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miércoles, 29 de enero de 2014

Hacele bien a la gente

Relato Argentino


-¿Te das cuenta, che? -Armando se volvió hacia mí-. ¡Eso me pasa por ser bueno!                                                    
El encargado de Discolandia hizo una pausa para que su patrón me expresara la amargura que le producía eso que le alcahueteaba al oído. Con un gesto de confianza, Armando me invitó a arrimarme para escuchar al ortiva. Alcancé a enterarme que se trataba de la amenaza de juicio por un despido sin el pago del preaviso y otras prebendas.
-¿Sabes quién es? -me informó-. ¡Ese chanta de Atilio!
Apuró al encargado:
-¿Ya tomó el café? Entonces vaya a cuidar el negocio.
Resopló a mi lado:
-¿Te das cuenta? Un juicio. ¡Eso me faltaba!
Nos llegó un tufo de juzgados polvorientos y sádicos leguleyos levantaron sus togas para hacernos llegar los acumulados humores de sus tripas podridas. Conocíamos la justicia por algunas películas y las caricaturas de Doummen, y eso ocurre lejos en el tiempo y el espacio, pero de repente ahí los tenemos a la vuelta de Talcahuano, a pocos pasos de donde tomábamos un cafecito de parado nomás.
-Ahí viene Cara de Gato -me anunció sin ningún entusiasmo. Se dio vuelta para taparme y no dejarse ver. Empezó a balancearse y a manotear, el gesto de charlar animadamente. Cara de Gato no nos vio y pasó de largo.
-Me busca pero no quiero verlo ahora -me dijo Armando-. No me siento bien.
Nos abrimos paso entre el gentío del café y elevamos la voz al despedirnos:
-¿Viste a Dell'Orto?
-¡Saludos a Vergaduri!
Corrí detrás de Cara de Gato. Lo alcancé cuando miraba la ventana del café de enfrente.
-¿Anda Armando por aquí?
-Rajó a su casa -le mentí-. No se sentía bien.
-¡Hay que joderse! Quedamos en vernos esta noche.
-Anda preocupado por un asunto fulero.
-¡Le traigo la paponia y me deja en banda!
-¿Verdad?
-El quiosco de don Pancho por sólo un millón.
-Chauchitas, ¿eh?                                                            
-Vale mucho más. Y lo ofrecen a premio. Con documentos hasta el año del pedo.
-A lo mejor vuelve Armando a lo mejor.
-¡Qué lucha che! -se quejó Cara de Gato-. El fato de los locales anda mal y entonces trato de meterme con mis amigos los rematadores. ¡Hay cada oportunidad! Pero los negocios grandes son como esas minas que seguís por la calle y cada vez te gustan más, y le decís cosas, y al final ella se encuentra con un tipo pintón que la espera en la esquina, y se besan y te dejan bien pelotudo y escondido detrás del buzón. Sin ir más lejos, hoy no me fue bien con una tipa.
-¿La  seguiste?
-¿Cómo se te ocurre? Es una vieja que vive allá en Belgrano. ¡Si vieras la casa! Bueno, uno de esos caserones con toda clase de árboles. ¿Vos te creés que esa tipa tiene dos o digamos cuatro piezas? ¡Hay como veinte piezas, una detrás de otra! Me invitó a tomar el té. ¡Pero no, cómo se te ocurre! Ningún problema che. Fue para hablar de negocios. La sierva me metió en un salón y ahí esperé sentadito como en penitencia. Aproveché para bichar. ¿Vos te crees que esa vieja tiene un cuadro o dos cuadros pongamos por caso? Mirá: había un cuadro que parecía alfombra, tan grande como la pared, y uno alargado, otros de cualquier tamaño y algunos tan chiquitos que ni poniéndoles los ojos encima supe lo que querían decir. ¿Te creés por ejemplo que había una mesa? Escuchá: una mesa grande,  otras más chicas y algunas bien chiquitas. ¿Te crees que había un jarrón y ya está? Había un jarronazo así de grande y otros más chicos, más chiquitos y más chiquititos. Con decirte que los tiene encerrados para que no se los lleve el viento. ¿Para qué tanto, digo yo? Si vieras la cara de gila de la jovata. Apenas se puso a tiro le hablé de unas hectáreas que tiene por el lado de San Miguel. Ni pescó el negoción que le llevé en bandeja. Le expliqué todo y ella callada como si lloviera afuera. No quiere lotear nada y chau mi comisión. ¡Si al menos Armando me diera esperanzas de meterse en el quiosco de don Pancho! Ya que falló esa vieja dormida que resulte esto. ¿Será posible que no acierte siquiera con un placé?
