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martes, 28 de enero de 2014

Personas y tapias

Relato Griego


El sol empezaba a esconderse por detrás de las bajas colinas, mientras el coche atravesaba el último tramo de su recorrido. El viejo y maltrecho BMW con las placas de la matricula rojas acababa de dejar atrás Lárisa y circulaba ahora hacia Tyrnavo.
Junto al chófer estaba sentada una mujer de unos treinta años, tenía el pelo castaño bastante corto y una pesada pulsera de oro en su muñeca izquierda. Sobre las rodillas tenía apoyado un panamá blanco de ala ancha y había echado hacia atrás el respaldo de su asiento. Aunque los últimos dulces rayos del atardecer se esparcían muy por encima de sus cabezas, ella todavía llevaba las gafas oscuras relajadas sobre la punta de la nariz. Una sonrisa inocente se le resbalaba por detrás de las gafas negras. Parecía estar durmiendo.
El conductor, un hombre moreno de la misma edad que la mujer, miraba de frente la carretera con la expresión perdida subrayada por las gafas de miope. Se escuchaba un continuo y molesto sonido, como si algún tornillo se hubiera aflojado o como si chocaran entre sí dos superficies metálicas, que provenía del rítmico repiqueteo de su anillo dorado en el cambio de marchas, sobre el cual golpeaba vagamente la mano derecha. El anillo, una media lira de oro, era un poco más grande que su dedo, y por eso le daba vueltas sin parar.                                                                      
Se trataba de una pareja de rumanos refugiados que se había establecido desde hacía un año en Torreblanca1, a las afueras de Elefsina. En Tyrnavo vivía un anciano, pariente lejano de la mujer, e iban a visitarlo. El marido había planeado cuidar de él a cambio de que les «cediera» una casa que había abandonado años atrás en Bucarest. Ahora ya se podía reclamar lo que le pertenecía; bastaba con que los títulos estuvieran claros. A continuación, el plan del hombre preveía vender la casa y vivir felices y comer perdices.
El viejo Lázaro volvió a Grecia a principios de la década de los 60, entrado ya en los cincuenta, viudo, sin descendencia y pobre. La casa de Bucarest, construida a principios de siglo por su padre que era comerciante, fue requisada, a causa de su gran tamaño, cuando los comunistas entraron en escena después de la última guerra. Allí habían estado viviendo él y su mujer durante muchos años con cinco familias numerosas. En aquella época se podía sentir la repentina vitalidad con la que se llenaban las paredes de la casa como el alcohol fuerte que baja al estómago y tonifica las piernas. Así la sentía Lázaro y así le hacía frente. Positivamente. Tan positivamente que se había convertido en el hazmerreír de parientes y amigos que suspiraban bajo las dificultades de los primeros años de la posguerra. Al final su propia mujer también llegó a convertirse en motivo de burla.
El pretexto para volver a Grecia fue que su mujer tenía un pariente médico en Lárisa; esto sin olvidar el hecho de que el estado rumano había realizado sus propios cálculos y planeaba desalojarlos en algún momento a todos, a los propietarios y a las cinco familias numerosas, para convertir la casa en el Palacio del Pueblo. El viejo Lázaro no estaba conforme con la posibilidad que les habían ofrecido de vivir en una habitación con cocina en un barrio recién construido en la otra punta de la ciudad.
«No conoceremos a nadie. Allí sólo viven personas llegadas de quién sabe qué inhóspitos lugares», dijo a su mujer cuando se lo comunicaron en el Servicio de Higiene y Limpieza donde trabajaba.
Hasta entonces habían vivido vendiendo cuidadosamente lo que se había acumulado en la casa durante los primeros cuarenta años del siglo junto al oro que les habían dejado los viejos antes de morir. Así, poco a poco, una pintura, un mueble tallado, un espejo veneciano, un azucarero de plata se iban sumando al sueldo de Lázaro del servicio estatal de recogida de basura. Lázaro se había desentendido de la instauración del nuevo régimen, y con la misma indiferencia había hecho frente al fascismo antes de la guerra. Esta actitud lo había convertido en sospechoso para los nuevos gobernantes, y por eso no podía encontrar un trabajo digno, relacionado con sus estudios de Filología. Con la basura, entonces.
