo, poeta.

Cízico - Díganme. Tengo derecho a saber si me van a matar.

Segovia- Vamos a ver a un tipo que me hizo una cagada.

Salen Cízico, Segovia y el Tren Cabido. Cízico vuelve.

Cízico- Cabido manejaba. Los tres en silencio. De pronto tuve claro lo que estaba pasando: el tipo que habían atrapado era Marcelo Atanassi. Segovia iba a obligarlo a que le dijera donde estaba Marina. Al final de la noche Marcelo sería cadáver yo tambien. Anduvimos como media hora. Tomamos un camino con el pavimento roto, donde hay varias fábricas abandonadas. Nos detuvimos en un portón. Nos bajamos  del auto y fuimos hasta una especie de galpón que había en el fondo. En la primera habitación, dos tipos que jugaban a las cartas saludaron a Segovia y a Cabido. En la segunda, había un hombre sentado en una silla, atado y con una capucha en la cabeza. Ahí nomás Cabido se la quitó. No era Atanassi.

Segovia- Estoy un poco decepcionado, ministro. Se dice que mi empresa no ganó la licitación. Creí que teníamos un trato.

Accame- ¿Ministro? ¿Segovia tenía atado a un ministro?


Cízico –El hijo de puta de Miguel Argüello.

Accame- ¿El médico? ¿El que trabajó con los milicos?

Cízico- (imitando a Argüello) “No pude hacer nada, Segovia”, le dijo.

Segovia- Entiendo perfectamente, ministro. A veces las cosas no salen como uno quiere. Pero el asunto es que tenemos mucho dinero en esto. ¿Qué les digo a los inversores? Va a tener que darme una solución. Porque, entiéndalo, puedo hacer con Ud. lo quiera: soltarlo hoy, volver a agarrarlo mañana. Jugar con un Ud. como un gato con un ratón. Ministro, los buenos tiempos se terminaron para Ud.

Cízico- Todo era confuso. En la cabeza se me mezclaba el alivio de que no fuera Marcelo y el sufrimiento de la gente que ese enfermo de Arguello habia atormentado. Me volvi loco. (A Segovia) Mátelo.


Segovia- ¿Al ministro? No me parece. Todavía podría serme útil. Voy a asustarlo un poco.

Cízico- Mátelo. Lo va a traicionar de nuevo. Haga justicia.

Segovia- ¿Justicia? No sea romántico.

Cízico- Ud. es un romántico también.

Segovia- ¿Yo?

Cízico- Desea serlo.

Segovia- Espéreme afuera.

Cízico- Deme un revólver a mí. Y le meto una bala en la cabeza.

Segovia- Ud. no entiende nada. Vaya afuera, le digo.

Accame- ¿Lo habrías matado? ¿Si Segovia hubiera estado de acuerdo, lo habrías hecho?

Cízico- Argüello era un hijo de puta.

Accame- ¿Lo habrías hecho?

Cízico- Segovia se estaba enojando, así que el Tren Cabido me entregó a los dos tipos que habían estado jugando a las cartas para que me llevaran afuera. Había un terreno baldío y unos bancos y me hicieron sentar. De repente me acordé de que hacía rato que me moría por orinar, pedí permiso para ir hasta unos pastos. Estaba en eso cuando se escuchó un disparo. Los dos tipos entraron de apuro al galpón y casi enseguida salió Segovia. ¿Lo mataron?

Segovia-No Lo estábamos soltando y en un descuido el hombre se nos suicidó. ¿Está contento, ahora?

Cizico- Diez días más tarde, dieron la noticia: habían encontrado el cadáver. Tardaron en identificarlo, porque tenía la cabeza reventada.

Accame- (impresionado) ¿Y qué hicieron después?

Cízico- Me metieron en el auto y volvimos a casa.

Segovia - ¿En qué estábamos?

Cízico- Hablábamos de su padre.

Segovia -¿Y los suyos?

Cízico - Murieron. Hace tiempo.

Segovia - ¿Los extraña?

Cízico -Un poco.

Segovia -¿Qué hacían?

Cízico -Eran inmigrantes. Trabajaron la tierra. Hicieron una pequeña fortuna que ahora me permite vivir bastante cómodo.

