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domingo, 29 de diciembre de 2013

Giganto maquia

Relato Español

De cadetes nos frotábamos las suelas con cocacola para no par¬tirnos la crisma cuando jugábamos al raso. El relente empapa¬ba el cemento y nosotros nos deslizábamos por la pista como el avión cuando llueve, las manos escondidas en los puños, el pavi¬mento pringoso bajo la helada del sábado y en la boca del aeropuerto once gigantes abrochados como fardos a los asientos, el piloto achica los ojos para que la nariz coincida con las líneas azules, el viento, la lluvia, todos los relámpagos de los dioses iluminando nuestras mandíbulas enormes. En aquellas canchas de invierno qué andanadas contra los salesianos, ya se van comulgados los nenes -decíamos-, ya desfilan los nenes con su escudito bordado, nadie respira en el pasaje hasta que el avión corre por la pista y el piloto clava los frenos. Noche cerrada: a pedazos se desmorona el cielo sobre Treviso, siempre llueve en Treviso, qué importa si de aquí al hotel y del hotel a la cancha vigilados por el perro guardián, de ca¬detes cómo mordíamos, cómo zumbábamos sobre cualquiera y un sábado vinieron a verme de la Caja y me dieron la mano como a un hom¬brecito, dijeron ¿no están tus padres?, carajo cómo le pegas, ¿y si pruebas un tiempo con nosotros? ¡La Caja, con Izquierdo y La-fuente y aquella torre de rizos que la pinchaba con quince añitos, un tronco con tobillos de elefante que se movía leeento como un mi¬mo pero cuando la cogía abajo, je, la Caja! Los viejos me dijeron bueno pero sólo si sigues con los estudios, y mamá venga a llorar como si me fuera a la Antártida, no llores, mami, vendré todos los fines de semana, cuántas horas en el autobús que trae de vuelta a los reclutas de San Fernando, rapados y canijos como leprosos, malencarados y tristes con los macutos al hombro, la nariz llena de granos. Dos desayunos, carne en el almuerzo, pescado en la cena, fuentes de verduras en bandejas de lata: nosotros también formábamos ejérci¬to, un ejército de muchachos gigantoides con manos afiladas, nuez prominente y sombra en el bigote. Cumplíamos órdenes, teníamos jefes, castigos y uniformes, qué bonito el uniforme de la Caja, con ribetes dorados, un nombre y un número en la espalda, era la pri¬mera vez que veía mi nombre impreso en una camiseta, como un idiota estuve mirándola igual que a la foto de una novia, habría dormido con ella puesta si mi compañero de habitación no se hu¬biera reído, serio como un monje y estirado y seco, se las pasaba leyendo y tiraba bien pero era flojo y allí había que azuzar correr como un gamo, y cuajar los riñones en los entrenamientos para volar en los partidos como Songoku cuando se quitaba las pesas, a cualquiera les metíamos tandas de cuarenta, qué bueno si ahora se pudiera jugar así, si fuera tan fácil patinar entre los rivales como el avión en la pista, saltar de esa forma, golpear de esa forma, reír y ganar siempre de esa forma, pero ya todo es fajar y envolver y mor¬der el protector para que no te partan los dientes, como aquí en Treviso cuando me arrancaron una muela en la primera embestida, primer minuto y pumba, al suelo como un sparring, claro que en¬tonces no tenía ni veinte años y entraba temblando en esa cancha que parece un gimnasio y los hinchas te sacuden desde que pisas el tubo, el alero Perotti me arrancó el diente de un codazo de fullcontact, corriendo a la clínica para coserme el hueco porque la hemo¬rragia no paraba, caía una lluvia monzónica, imagina, un tío gran¬de como un castillo cubierto de sangre pidiendo un médico, la enfermera casi se cae redonda al verme, en Treviso o en Bolonia cómo sacuden los italianos, cada punto es una batalla olímpica, se te agarran al cuello como medusas, ni ánimo ni paciencia me quedan pero no sé hacer otra cosa, después de lo del Fórum quién se fiaría de mí, yo pensé que acabaría entrenando muchachos con un sueldito modesto, no quiero una casa nórdica en la cumbre de ninguna montaña ni yates ni coches que no pueda aparcar pero después de lo del Fórum quién se atrevería a meterme en un vestuario con mu¬chachos si sólo sirvo para embutir kilos y mala leche, aunque también tuve mis finuras y mi elegancia y algo conservo, como contra el Baskonia cuando perdíamos de dos y a Otis le habían pitado la quinta y en la última jugada le hicieron un trap al flaco
