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domingo, 15 de diciembre de 2013

Una visita al abuelo


Relato Gales


Desperté en mitad de la noche; había tenido un sueño lleno de látigos y fustas largos como las serpientes, diligencias de caballos desbocados que escapaban por los desfiladeros y largas galopadas al viento por campos repletos de cactus. Oí que el hombre del cuarto de al lado gritaba «¡Arre!» primero y «¡Soo!» después, y que hacía chascar la lengua contra el cielo de la boca.
Era la primera vez que me quedaba a dormir en casa del abuelo. El suelo de madera había chirriado como los ratones cuando me encaramé a la cama; dentro de las paredes, los ratones crujieron como la madera, como si otro visitante la estuviera pisando. Era una templada noche de verano, pero las cortinas habían estado ondeando, y las ramas habían golpeado la ventana al mecerse. Me cubrí la cabeza con las sábanas, y pronto estuve entre rugidos, al galope, en un libro.
-¡Soo, preciosidades! -exclamó el abuelo. Su voz resonó muy juvenil y potente, como si tuviera cascos de caballo en la lengua. Había convertido su habitación en una anchurosa pradera. Pensé que sería bueno echar un vistazo a su cuarto, por si acaso se hubiera prendido fuego a la cama. Mi madre me había advertido de que a veces encendía la pipa bajo las mantas, y me había dicho que debía correr en su auxilio si notaba el humo en plena noche. Anduve de puntillas en la oscuridad y me acerqué a la puerta de su dormitorio bien pegado a los muebles, hasta darme un trompazo contra uno y volcar una de las velas. Cuando vi que había luz en el dormi-torio me asusté, y al abrir la puerta oí gritar al abuelo.
-¡Arre! -exclamó con la potencia de un toro con un megáfono.
Estaba sentado, erguido en la cama, balanceándose de un lado a otro como si transitara por un camino repleto de baches. Las esquinas del cubrecama, anudadas, eran las riendas; su caballo invisible estaba a la sombra, más allá del círculo de luz de la vela que tenía en la mesilla. Sobre su camisa de dormir de franela blanca se había ceñido un chaleco rojo con botones de latón del tamaño de una castaña. La cazoleta de su pipa, rebosante, crepitaba entre sus bigotes como un almiar en una estaca. Nada más verme soltó las riendas y dejó las manos azuladas y quietas sobre las sábanas. La cama se paró sobre un camino alisado, apagó el chasquido de su lengua y los caballos se detuvieron suavemente.
-¿Pasa algo, abuelo? -pregunté aun cuando la ropa de cama no hubiese prendido en llamas. A la luz de la vela, su cabeza parecía una colcha andrajosa y colgada en el aire negro, llena de mechones revueltos como barbas de cabra.
Me miró con mansedumbre. Sopló en la pipa y esparció las centellas. El tallo de la pipa, ensalivado, emitió un largo silbido.
-No hagas preguntas -dijo.
Al cabo de una larga pausa, tomó de nuevo la palabra.
-¿Tú tienes pesadillas, hijo?
-No -le dije yo.
-Sí que las tienes, seguro -dijo.
Le expliqué que me había despertado una voz que gritaba a los caballos.
-¿Qué te dije? -gritó-. Cenas demasiado. ¿Quién ha oído alguna vez a un caballo en su cuarto?
Metió la mano bajo la almohada buscando algo; sacó una bolsita que tintineaba y desató con cuidado el lazo que la cerraba. Me depositó un soberano en la mano.
-Cómprate un pastel.
Se lo agradecí y le di las buenas noches.
Nada más cerrar la puerta de mi habitación le oí gritar de nuevo a pleno pulmón: «¡Arre, arre!». La cama viajera daba sacudidas sin cesar.
Por la mañana desperté tras haber tenido un sueño lleno de caballos desbocados por una llanura que estaba atestada de muebles desperdigados y de hombres imponentes, grandes como las nubes, que montaban seis caballos a la vez y que los fustigaban con unas sábanas en llamas. El abuelo bajó a desayunar vestido de negro riguroso.
-Anoche sopló un viento terrible -dijo al terminar el desayuno. Se sentó en su sillón frente a la chimenea y se puso a hacer bolas de arcilla para el fuego. A media mañana me llevó a dar un paseo por el pueblo de Johnstown y los campos de la carretera de Llanstephan.
-Hace una hermosa mañana, señor Thomas -dijo un hombre que había sacado a pasear a su perrillo. Cuando se marchó tan enjuto como el perro camino de un bosquecillo en el que no debiera haber entrado, pues unos letreros lo prohibían expresamente, el abuelo se explayó:
-¿Te has fijado cómo te ha llamado? ¡«Señor»!
Pasamos por delante de unas casas de campo; todos los hombres que estaban apoyados sobre las verjas felicitaron al abuelo por la espléndida mañana que hacía. Atravesamos un bosque lleno de pichones cuyas alas rompían las ramas al precipitarse hacia las copas. Entre aquellas voces quedas y satisfechas, entre los tímidos revoloteos, el abuelo habló como un hombre que gritase de un valle a otro.