Accame- ¿Sabés que hay cosas que no me cierran? Vos y Segovia vuelven a tu casa y siguen hablando como si tal cosa. ¿Vos no te sentías mal por lo que había pasado? Habías visto un asesinato.

Cízico- En realidad no vi nada. Es cierto que no me sentía muy tranquilo, pero la compañía de Segovia me confortaba. Como si su presencia hiciera más natural todo, menos difícil de aceptar.

Accame-. ¿Matar te parece natural?

Cízico- Matar no me parece natural. Lo sentí más tolerable esa noche porque Segovia ahí. Y porque me dijeron que Argüello se suicidó.

Accame- ¿Y te creíste eso?

Segovia -¿Sus padres querían que Ud. fuera poeta?

Cízico – (a Segovia) Casi ningún padre quiere que su hijo sea poeta. Pero casi todos los padres coinciden en que la poesía es necesaria en el mundo. Así vive la gente. La literatura es una cosa rara.

Segovia -Cízico, ¿sabe que nunca entendí qué es la literatura?

Cízico- ¿Cómo se lo habrías explicado?

Accame- Ni idea.

Cízico- Se dice que en Kuichú, en China, no conocían los asnos. Un día, un hombre rico hizo llevar uno por barco. Lo tuvo un tiempo en su finca, pero cuando se cansó de él, lo soltó en el monte. El asno se internó cada vez más buscando pasto que comer, sin saber que un tigre lo acechaba. El tigre lo seguía con desconfianza; nunca había visto una criatura tan extraña  y creyó que se trataba de un dios. Así pasaron los días, el tigre observándolo a distancia y el asno pastando despreocupadamente. Cierta vez el asno rebuznó y el tigre escapó corriendo. Pero cuando comprobó que el rebuzno no hacía daño, regresó y pensó que acaso no era un ser tan terrible. Se fue acercando cada vez más, hasta que se atrevió a tocarlo, luego lo empujó, le gruñó y lo molestó en todas las maneras en que se le ocurrió, hasta que el asno le pegó una patada. “Así que es esto lo que sabe hacer”, se dijo el tigre. Y entonces saltó sobre el asno y lo devoró.

Segovia - Linda historia, Cízico. Pero no me explica qué es la literatura.

Cízico - La literatura, Segovia, es un animal imprevisible y en eso radica buena parte de su poder. Mientras no haga evidentes sus fuerzas, parecerá (y será) una divinidad para el lector. El lector, como el tigre, usará toda clase de argumentos para que el extraño animal se muestre; pero si este quiere sobrevivir deberá soportar los roces y mezquinar definiciones.  Su principal arma contra la exigencia de precisión es el flujo de lo que está por suceder. Una palabra promete otra y esa otra, otra más. Así hasta formar una corriente de palabras. El lector tiene la sensación de que en algún momento estas palabras van a saciar su sed, pero se equivoca: la sed es insaciable, porque cada palabra promete algo nuevo que tal vez cumpla la próxima.

Accame- ¿Entendió algo?

Cízico- ¿Por qué lo subestimás? Entendió todo a su manera.

Segovia- No entendí una mierda. A ver si Ud. entiende esto: Marina una vez me contó un sueño, iba en bicicleta y llegaba a un barranco. Entonces dejaba su cuerpo sobre la bicicleta y ella seguía a pie. Mientras caminaba, Marina veía como la bicicleta con su cuerpo arriba, se iba cuesta abajo, tomaba cada vez mayor velocidad y se perdía a lo lejos. ¿Y? ¿Entendió?

Cízico- No.

Segovia- ¿Vio? A veces, cuando estaba con Marina, tenía la sensación de que su cuerpo y ella eran dos cosas distintas. Como que su cuerpo era un animal que ella tenía. Algo con una vida aparte, algo que estaba ahí en la cama, entre ella y yo.

Cízico -Eso es hermoso. Disculpe, tengo que anotarlo.

Segovia -¿Le parece? ¿Ud. cree que yo podría escribir?

Cízico -¿Por qué no?

