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miércoles, 15 de enero de 2014

El hombre con aspecto propio

Relato de los EE.UU.

Toda cuanto Luther Branch tocaba se desmoronaba en sus manos como si fuera barro reseco. Siempre había sido así. Escasamente conseguía mantenerse vivo, y sus prendas estaban siempre hechas jirones. Pero nadie podía verdaderamente decir que Luther no hubiera intentado e intentara procurarse una vida decente. Día sí y día también trabajaba tan duramente como cualquier otro hombre en la ciudad.
Varios años antes, uno de sus esfuerzos para conseguir salir adelante había consistido en ofrecerles pólizas de seguros contra incendios a los dueños de almacenes y a los propietarios de casas. Pareció como si en ello fuera del todo imposible para él conseguir un dólar.
Una vez, mientras estaba haciendo todo lo posible para tratar de extender una póliza de seguro, alguien se acercó y le dijo a Luther que no se hallaba dotado para esa clase de trabajo.
-Luther -le dijo el hombre-, yo jamás te firmaría a ti una póliza de seguro contra incendios. No tienes el aspecto de un agente de seguros.
No hubo nada que Luther pudiera replicar, porque sabía que no tenía el mismo aspecto que los otros hombres que extendían pólizas de seguro. Y, bien mirado, sabía que no se parecía a nadie en la ciudad.
-Eso es lo malo de ti, Luther. No tienes en absoluto el aspecto que debe ofrecer un agente de seguros.
-¿Entonces qué es lo que parezco? - preguntó Luther.
-Que me aspen si lo sé, Luther. Si pudiera verte en el oficio apropiado, lo sabría con toda seguridad; pero ni para salvar mi vida puedo imaginarte en el oficio apropiado. Supongo que tú tienes tu propio aspecto.
Luther Branch tenía su propio aspecto. Todo el mundo venía diciéndole esto desde que era un niño, y ahora que contaba más de cuarenta años, sucedía lo mismo.
Una mañana se presentó a hora muy temprana en la tienda de comestibles de Ben Howard para sostener una conversación con Ben. Durante los últimos diez o quince años no había dejado de venir aquí para ver si Ben tenía algo que decirle. Ben le dijo que debía comenzar en ese mismo momento a probar toda clase de medio conocido para hacer dinero, pasando del uno al otro tan de prisa como le costara descubrir que no se hallaba dotado para una clase particular de trabajo.
-Es lo único que puedo aconsejarte que hagas -repuso Ben-. Te conozco de toda la vida, residimos en la misma calle, cada domingo vamos a la misma iglesia y quiero hacer todo lo posible para ayudarte. Siempre he intentado ser tu amigo. Por eso digo que lo mejor que puedes hacer es intentarlo todo hasta que encuentres un trabajo que esté cortado a tu medida. Si puedo pensar en un plan mejor, no dudes de que te lo haré saber en el mismo instante en que se me ocurra.
Él se fue a casa y de debajo del cobertizo sacó un carretón de mano, y tras ello lo llenó de naranjas, mandarinas y toronjas. Ese mismo día trató de vender fruta.
En la primera casa donde se detuvo vaciló durante un momento delante de la puerta, antes de hacer sonar el timbre. Súbitamente había experimentado la sensación de que vender fruta no era tampoco el trabajo de su vida. Sin haber hecho el menor esfuerzo para vender parte de la fruta, dio media vuelta y se dispuso a descender los escalones. Devolvería la fruta al almacén donde la había conseguido a crédito y renunciaría a ese intento.
-Buenos días, míster Branch -dijo alguien.
Se hallaba a medio camino de los escalones cuando oyó a la mujer hablarle. Se detuvo y, al volverse para mirar, la vio de pie en el umbral de la puerta.
-¿Qué tiene usted para vender hoy, míster Branch? -preguntó con agrado.
-Fruta, mistress Todd -contestó él.
-¿Qué clase de fruta? ¿Naranjas?
Por el tono de la voz de mistress Todd, Luther supo que su deseo era comprar naranjas. Entonces se sintió mejor, porque tuvo la seguridad de que sería capaz de hacer una venta. Corrió a la calle y, volviendo con unos cestos, los colocó ante ella en el porche. Quitándose el sombrero, se echó hacia atrás y esperó a que seleccionara la fruta que deseaba comprar.
