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jueves, 20 de febrero de 2014

Espinazo de pez

Relato del Brasil



Hau abrió la canilla con dedos cuidadosos. Tendría que cerrarla nuevamente después de lavarse las manos. Olían a pescado, pescado fresco, siempre como algo podrido. Escamas en sus dedos. No quería contaminar la canilla. Tendría que cerrarla nuevamente, con las manos limpias. Las lavó.
Se curvaba en el lavatorio y sentía dolor en la espalda. Se curvaba en el lavatorio y sentía la columna. Colocaba las manos, se erguía frente al espejo. Miraba en sus ojos. Se veía a sí mismo. Ninguna escama. Ninguna espina. Ningún reflejo de pez en sus ojos rasgados, en su rostro adolescente. Hau todavía era el mismo, pese a los dedos.
Quitó la mano de la espalda y cerró la llave. Se llevó los dedos a la nariz. Olió. Todavía estaba allí. La espina dolía. El pez gritaba. Y sus ojos pequeños se comprimían todavía más delante del espejo.
El día entero. Todas las mañanas. Ayudaba a sus padres con el puesto en la feria. Cuchillo en el espinazo, pescado en el hielo, ojos bajos, como la voz, aunque hablase portugués mejor que ellos. Empaquetaba. Papel de diario. Tinta. Dedos manchados, hundiéndose en el agua. Dedos congelados, envolviendo los peces, embalando los restos, el fin de su adolescencia.
Y Hau pasaba toda la mañana esperando por su reflejo frente al espejo. Sus dedos debajo de la nariz. Jabón, vainilla, para alejar una jornada que no era la suya. Apenas un trabajo. Apenas familia. No contaminaría su poesía. En sus dedos, no contaminaría su papel. Envolvía. Embalaba. Y doblaba origamis en el tiempo libre.
Para ella. Cuando pasaba. Bajaba los ojos. Bajaba la cabeza. Esperaba que no lo viese aunque sintiese. Aunque sintiese el olor del puesto a kilómetros de distancia. Siempre pasaba apurada. Nunca lo miraba. O tal vez él bajaba los ojos. Y no podía percibirlo.
Se encontraban más tarde. De tarde. Cuando ella le preguntaba qué hacía. ¿Qué haría? Filosofía. Juntos en el curso rumbo al examen de ingreso. Juntos en la parada esperando que el colectivo llegase. Y buenas noches. Mañana me levanto temprano para ayudar a mi padre.
No pasaban de eso. No intercambiaban besos ni caricias, pero se halagaban. Sacudían las manos y se tocaban los dedos. Esperaba que ellos no fuesen a denunciarlo. Los olores de los peces. Estaba todo en orden al final del día. Hasta amanecer una vez más, cuando los peces esperarían por él.
Cepillando sus dientes, oía los primeros cantos de los pájaros. Miraba su propio reflejo en el espejo con una espuma rabiosa. Escupía. Se llevaba los dedos a la nariz. No sentía más la columna. Por lo menos el dolor y el olor no se acumulaban día tras día, desaparecían al final del trabajo sin dejar secuelas. Un día su pasado se borraría para siempre. Y ni siquiera se acordaría de cómo era el olor del pescado.
Perfume. Viernes por la noche, para encontrarse con los amigos, para encontrarse con ella, hasta la mañana siguiente. En un bar, entre cervezas, festejarían el cumpleaños. No era el suyo. No era el de ella. Pero estarían juntos, y eso era lo que importaba. El estaría del lado izquierdo, con los varones. Riendo, tomando, destilando, fermentando. Ella estaría frente a él, con las mujeres, actuando, perfumando el ambiente con tragos coloridos. Sentados a la orilla de la calle, de la alcantarilla, donde más tarde serían montados los puestos de la feria.
El alcohol abría el apetito y el menú abría la espina, de pez, bacalao, bollitos, una porción por pareja. Una porción de provolone. Empanadas. Ketchup. Mayonesa. Y servilletas para limpiarse los dedos.
Ella realizaba una proeza. Usaba solo una. Una servilleta y se limpiaba el lápiz labial. Una única servilleta y daba cuenta. De la mayonesa. Ketchup. Provolone, empanadas y espinazo de pez, bollitos de bacalao. Ella acompañaba a los varones, acompañaba una montaña de papeles. Servilletas sucias de ketchup, mayonesa. Miraba hacia ella y engullía. Miraba hacia ella y todo se endulzaba. Se limpiaba los dedos en muchas servilletas.
Son necesarias mujeres así, para hacer que los varones se comporten. Son necesarias mujeres para que los varones usen las servilletas. Para beber un poco más, para sonreír y esconder, para esconder las espinas de pescado entre los dientes. Para esconder las escamas entre los dedos. El la miraba y se escondía detrás de los papeles. Un pedazo, doblado, origami.
Ella acompañaba todo del lado derecho de la mesa. Al lado de sus amigas, sonriendo con compostura. Los varones haciendo chistes. Él, trabajando. Sus dedos por ella. Sus dedos sacudiendo. Sus dedos trabajando. Sus dedos dulces, en el papel, transformando en poesía todo lo que sentía.
¿Qué era lo que sentía? La alcantarilla que lo llamaba. Los amigos que llaman a la bebida. La cerveza, fermentada, descendiendo en bocas de lobo, espinas de pescado. Horas después estaría allá, con los dedos congelados. Los dedos en el pescado, en aquella misma calle, envolviendo en papel la comida de las mujeres, las madres, las madres de sus mujeres.
Y la poesía sería solo carbono. Mayonesa serían las noticias, manchadas, en papel de diario, en el espinazo de un pez. El sería solo uno más. Ojos rasgados en la feria. Ojos bajos como la voz, quieto. El trabajaría por el pez, fresco, muerto, el verdadero interés de todas las que vinieran hasta él. Ni sentirían el perfume en su cuello. Ni sentirían el dolor en su espalda.
Con sus dedos trabajando rápido, pese a haber bebido, concluyó un trabajo bien hecho. Espinazo de pez. Servilleta de bar. Un origami. Perfecto. Formas y poesías para ella, en un papel sin manchas. Un pez de papel. "Para nadar con vos".
Ella tomó el pescado en las manos con una sonrisa en los labios. Era lindo. El origami. La sonrisa. Hacía a la feria hundirse en un océano y a la vida marina dominar. Ella lo llevó hasta la boca, hasta el lápiz labial, y lo besó. "Ay, qué gracioso, hasta tiene olor a pez".


© Santiago Nazarian (Brasil)