Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 20 de enero de 2014

La nueva California

Relato del Brasil

Nadie tenía idea sobre la procedencia de aquel hombre. El empleado del correo sólo podía decir que respondía al nombre de Raimundo Flamel, pues ése era el destinatario que aparecía en la correspondencia que recibía el extraño, correspondencia, sin duda, abundante. Casi diariamente el cartero iba al otro extremo de la ciudad, donde vivía el desconocido, con un grueso fajo de cartas provenientes de todas partes del mundo, gruesas revistas en lenguas enrevesadas, libros, paquetes...
Cuando Fabricio, el albañil, volvió de hacer un servicio en casa del nuevo habitante, todos en el botiquín le preguntaban en qué consistía el trabajo que le habían encomendado. "Voy a hacer un horno", contestó Fabricio, "en el comedor".
Imaginen el espanto del pequeño pueblo de Tubiacanga, al saber de tan extravagante construcción: ¡un horno en el comedor! Los días siguientes el albañil contó a sus amigos todo lo que pudo ver en aquella casa: globos de vidrio, cuchillos sin filo, recipientes de farmacéutico -una cantidad de cosas extrañas que se encontraban en las mesas y estantes, parecían los utensilios de una cocina en donde el mismo Lucifer fuera el cocinero.
La alarma recorrió el pueblo. Para unos, los más inteligentes, era un falsificador de monedas. Para otros, los creyentes y simples, un ser que tenía pacto con el diablo.
Chico de la Tirana, el carretero, cuando pasaba frente a la casa del hombre misterioso guiado por el ruido de su carreta, observaba el humo que salía de la chimenea del comedor y no podía dejar de persignarse y rezar un "credo" en voz baja. Lo cierto es que si no hubiera sido por la intervención del farmacéutico, el comandante de la policía hubiera rodeado la casa de aquel individuo sospechoso que inquietaba la imaginación de toda la población.
Tomando en cuenta las informaciones de Fabricio, el boticario Bastos llegó a la conclusión de que el desconocido debía ser un sabio, un gran químico, refugiado allí para llevar a cabo algún trabajo científico de forma sosegada.
Siendo el farmacéutico un hombre respetado, con un título universitario, concejal y además médico (porque al doctor Jerónimo no le gustaba recetar y se hizo socio de la farmacia para vivir con mayor tranquilidad), la opinión de Bastos llevó la paz a las conciencias e hizo que la población se llenara de una silenciosa admiración hacia la personalidad del gran químico.
En las tardes se veía al desconocido pasear por las márgenes del Tubiacanga, sentándose aquí y allá, con la mirada perdida en las aguas claras del riacho, ensimismado ante la penetrante melancolía del crepúsculo, todos se descubrían y no era raro que las "buenas noches" se acrecentaran con un "doctor". Conmovía el corazón de aquella gente la profunda simpatía con que el doctor Flamel trataba a los niños, al contemplarlos, parecía compadecerlos por el hecho de haber nacido para sufrir y morir.
A decir verdad, era digno de verse bajo la dulzura suave de la tarde, la bondad de Mesías con que acariciaba aquellos niños morenos, tan lisos de piel y tan tristes de modos, sumergidos en su cautiverio moral. También acariciaba a los niños blancos, de piel opaca, agrietada y áspera viviendo amparados en la necesaria hambruna de los trópicos.
En pocos días la admiración por el sabio era casi general. "Casi" no porque hubiera alguna persona que dudara de los grandes méritos del nuevo habitante, sino porque el Capitán Pelino, maestro de escuela y redactor de La Gaceta de Tubiacanga, órgano local y afiliado al partido situacionista, sentía cierto recelo ante la figura del académico. "Ustedes verán", decía él, "Que ese señor no es más que un estafador, un aventurero o tal vez un ladrón huido de Río".
La opinión del maestro no tenía ninguna base real, o más bien se basaba en su oculto despecho ante la posibilidad de ver sobre la faz de la tierra un rival que compitiera con la fama de sabio que él mismo gozara. No es que Pelino fuera un químico, lejos de eso, él era un humanista, un gramático, pero sabio. Nadie podía escribir en Tubiacanga sin recibir alguna crítica del Capitán Pelino, incluso cuando se trataba de alguna persona notable de allá de Río, no dejaba de hacer un comentario.