-Las naranjas tienen muy buen aspecto -dijo mistress Todd, haciendo girar una en su mano-. Toda la mañana me ha estado apeteciendo una toronja grande y jugosa. ¿Qué precio tienen, míster Branch?
-Las toronjas valen...
Ella alzó entonces la vista hacia Luther, esperando que le indicara los precios. Sus miradas se cruzaron por un segundo, y Luther notó como un nudo en Ja garganta. Tosió y se refrotó la mejilla, pero después de eso no logró que ni una sola palabra brotara de sus labios. Mistress Todd había rehuido sus ojos, pero de nuevo le miró a la cara. En ese momento él supo que la cosa no tenía remedio. Siempre había sido así. Lo mismo daba que tratara de extender pólizas de seguro, que vender fruta, jabón, manijas de porcelana o automóviles de ocasión. Cuando la gente se paraba a mirarlo, ya no había modo de hacer trato. Nunca había tenido el aspecto apropiado a la cosa que intentaba vender. Hubo un largo período de silencio durante el cual ninguno de los dos dijo nada. Mistress Todd caminó hacia atrás, hacia la puerta, mirando a Luther. Éste recogió los cestos y empezó a bajar los escalones en dirección al carretón de mano. Para cuando él lo hubo alcanzado, la mujer ya había entrado en la casa y cerrado la puerta tras ella.
En su marcha hacia casa con el carretón vacío, tras haber devuelto la fruta al almacén, Luther sintió como si ya no mereciera la pena seguir intentando ganarse la vida. Lo mejor que podía hacer, se dijo a sí mismo, era solicitar que lo admitieran en la granja para pobres del condado. Eso era ya lo único que le quedaba por hacer. Estaba dispuesto a renunciar a sus esfuerzos después de toda una vida de tratar de ganarse el pan de cada día.
Al día siguiente se detuvo por un momento en la tienda de Ben. En esos momentos, éste se hallaba muy ocupado, pero le hizo a Luther un gesto para que aguardara hasta que él quedara libre. Luther esperó hasta que el cliente hubo dejado la tienda y Ben vino a colocarse ante él en el mostrador donde se apilaban los productos de chocolate.
-¿Cómo te fue ayer vendiendo naranjas y toronjas, Luther? -preguntó.
Luther sacudió la cabeza, inclinándola hasta que sus ojos quedaron mirando al aceitoso suelo que había a los pies de Ben.
Estaba ya a punto de decirle a éste que se hallaba decidido a irse a la granja para pobres del condado, cuando Ben le dio un fuerte golpe en el hombro, haciéndole con ello olvidar lo que tenía el propósito de decir.
-Escucha, Luther, quizá pienses que es algo que no me incumbe a mí, pero soy amigo tuyo y quiero ayudarte. Esto es lo que tengo que decirte, Luther. He pensado en algo que puedes probar. Consíguete un...
Alguien empujó precipitadamente la puerta y, dejándola ampliamente abierta, corrió hacia el mostrador donde se encontraban Ben y Luther.
-¿Qué es lo que ocurre, Henry? -preguntó Ben tan pronto como pudo ver quién era -. Has entrado aquí tan de prisa como si alguien viniera persiguiéndote. ¿Qué pasa?
-Tengo que encontrar a alguien que descuartice un cerdo para mí, Ben. Uno de mis cerdos de quinientas libras se ha salido de la pocilga y un camión lo ha atropellado hace sólo unos minutos. Tengo que encontrar a alguien para que lo descuartice en seguida. El tiempo es demasiado cálido para que nos demoremos. ¿A quién podría recurrir para que me ayudara?
-¿Por qué no vas en busca de Jim Hall, el que tiene el puesto en el mercado? ¿No te sirve ése, Henry?-preguntó Ben-. Es su oficio.
- Ahora mismo vengo de hablar con Jim, pero hoy está solo en el mercado y no puede cerrar el establecimiento. Así que tengo que encontrar a otro. Es preciso que dé, lo más de prisa posible, con un hombre para que me ayude. No es necesario que sea un matarife consumado, porque yo mismo puedo ayudarle a hacer parte del trabajo. ¡Pero necesito que alguien se venga conmigo inmediatamente!
Luther echó a andar hacia la puerta, dejándolos a ambos silenciosos mientras en sus mentes buscaban a un matarife. Justamente cuando alcanzaba la puerta, Ben posó sobre él los ojos.
