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lunes, 17 de febrero de 2014

La magia del Joe Domínguez

Relato de Colombia


En el principio era solamente el Joe, si acaso Viejo Joe, a veces sin la e y con una u, como Viejo William o Viejo Víctor, pero ya en esa época quería ser un mago, al estilo de Houdini, conocen a Houdini, muchachos, el hombre que era encadenado dentro de una caja fuerte y arrojado a las profundidades del océano y luego salía a la superficie, y respiraba y nadie entendía cómo se había liberado, bueno, yo voy a ser mejor que él, un alquimista, saben lo que es un alquimista, no puedo explicarles ahora lo que es un alquimista, el mago que convierte el plomo en oro, el hierro en oro, la mierda en oro, eso es un alquimista, y de una se gastaba dos o tres malabares que dejaban boquiabiertos a los niños del Hotel.
El Joe había nacido avispado y tenía la elegancia y el aguaje de los mulatos bien acomodados. Con las nalguitas paradas y los dientes bien blancos era el manjar preferido de las gringas que llegaban al Bellavista. Pertenecía a un clan de viejos pescadores que vivía a la entrada del barrio pero sus padres, maestros de escuela primaria, se habían mudado a una casa más decente detrás de los hoteles, y cuando lo comenzamos a llamar el Mágico Joe hacía sexto de bachillerato en el Gimnasio Cartagena de Indias, y era uno de los mejores de su clase, lo cual no quería decir mucho porque el Cartagena de Indias era el refugio de la gente más dañada de la ciudad.
La verdad es que tenía más pinta de pelotero, puro short stop natural. Fue por eso que lo bautizamos el Mágico Joe. Una tarde le agarró un roletazo al Chiqui Pineda, un jardinero derecho que había jugado con Luis de Arcos y Abel Leal, nada menos, y estaba cogiendo anchova con nosotros en un playón de Marbella. El Chiqui la chocó entre short y tercera y el Joe voló con el guante de revés y en el aire lanzó a primera donde mataron a Pineda. Fue una atrapada de grandes ligas y Francisco Valverde, su amigo, que estaba imitando la voz de Napoleón Perea, exclamó «tremenda jugada del Mágico Joe Domínguez» y desde entonces se quedó así, y le gustó el apodo y se dio cuenta que era mejor que Pepe Domínguez, que era el nombre artístico que pensaba utilizar cuando fuera un mago de cartel.
Ese mismo día el Chiqui le dijo que se fuera a practicar con la novena de Getsemaní pero al Mágico la idea no le sonó, lo mío es la magia, mi hermano, y voy a ser el mago más grande del mundo, y enseguida repetía la frase favorita de Kalimán, El Hombre Increíble, no hay fuerza más poderosa sobre la tierra que la voluntad del hombre, y luego sonreía y comenzaba a mirar a una gringa y decía esta mona tiene que conocer la magia del Joe Domínguez, y por la noche era bien fijo que el Mágico Joe estaba pasándole el brazo por el hombro y luego la coronaba en la playa mientras nosotros preguntábamos y cómo lo hace, cuál es el secreto, qué se unta el Mágico Joe, pero él, bien sobrado y hazañoso, respondía:
-Esta es la magia del Joe Domínguez.
Y cuando decía esto doblaba su pierna derecha y formaba un cuatro con la zurda, y levantaba las manos, las palmas hacia el cielo, como si quisiera recibir nuestros aplausos.
Sin embargo, el Joe no era perfecto y todavía le faltaba mucho aprendizaje.
Sus talentos tropezaron cuando quiso enamorar a María Clara Fuentes Navarro, una mona bien fina que vivía en El Cabrero, cerca de la casa del presidente Rafael Núñez. Daban una fiesta de grado del Colegio de La Presentación y nosotros entramos de colados, con zapatos de charol, pantalones Terlenka y camisas Primavera, muy elegantes, y fuimos mirando el personal que se exhibía, sin atrevernos del todo a bailar, porque no estábamos invitados. El primero en probar suerte fue Francisco Valverde que sacó a una morena bien buena, y luego el Mágico Joe se animó y llegó hasta donde reposaba María Clara Fuentes Navarro, quien se lo quedó mirando y le dijo:
-Yo no bailo con negros, gracias.