Me conmovió y lo llevé a comer al Pippo. Claro que allí estaba Armando despachándose el plato de vermichelli. Después vendría el bife con ensalada mixta y queso con dulce de postre. Esto era invariable de lunes a sábado, con la precisión de los astros que dan vueltas en el cielo.
Con un medido gesto Armando nos invitó a compartir la mesa y siguió masticando a dos carrillos. En el momento que le echaba soda al vino de la casa, Cara de Gato aprovechó la pausa:
-No esperaba encontrarte en un lugar así. ¡Con la guita que tenés!
-Soy así -Armando se encogió de hombros-. No me gusta pagar lujos. ¡Pero pidan muchachos! Aquí te sirven los mejores fideos de Buenos Aires y carne de exportación, la mejor del mundo. ¿Qué me hablás de un lugar así o asá? ¡Justamente aquí conocí a Frigerio y a otros cosos de la política!
-Te buscaba para concretar eso que te hablé del quiosco de don Pancho -dijo Cara de Gato.
Armando hizo que no lo escuchaba y se dirigió a mí:
-¡Buena gente esa Dell'Orto Hermanos!  Hay que frecuentarlos. Una firma prestigiosa y responsable.
-Bueno -dijo Cara de Gato-. Si querés hablamos después.
-La tensión, ¿sabés? El colesterol y lo demás. Un doctor bien preparado me chamuyo al oído que solamente tenemos un corazoncito. ¡Y que no hay repuesto! Cuando se para nos llevan en un cajoncito. Por eso me dijo que no hable de negocios en la hora de los bifes. Ahora mismo estaba tratando de olvidarme de Atilio, pero cuando más me esfuerzo en borrarlo del mate, más me acuerdo de él. No es para menos; fui yo quien lo saqué de la vía y al final me resultó chorrito. Le dije por las buenas que era un hijo de puta, se lo demostré científicamente, hasta le ofrecí buenos consejos de padre. Al final le prometí una recomendación para cualquier colega, siempre que fuera lejos de Corrientes. ¡No lo quiero ver en mi calle! Que siga afanando pero lejos de mi casa. ¿No soy un buen tipo? Y ahora ese desgraciado me inicia un juicio por despido y lo demás. ¡Hacele bien a la gente!
-Acordate de la tensión -le previne-. Del colesterol y lo demás.
-Tenés razón -aceptó Armando-. Mejor hablamos después.
Hay preocupaciones que son verdaderas bombas. La mecha del asunto Atilio no era larga y reventó en medio del bife de chorizo angosto.
-Lo agarré de sorpresa y le grité de todo -saltó Armando-. No le pegué por miedo que el degenerado se dejara caer sobre los discos y me hiciera un desastre. ¿No te digo que es capaz de todo? Después lo agarré así de las solapas y lo senté arriba de la mesa. Si querés salir de aquí con las costillas sanas, le dije, tenés que contar cómo me afanaste. Y cantó todo. Cómo inventaba descuentos que no concedía, cómo usaba boletas de un talonario comprado en una papelería. Toda esa guita se la tragaba él, papita para el loro.
-¿Por qué vomitó todo? -pregunté-. ¿Le hiciste tragar la droga de la verdad?
Armando me dirigió una sonrisa de conmiseración.
-¿No te dije que hice un trabajo científico? Le mandé falsos compradores y cayó en todas las trampas como un pajarito infeliz. Por ejemplo, un tipo le compró ocho mil pesos de discos y no pidió ningún descuento. Me devolvió la boleta y los discos. Pero en la caja esa compra apareció con descuento. Todo ese balurdo de boletas falsificadas lo tenía sobre la mesa: mis cartas de triunfo. Cantá todo, le dije a Atilio, que lo tengo probado cien-tí-fi-ca-men-te.
-¿Ganaste algo con eso?
La conmiseración se transformó en desprecio:
-¿Sabes lo que es algo científico? En la mesa, escondido entre los discos tenía un grabador dando vueltas. Le registré todo lo que cantó. Después fijé mis condiciones. No quiero verte por Corrientes, le dije. Buscá laburo en otro barrio, y mejor andate al campo, o a otro país. El día que te encuentre en mi camino te vas a arrepentir.