y lancé aquella piedra que pensaba que acabaría fuera del pabellón pero joder que entró como se las cascaba Larry Bird, las gradas se volcaban, en Gigantes me hicieron una retrospectiva, salí en los tele¬diarios, mira si no va a ser ésta mi temporada -pensé- pero luego vino lo del Fórum y por eso tengo claro que antes de que acabe el año me dan la patada, si al menos dejara de llover, si pudiera quitar¬me este chándal y abrocharme un abrigo de verdad y escapar del hotel sin dar aviso pero mirando a izquierda y derecha por si el pe¬rro guardián hace la ronda como si fuéramos juveniles, si pudiera arrancarme este sayo ridículo que cuando se tienen más de treinta años te cae arrojado de un quinto piso, ya estoy harto de servir de hombre anuncio con los letreritos de Seguros AGF y Ópticas Univisión, si pudiera escabullirme de este hotel lejanísimo volcado en una ronda de circunvalación con glorietas decoradas y pasillos co¬rridos de moquetas y barandas de latón dorado, tristísima recepcionista diminuta que me mira con ojos redondos desde el interior de su uniforme de cartón como si yo fuera un gigante sulfúrico que golpea el mostrador pidiendo una guía de teléfonos, la página de clasificados de un periódico, si un taxi me llevara a la ciudad: cami¬nar desordenadamente, sentirme holgazán y espléndido, sentarme en un café y convidar a una rubita, pedir un palo de nata, engullirlo de un mordisco, llamar como en el siglo pasado desde una cabina, hablar con Luisa del tiempo y de Treviso, preguntarle si la pequeña ya duerme, no, aún no, está haciéndome trampas al parchís, dile que se ponga, qué-lejos-estás-tengo-una-quemadura-en-el-dedo-ya-le-he-comido-dos, si pudiera me importaría muy poco lo del Fórum pero llueve como en el diluvio y quedé preso en esta habitación custodiada por el perro guardián, dentro de este disfraz de hombre anuncio, compartiendo cuarto con un niñato saltimbanqui que se cree Vince Carter y que lleva dos horas jugando a los marcianitos, preso como si estuviera de colonias domando a un poni y haciendo tirolina mientras papá y mamá se van una semana a París para ver si allí se besan como no se besan acá, y aunque pudiera escapar y despojarme y subir a ese taxi seguiría en el transporte de este cuerpo montañudo coronado por un rostro de aborigen perseguido. So¬bre esa cumbre mi frente de pantalla de cine sobresaldría como la antorcha de un faro: la rubita apretaría las rodillas como una niña que se hace pipí, en la confitería no quedan palos de nata, en este siglo no hay modo de encontrar una cabina en la que el hilo no cuelgue amputado como una extremidad horrible.
Gigantomaquia. Humanos contra gigantes. Todos esos pequeñines escupiéndome desde las gradas, colgando tiras de papel hi¬giénico de mis orejas, orinando en mi toalla, llamándome cosas espeluznantes, la palabra repetida que redondea su bocas y que suena igual en todos los idiomas, aunque sean sílabas y fricativas y qué-sé-yo distintos siempre suena a lo mismo.
Ya la pequeña dormirá en su camita, Luisa ya la habrá arropa¬do y surcado su cuerpecito muelle con sus dedos delgados, la luz del pasillo encendida. Sentada frente al televisor como una india será incapaz de dormir y pellizcará un libro del estante, leerá hasta que se haga de día, preparará café y vestirá a la niña, no te olvides del abrigo, tendrá que dejar el coche en doble fila, bajar con ella en brazos y regresar corriendo porque ya suenan las bocinas y luego en casa volverá a la cama y dormirá hasta el mediodía, Luisa inco¬rregible, nunca me haces caso, no te puedes alimentar de ese alpis¬te, los tobillos se te están volviendo de pájaro, las manos de pájaro, los dedos y los párpados y la mirada vacía de pájaro como la del chico-conejo del Fórum.
