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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 9 de febrero de 2014

Doblaje

Relato del Perú

En aquella época vivía en un pequeño hotel cer­ca de Charing Cross y pasaba los días pintando y leyendo libros de ocultismo. En realidad, siempre he sido aficionado a las ciencias ocultas, quizás porque mi padre estuvo muchos años en la India y trajo de las orillas del Ganges, aparte de un paludismo feroz, una colección completa de tratados de esoterismo. En uno de estos libros leí una vez una frase que despertó mi curiosidad. No sé si sería un proverbio o un aforismo, pero de todos modos era una fórmula cerrada que no he podido olvidar: "Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario".
Si la frase me interesó fue porque siempre había vivido atormentado por la idea del doble. Al respec­to, había tenido solamente una experiencia y fue cuando al subir a un ómnibus tuve la desgracia de sentarme frente a un individuo extremadamente pa­recido a mí. Durante un rato permanecimos mirán­donos con curiosidad hasta que al fin me sentí incó­modo y tuve que bajarme varios paraderos antes de mi lugar de destino. Si bien este encuentro no volvió a repetirse, en mi espíritu se abrió un misterioso registro y el tema del doble se convirtió en una de mis especulaciones favoritas.
Pensaba, en efecto, que dados los millones de seres que pueblan el globo, no sería raro que por un sim­ple cálculo de probabilidades algunos rasgos tuvie­ran que repetirse. Después de todo, con una nariz, una boca, un par de ojos y algunos otros detalles complementarios no se puede hacer un número infi­nito de combinaciones. El caso de los sosias venía, en cierta forma, a corroborar mi teoría. En esa época, estaba de moda que los hombres de Estado o los artistas de cine contrataran a personas parecidas a ellas para hacerlas correr todos los riesgos de la cele­bridad. Este caso, sin embargo, no me dejaba entera­mente satisfecho. La idea que yo tenía de los dobles era más ambiciosa; yo pensaba que a la identidad de los rasgos debería corresponder identidad de tempe­ramento y a la identidad de temperamento -¿por qué no?- identidad de destino. Los pocos sosias que tuve la oportunidad de ver unían a una vaga semejanza física -completada muchas veces con la ayuda del maquillaje- una ausencia absoluta de correspon­dencia espiritual. Por lo general, los sosias de los grandes financistas eran hombres humildes que siempre habían sido aplazados en matemáticas. De­cididamente, el doble constituía para mí un fenóme­no más completo, más apasionante. La lectura del texto que vengo de citar contribuyó no solamente a confirmar mi idea sino a enriquecer mis conjeturas. A veces, pensaba que en otro país, en otro continente, en las antípodas, en suma, había un ser exactamente igual a mí, que cumplía mis actos, tenía mis defectos, mis pasiones, mis sueños, mis manías, y esta idea me entretenía al mismo tiempo que me irritaba.
Con el tiempo la idea del doble se me hizo obsesi­va. Durante muchas semanas no pude trabajar y no hacía otra cosa que repetirme esa extraña fórmula esperando quizás que, por algún sortilegio, mi doble fuera a surgir del seno de la tierra. Pronto me di cuenta que me atormentaba inútilmente, que si bien esas líneas planteaban un enigma, proponían tam­bién la solución: viajar a las antípodas.
Al comienzo rechacé la idea del viaje. En aquella época tenía muchos trabajos pendientes. Acababa de empezar una madona y había recibido, además, una propuesta para decorar un teatro. No obstante, al pasar un día por una tienda del Soho, vi un hermoso hemisferio exhibiéndose en una vitrina. En el acto lo compré y esa misma noche lo estudié minuciosa­mente. Para gran sorpresa mía, comprobé que en las antípodas de Londres estaba la ciudad australiana de Sydney. El hecho de que esta ciudad perteneciera al Commonwealth me pareció un magnífico augu­rio. Recordé, asimismo, que tenía una tía lejana en Melbourne, a quien aprovecharía para visitar. Mu­chas otras razones igualmente descabelladas  fueron surgiendo -una insólita pasión por las cabras aus­tralianas- pero lo cierto es que a los tres días, sin decirle nada a mi hotelero para evitar sus preguntas indiscretas, tomé el avión con destino a Sydney.
No bien había aterrizado cuando me di cuenta de lo absurda que había sido mi determinación. En el trayecto había vuelto a la realidad, sentía la ver­güenza de mis quimeras y estuve tentado de tomar el mismo avión de regreso. Para colmo, me enteré de que mi tía de Melbourne hacía años que había muer­to. Luego de un largo debate decidí que al cabo de un viaje tan fatigoso bien valía la pena quedarse unos días a reposar. Estuve en realidad siete semanas.