Y enseguida las amigas de María Clara soltaron una carcajada que estalló como una bomba atómica en el corazón de todos nosotros.
El Mágico Joe se sintió como una pila de mierda, así de simple y sin metáforas. Todo su aguaje se vino al suelo y todavía María Clara lo pordebajeó más cuando aceptó bailar con un mariquita empolvado que era cadete de la Escuela Naval, y estaba vestido con su uniforme blanco y sus guantes de seda, y era toda una catedral, esto último hay que reconocerlo. El Mágico Joe, que en ese momento no lo era, le metió un empellón al cadete y les dijo a ambos que a él no se le podía faltar el respeto de esa manera. Fue Francisco Valverde quien intervino para evitar la bronca. «Fresco, viejo Joe, take it easy», y uno de nosotros agregó: «Esa hembra no se lo merece».
Pero el Joe notó que lo estábamos compadeciendo.
De regreso por la avenida, el Mágico Joe dijo en voz alta, casi sin darse cuenta:
-Yo no soy tan negro... Yo soy moreno...
Y otra vez le dijimos que fresco, que se olvidara del asunto, pero él dijo que algún día, muchachos, tarde o temprano, esa hembra, cómo es que se llama, María Clara Fuentes Navarro, esa hembra va a conocer la magia del Joe Domínguez, y me va a pedir perdón, lo mismo el mariquita empolvado del cadete...
Desde ese día, el Mágico Joe le montó una perseguidora bien brava a María Clara. A veces se quedaba toda la tarde en el Parque Rafael Núñez y se concentraba tratando de comunicarse telepáticamente, al estilo Kalimán y Solín, con su objetivo. Subía a la casa del ex presidente y miraba hacia el cuarto donde María Clara estudiaba. No la podía ver pero de todas formas la invocaba con la mente. Se olvidó de las gringas y de las cachaquitas del Hotel y toda su energía la dirigió hacia la mujer que lo había pordebajeado. Para decirlo en términos de radionovela, parecía más un asesino al acecho de su víctima que un galán enamorado; buscaba más una cruel venganza que un amor puro y verdadero. Y la hembra sólo le soltaba desprecios e improperios y le paseaba al cadete por delante de sus amplias narices.
El Mágico, sin embargo, no se daba por vencido. Tenía una paciencia infinita pero había perdido algo de su aguaje y su sabor. Si se ponía muy altanero, enseguida le preguntábamos cuándo se iba a levantar a María Clara Fuentes Navarro y él respondía, saben qué, ese asunto no se me ha olvidado y cuando yo me pasee por la Avenida Santander con María Clara, ustedes van a conocer la verdadera magia del Joe Domínguez...
Nunca le creímos y los años pasaron con su pernicie y ya nos parecía que el Mágico era un hablador, y que era mejor seguirlo llamando Viejo Joe como cualquier camaján de barrio. Pero una noche, para que supiéramos que estaba hablando en serio, nos mostró visa y pasaporte y nos informó que la próxima semana arrancaba para los Estados Unidos, más exactamente para la ciudad de Los Ángeles, donde estudiaría Magia, y cuando yo regrese en uno o dos años, toda Cartagena y todo este barrio, se va a quedar con la boca abierta, atónita, así como lo oyen, saben cómo es, atónita, a-tó-ni-ta, que hasta en el Diario de la Costa van a decir que el Mágico Joe Domínguez convierte la mierda en oro, saben cómo es, y no pregunten qué significa la palabra atónita, para eso está Francisco Valverde, quien desde hace dos años se está aprendiendo un diccionario y no ha podido pasar de la A, y de inmediato nos hizo unos trucos bien jopéricos y nosotros le dijimos que si quería llegar a ser un mago de verdad tenía que cambiar sus números mediohuevos por una nota bien efectiva.