-Me parece, Luther, que tú debes conocer a alguien en la ciudad que pueda ayudar a Henry en lo de su cerdo.
Henry se acercó y miró a Luther en la cara. La boca se le quedó ampliamente abierta durante varios momentos mientras lo contemplaba. Para entonces también Ben había empezado a observar fijamente a Luther.
Éste miró del uno al otro con aturdimiento. Pensó que lo iban a acusar de haber atropellado al cebado cerdo y de haberlo matado.
-¡Bien, soy un verdadero imbécil! -exclamó Henry, dando hacia atrás unos pasos para examinar a Luther de pies a cabeza-. ¡Que me aspen si no soy un verdadero imbécil!
Luther permaneció ante la puerta, sin saber lo que hacer. Esperó a que uno de ellos le dijera qué era lo que les había inducido a mirarle con tanto detenimiento.
Por fin, Henry le echó una ojeada a Ben, se aproximó a Luther y le puso una mano sobre el hombro.
-Tú eres el hombre, Luther. Que me aspen si no lo eres.
-Está en lo cierto, Luther -dijo Ben-. Henry está completamente en lo cierto. Tú eres el hombre.
Luther abrió la boca para protestar.
- Yo no he atropellado en la calle a ningún cerdo, Ben. Ni siquiera poseo un camión. Y tú sabes muy bien que con ese pequeño carretón de mano mío no podría matar ni siquiera a un pollo.
-¡No! ¡No, Luther! -protestó Henry-. No estoy acusándote de haber matado a mi cerdo. Te has armado un verdadero lío. Tú eres el hombre que estoy buscando para que lo descuartice para mí. ¡Pero, Luther, si tienes todo el aspecto de un matarife!
Ambos hombres se excitaron mucho.
-Ahora todos tus apuros se han terminado, Luther -aseguró Ben-. Ya no tendrás que volver a preocuparte más durante el resto de tu vida. Antes de que el año se acabe poseerás en el mercado tu propio puesto y todo el mundo en la ciudad irá a comprar carne a tu puesto. Va a ser duro para Jim Hall, pero eso es una cosa que no tiene remedio. Quizá, una vez que te hayas instalado y prosperes, puedas contratarlo para que te ayude. Pero no dejes que te aventaje. Es tu puesto el que debe estar a plena vista para que todo el mundo pueda verte.
Henry no dejaba de mover solemnemente la cabeza.
-Cuando la gente compra algo, Luther -dijo- quiere que el hombre que se lo vende tenga el aspecto apropiado a la cosa que compra. Esto no ha dejado de ser cierto desde que el mundo es mundo.
-Pero yo no tengo dinero para instalar en el mercado un puesto de carne - protestó Luther.
-Deja que yo me cuide de esa parte -repuso Ben-. En adelante ya no tienes que preocuparte de nada. Simplemente consérvate tal como eres.
Luther hundió profundamente las manos en los bolsillos para que sus dedos agarrotados quedaran fuera de la vista. Estaba temblando un poco.
-¿Por qué no me has dicho eso antes, Ben? -preguntó estremecidamente-. Aquí estoy, con más de cuarenta años de edad, y toda mi vida he sido un fracasado. Si lo hubiera sabido hace veinte años, ahora no estaría en el aprieto en que me veo metido. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
-Yo mismo no lo he sabido, Luther, hasta hace un momento, cuando Henry ha empezado a hablar sobre su necesidad de encontrar un matarife. Supongo que para que me diera cuenta de ello era preciso algo como lo que Henry ha dicho. Pero ahora ya no hay miedo de que nos equivoquemos, Luther. Yo sé lo que veo cuando lo veo.
Henry echó a andar hacia la puerta.
-Démonos prisa, Luther. Es necesario que tengamos descuartizado ese cerdo antes de la noche.
Luther salió a la acera y se detuvo ante la tienda para, a través de la calle, mirar hacia el puesto de carne de Jim Hall. Su cabeza tomó una posición erecta, sus hombros se irguieron, y su rechoncho y pesado cuerpo se enderezó. Aún se hallaba mirando el puesto cuando Henry lo cogió por la manga y tiró de él calle arriba.
Cuando hubieron dado vuelta a la esquina, Luther miró por encima del hombro una vez más, y después comenzó a caminar apresuradamente calle arriba, llevando a su lado a Henry. En esos momentos se movía ya tan de prisa que a Henry le costaba trabajo mantenerse a su misma altura.