Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 21 de enero de 2014

Liturgia

Liturgia

Relato Frances


El domingo por la mañana había que lavarle la espalda. Se encerraba en el baño. Era el padre, tenía derecho. Ellas estaban en la cocina, las hermanas, las tres. Oían los ruidos, el agua, la afeitadora eléctrica, los golpes sordos en la cañería cuando cerraba un grifo, los ligeros choques en el estante de vidrio, el frasco de loción para después de afeitar Menen, el peine. Él se afeitaba primero. Acto seguido entreabría la puerta. No se dejaba ver. Decía un nombre. Ellas sabían. Y acudían, cada una persuadida de ser llamada más seguido que las otras dos. Entraban en el cuerpo del cuarto de baño, en su aliento. El vaho era rosa, un rosa tierno y tibio como de ropa interior. A causa de las paredes. La madre había escogido el color en el momento de los trabajos de renovación. Las paredes eran grumosas como la piel de las gallinas muertas y desplumadas. El baño había sido acondicionado en una antigua alcoba. Era rectangular y no tenía ventanas. Lindaba con una pieza gemela que los de la casa llamaban el trastero. El trastero tenía un olor fuerte, el baño también. Tras esas dos puertas pintadas de amarillo del lado de la cocina, cada cual depositaba papeles, desperdicios, ropa sucia en un mueble de formica celeste, mugre de las manos, de los pies, de toda clase de máquinas, cada cual se despojaba.
Las huellas estaban ahí. Los remedios estaban ahí, para los animales en el trastero, para las personas en el cuarto de baño; las cosas esperaban, herramientas, semillas para el jardín, dos batas de la madre, su delantal de plástico, un secador de pelo, unas pantuflas endurecidas, vagamente viscosas en su interior a la altura de los dedos gordos, unos bigudíes color malva, palanganas, canastos, una escalerilla plegable, viejos calendarios del Crédit Agricole que la madre utilizaba para desmoldar las tartas, cajas de betún vacías y unos trapos manchados, la luz giratoria del tractor y unos guantes de baño estirados, rígidos en un rincón de la ducha.
Él no se lavaba sino con agua muy caliente. Era el padre. Tenía derecho a esa comodidad del agua muy caliente y abundante. Pagaba todo. Guardaba el dinero de la semana en una caja metálica que disponía en el armario al lado de los montones de pañuelos, los blancos de un lado, los de color del otro. El dinero para vivir estaba allí. Él decía cuando ellas sean grandes se quedarán conmigo porque yo tendré el dinero para comprarles vestidos. Todo era suyo, lo había pagado todo, la casa, el granero y el establo, las tierras, los animales. Había puesto allí todas sus fuerzas de hombre. Podía exigir que no lavaran los platos mientras estaba en el baño. Su bienestar habría disminuido por ello. Se habría puesto de mal humor. Y no había que malhumorarlo.
El vaho de los domingos por la mañana era rosado. Alrededor de las nueve, atravesaba la cocina, con su ropa limpia bajo el brazo, en camiseta de punto sin mangas, en slip y, desde noviembre hasta abril, en calzoncillos largos. Se encerraba.
Nunca olía mal. Y sin embargo, andaba metido todo el tiempo entre las rudas tareas, entre los animales, las vacas y los cerdos, entre el estiércol y el suero de la leche. No tenía olor. Iba y venía, activo y sólido, moldeado para no morir. Su cuerpo era corto y duro. Tenía un modo de usarlo que sus hijas desconocían. No debían conocerlo.
La ropa interior del padre estaba siempre planchada. Tenía que ser así. Cuando se hallaban en la pensión, Madame Chassagnoles venía dos veces por semana. Era una mujer vieja. La casa no estaba completamente limpia. Eso no le molestaba a nadie. Pero en cuanto a la ropa interior, él quería la perfección, lo terso, lo suave que se extiende sobre la piel, inmediatamente tibia. Madame Chassagnoles se esforzaba. Conocía al padre desde siempre. Sabía su historia y que había comprado la granja al primer golpe de vista, y pedido todo prestado, y todo devuelto y todo pagado, y que ahora todo era de él. Tenía derecho.