Y lo hizo. Pero todavía es demasiado pronto para contar de qué manera.
Antes de su viaje, le hicimos una fiesta de despedida en el Bellavista y en la madrugada -como era ya costumbre- nos fuimos a la playa, y Francisco Valverde, bajo los efectos de la hierba bendita, dijo que había tenido visión y que el Mágico Joe iba a llegar bien lejos y que iba a comerse a todas las mariaclaras fuentesnavarros del mundo, y que se acordara de él cuando estuviera en el paraíso, porque el mundo era de los valientes y no de los cobardes perniciosos como nosotros.
Cuando la marea nos despertó con olas blancas y espumosas, ya el Mágico Joe se había esfumado, y sobre nuestras cabezas volaba un avión, pero no era el del Joe -como sucede en las películas- sino un avión cualquiera que seguramente iba a Bogotá o a Medellín. En todo caso el Joe se había ido, en ese o en otro avión, y durante mucho tiempo no supimos de su paradero ni de su magia aunque sus padres decían que sólo le faltaba un semestre para convertirse en mago profesional.
En el barrio, sin embargo, comenzaron a murmurar con maledicencia y afirmaban que en realidad el Mágico Joe había viajado a Los Ángeles para someterse a un tratamiento blanqueador, y que de esa ciudad viajaría a Alemania para conseguir unos lentes de contacto de color verde que no se conseguían en ninguna óptica de Cartagena.
Una noche de temporada baja -muchos años después, como diría alguien, pero no tantos para ser más precisos- lo encontramos en el Hotel, sentado en un mecedor de madera con una Heineken en la mano, escuchando salsa de New York en una potente grabadora Sony que todavía tenía el plástico del empaque. Llevaba una cadena de oro en el cuello y un anillo de rubí en su anular izquierdo y de entrada nos advirtió que ni por el putas le fuéramos a hablar de magia pero que lo podíamos seguir llamando el Mágico Joe Domínguez, porque ahora más que nunca conocía los secretos de su oficio.
Y tenía toda la razón.
Al poco tiempo, en una noche de viernes, lo vimos con una camisa desabotonada y zapatos de diseño italiano -no hay quien les gane a los italianos en diseño y en autos, son los mejores, esta pinta la compré en New York, saben cómo es- cabalgar una Harley Davidson de alto cilindraje en cuya grupa se acomodó una mona cuarto bate que le pasó los brazos por la cintura.
Nosotros no creíamos lo que veíamos. Era María Clara Fuentes Navarro, todavía sin trabajar y con la experiencia de tres años de estudio de artes escénicas en una academia de New York. Allá se la había levantado el Mágico y la hembra estaba bien tragada y había interrumpido los estudios para casarse con el Joe.
El Mágico la había embrujado y ahora exhibía el trofeo por las calles del barrio y las discotecas de Bocagrande. Le metía unas martilladas bien públicas y ya en toda la ciudad se decía que se la estaba comiendo en una residencia de Barranquilla. Para las damas cartageneras, había sido un error de los padres enviar sola a la muchacha a un país tan degenerado como los Estados Unidos. María Clara se sintió muy deprimida y como tenía temperamento de artista -que era una manera aristocrática de decir que era bien puta- el Mágico había aprovechado la papaya y la había invitado a salir varias veces hasta levantársela.
Ahora el Mágico la tenía en su poder y era el amo de su cuerpo. Pero ese era sólo el primero de una lista de milagros nunca vistos en la historia.
Al principio nos asombraba pero después fue una costumbre ver al Mágico Joe Domínguez, bien aguajero, descender de su Ranger Ford con sus tres guardaespaldas y una botella de Chivas en la mano. Entonces nos decía, saben qué muchachos, la acabo de botar por los 410 y nosotros no entendíamos de qué estaba hablando. Pero cuando compró un par de apartamentos en El Laguito y remodeló la casa de sus viejos comprendimos la naturaleza de su magia y supimos en verdad que era efectiva y producía costosos milagros.