-Don Pancho acepta transferir el quiosco con documentos a tres años.
-Ahora no me interesa. Ya se viene el verano.
Cara de Gato dejó de comer la buseca para apuntar a Armando con la cuchara:
-También tengo ese local de la galería. Lo dan casi regalado.
-¡Nada de galerías! Ahí te comen los piojos y te mata el frío.
-Depende -se defendió Cara de Gato-. Para vender discos no era malo. Tocás fuerte la música y la gente entra buscando el ruido.
Y suspirando:
-Es al cohete: hoy es mal día.
-No se preocupen que pago yo -avisó Armando-. ¡Y atreverse a iniciarme juicio! Lo voy a reventar. Tiene que desaparecer, mudarse a otra parte. Y si un día quiere pasar por la calle Corrientes que lo haga disfrazado o en un aeroplano, porque si lo agarro bueno bueno.
-Tengo una dirección formidable -atacó Cara de Gato.
-¡Acabala con tus negocios! -saltó Armando-. ¿No puedo comer tranquilo mi bife?
-¿Qué te pasa? Te estoy hablando de la dirección de una mina.
-¡Y ese desgraciado me inicia juicio por despido injustificado! Lo que no sabe el infeliz es que tengo grabada su confesión.  ¡Lo reviento!
-Te digo que es una mina de primera. Si querés te acompaño.
-¿Estás loco? ¿Después de comer? Además vos, tus direcciones y tus negocios... Necesito más categoría. Y se lo dije claramente: no te denuncio si te hacés humo para siem pre. ¡Y el infeliz me inicia juicio!
-¿Acaso no te resultó buena la dirección que te di la última vez? ¡Si la tipa parece artista de cine!
-No jodás, viejo. Una flaca sin tetas.
-A mí me gusta. Parece una piba de doce.
-O un pibe. Para el que busca eso. No para mí.
-No exagerés.
-Cuando se tiró en la cama parecía Cristo en la cruz. ¿No te das cuenta que ya no necesito tus negocios ni tus direcciones?
Comíamos queso con dulce de batata cuando Cara de Gato inició la contraofensiva:
-Me extraña de vos Armando. Con los años que te conozco. Anduvimos juntos en la mala. Y ahora mirá vos. No sos el mismo. Conmigo nada te cuadra. ¿Qué te parece si el próximo negocio te lo pesento escrito en papel sellado?
-No te pongás así. Vos sabés que me hice mala sangre por ese desgraciado. Mejor lo hubiera mandado en cana. No lo hice por bueno, y ahora es él quien me denuncia. ¡Hacele bien a la gente!
-Me extraña de vos Armando -insistió Cara de Gato-. Tanto ruido por tan poca cosa.
-¿Te parece poca cosa?
-¡Un calavera no chilla! -sentenció Cara de Gato-. Sí pegás vos, mejor, y si te la dan, paciencia. La recibís o la metés, pero un calavera de verdad se queda calladito.
-¿Qué me decís a mí? Fue el otro quien inició el juicio.
-Pero vos hablás de la cana y del grabador. ¡Un asco che!
Pagó Armando y salimos los tres a dar el paseo de la digestión por Corrientes. En cada casa de ventas de discos -son varias en cada cuadra- Armando se detenía para calcular la clientela y las ventas. De pronto lo vimos con los ojos muy abiertos. La aparición que lo dejó clavado enfrente de la iluminada entrada del Hollywood era nada menos que Atilio. Ofrecía un disco a un cliente y apartó la vista cuando nos vio en la entrada, pero siguió desplegando su sonrisa vendedora, un gesto de eficacia comercial que resultaba un abierto desafío a su ex patrón.
-¡No puede  ser! ¡Le avisé  que  no  quería  encontrarlo nunca en Corrientes y se acomodó aquí en la competencia! ¡Lo denuncio ahora mismo!
Lo sacamos de allí casi a la fuerza.
-Acordate de la tensión -le recordé-. Del colesterol y lo demás.
-¡Lo reviento ahora mismo!
-Mañana -dijo Cara de Gato-. Dejalo vivir esta noche.
Por suerte encontramos un taxi libre. Lo metimos adentro como si fuera un bulto y lo mandamos a la casa.