"¡No hay duda! El hombre tiene talento, pero escribe cosas como `bien importante', al lado suyo..." y contraía los labios como si hubiera tragado alguna fruta amarga. Todo el pueblo de Tubiacanga se había acostumbrado al solemne Pelino, que corregía y enmendaba las mayores glorias nacionales. Un sabio...
Al atardecer, después de leer un poco de Sotero, de Cándido de Figueiredo o de Castro Lopes y de haber pasado una vez más el tinte en sus cabellos, el viejo maestro de escuela salía serenamente de casa, cuidadosamente abotonado con su chaqueta de brin minero, y se encaminaba a la botica de Bastos para brindar dos dedos de prosa. Conversar es una forma de decir, porque Pelino era avaro en palabras, se limitaba a oír. Sin embargo, cuando de los labios de alguien se escapaba la menor incorrección de lenguaje, intervenía y la enmendaba. "Tengo que tipear unos formatos..." decía el empleado de correos -Entonces intervenía el maestro de escuela con mansedumbre evangélica: "No diga tipear, señor Bemardes; en español se dice escribir a máquina". Y la conversación continuaba, para ser interrumpida de nuevo por una nueva enmienda. Por esas y otras, hubo muchos interlocutores que lo evadían, pero Pelino, indiferente, seguro de sus deberes, continuaba su apostolado de protección y cuidado de la lengua. La llegada de aquel "nuevo" sabio vino a distraerlo de su misión. Todo su esfuerzo se concentraba ahora en combatir ese rival que surgía de forma tan imprevista.
Fueron vanas sus palabras y su elocuencia, Raimundo Flamel no sólo pagaba sus cuentas al día, sino que era generoso -padre de la pobreza- y por añadidura el farmacéutico Bastos había visto su nombre en una revista de especialistas citado como el de un químico importante.

II
Hacía ya varios años que el químico vivía en Tubiacanga, cuando una bella mañana, Bastos lo vio entrar en su botica. El placer del farmacéutico fue inmenso. El sabio no se había dignado hasta entonces a visitar a nadie. Contaban que cierto día cuando el sacristán Orestes osó penetrar en su casa, para pedirle una contribución para las fiestas de Nuestra Señora de la Concepción, fue recibido y atendido con visible enfado.
Al verlo, Bastos salió de su puesto detrás del mostrador, corrió a recibirlo demostrando claramente que sabía con quién trataba y fue casi con una exclamación que dijo:
-Doctor, sea bienvenido.
El sabio no pareció sorprenderse ni con la demostración de respeto del farmacéutico ni con el tratamiento universitario. Miró un instante los armarios llenos de medicinas y respondió:
-Deseo hablarle en privado, Señor Bastos.
El asombro del farmacéutico fue grande. ¿En qué podría serle útil él a un hombre cuyo nombre recorría el mundo y de quien los periódicos hablaban con tanto esmero? ¿Sería dinero? Quizás...
Un retraso en el pago de las rentas ¿Quién sabe? Y fue llevando al químico al interior de la casa, bajo la mirada atónita del aprendiz, que por un momento dejó descansar su mano en el mortero, donde maceraba una mezcla cualquiera.
Por fin, encontró en los fondos de la casa, muy al fondo, el pequeño cuarto que le servía para los exámenes médicos más minuciosos o para las pequeñas operaciones (porque Bastos también operaba). Se sentaron y Flamel no tardó en exponer:
-Como usted debe saber, me dedico a la química, incluso mi nombre es respetado en el mundo científico...
-Lo sé perfectamente, doctor, yo mismo he informado de esto, aquí, a mis amigos.
-Muchas gracias. Pues bien, he hecho un gran descubrimiento, un descubrimiento extraordinario...
Avergonzado por su entusiasmo, el sabio hizo una pausa y después continuó:
-Un descubrimiento... pero no me conviene, por ahora, comunicarlo al mundo científico, ¿comprende?
-Perfectamente.
-Por eso, necesito tres personas de respeto para que sean testigos de un experimento relacionado con este descubrimiento y a su vez firmen un testimonio formal que resguarde la primicia de mi invención... Usted sabe: hay acontecimientos, imprevistos y...