El Joe empezaba a ser el gran putas de la pradera y por eso nos pareció natural que en las páginas sociales se anunciara su matrimonio con la distinguida joven cartagenera María Clara Fuentes Navarro. Allí estaba su foto sonriente, al lado de la mona que unos años antes lo había humillado y ofendido. Las malas lenguas decían que la familia Fuentes Navarro estaba quebrada y debía catorce meses al Club Cartagena. El Joe iba a pagarlas de contado con un cheque de caja menor según sus propias palabras.
La boda fue por lo alto, con pajecitos y damitas de honor y Gobernador de Bolívar incluido, y un cura que dijo en la misa que un hombre humilde había recibido los beneficios del cielo y ahora quería compartirlos con sus hermanos y por eso el Señor lo premiaba con una hermosa niña a la que él mismo había bautizado, años atrás, en esa misma iglesia donde ahora la entregaba a un hombre generoso -el cura a veces se repetía- para que fueran una sola carne. Estábamos en la última fila pero nos sentíamos orgullosos porque el Mágico Joe parecía borrar en nuestro nombre una ofensa antigua y realizar un sueño que siempre se nos escapaba.
A la salida de la iglesia lo abrazamos y él nos dijo, en un estilo bien bíblico, que a donde él iba nosotros no podíamos seguirlo. Se montó en un Mercury años 40 y fue a pasar su noche de bodas en un hotel de las Bahamas. Luego los diarios publicaron que el comerciante José Domínguez Lambis y su señora estaban pasando su luna de miel en el Caribe, qué suerte la del Joe, un veterano, decíamos casi con envidia, muy vivo, el hombre tiene su carisma, o como él mismo dice esa es la magia del Joe Domínguez, y desde esos días se le vio poco por el Hotel y sólo sabíamos de su rumbo cuando su foto aparecía con senadores y políticos y sacerdotes que le pedían billete para hacer campañas políticas y obras de caridad en los barrios populares.
Pero no hay paraíso sin serpiente. O como dicen por ahí, todo lo que sube tiene que bajar. Así es la vida...
Los días negros del Joe Domínguez comenzaron una noche cuando apareció de repente en el Bellavista y nos invitó a conocer su finca. Estaba en su apogeo, contento de cumplir 28 años y tener dos hijos varones, una nena recién nacida y una fortuna que no sabía cómo gastar. Acababa de coronar una mercancía en Los Ángeles y regalaba plata, tenis Adidas y cajas de whisky Sello Negro, habanos Partagas y motos de alto cilindraje. No creía en nadie y cuando parqueó su Trooper frente a las escalinatas del Hotel nosotros sabíamos que estábamos por su cuenta.