-Si oyeras a esos pajarracos en plena noche, me despertarías para avisarme de que hay caballos en los árboles.
Anduvimos despacio a la vuelta, pues él estaba cansado, y el hombre enjuto salió del bosque prohibido con un conejo en los brazos, como si fuera el brazo de una muchacha bien calentito en su manga.
El penúltimo día de mi visita me llevó a Llanstephan en un carrito de institutriz del que tiraba un pony bajo y debilucho. El abuelo sujetaba las riendas con tanta fuerza como si sujetara a un bisonte, y con idéntica fuerza chasqueaba el látigo, con el mismo ánimo blasfemo gritaba advertencias a los chicos que jugaban en el camino, con la misma resolución había asentado las piernas bien separadas, envueltas en polainas, y maldecía la diabólica fuerza y la tozudez del pony vacilante.
-¡Cuidado, chico! -gritaba cuando llegábamos a una esquina, y tiraba de las riendas, arreaba, las sacudía, agitaba el látigo como si fuera una espada de goma. Y cuando el pony doblaba cada esquina a trancas y barrancas, el abuelo se volvía hacia mí con una sonrisa y un suspiro-. Esa la hemos salvado bien, hijo.
Al llegar a Llanstephan, en lo alto de una loma, dejó la carreta en la taberna de Edwinsford y acarició el morrillo del pony mientras le daba un azucarillo.
-Eres muy poco pony, Jim, para llevar a un par de hombretones como nosotros.
Tomó una cerveza fuerte y yo una limonada, y pagó a la señora Edwinsford con un soberano que sacó de su bolsita tintineante; ella se interesó por su salud, él contestó que el aire de Llangadock les sentaba mejor a los pulmones. Luego fuimos a ver el cementerio y el mar y nos sentamos en un bosque que llamaban de las Estacas, y estuvimos un rato en la tarima del centro del bosque, donde suben los visitantes a cantar en las noches de verano y donde año tras año era elegido alcalde el tonto del pueblo. El abuelo se detuvo frente a la verja de hierro que rodeaba el cementerio y señaló las lápidas angelicales y las toscas cruces de madera.
-No tiene ningún sentido estar tumbado ahí dentro -dijo.
Apuramos el día y volvimos a casa a la carrera; Jim volvió a ser un bisonte.
En mi última mañana de estancia me desperté tarde, recién salido de un sueño en el que el mar de Llanstephan llevaba brillantes balandros largos como transatlánticos; vi coros celestiales en las Estacas, gente vestida con ropajes de bardo y chalecos con botones de latón que cantaba extrañas canciones en galés para despedir a los marineros que partían. El abuelo no bajó a desayunar, pues se había levantado muy temprano. Salí al campo con mi tirachinas nuevo y me puse a disparar a las gaviotas del Towy y a los grajos de los árboles de la parroquia. Un viento cálido soplaba de los puntos de donde viene el verano; una neblina matinal ascendía desde el suelo y flotaba entre los árboles y ocultaba los pájaros ruidosos; en medio de la neblina, con la brisa, mis guijarros salían del tirachinas como un pedrisco que iba a caer en un mundo al revés. Pasó la mañana sin que abatiera un solo pájaro.
Rompí el tirachinas y emprendí el camino de vuelta para almorzar, pasando por el huerto del párroco. Una vez, el abuelo me explicó que el párroco había comprado tres patos en la feria de Camarthen y había construido un estanque en el centro del huerto, pero los patos prefirieron la acequia que corría por debajo de la casa, bajo los desmoronados peldaños de acceso, y allí precisamente se dedicaron a nadar y alborotar. Cuando llegué al final del sendero del huerto miré a través de un orificio en el seto y vi que el párroco había abierto un túnel que comunicaba el estanque con la acequia, y que incluso había puesto un cartel de su puño y letra que decía: «Por aquí al estanque».
Los patos seguían nadando bajo los escalones de la entrada.
El abuelo no estaba en casa. Salí al jardín, pero el abuelo no estaba mirando boquiabierto los frutales. Pregunté a gritos a un hombre que estaba apoyado sobre la azada en la linde del terreno.
-¿Ha visto a mi abuelo esta mañana?
Siguió cavando en una zanja y me contestó por encima del hombro.
-Lo he visto con su chaleco elegante.
Griff, el barbero, vivía en la casa de al lado. Lo llamé por la puerta, que estaba entreabierta.
-Señor Griff, ¿ha visto a mi abuelo?
El barbero salió en mangas de camisa.
-Llevaba su mejor chaleco -dije. No sabía si eso podía ser importante, pero el abuelo solo se ponía el chaleco por la noche.
-¿Ha estado tu abuelo en Llanstephan? -preguntó el barbero con cara de preocupación.
-Sí, ayer fue allí en un carretón -contesté.