-¡Ciertamente, no hay duda!
-Imagine usted que se trata de hacer oro...
-¿Cómo? ¿El qué? -dijo Bastos abriendo los ojos en forma desmesurada.
-¡Sí! ¡Oro! -dijo con firmeza Flamel.
-¿Cómo?
-Usted lo sabrá. -dijo el químico secamente.
-La cuestión ahora son las personas que deben presenciar el experimento, ¿no cree?
-Seguro, es necesario que sus derechos queden resguardados, por ahora...
-Una de estas personas, -interrumpió el sabio -es usted; en relación a las otras dos, Señor Bastos, necesito que me asesore. por favor.
El boticario estuvo pensando un instante, pasando revista entre sus conocidos, y finalmente, después de unos tres minutos, preguntó:
-¿El Coronel Bentes le sirve? ¿Lo conoce?
-No. Usted sabe que no trato a nadie por aquí.
-Puedo garantizarle que es un hombre serio, rico, muy discreto.
-¿Es religioso? Le hago esta pregunta -añadió Flamel enseguida -porque tenemos que trabajar con huesos de difunto y sólo éstos sirven.
-No se preocupe, es casi ateo...
-¡Bien! acepto. ¿Y el otro? Bastos volvió a pensar, esta vez tardó un poco mas en consultar su memoria... Por fin habló: -Será el Teniente Carvalhais, el contralor municipal ¿lo conoce?
-Como ya le dije...
-Es verdad. Es hombre de confianza, serio, pero...
-¿Cuál es el problema?
-Es masón
-Mejor
-Y ¿cuándo será el encuentro?
-El domingo. El domingo los tres irán allá, a mi casa para presenciar el experimento y espero que no me nieguen sus firmas para autenticar mi descubrimiento.
-Trato hecho.
El domingo, de acuerdo con lo convenido, las tres personas respetables de Tubiacanga fueron a casa de Flamel, y, días después, misteriosamente el científico desaparecería sin dejar rastros o dar alguna explicación para su desaparición.

III
Tubiacanga era un pueblo pequeño de tres o cuatro mil habitantes, muy pacífico, en cuya estación, de cuando en cuando, el tren expreso se dignaba parar. Hacía cinco años que no se registraba en este poblado un hurto o robo. Las puertas y ventanas sólo se usaban porque en Río las usaban.
El único crimen anotado en su pobre registro fue un asesinato en tiempo de elecciones municipales; pero tomando en cuenta que el homicida era del partido de gobierno, y la víctima de la oposición, el acontecimiento no modificó en nada los hábitos del pueblo, continuando con la exportación de su café y mirando el reflejo de sus bajas y raquíticas moradas en las escasas aguas del pequeño río que lo bautizara.
Pero, ¡cuál no sería la sorpresa de sus habitantes cuando se verificó en la localidad uno de los crímenes más repugnantes que se tiene memoria! No se trataba de un descuartizamiento o un parricidio; no era el asesinato de una familia entera o el robo de los impuestos municipales; era una cosa peor, sacrílega a los ojos de todas las religiones y conciencias: se violaron las sepulturas de "El Sosiego", de su cementerio, de su campo santo.
Al comienzo el sepulturero pensó que eran perros, pero, revisando bien el muro, no encontró sino pequeños orificios. Los cerró; fue inútil. Al día siguiente, una lápida rodada y los huesos saqueados; en el otro una urna y una sepultura lisa. Era obra de gente o demonio. El sepulturero no quiso continuar las investigaciones por su cuenta, así que fue a hablar con el comisario y la noticia se regó por todo el pueblo.
La indignación cubrió todos los rostros y voluntades. La religión de la muerte precede a todas y ciertamente será la última en morir en las conciencias. Contra la profanación de las tumbas clamaron los seis presbiterianos del lugar -los evangélicos, como los llama la gente. Clamaba el Agrimensor Nicolau, antiguo cadete, positivista del rito de Teixeira Mendes; clamaba el Mayor Camanho, presidente de la Logia Nueva Esperanza. Clamaban el turco Miguel Abudala, negociante de bodegas y el escéptico Belmiro, antiguo estudiante que vivía a costas del "Dios-proveerá", bebiendo aguardiente en los bares.