La finca del Joe se nos abrió lujuriosa bajo las estrellas, con cuatro hembras que estaban en bikini junto a una piscina que tenía forma de trébol de cuatro hojas. El Joe mismo la había diseñado y nos explicó que cada hoja correspondía a un nivel de profundidad aunque ya sus hijos nadaban en la más profunda. El Joe estaba más hazañoso que nunca, y de entrada nosotros vimos que el hombre sólo quería que le rindiéramos pleitesía. Las hembras sólo lo atendían a él pero uno de sus escoltas nos servía el whisky y no permitía que en nuestros vasos faltara el hielo. A eso de las tres de la madrugada, el Joe chasqueó los dedos y otro de sus guardaespaldas le trajo un estuche de donde sacó un par de pistolas Beretta con empuñadura de nácar y se puso a jugar con ellas al estilo de los vaqueros del oeste, quieres probar la magia del Joe Domínguez, ah, quieres probar la magia del Joe, ah, y las hembras fueron las primeras en asustarse y levantarse, y entonces el Joe nos fue apuntando uno por uno, quieres probar la magia del Joe Domínguez, ah, quieres probar la magia del Joe Domínguez, y otra vez nos apuntaba y a veces disparaba al aire, y nosotros bien cagados del susto le decíamos fresco Viejo Joe, take it easy, somos amigos y él se reía de nosotros y nos servía un trago como un buen anfitrión y decía en un tono compasivo, mis amigos del Hotel, ay mis amigos del Hotel, y se reía y volvía a apuntarnos, quieres probar la magia del Joe Domínguez, ah, y disparaba y los escoltas se reían y él también se reía hasta que Francisco Valverde, bien emputado, le dijo que lo matara, mátame, mátame, si quieres, pero el Joe se le quedó mirando y le dio una de las pistolas y le dijo que caminaran a la playa para practicar puntería, y Francisco Valverde agarró el arma y lo siguió, y más atrás se fueron los escoltas y nosotros cerrábamos el grupo, fascinados por la proximidad de una desgracia. Francisco alcanzó a tumbar un par de latas de cerveza Aguila pero el Joe le dijo que una cosa era tirarle a un par de latas y otra muy distinta dispararle a otro sujeto que nos amenaza con una pistola, y luego apuntó a Francisco Valverde y este también levantó la pistola y también le apuntó, de tal manera que el par de hijueputas se estaban apuntando entre sí, mientras nosotros pensábamos que uno de ellos iba a dormir en la Funeraria Lorduy y yo creí que iba a ser el Joe porque Francisco estaba embalado y el Joe no tenía nada en la cabeza, sólo Chivas, y se demoraron casi una eternidad apuntándose el uno al otro, y el viento de la playa silbaba y a lo lejos se oía el rumor de las olas, y los dos se miraban como en un duelo de vaqueros y al final comenzaron a reírse y luego se abrazaron y nosotros suspiramos y les dijimos que se dejaran de maricadas.
Pero la noche apenas iniciaba y en el aire se presentía un ritmo endemoniado como si en unas cuantas horas fueran a suceder cosas capaces de modificar el ritmo de nuestro universo. Parecía que el asunto de las pistolas estaba cancelado y yo temía que de pronto el Joe nos involucrara en el juego de la ruleta rusa o cosa parecida. Pero no sucedió. Se quedó un rato en silencio y entonces se sirvió un trago y preguntó si nos acordábamos del mariquita empolvado que había bailado con María Clara, en la fiesta de grado del Colegio de La Presentación. Nosotros ya nos habíamos olvidado del cadete porque habían pasado muchos años pero todavía recordábamos el incidente. El Joe nos volvió a preguntar se acuerdan, se acuerdan ustedes dos -se acuerdan o no se acuerdan- de lo que les dije una noche en las escalinatas del Hotel, se acuerdan o no se acuerdan, claro que se acuerdan, y nosotros respondimos que sí y el Joe chasqueó otra vez los dedos y yo miré a William y me acomodé en mi asiento y me empujé pleno el trago de whisky.
Uno de los escoltas regresó con un hombre de cara fatigada, vestido con una guayabera blanca. Lo reconocimos enseguida y a pesar de que ya tenía entradas laterales en el cráneo y cierta derrota en la mirada conservaba aún las huellas de una prestancia aristocrática y varonil. Tenía las manos amarradas sobre la espalda y permanecía de pie ante nosotros sin pronunciar una sola palabra. El Mágico Joe solamente dijo: «Este es el cadete». Y enseguida le dio un manotazo en los testículos. El hombre se dobló y luego cayó a los pies del Joe cuando el escolta le propinó un golpe por la espalda. El Mágico entonces le colocó el zapato sobre el cuello. Y allí se lo tuvo unos minutos mientras se reía y saboreaba su whisky. Nosotros también comenzamos a reírnos, hay que reconocerlo, somos unos hijueputas. El William fue el primero en levantarse de su silla para darle una patada en las costillas. Yo lo secundé y le metí un puntazo en el estómago. Francisco Valverde apenas nos miraba y sólo alcanzaba a decir ya está bien, muchachos, se acabó la diversión, pero nadie le hacía caso. El Mágico, William y yo levantamos al cadete por los aires y lo arrojamos de cabeza a la piscina menos profunda. El hombre emergió con la nariz ensangrentada y otra vez, fuera de la piscina, el Mágico Joe lo levantó a coñazos, mientras le repetía que a él nunca se le podía faltar el respeto. Allí quedó tendido el cadete. Luego el Mágico Joe volvió a sentarse y nos preguntó si queríamos más whisky. Nosotros le dijimos que si.