Segovia -¿En serio? A veces tengo ideas. Lo que pasa es que soy un perro.

Cízico -¿Cómo lo sabe?

Segovia -Es que a mí la poesía pura no me gusta. Me gustaría decir algo que se entienda.

Cízico -¿Cuál poesía pura?

Segovia -A mí me gusta escribir no con tanta imagen, con tanta sintonomasia. ¿Me explico?

Accame- Sintonomasia… ¿Qué es eso?

Cízico- No sé.

Accame- El tipo se inventó una figura retórica.

Segovia -¿Sabe, Cízico? Yo lo voy a ayudar a Ud. para que llegue a la cima del pedestal.. Va a ser famoso, Cízico. Acuérdese de lo que le digo.

Cízico -Parado en el pedestal.

Segovia -No se burle.

Cízico -No me burlo. Pero no estoy seguro de querer ser famoso.

Segovia -No sea boludo. Todo el mundo quiere ser famoso. Ser el mejor. Ud. es un gran poeta, pero con la ayuda que yo le voy a dar, no lo para nadie, ya va a ver.

Cízico- Segovia, Ud. piensa que yo soy un gran poeta. Quizá algún día lo sea. Pero tengo que decirle algo importante. En realidad, los poemas que le gustaron, no son míos, son de Marcelo Atanassi. Entiéndame, tenía miedo. Las cosas se dieron  así. ¿Qué podía hacer?

Segovia- (duda un poco, se pone colorado, está a punto de explotar pero finalmente se detiene resoplando) ¿El del alumno?

Cízico.- Sí.

Segovia.- ¿Y el del gorila?

Cízico.- También.

Segovia.- Puta madre.

Cízico.- Lo siento mucho.

Segovia.- Cuando algo es bueno, es bueno. No interesa quien lo haya hecho.

Cízico -Lamento haberle mentido.

Segovia –Está bien, Juan.  ¿Puedo decirte Juan?  Hasta ahora no he querido tutearte porque te respeto. Aunque, como ya te dije, alguna vez tenga que meterte un tiro. Respeto a los artistas. Atanassi es un artista. Y lo respeto también. Juan, ¿qué te parece si igual le publicamos el libro a Marcelo Atanassi? Es un gran poeta.

Cízico -Tendríamos que preguntarle a él qué le parece.

Segovia –Llamalo y preguntale.

Cízico -No sé dónde está ahora.

Segovia -Ya me lo dijiste. Se me había olvidado. Cuando lo veas, preguntale. Decile que Fernando Segovia quiere editarle su libro.

Cízico -¿No va a matarme?

Segovia - No.

Cízico - ¿No tiene miedo de que vaya a la policía y les cuente lo que pasó esta noche?

Segovia - ¿Y qué vas a contarles? ¿Que te hice una visita y hablamos de poesía?

Cízico - Lo de Argüello.

Segovia - Descansá, Juan. Fue una noche dura para vos.

Segovia se levanta y camina hacia la salida. Se está por ir cuando se acuerda de algo y regresa a recoger el revólver.

Segovia -¿No me das alguna planta de Marina? Me gustaría cuidarla.

Accame- No era ningún boludo.

Cízico- Se dio cuenta desde el principio… La mecedora, las plantas… ¿Cuál de todas?

Segovia - ¿Te dejó muchas?

Cízico – No. Esas azaleas que vio, y un filodendro.

Segovia -Dame las azaleas.

Cízico se las entrega, Segovia sale con una maceta en cada mano.

Cízico- (manotea los bolsillos buscando algo que no encuentra) Salgo con usted. Quiero comprar cigarrillos. Ya debe estar abierto el quiosco de la avenida. Lo acompaño unas cuadras.

Segovia – Está bien, le digo al tren Cabido que nos espere ahí con el auto y caminamos un poco. Me gusta la mañana. A la mañana el aire se pone más puro.

Cízico- Ya sé que te va a sonar ridículo lo que hice entonces, pero, bueno, es la verdad. Apoyé mi mano en su hombro y caminamos por la calle así abrazados. No parecía un asesino, sino un hombre desesperado. Lo único que quería era charlar de Marina. La mujer le rompió el corazón.