La propia hija del ingeniero residente de la construcción de la vía férrea, también alzó su voz. Ella que vivía despreciando aquel caserío, sin notar siquiera los suspiros de los apasionados jóvenes locales, siempre esperando que el expreso trajera un príncipe para desposarla. La linda y despreciativa Cora no podía dejar de compartir la indignación y el horror que tal acto provocara en el pueblo. ¿Qué podía tener ella en común con aquel grupo de antiguos esclavos y humildes campesinos? ¿Qué interés podían tener ante sus lindos ojos el destino de tan humildes huesos? ¿Acaso aquel robo podría afectar el sueño de hacer radiar la belleza de su boca, de sus ojos y de su busto en las calles de Río? Seguramente, no, pero se trataba de la Muerte, la Muerte implacable y omnipotente, de quien también se sentía esclava, y que un día no dejaría de llevar su linda calaverita hacia la paz eterna del cementerio. Es allí donde Cora quería sus huesos tranquilos, quietos y cómodamente descansando en un ataúd bien hecho y en un túmulo seguro, después de haber sido su carne encanto y placer de los gusanos.
El más indignado, sin embargo, era Pelino. El profesor dedicó un artículo de fondo, exclamando, bramando, gritando: "En la historia del crimen, decía él, ya bastante rica en hechos repugnantes, como por ejemplo: el descuartizamiento de María de Macedo, o el estrangulamiento de los hermanos Fuoco, no se registra uno que sea tan grave como el saqueo de las sepulturas de 'El Sosiego'."
Y el pueblo vivía en sobresalto. En los rostros no se leía más la paz; los negocios estaban paralizados; los romances suspendidos. Días y días sobre las casas cruzaban lentamente gruesas nubes negras y en la noche todos oían ruidos, gemidos, murmullos sobrenaturales... Parecía que los muertos pedían venganza...
El saqueo continuaba. Todas las noches dos o tres sepulturas eran abiertas y vaciadas de su fúnebre contenido. Toda la población decidió ir en masa a guardar los huesos de sus antepasados. Llegaron temprano, pero pronto, la fatiga y el sueño los fue venciendo, se retiró uno, después otro y en la madrugada ya no había ningún vigilante. Incluso, ese mismo día, el sepulturero verificó que dos tumbas habían sido abiertas y los huesos llevados hacia un destino misterioso.
Organizaron entonces una guardia. Diez hombres decididos juraron delante del comisario vigilar durante la noche la mansión de los muertos.
Nada hubo de anormal la primera noche, ni la segunda ni la tercera, pero, en la cuarta, cuando los vigilantes se disponían a descansar un rato, uno de ellos creyó distinguir un bulto escurriéndose entre las cuadras de las tumbas. Corrieron y consiguieron atrapar a dos vampiros. La rabia y la indignación hasta entonces represada en sus ánimos, no se contuvo más y le dieron tal paliza a los macabros ladrones, que los dejaron tendidos como muertos.
La noticia corrió rápidamente de casa en casa y cuando en la mañana se trató de establecer la identidad de los dos malhechores, delante de toda la población fueron reconocidos el contralor Carvalhais y el Coronel Bentes, rico hacendado y presidente de la Cámara. Este último todavía vivía; a las continuas preguntas que le hicieron, pudo responder que juntaba los huesos para hacer oro y que el otro compañero había huido la noche anterior; se trataba del farmacéutico.
Hubo espanto y hubo esperanzas. ¿Cómo hacer oro con huesos? ¿Sería eso posible? Pero aquel hombre rico, respetado, ¿cómo descendería al papel de ladrón de muertos si el asunto no fuera verdad?
Si fuera posible, si de aquellos míseros despojos fúnebres se pudieran hacer algunas cuantas monedas de oro,... ¡eso sí sería maravilloso!
El cartero, cuyo antiguo y preciado sueño era la graduación de su hijo, vio allí medios para hacer este sueño realidad. Castrioto, el escribano del juez de paz, que el año pasado había logrado comprar una casa, pero todavía no la había podido cercar, pensó en el muro que protegería su huerta y su corral. Marques, el pequeño hacendado, que desde hacía años andaba en la búsqueda de un pastizal, pensó enseguida en el prado verde de Costa, donde sus bueyes engordarían y ganarían fuerzas...