Para empezar, diré que la ciudad era bastante grande, mucho más de lo que había previsto, de modo que en el acto renuncié a ponerme en la perse­cución de mi supuesto doble. Además, ¿cómo haría para encontrarlo? Era en verdad ridículo detener a cada transeúnte en la calle a preguntarle si conocía a una persona igual a mí. Me tomarían por loco. A pesar de esto, confieso que cada vez que me enfren­taba a una multitud, fuera a la salida de un teatro o en un parque público, no dejaba de sentir cierta in­quietud y contra mi voluntad examinaba cuidadosa­mente los rostros. En una ocasión, estuve siguiendo durante una hora, presa de una angustia feroz, a un sujeto de mi estatura y mi manera de caminar. Lo que me desesperaba era la obstinación con que se negaba a volver el semblante. Al fin, no pude más y le pasé la voz. Al volverse, me enseñó una fisonomía pálida, inofensiva, salpicada de pecas que, ¿por qué no decirlo?, me devolvió la tranquilidad. Si perma­necí en Sydney el monstruoso tiempo de siete sema­nas no fue seguramente por llevar adelante estas pesquisas sino por razones de otra índole: porque me enamoré. Cosa rara en un hombre que ha pasado los treinta años, sobre todo en un inglés que se dedi­ca al ocultismo.
Mi enamoramiento fue fulminante. La chica se lla­maba Winnie y trabajaba en un restaurante. Sin lu­gar a dudas, ésta fue mi experiencia más interesante en Sydney. Ella también pareció sentir por mí una atracción casi instantánea, lo que me extrañó, desde que yo he tenido siempre poca fortuna con las muje­res. Desde un comienzo aceptó mis galanterías y a los pocos días salíamos juntos a pasear por la ciu­dad. Inútil describir a Winnie; sólo diré que su ca­rácter era un poco excéntrico. A veces me trataba con enorme familiaridad; otras, en cambio, se des­concertaba ante algunos de mis gestos o dé mis pa­labras, cosa que lejos de enojarme me encantaba. Decidido a cultivar esta relación con mayor comodi­dad, resolví abandonar el hotel y, hablando por telé­fono con una agencia, conseguí una casita amoblada en las afueras de la ciudad.
No puedo evitar un poderoso movimiento de ro­manticismo al evocar esta pequeña villa. Su tranqui­lidad, el gusto con que estaba decorada, me cautiva­ron desde el primer momento. Me sentía como en mi propio hogar. Las paredes estaban decoradas con una maravillosa colección de mariposas amarillas, por las que yo cobré una repentina afición. Pasaba los días pensando en Winnie y persiguiendo por el jardín a los bellísimos lepidópteros. Hubo un mo­mento en que decidí instalarme allí en forma defini­tiva y ya estaba dispuesto a adquirir mis materiales de pintura, cuando ocurrió un accidente singular, quizá explicable, pero al cual yo me obstiné en darle una significación exagerada.
Fue un sábado en que Winnie, luego de ofrecerme una tenaz resistencia, resolvió pasar el fin de sema­na en mi casa. La tarde transcurrió animadamente, con sus habituales remansos de ternura. Hacia el anochecer, algo en la conducta de Winnie comenzó a inquietarme. Al principio yo no supe qué era y en vano estudié su fisonomía, tratando de descubrir al­guna mudanza que explicara mi malestar. Pronto, sin embargo, me di cuenta de que lo que me inco­modaba era la familiaridad con que Winnie se desplazaba por la casa. En varias ocasiones se había di­rigido sin vacilar hacia el conmutador de la luz. ¿Se­rían celos? Al principio fue una especie de cólera sombría. Yo sentía verdadera afección por Winnie y si nunca le había preguntado por su pasado fue por­que ya me había forjado algunos planes para su por­venir. La posibilidad de que hubiera estado con otro hombre no me lastimaba tanto como que aquello hu­biera ocurrido en mi propia casa. Presa de angustia, decidí comprobar esta sospecha. Yo recordaba que curioseando un día por el desván, había descubierto una vieja lámpara de petróleo. De inmediato pretex­té un paseo por el jardín.
-Pero no tenemos con qué alumbrarnos -mur­muré.