Desde el mismo día en que los expulsaron de su propia casa, comprendió que los tiempos habían cambiado definitivamente. Entonces se dio cuenta de que cada gran guerra tenía como objetivo, entre otros, marear la perdiz, remover el guiso, y sacar a la luz aquellos ingredientes que habían permanecido pegados al fondo del caldero; ingredientes necesarios para que la sensación de estabilidad subsistiera y pudiera continuar el banquete, para algunos grande, para otros pequeño. Reconoció que era inevitable, como reconoció la necesidad de destruir los sombríos bulevares del centro de la ciudad, para que cedieran su posición a las avenidas del futuro diseñadas por Ceauchescu.
De todos modos, no quería pasar más tiempo en Bucarest. No quería martirizarse por esto. Y así se fue a esta edad avanzada con una maleta de piel y una dirección en Lárisa. Su mujer murió el mismo año en que se les concedió el permiso de expatriación y Lázaro partió entonces con el corazón ligero para encontrarse con su primo en Grecia. Ya no quedaba nada que lo retuviera allí.
El primo lejano de su mujer, un médico rico de Lárisa, lo único que hizo por él, lo único que se le había ocurrido hacer si alguna vez aparecía la prima lejana de Rumania, era concederle un almacén, que antiguamente había sido un establo, en el límite de Tyrnavo, al oeste, en la parte que da al Pindo.
Lázaro, al día siguiente de su llegada, empezó a trabajar a ritmo lento y a cavar un pequeño jardín frente al almacén. Pintó la casa, plantó un cerezo y al poco tiempo había surgido una cabañita donde antes hubiera una chabola, allí donde en otro tiempo se amontonaba la basura. Ahora viandantes subían y bajaban seducidos por la casita blanqueada que les enseñaba el camino como un faro deslumbrante.
Cuando hubo hecho todo el trabajo con sus propias manos, descubrió, a esa edad avanzada y por necesidad, su amor por las construcciones de madera. Al principio le pedían taburetes, después mesas bajas, y así empezó poco a poco a ganarse el pan de una manera hasta entonces desconocida para él. No sólo era el repentino amor hacia sus manos y las creaciones de estas lo que le hacía sentirse bien en el antiguo establo, era principalmente ese sentimiento cálido que sentía por las cosas.
Cuando murió el médico, ninguno de sus herederos pensó en molestarle y el viejo Lázaro se sintió agradecido porque le reconocían el buen uso que había hecho de sus bienes. Por eso se entristeció por la insistencia de Doina, una sobrina de la difunta, para que les diera la casa de Bucarest a ella y a su marido... a personas que se habían acomodado hacía tiempo en Grecia y no tenían intención de ir a ocuparla.
Doina llegaría hoy para proponerle otra vez el mismo asunto que no le había gustado desde el principio: que se fuera a vivir con ellos -vivía con un hombre educado en Rumania- para cuidarle, ahora que había pasado de los ochenta, y que les cediera la casa. («De verdad, tío, ¿cuántos años tienes?», le había preguntado Doina, dejando caer palabras rumanas entre las griegas, la última vez que vino.)
Al final de la recta de la carretera una cantina iluminada apagaba y encendía sus bombillas de colores.
«Tengo sed», dijo Doina, y echó hacia adelante el respaldo de su asiento.
«Acabamos de pasar un motel», dijo el hombre. «Ni siquiera hay agua aquí.»
«Por favor, Babi. Vamos a probar», dijo y le apretó la mano. El sonido del anillo sobre la palanca de velocidad se detuvo.
«Te he dicho mil veces que no me llames Babi. ¡Jari me tienes que llamar, no Babi!», dijo y encendió las luces de parada acercándose lentamente al parking de la cantina que parecía un barquito.
Junto a la cantina iluminada y en medio de una mancha de aceite seco habían dejado una moto con la cadena sin echar.
«Me resulta imposible pronunciar la kj», se quejó Doina intentando pronunciar la j. «No me tortures, cariño...»
«Mira, creo que asustaste al viejo la otra vez», dijo Babi sin dar importancia a lo que ella decía. «Tal vez la has cagado. Tienes que decirle que nos lo llevaremos con nosotros, no que le alquilaremos una habitación al lado de nuestra casa. Tiene que entender que queremos que esté con nosotros, dentro de nuestra propia casa, miembro de nuestra familia. Sólo así se sentirá más seguro. Le cocinaremos algo para comer, le limpiaremos algún calzoncillo. Los viejos no tienen grandes necesidades, no necesitan nada... Lo sé por mi padre. Murió y casi ni nos enteramos.»