Accame- ¿Él te abrazó también?

Cízico- No, Accame, no me abrazó. Tenía las manos ocupadas con las azaleas. Caminamos juntos unas cuadras y después nos despedimos. Al día siguiente, me llegó un sobre de Segovia: era la factura pagada en una imprenta para editar el libro de Atanassi.

Accame- ¿Y qué hiciste?

Cízico- Publiqué el libro de Marcelo. Por si algún día llega a volver, inventé el nombre de una fundación que otorgó el subsidio. Para que no sepa quién pagó la edición. Si se entera, se muere.

Accame- ¿Tenés vino?

Cizicio- Anoche, yo estaba en casa tratando de escribir un poema. Me habían puesto inquieto unos ruidos en el techo y quería pensar que era algún gato. No podía concentrarme. De repente... (Entra Cabido).

Cabido.-Vengo a avisarle que el patrón falleció anteayer en la clínica (ahoga un sollozo). Un cáncer que se lo llevó. Osteosa...

Cízico- ¿Osteosarcoma?

Cabido- Eso mismo, osteosar... 

Cízico- ¿Hace mucho que estaba enfermo?

Cabido- Unos meses. El patrón fue otra persona desde que se enteró. Se puso más bueno, más... blando. No, si Ud lo hubiese conocido... Si él hubiese estado sano la noche que vinimos, Ud. hoy no estaba vivo. Y si estaba vivo, no estaba entero. Eso seguro. La mujer, sabe, esa mujer... Qué bárbaro. Cómo pueden enfermarnos cosas que no son enfermedades. Pero el último tiempo él creía que estaba mejorando, que se iba a curar. Antes de irse pidió que usted le avise a su amigo Atanassi que se quede tranquilo, que nadie va a lastimarlo, que vuelva a la ciudad si quiere. Cortesía de don Segovia antes de morir.

Cízico- No puedo avisarle. No sé dónde está.

Cabido- Bueno, en todo caso, si se comunica con la señorita Marina, dígale que la invitación vale también para ella. Dígale además que el finado le dejó una plata en el banco. (Busca en sus bolsillos y le entrega un papel) Aquí están todos los datos.

Cízico- Gracias, pero tampoco sé nada de ella.

 Cabido- (se acerca a Cízico como si fuera a atropellarlo) Cízico, atiéndame unas palabras. Después que lo visitamos aquella noche, un día Segovia me llamó y me convidó un whisky que guardaba desde hacía años. Debía ser una ocasión especial. El patrón habló de usted todo el tiempo. Después me miró fijo y dijo: “Vos, ¿en qué pensás? Ese hombre tiene la cabeza llena de poesía. Hay que aprender”. De eso quería hablarle: Cízico, Ud. está en deuda conmigo. Aquella noche le prometió al patrón algo que no cumplió.

Cízico va hacia la biblioteca, duda, y saca un libro. Lo abre, elige una página y lee.

Cízico -Alguien dijo, Heráclito, tu desgracia y me condujo
al llanto. Recordé cuántas veces ambos
habíamos hundido al sol en la conversación. Pero tú ahora,
amigo de Halicarnaso, desde hace mucho tiempo eres ceniza.
Sólo viven tus poemas, sobre los cuales
la muerte, que todo roba,
no arrojará jamás sus manos.

A medida que lee, el tren Cabido asume una posición de respeto solemne, con la cabeza gacha. Se saca lentamente el sombrero y lo sostiene en la mano, cubriéndose el pecho. Cízico termina de leer, Cabido emocionado le da la mano.

Cízico- Buenas noches, Cabido.

Accame- ¿Aquí termina entonces?

Cízico- Diría que sí. ¿Anotaste todo? ¿Sabés qué pensé por un segundo cuando me preguntaste si tenía vino? Que eras Segovia, que los dos estábamos en la otra historia, aquella noche.

Accame- Por lo que no termina (brinda).

Cízico- Por lo que no se explica.

Accame- Juan, inventaste todo, ¿no es cierto? (Lo dice mientras se va retirando. Cízico no contesta. Accame desaparece).

Cízico- Por las historias (brinda hacia el público).



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