Winnie se levantó y quedó un momento indecisa en medio de la habitación. Luego la vi dirigirse ha­cia la escalera y subir resueltamente sus peldaños. Cinco minutos después apareció con la lámpara en­cendida.
La escena siguiente fue tan violenta, tan penosa, que me resulta difícil revivirla. Lo cierto es que monté en cólera, perdí mi sangre fría y me condu­je de una manera brutal. De un golpe derribé la lám­para, con riesgo de provocar un incendio, y precipi­tándome sobre Winnie, traté de arrancarle a viva fuerza una imaginaria confesión. Torciéndole las muñecas, le pregunté con quién y cuándo había es­tado en otra ocasión en esa casa. Sólo recuerdo su rostro increíblemente pálido, sus ojos desorbita­dos, mirándome como a un enloquecido. Su turba­ción le impedía pronunciar palabra, lo que no hacía sino redoblar mi furor. Al final, terminé insultán­dola y ordenándole que se retirara del lugar. Winnie recogió su abrigo y atravesó a la carrera el um­bral.
Durante toda la noche no hice otra cosa que recri­minarme mi conducta. Nunca creí que fuera tan fácilmente excitable y en parte atribuía esto a mi poca experiencia con las mujeres. Los actos que en Winnie me habían sublevado me parecían, a la luz de la reflexión, completamente normales. Todas esas casas de campo se parecen unas a otras y lo más natural era que en una casa de campo hubiera una lámpara y que esta lámpara se encontrara en el desván. Mi explosión había sido infundada, peor aún, de mal gusto. Buscar a Winnie y presentarle mis excusas me pareció la única solución decente. Fue inútil; jamás pude entrevistarme con ella. Se había ausentado del restaurante y cuando fui a buscarla a su casa se negó a recibirme. A fuerza de insistir salió un día su ma­dre y me dijo de mala manera que Winnie no quería saber absolutamente nada con locos.
¿Con locos? No hay nada que aterrorice más a un inglés que el apóstrofe de loco. Estuve tres días en la casa de campo tratando de ordenar mis sentimien­tos. Luego de una paciente reflexión, comencé a dar­me cuenta de que toda esa historia era trivial, ridícula, despreciable. El origen mismo de mi viaje a Sydney era disparatado. ¿Un doble? ¡Qué insensa­tez! ¿Qué hacía yo allí, perdido, angustiado, pen­sando en una mujer excéntrica a la que quizá no amaba, dilapidando mi tiempo, coleccionando mari­posas amarillas? ¿Cómo podía haber abandonado mis pinceles, mi té, mi pipa, mis paseos por Hyde Park, mi adorable bruma del Támesis? Mi cordura renació; en un abrir y cerrar de ojos hice mi equipa­je, y al día siguiente estaba retornando a Londres.
Llegué entrada la noche y del aeródromo fui di­rectamente a mi hotel. Estaba realmente fatigado, con unos enormes deseos de dormir y de recuperar energías para mis trabajos pendientes. ¡Qué alegría sentirme nuevamente en mi habitación! Por momen­tos me parecía que nunca me había movido de allí. Largo rato permanecí apoltronado en mi sillón, sa­boreando el placer de encontrarme nuevamente en­tre mis cosas. Mi mirada recorría cada uno de mis objetos familiares y los acariciaba con gratitud. Par­tir es una gran cosa, me decía, pero lo maravilloso es regresar.
¿Qué fue lo que de pronto me llamó la atención? Todo estaba en orden, tal como lo dejara. Sin embar­go, comencé a sentir una viva molestia. En vano tra­té de indagar la causa. Levantándome, inspeccioné los cuatro rincones de mi habitación. No había nada extraño pero se sentía, se olfateaba una presencia, un rastro a punto de desvanecerse...
Unos golpes sonaron en la puerta. Al entreabrirla, el botones asomó la cabeza.
-Lo han llamado del Mandrake Club. Dicen que ayer ha olvidado usted su paraguas en el bar. ¿Quie­re que se lo envíen o pasará a recogerlo?
-Que lo envíen -respondí maquinalmente.
En el acto me di cuenta de lo absurdo de mi res­puesta. El día anterior yo estaba volando probable­mente sobre Singapur. Al mirar mis pinceles sentí un estremecimiento: estaban frescos de pintura. Precipitándome hacia el caballete, desgarré la funda: la madona que dejara en bosquejo estaba terminada con la destreza de un maestro y su rostro, cosa extra­ña, su rostro era de Winnie.
Abatido caí en mi sillón. Alrededor de la lámpara revoloteaba una mariposa amarilla.