Babi salió del BMW y volvió con una lata de refresco de naranja. Fue hacia la parte de ella y, del mismo modo que el perro cazador cierra el paso a la pieza, dejó ver que algo le preocupaba.
«Escucha», dijo y se asomó a la ventana de ella. Hablaba despacio, como si tuviera que esconder lo que le decía. «Aquellos que están detrás del camión han preparado una mesita y juegan a las cartas...» Se frotó las palmas húmedas en el pantalón y levantó la mirada hacia los reflejos rojos que pintaban el gris atardecer.
«Estás diciendo tonterías», reaccionó Doina como si supiera muy bien cuál sería la próxima frase del hombre. «No debemos llegar muy tarde porque no nos abriría. Y haría bien.»
«Correcto», dijo él. «Sin embargo, podríamos visitarle mañana por la mañana. Algún hotel habrá en este pueblucho para quedarnos esta noche», concluyó decidido de lo que quería hacer.
Antes de que le diera tiempo a volverse, apareció un hombre con una camisa de colores chillones, un cetáceo de aproximadamente doscientos kilos, que gritó por encima de su hombro a algún compañero de juego invisible: «Si quieres continuar, esta tarde en el café».
Él y su compañero habían venido para ver a su amigo el cantinero y la moto les había dejado tirados. Se habían quedado atrapados allí y tal vez estas personas tan educadas pudieran llevarles. Tyrnavo ni siquiera distaba cinco kilómetros.
Doina, antes de que al hombre le diera tiempo a terminar la frase, dijo «Por supuesto» y abrió la puerta de atrás del coche, desde el cual saltó como una bala un caniche blanco y se enredó en las piernas del segundo hombre, que a su vez se aproximaba por detrás de la cantina iluminada.
El nuevo, su «compañero», como lo había llamado, era un ser reservado que llevaba un mono vaquero y una gorra con la visera vuelta hacia un lado, que adornaba un cráneo pelado y lustroso. Con un movimiento ágil y ligero levantó al perrito y lo depositó tiernamente a su lado cuando se sentó en el asiento de atrás.
Los dos hombres, sobre los cuales marido y mujer se preguntaban cómo era posible que hubieran viajado hasta aquí con una moto de tan poca potencia, tenían en sus caras eso que caracteriza a las parejas de amigos íntimos. Además de la chirriante diferencia de kilos, en lo que se paraba el ojo era en la rica cabellera del gordo y la calva del otro, la camisa hawaiana multicolor de uno y el austero mono de cuerpo entero del otro. Y, finalmente, la labia del gordo y la mudez del flaco.
Cuando llegaba la tarde, echaban unas partiditas, explicó el gordo, pero la juerga grande llegaría más tarde, es decir, en este momento, en el café, al cual habrían llegado ya, si la maldita moto no los hubiera dejado tirados.
Babi quiso saber qué tipo de juegos jugaban y a cuánto solían ascender las apuestas. Antiguamente, en los años en Rumania, paralelamente a los estudios de odontología, se perfeccionó también en juegos de azar. Lo que nunca llegó a conseguir con la licenciatura, lo había sustituido con una extraña dedicación a los juegos. Jugaba a todo, cartas, dados y apuestas desde pares únicos hasta la quiniela, carreras de caballos y otros; cuanto más refinados y perversos, mejor. Cada vez que olía a juego estaba preparado para caer sin compasión sobre su candidato a víctima. Como ahora, que un comezón le subía por la pierna y necesitaba un gran autocontrol para no pisar el acelerador y traicionaba así su prisa por llegar lo más rápidamente posible a la mesa de fieltro verde.
La mujer sintió que las cosas habían tomado un camino y que ya nada podía hacer, como a menudo sucedía no se podía permitir alentar decisiones que la llevarían a la desolación.
Babi dijo: «Cielo, yo jugaré una partidita con estos chicos mientras tú estás hablando con tu tío. Te dejaremos en su casa y el tiempo que estéis hablando, nosotros estaremos jugando». Llevó la mano derecha, la del anillo de oro, a la espalda de Doina y se dio un sonoro «choca esos cinco» con el gordo.