-¡Saludos  a  Dell'Orto!  -le grité.
Estaba tan deprimido el pobre que ni me contestó.

Al día siguiente lo encontré en Corrientes con el grabador en la mano y las ojeras de la mala noche.
-Para no creerlo che. Empecé por el Hollywood. Así que ahora tenés al turro de Atilio, le dije al Turco, cuídate que es chorro. Me escuchó sin creerme un pito. Soy tu amigo, le dije, y no quiero que te afane como hizo conmigo. Al final me contestó que yo andaba cabrero con Atilio por la demanda y que de eso se lavaba las manos. Le dije que eso de la demanda era lo de menos. Lo importante es que me chorreó todos los días y a cualquier hora. Seguro que ese miserable de Atilio cuenta la historia a su gusto. Entonces le dije: aquí tengo grabada su confesión. Se la quise hacer escuchar. Que no tenía tiempo, que andaba muy ocupado. ¿Te parece que hay derecho a hacerme eso? Le quise avisar como amigo y me largó a la calle. ¡Hacele bien a la gente! Y no creas que eso pasó solamente con el Turco. Después fui a ver a Mateo y tampoco quiso escuchar la grabación. Ufa, me dijo, estoy repodrido de escuchar discos todo el día. ¿Qué me venís con otra milonga? Le conté lo de Atilio y le pedí que le hablara al Turco. ¿Qué te importa si le roba?, me contestó. Me importa, sí, le dije, porque me gustan las cosas derechas. Pero e1 otro me contestó que hay que dejar que cada uno se cocine en su propia salsa. ¿Te das cuenta? Nadie quiere escuchar la grabación.
Caminamos hacia el lado del Obelisco.
-Se me ocurre que debe ser interesante esa grabación -opiné.
-¿Te interesa de verdad? -estuvo a punto de abrazarme-. ¡Te la hago escuchar ahora mismo!
Entramos en el fondo del martillo que forma el café Colombiano. Armando instaló el aparato sobre la mesa y lo hizo andar. Su rostro se iluminó con el orgullo del artista que expone su obra maestra. Primero escuché los últimos compases, con acompañamiento de coro, de una canción del Palo Ortega, y después un largo silencio, hasta que se produjeron algunos pasos y confuso rumor de voces. Alguien, seguramente Atilio, dijo: "Y bueno, sí, esta boleta la hice yo".
-¿No está claro? -saltó Armando-. Aquí le muestro las boletas falsificadas y reconoce el  afano.
"Chorro de mierda" se escuchó en el alambre y a continuación los compases de un tango.
-Pasé por alto eso -se lamentó Armando-. Tuve que haber ordenado que en ese momento no tocaran discos en el negocio.
Después del tango otro silencio y fin de la grabación.
-¿Qué te parece?
-Con esto no lo metés preso -opiné, y fue como si un crítico le pateara su obra maestra. Se fue sin despedirse.
Al cruzar la calle Uruguay alguien me tomó del brazo. Era Cara de Gato y me llevó a El Foro. Alegremente me invitó un whisky o lo que quisiera. ¡Al fin un hombre contento en esta ciudad de amargados!
-Anoche toqué fondo -me confesó-. Ganas de matarme o de rajar lejos de aquí. Pasé la noche pensando en mi pobre vieja y hoy temprano empecé a remontar. Me salió un negocio redondo. El que menos esperaba. Ese clavo del local en la galería. Un verdadero milagro. Y si supieras con quién. No lo vas a creer. Como para caerse al suelo. Primero tomá un trago, más largo che, y ahora agarrate fuerte. ¡Atilio! Sí, Atilio, ese mismo. No es nada charlatán, y eso de chanta decilo con más cuidado. Termina de darme veinte mil pesos y ni me pidió recibo. Mañana completa la seña y me paga la comisión y todo lo demás.
-¿Habrá chorreado tanto?
Cara de Gato me miró con severidad:
-Pensá bien antes de decir esas cosas.
-Anoche no lo defendiste.
-Ahora es distinto.
Tomamos el whisky y después busqué un cine para ver una película de espionaje. Cuando terminó la función ya era de noche. Descansado yo y cansados los otros que trabajaron todo el día, Corrientes me pareció transitable y la recorrí con gusto hasta que tuve hambre. En el Pippo volví a encontrarme  con Armando.