A los pocos días se comenzó a hablar de la desaparición del cadete que ya para entonces era, según decían los diarios, capitán de fragata. Yo pensaba que cualquier día iban a tocar a mi puerta a preguntarme si alguna vez había visto al capitán Miguel Pestana. Por esos días dejé de frecuentar el Hotel.
El cadáver nunca apareció y aunque la ciudad toda sabía que el autor del crimen había sido el Mágico Joe Domínguez, nadie se atrevía a inculparlo. De todas formas, como dijo Francisco Valverde, fue una cagada innecesaria porque el Joe no tenía necesidad de quebrar a nadie, y aunque él siempre negó su participación en los hechos había un dejo de arrogante victoria en su voz, un aguaje que ya no era de clase parda ni de bacán de playa sino de hombre altanero, capaz de sobrepasar cualquier límite.
Desde esos días ni él ni nosotros fuimos los mismos. Lo fuimos perdiendo de vista y aunque lo seguíamos considerando un bacán a veces pensábamos que se había vuelto demasiado atarbán. Ahora no aparecía por el Hotel y sólo nos llegaban vagas referencias de su conducta. Decían que se había separado de María Clara y que estaba a punto de casarse con una reina de belleza. Nosotros no creímos tales chismes porque con todo lo atrabiliario que podía ser, el Mágico Joe siempre nos había dicho que la única debilidad de su vida era la familia.
Pero era cierto. Las hermanas de Francisco Valverde lo contaron una noche en las escalinatas del Hotel. María Clara le había preguntado si él era el asesino del cadete, y el Mágico Joe -al estilo de Al Pacino en la segunda parte de El Padrino- le dijo que no pero María Clara le aseguró que había sido él y le dio una cantaleta al mejor estilo cartagenero y le gritó en plena cara que a pesar de tener toda la plata del mundo seguía siendo un negro. El Mágico Joe le dijo que se había aguantado una humillación pero no dos y que lo mejor era separarse, y María Clara dijo que sí, que ella no quería seguir viviendo con un negro asesino, y el Joe hizo un disparo y María Clara le dijo que la matara, pero unos minutos más tarde, alertados por los vecinos, llegaron los papás de María Clara y le rogaron a su hija que le pidiera perdón a su marido, y María Clara le pidió perdón pero el Mágico Joe dijo que él no era Jesucristo y que no podía pasarse la vida perdonando, y entonces el papá de María Clara le mentó la madre y le volvió a decir que era un negro hijueputa, y la temperatura de esa discusión iba subiendo, hasta que el Mágico se fue de la casa no sin antes gritar que se iba a conseguir una negra más buena que todas las perras finas de Cartagena.
Y a los pocos meses lo hizo.
La nueva esposa del Mágico era, como dicen los locutores, una escultura de ébano, con ojos negros, nalgas macizas y movimientos de gacela. Había sido candidata del Chocó al Reinado de Belleza pero sólo había alcanzado el título de segunda princesa, algo que a todas las señoras del barrio y a muchos periodistas les pareció injusto. Nosotros la vimos en el Hotel Bellavista, donde se ofreció la recepción. Esa vez no estuvimos cerca de la mesa del Joe porque a su lado se habían sentado concejales, mafiosos y senadores. El Joe dijo esa noche, antes de viajar a Panamá donde iba a casarse, que su mujer era más hermosa que todas las reinas de belleza que coronaban en el Teatro Cartagena pero que nadie iba a permitir que una negra representara a Colombia en Miss Universo. Y todos los políticos celebraron su ocurrencia.