Entró deprisa y corriendo y lo oí hablar en galés; salió corriendo con la chaqueta blanca y cogió un bastón adornado con cintas de colores. Echó a caminar por la calle del pueblo y yo lo seguí corriendo.
Se paró ante la tienda del sastre.
-¡Dan!- gritó. Dan Tailor se asomó por la ventana; estaba sentado como un sacerdote indio, pero con un sombrero hongo calado hasta las cejas.
-Dai Thomas se ha puesto el chaleco -dijo el señor Griff- y ha estado en Llanstephan.
Mientras Dan Tailor iba a buscar su abrigo, el señor Griff echó a caminar a grandes zancadas.
-Will Evans -llamó a la puerta del carpintero-. Dai Thomas ha estado en Llanstephan y se ha puesto el chaleco.
- Se lo diré a Morgan ahora mismo -dijo la mujer del carpintero entre el ruido de los martillos y los serruchos que llegaba de la oscuridad de la trastienda.
Llamamos a la carnicería y a la casa del señor Price, y el señor Griff repitió su mensaje como si fuera un pregonero.
Nos reunimos todos en la plaza de Johnstown. Dan Tailor iba en bicicleta, el señor Price con su pony y su carretón. El señor Griff, el carnicero, Morgan el carpintero y yo subimos al carro y salimos al trote por el camino de Camarthen. El sastre dirigía la expedición tocando el timbre como si anunciase un robo o avisara de un incendio, y una anciana que estaba a la puerta de una finca echó a correr y se guareció dentro como sí fuera una gallina apedreada. Otra mujer nos saludó agitando un pañuelo de brillantes colores.
-¿Adonde vamos? -pregunté.
Los vecinos del abuelo estaban tan solemnes como los viejos con sombreros y chaquetas negras que se ven en los alrededores de las ferias. El señor Griff meneó la cabeza y se lamentó.
-Esto no me lo esperaba yo de Dai Thomas -dijo.
-Yo tampoco, y menos desde la última vez que ocurrió -dijo muy triste el señor Price.
Seguimos al trote, subimos por Constitution Hill, bajamos por Lammas Street, el sastre seguía tocando el timbre, un perro echó a correr aullando por delante de su bicicleta. Mientras traqueteábamos sobre el adoquinado que llevaba al puente del Towy recordé los ruidosos viajes nocturnos del abuelo, que hacían estremecerse a las paredes, y vi su brillante chaleco como si lo viera en un sueño; vi su cabeza llena de remiendos y mechones sueltos, que sonreía a la luz de las velas. El sastre, que seguía delante de nosotros, se volvió en el sillín, la bicicleta se tambaleó y acabó derrapando.
-Veo a Dai Thomas -gritó.
El carretón traqueteaba por el puente, y allí vi al abuelo: los botones de su chaleco brillaban a la luz del sol; llevaba los pantalones negros y ceñidos que se ponía los domingos, y un sombrero de copa, algo polvoriento, que había visto yo en un armario del desván. También llevaba un bolso viejísimo. Nos hizo una reverencia.
-Buenos días, señor Price -dijo-. Buenos días, señor Griff, señor Morgan, señor Evans. Buenos días, hijo -me dijo a mí al final.
El señor Griff lo señaló con su bastón de colorines.
-¿Y a ti qué te parece que estás haciendo en el puente de Camarthen en plena tarde? -dijo con severidad- ¿Qué haces ahí con tu mejor chaleco y con tu sombrero viejo?
El abuelo no contestó, pero inclinó la cabeza hacia el viento del río, de modo que la barba se le alborotó y se le meneó como si estuviera hablando; miraba a los hombres que faenaban en las piraguas de mimbre y cuero; las frágiles embarcaciones se movían como si fueran tortugas en la ribera.
El señor Griff alzó su despuntado bastón de barbero.
-¿Adonde pretendes llegar con ese bolsón raído?
-Voy a que me entierren a Llangadock -dijo el abuelo.
Se volvió a mirar los cascos de madera de las piraguas, que se deslizaban ligeros sobre el agua, y las gaviotas cuyos chillidos lastimeros, sobre las aguas preñadas de peces, eran tan amargos como el lamento del señor Price.
-Pero si todavía no estás muerto, Dai Thomas.
El abuelo se paró un instante a reflexionar.
-No tiene ningún sentido que a uno lo entierren en Llanstephan -dijo-. En Llangadock el terreno es más reconfortante; uno puede estirar las piernas sin tener que meterlas en el mar.
Sus vecinos se le acercaron.
-No estás muerto, Dai Thomas.
-¿Cómo te van a enterrar si no estás muerto?
-En Llanstephan no te va a enterrar nadie.
-Venga, volvamos a casa, señor Thomas.
-Hay cerveza fuerte para merendar.
-Y bizcocho.
Pero el abuelo aguantó a pie firme sobre el puente, y se apretó el bolsón contra el pecho, observando la corriente del río y el cielo como si fuese un profeta que no tuviera ninguna duda.

© Dylan Thomas (Gales), trad. Miguel Martínez-Lage.