Las necesidades de cada uno. Aquellos huesos eran oro, vendrían a atender, satisfacer y hacerlos felices y aquellos dos o tres mil personas, hombres, niños, mujeres, jóvenes y viejos, como si fueran una sola persona, fueron a casa del farmacéutico.
Con gran dificultad, el comisario pudo impedir que saquearan la botica y logró que se quedaran en la plaza a la espera del hombre que tenía el secreto de todo un Potosí. El no tardó en aparecer. Subido a una silla, llevando en la mano una pequeña barra de oro que relucía ante el fuerte sol de la mañana, Bastos pidió una oportunidad, prometiendo que enseñaría el secreto si le perdonaban la vida. "¡Queremos saberlo ya!", gritaron. Entonces él explicó que era necesario reescribir la receta, indicar la marcha del proceso, los reactivos -trabajo largo que sólo podría ser entregado al día siguiente. Hubo un murmullo, algunos llegaron a gritar pero el comisario habló y se responsabilizó por el resultado.
Dócilmente, con aquella docilidad particular de las multitudes furiosas, cada cual se fue a una casa, llevando en la cabeza un único pensamiento: recoger inmediatamente la mayor cantidad de huesos de difunto que fuera posible.
La narración de todos estos hechos llegó a casa del ingeniero residente de la vía férrea. En la cena no se habló de otra cosa. El doctor hizo una compilación de lo que todavía recordaba de su curso, y afirmó que era imposible. Esto era alquimia, cosa muerta: el oro es oro, cuerpo simple, y hueso es hueso, un compuesto, fosfato de cal. Pensar que se podía hacer una cosa de la otra era una "estupidez". Cora aprovechó la ocasión para reírse con urbana ironía de la crueldad de aquellos montunos, pero su madre, Doña Emilia, tenía fe en que la cosa era posible.
En la noche, sin embargo, el doctor sintiendo que su mujer dormía, saltó por la ventana y corrió directo al cementerio; Cora con los pies desnudos y pantuflas en mano, buscó a la criada para ir juntas a la colecta de huesos. No la encontró así que fue sin compañía; y Doña Emilia, viéndose sola, adivinó dónde era el paseo y fue allá también.
Y así ocurrió en todo el pueblo. El padre sin decir nada al hijo, salía; la mujer, juzgando engañar al marido salía; los hijos, las hijas, los criados -toda la población, bajo la luz de las estrellas asombradas corrió al encuentro de aquella fiesta satánica en "El Sosiego". Nadie faltó. Desde los más ricos hasta los más pobres se dieron cita en aquel lugar. Estaban el turco Miguel, el profesor Pelino, el doctor Jerónimo, el Mayor Camanho, Cora, la linda y deslumbrante Cora, con sus lindos dedos de alabastro, revolvía las entrañas de las sepulturas, arrancaba las carnes aún podridas aferradas tenazmente a los huesos y con ellos llenaba su regazo hasta entonces inútil. Era la dote que conseguía y su nariz se abría como asas rosadas y casi transparentes, no sentía el fétido olor de los tejidos ya putrefactos en un lodo hediondo...
La falta de inteligencia no tardó en surgir; los muertos eran pocos y no bastaban para satisfacer el hambre de los vivos. Hubo cuchillos y golpes. Pelino hirió con su navaja al turco a causa de un fémur y situaciones similares surgieron incluso entre las familias. Los únicos que no pelearon fueron el cartero y su hijo. Estuvieron juntos y en armonía, hubo un momento en que el pequeño, un niño precoz de once años, aconsejó al padre: "Papá, vamos donde está mamá, ella era tan gorda..."
En la mañana, el cementerio tenía más muertos que aquellos que recibiera en treinta años de existencia. La única persona del pueblo que no asistió, que no mató ni profanó sepulturas fue el borracho Belmiro, el cual al entrar en un botiquín medio abierto y no encontrar a nadie, llenó una garrafa de aguardiente y se dedicó a beber en las márgenes del río Tubiacanga, viendo correr mansamente sus aguas sobre el áspero lecho de granito; ambos, él y el río, indiferentes a lo que habían visto, a lo que veían, incluso indiferentes ante la fuga del farmacéutico, con su Potosí y su secreto, bajo la alfombra eterna de las estrellas.