Decía que oía crecer la hierba y que era el último en hacerlo. Tenía su reino. Para la casa había querido cuarto de baño y calefacción central. Los tabiques habían sido demolidos. Vinieron unos hombres y lo hicieron todo, las paredes de ladrillos, el yeso, la fontanería, la electricidad, la pintura. La madre escogió el amarillo, el rosa. Para los azulejos también escogió: marrón rojizo en todas partes, en la cocina, el baño y el pasillo. No tocaron nada en la planta alta, pero en la habitación de las hijas, la habitación cuadrada arriba de la cocina, se instaló un radiador. Los trabajos se efectuaron en 1976, durante el verano de la gran sequía y de los Juegos Olímpicos de Montreal.
El padre tenía siempre frío en los pies, Dentro de las botas de goma llevaba unas medias de lana color borravino. Para el invierno había comprado unas botas forradas con piel. Le gustaba sentarse en el banco adosado a la mesa de la cocina, los píes en alto y apoyados sobre el borde del baño. De este modo, le daba la espalda a la televisión, Decía que iba a perecer por lo bajo. Se hacía curas de licor hepático Schoum. Era de un amarillo intenso. Las botellas vacías permanecían en el interior de la ducha, con su tapón, alineadas. Bebía directamente del pico. A la luz, los ojos del padre también eran amarillos, Fumaba sin hacer ruido un tabaco gris que liaba en unas hojas de papel job. Mantenía el cigarrillo apagado en la comisura de los labios. Lo olvidaba. Antes de entrar en el baño depositaba el cigarrillo en el reborde de un platito blanco que servía de cenicero. Al salir lo recogía.
Atravesaba la cocina, con sus ropas bajo el brazo, y ellas esperaban. Decía un nombre y ellas iban, una u otra. Entraban en la carne muerta del cuarto de baño, en su carne, mudas, fuera de sí, en servicio dominical a pedido. El padre estaba apoyado en el lavabo, los dos brazos extendidos. Brazos blancos arriba del codo. Exhibía así su espalda ligeramente curvada, espalda expuesta, brazos apenas visibles en el vaho lleno de humedad. El resto del cuerpo del padre no existía. Tan sólo el nacimiento de la nuca, morena, tempranamente obstruida de cabellos negros.
El guante estaba puesto al borde del lavabo. Preparado, enjabonado. Había que deslizar la mano, la derecha, en su interior, separar los dedos para extender la tela, y frotar, masajear la espalda del padre. Demorarse circularmente en los omóplatos y en el nacimiento de los riñones, justo encima del elástico de slip blanco. Estriar la hundida línea de la columna vertebral. Varias veces. Potente y delicadamente. Con cuidado de no invadir las axilas, zona reservada únicamente, como los flancos y las costillas, a la mano del padre. Con cuidado sobre todo de no presionar el guante que, aun repleto de agua muy caliente (ellas sentían la mordedura), no debía derramar gotas inoportunas que hubiesen corrido a lo largo de la espalda y se hubiesen perdido ahí donde el padre dejaba de tener un cuerpo.
La piel era blanca, lisa, sin vello, ahuecada bajo el omóplato izquierdo por un grumo oscuro con un halo marrón. Ellas hablaban, las tres, de la verruga, de la pústula, del chancro. Conocían las palabras. En el pen-sionado eran las mejores estudiantes, leían todos los libros. No decían el padre. Entre ellas, decían el viejo. En la vida diaria se las arreglaban, no lo llamaban.
Ante la ausencia de toda consigna paterna sobre esa parte bubónica de su cuerpo, de la que veían que él ignoraba la existencia, ellas le atribuían al grumo cierta susceptibilidad y unos potentes poderes. El más mínimo contacto con el agua, con el jabón o con el guante habría sin duda provocado una catástrofe y firmado la sentencia de muerte del padre, grabada en su piel. Estaba al alcance de sus manos, apenas per-ceptible, estaba a su alcance darle un impulso al tumor, precipitar la madurez del bubón que habría carcomido la carne blanca del padre, en el quejoso dolor y el incontenible hedor de las largas enfermedades púdicamente enmudecidas, labios repulgados, manos enlazadas, rodillas apretadas, en los avisos fúnebres de la Montagne Centre France.
Leían los avisos fúnebres. Esperaban. Vigilaban el bubón. Allí seguía. No lo tocaban. No secaban la espalda del padre. La enjuagaban, una sola vez, sucintamente, con otro guante preparado por él y puesto al otro lado del lavabo. Él no decía nada. Era el fin. Ellas sabían, la mano derecha mojada y la punta de los dedos arrugada. El cerraba la puerta tras ellas, con llave.
La cocina estaba vacía. Las hermanas ya no estaban allí. Se recobraban. A solas, cada una en el transcurso de las cosas. El vaho de carne rosa las aureolaba por un instante. Ya no eran más de las nueve y media. Estarían listas para la misa de las diez.