-Te esperaba -me dijo-. Tenés que darme una mano de amigo.
Había terminado el plato de tallarines y nerviosamente removía y removía la ensalada mixta en espera del bife de chorizo.
-¿Viste al Gato? -me preguntó.
-Sí.
-¿Te contó?
-Algo.
Siguió removiendo la ensalada.
-Vos sabés que siempre lo quise bien a Atilio. Le enseñé a vender, comprar, canjear, todos los bemoles del oficio. Y claro: el pibe no salió nada otario, sino vivanco y medio. Fui como un padre para él. Siempre trato de hacerle bien a la gente. Sin ir más lejos hoy quise hacerle un favor al Turco-y el tipo ni me llevó el apunte.
El mozo trajo el bife: angosto y compacto, tostadito por fuera y jugoso adentro. Lo contemplamos con silenciosa aprobación. De pintura, elogió Armando. Y después de probarlo, definió: una manteca. Pedí entonces un bife igual con ensalada de tomate.
-¿Seguís amargado por Atilio?
-Con él no tengo nada. Ya te dije que para mí es como un hijo. Lo conocí de pantalones cortos, a mi lado se hizo hombre y calavera. Le tengo cariño, se lo podés decir cuando lo veas. Si ahora ando preocupado no es por él, sino por esa buena porquería del Turco. ¿No ves que quiso sacarme a Atilio? El Cara de Gato me contó cómo Atilio tiene pensado decorar ese local de la galería. De novela che. Y sin mayores gastos. Con afiches viejos de Gardel y Chevalier que rejuntó por allí. Ese pibe tiene ideas como para tirar a la marchanta. Para algo se hizo a mi lado. La gilada va a caer como gato al bofe. En eso le pregunté: ¿De dónde va a sacar Atilio para la mercadería, eh? Unos pocos discos, una cosita de nada te cuesta ahora un kilo. ¡Hay que hamacarse para llenar de mercadería un local! No hay guita que alcance, no será con los mangos que me afanó. Entonces el Gato me contó que el Turco financiaba al pibe, ya estaba todo arreglado. ¿Te das cuenta? Agarró al pibe de socio, seguro que para explotarlo mejor. ¡Y yo le enseñé el oficio! ¿Por qué la gente me hace eso? Tengo mercadería como para tirar para arriba y crédito en todas las grabadoras. ¿Por qué se metió con el Turco? Seguro que lo engrupió al pobre pibe. Quiero poner las cosas en claro pero sin pasar por el Hollywood. No, no es por Atilio, ya te dije que nada tengo contra él. Si me faltó, ya le canté claro y a otra cosa. Es el Turco quien tiene la culpa. Ni quiero saludarlo. Entonces, si querés hacerme el favor, arrímate al Hollywood y hablale a Atilio. Que venga a verme lo antes posible.
Terminamos el queso con dulce y fuimos  a tomar un café. Armando rumiaba una nueva preocupación:
-¿Puedo  pedirte otro favor? Mejor dicho es el mismo pero algo diferente.
-Decilo.
-Hablale a Atilio. Pero también agarralo aparte al Turco y le decís lo mismo. Que quiero hablarlo personalmente. Porque, pensándolo bien, no quiero quedar mal con nadie. Seguro que Atilio va a comprarnos discos a los dos para hacernos engranar con mayores descuentos y plazos de pago. ¡Conozco a mi gente! Lo único que faltaba es que ese aprendiz nos haga bailar a los dos capos viejos. Entonces al pibe lo hablo para venderle un buen stock y al Turco para que lo vigilemos y no dejarlo avivarse demasiado.
-Las pensás todas -dije con franca admiración.
-¿Qué otro remedio me queda? ¿O vos creés que los negocios que tengo me cayeron del cielo? Hay que saberlas todas. Y no lo hago solamente por mí, sino por toda esa gente que depende de uno. ¿Sabés a cuánta gente le doy laburo? Unos treinta tipos, que si no fuera por mí andarían con una mano adelante y otra atrás. ¿No te parece que soy un buen tipo? Voy a ayudar a Atilio como lo hice siempre, pero no quiero que se enoje con el Turco. Por eso quiero hablar a los dos, claro que por separado. Para bien de ellos, seguro que sí. Siempre pienso en los demás, pero nadie me lo agradece. Y apenas me descuido me la dan por la cabeza. ¡Hacele bien a la gente!