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domingo, 23 de febrero de 2014

Un rebelde

Relato Polaco

Se sentó delante de mí, aunque no le está permitido sentarse en mi presencia, y dijo, aunque no le está permitido hablar de sus propios asuntos:
-Desde que llegaste al mundo cuido de ti. No tendría nada en contra, puesto que éste es mi destino, si no fuera porque sólo me está permitido aconsejar y en cambio no puedo ordenarte ni prohibirte nada. Haces lo que quieres, y lo que quieres, por lo general, es todo lo contrario de lo que yo te aconsejo.
Dio un profundo suspiro, con lo que se levantó un fuerte viento, ya que su pecho era poderoso. Los papeles de mi mesa se arremolinaron y cayeron al suelo. Me arrodillé para recogerlos contento por esa interrupción, porque él tenía razón y yo no podía objetarle nada. De modo que preferí no mirarle a la cara.
-Por si fuera poco, no sólo tengo que ser tu consejero, sino también tu sirviente. Por ti mismo no sabes nada, porque eres pequeño, inútil e indefenso. Todo lo que consigues es gracias a mí. Con esto podría incluso conformarme. Pero tú, aunque no eres más que un puntito en el universo, me vienes siempre con exigencias, ya que tus deseos y tus ambiciones son mayores que el Universo. Nunca estás contento, por mucho que haga por ti, y tomo a Dios por testigo de que he hecho no pocas cosas. No eres más que un parásito de mi poder, un gusano, un reflejo de mi fuego, es decir, eres un resultado mío y no tu propia causa. Y sin embargo, te comportas como si fuera yo quien no puede existir sin ti y no al revés.
Se tapó los ojos con una mano y se hizo de noche. Me levanté porque me había quedado ciego y no podía seguir recogiendo los papeles desparramados por el suelo. Sólo al cabo de un rato recobré la vista, lo cual quería decir que durante ese rato él había permanecido meditando tapándose los ojos con la mano antes de que los destapara y se hiciera de nuevo la luz.
-Por qué un ser superior ha de servir a un ser inferior es para mí un misterio. Va en contra del principio de la jerarquía, que es el principio fundamental del Universo, y la relación entre nosotros es la única excepción a este principio. Si me atreviera a discutir los juicios del Ser Supremo, diría que sólo gracias a una perversión suya es posible semejante aberración. Te he servido con fidelidad pese a que te supero. He procurado satisfacer tus antojos, aunque por lo general no eran dignos ni siquiera de ti, de mí ya ni hablemos. He hecho realidad tus sueños y tus deseos, aunque sabía de antemano que aparte de la desgracia, sinrazón y fealdad nada más surgiría de ellos. He puesto a tu disposición unos medios que valían más que tus objetivos. Y todo porque soy tu siervo.
Se levantó y atravesó el techo con la cabeza. Ahora su voz me llegaba desde arriba, desde más arriba del tejado, desde más arriba de las nubes:
-Estoy harto de esta humillación, me marcho de aquí, pues no es éste mi sitio, y me voy adonde pertenezco. Llámalo la rebelión de los ángeles, pero cuídate de compararla con aquella primera rebelión. Entonces una fuerza alta se rebeló contra la más alta, y ahora no puede soportar servir a la más baja.
Dicho lo cual desapareció. Sin prisas fui a la cocina y me hice un huevo duro. Comí. Cogí un diario, leí la sección de anuncios breves, lo dejé. Bostecé una y otra vez. Por fin me acerqué a la ventana. No me equivoqué, estaba al otro lado de la calle mirando hacia mi ventana. Me tumbé en el sofá para dormir un poco antes de que volviera y todo comenzara de nuevo. No era la primera vez que me abandonaba para siempre mi ángel de la guarda, mi daimón.
Con todo, me da pena. No me gustaría estar en su piel.

© Slawomir Mrozek (Polonia), trad. B. Zaboklicka y F. Miravitlles.
© El Acantilado