En el espejo del lavabo se refleja mi rostro como una máscara mortuoria, molde de cera que dice quién fui, cuál mi nariz y cuáles mis pómulos, dónde la boca torcida, cuántos surcos en la frente. Oigo el tap-tap de miniVinceCarter sobre sus marcianitos, al me¬nos quiero tener buen aspecto cuando mañana aparezca en las pantallas de sus cámaras. Me hacen fotos, me detestan y me hacen fotos, agitan el puño y enfocan sus teléfonos hacia mí, lo mismo sucede en Belgrado y en Lyon. Son felices, me odian y son felices porque no hay nada como el alivio de concentrar ese vector eléc¬trico en un solo, foco, cumplo un servicio social tan valioso que el gobierno debería subsidiarme de manera vitalicia, evito que pien¬sen en los bancos y en los burócratas, soy el villano predilecto, durante la semana hacen acopio de ira y asco para verterla sobre mí, represento mi papel de enemigo público mejor que un pede¬rasta, mejor que un golpista, mejor que un político corrupto, un tirano de país exótico, deberías pudrirte en la cárcel por mucho que jures que fue un accidente, un infortunio, un lance, una desdi¬cha, conjunción de movimientos, el vídeo repetido tantas veces, tu mano grande y pesada como el granito cayendo sobre su nuca de conejo, pobre, pobre chico telegénico, la escena congelada de tus mandíbulas prensadas mientras sacudes ese golpe único, el silen¬cio del público que permite oír los pasos del doctor sobre el par¬qué, la toalla que cubre al chico que se retuerce y convulsiona, tu mueca, tu mirada fija en el cuerpo que ya no es el chico que te perseguía por la cancha y se burlaba de ti -abuelote ganso- sino un vestigio debajo de una toalla que dice Ópticas Univisión, el parti¬do suspendido, la pregunta, la lentitud con la que cruzas el tubo. Qué importa que dijeran lamentamos este hecho luctuoso, se en¬cuentra tan conmocionado que no puede hablar de ello, un fatal accidente, una coincidencia maldita, intencionada pero cómo su¬gerirlo siquiera, cómo decir denuncia y juez, pésame a la familia, la cuchilla de afeitar deslizando, el tap-tap de los marcianitos, nunca me haces caso, Luisa-pájaro, tienes que dormir y comer y salir al sol, eres un murciélago, la niña tan blanca, tan delgadita, en lugar de sentarte con ella en el parque os refugiáis en casa y jugáis como gatitos o fabricáis catedrales con tarugos de plástico, raquitismo, te olvidas de la cena y la merienda, los niños necesitan merendar y jugar al sol, correr hasta el asma, vitamina D, nunca me haces caso, al menos tener buen aspecto mañana, ofrecer mejillas pulimen¬tadas al holocausto de su saliva, dijeron mejor quédate en casa, des¬cansa un tiempo pero qué casa, qué tiempo, qué agujero, no -men¬tí-, necesito seguir con esto para no clavarme en la figura de pobre-chico-conejo, para que la ansiedad y la culpa no me enreden y en cambio sí la saludable rutina benéfica que cura todo mal, el raíl, la normalidad, irán a por ti en la cancha, dijeron, te van a perseguir, dijeron, la gente sólo entiende aquella cosa horrible, tú fuiste, es absurdo, cómo podría -mis mejillas pulidas como un escudo.
Desde entonces qué veloces los pies, qué suave el tacto del cuero casi como cuando cadete, a veces pienso que sigo siendo un mico y no aprendí nada de ninguna cosa, ahora me abren hueco y me siento ágil, líquido, será que no se atreven los maricones, braceo, salto, será que el chico-conejo se reabsorbió dentro de mí, pero es Treviso y llueve el diablo y mañana se acabó el filme, mañaña me van a zurcir, se me lanzarán al cuello mañana, venganza por el compatriota mañana, dijeron mejor no vengas, habrá bronca pero que no me culpen ni me persigan, por eso las mejillas de chapa y el tap-tap de los marcianitos. Debería haber un videojuego de pobreschicos contra mí, yo ajusticiando pobreschicos con golpes de desnucar conejos en venganza de todos los abuelotes gansos que se arrastran por la pista como Moses Malone, zapatillas de ruedas para nosotros, jubilación con honores de almirante para nosotros, vida normal con mujer e hijos normales que no conspiren contra ti ni digan eres incómodo y feo, mejor vivimos solas las dos, claro que aún te amo, es otra cosa, otra cosa.
En Treviso. Las calles. El taxi. No puede ser tan difícil encontrar una farmacia.