A su regreso de Panamá, seis meses después de su luna de miel, el Mágico Joe se encontró con la noticia de que un cargamento marcado se le había caído en Los Ángeles y la DEA lo había identificado como exportador. La misma foto de su matrimonio apareció en la página de Sucesos, pero sin María Clara, y ya no se leía que era comerciante sino «el presunto narcotraficante José Domínguez Lambis». Pero al Mágico Joe esa falta de objetividad periodística no le importó.
Para nosotros, el asunto no era la posible captura de Joe sino la dificultad de aceptar que venderle perico a los gringos fuera un delito de cadena perpetua y menos que se persiguiera a un bacán tan efectivo como el Mágico Joe Domínguez cuyo único pecado era ser millonario y compartir su riqueza con los pobres. Sin embargo, cuando en Bogotá mataron a un ministro que defendía la extradición, al mágico Joe le tocó esfumarse y mucha gente dijo que le había tocado rematar dos apartamentos que tenía en Santa Marta porque se estaba quedando corto de billete para sobornar a la policía.
Era el final aunque nosotros no lo presentíamos. Creíamos que el Joe poseía poderes sobrenaturales y mágicos escondites. Una noche, con dos órdenes de captura en su contra y para que todo el mundo comprobara la grandeza de su magia, se dio el lujo de aparecer por el Hotel con dos de sus escoltas. Estaba vestido de negro como un superhéroe nocturno y llevaba un sombrero adornado con una cinta roja. «Muchachos, ahora soy el hombre invisible», nos dijo con su tono hazañoso y confesó que se estaba gastando un billete largo para distraer a la policía.
«Sólo ustedes me pueden ver pero ni la DEA ni James Bond ni el F 2 me conocen y cuando me buscan yo desaparezco en la noche porque sigo siendo el mejor mago del mundo. Y todavía tengo guardado lo mejor de mi repertorio.»
Reímos con él y le dijimos que en verdad era el mejor mago del mundo pero en el fondo sabíamos que había venido a despedirse. Le advertimos que tuviera cuidado y él aseguró que estaba rezado y que las balas no le entraban. En la madrugada desapareció en un taxi, no sin antes hacer un cuatro con sus dos piernas, levantar las manos con las palmas hacia el cielo, y decir: «Esta es la magia del Joe Domínguez».
Fue la última vez que lo vimos. Durante casi dos años, su magia fue indescifrable para la policía que casi lo había dejado de perseguir. Pero su muerte apareció reseñada en las primeras páginas de los periódicos y a pesar de que era previsible resultó confusa. Había sido baleado por una banda rival en una cafetería de Medellín. Mucha gente del barrio no quiso aceptar que el Joe estuviera muerto. Sus padres y sus dos mujeres no dejaron ver el cadáver. Lo enterraron en secreto en un panteón familiar que él mismo se mandó construir. Hay quienes dicen que en el ataúd del Mágico Joe Domínguez sólo había un montón de piedras, que toda su muerte fue un montaje para burlar a las autoridades y a la misma DEA. Hay otros que dicen que el Mágico Joe se hizo una cirugía y anda tranquilo en Panamá con un nombre cambiado.
Sabemos que con el Mágico Joe cualquier cosa puede suceder. El William y yo estamos convencidos de que un día llegará de incógnito al Hotel. Al principio no lo reconoceremos. Y hablaremos con él toda la noche. Luego, al despedirse, doblará su pierna derecha, levantará las manos, palmas hacia el cielo, y en ese tono bien aguajero que ahora resulta inolvidable nos dirá:
-Muchachos, esta es la magia del Joe Domínguez...