Ella no dijo nada excepto «Déjame el coche para venir a recogerte cuando termine». Estaba acostumbrada a que la dejara plantada durante horas y no quería esperarle hasta-Dios-sabe-cuándo a que ganara o perdiera todo y fuera a recogerla. Como un rayo pasaron por su pensamiento sus hijos. Los imaginaba creciendo en Bucarest y esperando a que ella volviera. Los había dejado con su madre para algunos meses y ya habían pasado tres años sin que pudiera llevárselos con ella.
A Babi no le gustaba la idea de que ella se quedara el coche, pero prefería no exponerse a una discusión. Debían mantenerse los dos tranquilos. Ella para engatusar al viejo (ni siquiera recordaba su nombre) y él mismo para desplumar a este par de paletos.
Llegaron a la puerta de un café y el delgado consiguió articular: «Para aquí».
Doina sin bajar pasó al asiento del conductor y el delgado volvió a hablar.
«Coge esta a la derecha, es sólo un kilómetro.»
Los tres hombres, como si se conocieran de años, se golpearon las espaldas, alguna vulgaridad dejó caer el gordo, y riendo fuerte entraron en el café iluminado. Doina conocía muy bien esta imagen, la había visto muchas veces en el pasado, cuando Babi entraba en lugares iluminados como si fuera un insecto que se precipita para quedar triturado en una bombilla incandescente.
No volvió a mirar atrás y llegó a la pequeña casa al final del camino, como recordaba desde la primera vez que vino.
Cuando entró, encontró al viejo Lázaro viendo la televisión sin sonido. Estaba sentado en un sofá que también utilizaba de cama y movía los labios reproduciendo las palabras de la persona de la pequeña pantalla.
La saludó con un gesto y dijo señalando hacia la imagen muda: «Pongo yo las palabras y, según las ganas que tenga, a veces son de risa y otras veces para llorar».
Estaba de buen humor y tenía a su lado una botella de raki abierta. Le ofreció asiento y Doina sacó una caja de galletas de chocolate. «Mira, tío», dijo, «esto lo he traído para ti.»
Por alguna razón que difícilmente podía comprender, pensaba continuamente en sus hijos. «Pero, ¿a qué viene esto?», se preguntó. «Pero si hablé ayer con ellos por teléfono», continuaba torturándole su pensamiento, intentando encontrar una explicación. Lo que empeoraba la situación era que debía volver a decir las mismas cosas a un pobre viejo que, cuando lo vio por primera vez, se burló de ella y por poco no la echa de la casa. («Ya basta, Doina», le había dicho. «¿Que me vaya de aquí y viva con vosotros en Torreblanca?» Acentuó el blanca y concluyó: «A mí eso no me dice nada».)
De la misma manera ahora Lázaro tampoco tenía intención de decirle nada. No tenía ganas de hacerle entender que las casas pertenecen a las personas vivas y que para que existan, están condenadas a ser habitadas por aquellos que las necesitan. En caso contrario, que se vuelvan cenizas y que no quede de ellas ni una lasca ni nada. ¿Por qué tendría que cederles la casa? Si no hay posibilidad de que vayan a vivir allí. ¿Para venderla y comerse los beneficios? Si ahora, allí donde está la casa y donde él no puede llegar más que con sus recuerdos, allí algunas personas, personas desconocidas, pero personas de necesidad, se cobijan y la cuidan y le dan cariño... Y así, si así es, nunca morirá la casa. Razonaba todo esto mirando a Doina sentada en uno de sus taburetes, sin querer decirle a ella ni media palabra.
«De todos modos, yo no quiero vivir en un lugar que se llama Torreblanca», dijo de repente y con tozudez, como si cerrara una conversación que en ningún momento había empezado. Por un instante creyó que andaba dentro de un sueño y sentía como si volviera a vivir su propia vida. Arrugó las cejas e intentó recordar por qué razón se encontraba aquella mujer dentro de su casa y cuando abandonó el intento, dijo con un suspiro: «Oh, deje a este viejo descansar en paz».
Cerró los ojos y Donia, que durante todo el tiempo lo miraba sin atreverse a dar un soplo, escondió la cara entre sus palmas como si pretendiera hundirse en su interior.
El viejo Lázaro susurró tan débilmente «Quiero dormir», que Doina ni lo oyó. Ni siquiera oyó su respiración, el último suspiro que ofreció al aire en su propia casa blanca.
1 El nombre griego para esta ciudad es Aspropyrgo, que significa literalmente Torreblanca. (Nota del T.)