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jueves, 6 de marzo de 2014

¡Abre! Relato Hindú



El tren especial abandonó Amritsar a las dos de la tarde y llegó a Mughalpura, Lahore, ocho horas después.1 Durante el trayecto asesinaron a muchas personas, muchas otras resultaron heridas y hubo un gran número de desaparecidos.
A las diez de la mañana siguiente, cuando Sirajuddin abrió los ojos, se encontró tendido sobre la tierra fría del campo de refugiados, rodeado de oleadas de hombres, mujeres y niños. No comprendía nada, por lo que estuvo durante un buen rato tendido e inmóvil, contemplando el cielo polvoriento. A pesar de que en el campamento reinaban el ruido y la confusión, parecía como si el viejo Sirajuddin tuviera los oídos taponados y no oyera nada. Si lo hubiera visto alguien, habría pensado que estaba absorto en sus pensamientos, pero no era así: estaba aturdido, como si se hallara suspendido en el espacio vacío.
Mientras contemplaba con indolencia el cielo polvoriento, de repente su mirada se topó con el sol. Su resplandor hizo vibrar todas las fibras de su ser, sacándolo de su estupor. Por su mente se sucedieron una serie de imágenes: ataque..., fuego..., huida..., estación de tren..., disparos..., noche... ¡Sakina! Se levantó al instante y comenzó a buscar como un loco entre aquella marea humana que le rodeaba por todas partes.
Durante tres horas escudriñó cada rincón del campamento gritando «¡Sakina, Sakina!», pero no consiguió encontrar a su única hija.
Reinaba una confusión absoluta; unos buscaban a sus hijos, otros a su madre, otros a su mujer, otros a su hija. Finalmente, Sirajuddin se dio por vencido. Se sentó en un lugar algo apartado de la multitud e intentó recordar cuándo se había separado de ella y dónde había sido, pero, cuando comenzó a pensar, le vino a la mente la imagen del cadáver de la madre de Sakina con todas las vísceras fuera. A partir de ahí no conseguía recordar nada más.
La madre de Sakina había muerto. Expiró ante sus propios ojos, pero ¿dónde estaba Sakina? Antes de morir, su mujer le dijo:
-Déjame aquí. Coge a la niña y escapad lo antes posible.
Su hija estaba con él. Ambos empezaron a correr descalzos. La dupatta de Sakina se cayó al suelo y él se detuvo a recogerla, pero ella le dijo:
-Padre, déjala.
A pesar de todo, la cogió. Al recordar esto, notó un bulto en el bolsillo de su chaqueta. Metió la mano y sacó un trozo de tela. Era la dupatta de Sakina, pero ¿dónde estaba ella?
Por más que se esforzó fue incapaz de recordar más detalles. ¿Fue con su hija hasta la estación de tren? ¿Entró ella en el vagón con él? En el camino, cuando se paró el tren y entraron los rebeldes, ¿acaso se quedó él inconsciente y se la llevaron con ellos?
Las preguntas se agolpaban en su mente, pero no tenía ninguna respuesta. Le habría gustado tener a alguien que le consolara, pero todos aquellos que le rodeaban también lo necesitaban. Habría deseado llorar, pero las lágrimas no acudían a sus ojos. ¿Quien sabe dónde habían quedado sus lágrimas?
Al cabo de seis días logró sobreponerse y encontró a unas personas dispuestas a ayudarle. Eran ocho jóvenes que tenían un camión y que iban armados con fusiles. Tras bendecirlos innumerables veces les describió a su hija:
-Tiene la piel clara y es muy guapa. No, no se parece a mí, sino a su madre. Tiene unos diecisiete años. Ojos grandes, pelo negro, un lunar en la mejilla izquierda. Es mi única hija. Buscadla. ¡Que Dios os bendiga!
Los jóvenes voluntarios le aseguraron al viejo Sirajuddin con gran vehemencia que, si su hija estaba viva, dentro de unos días volvería a estar con ella.
Aquellos ocho jóvenes lo intentaron. A riesgo de perder sus vidas, fueron hasta Amritsar, y allí encontraron a muchas mujeres, hombres y niños a los cuales llevaron al campamento. Pasaron diez días, pero no encontraron a Sakina.
Un día volvieron a salir camino de Amritsar, y vieron a una chica en la carretera que al oír el camión se asustó y echó a correr. Pararon el vehículo, saltaron y salieron corriendo tras ella hasta alcanzarla finalmente en el campo. Era una muchacha muy guapa con un lunar en la mejilla izquierda. Uno de los hombres le dijo: -No te asustes. ¿Te llamas Sakina? Ella se puso más pálida aún y no respondió nada, pero, cuando la tranquilizaron, confesó que era Sakina, la hija de Sirajuddin.
Los jóvenes fueron muy amables con ella. Le dieron de comer, leche para beber y la subieron al camión. Uno de ellos le ofreció su chaqueta para que se cubriera, ya que, como no llevaba la dupatta, se sentía incómoda y no hacía más que intentar cubrirse el pecho con los brazos.
Transcurrieron varios días y Sirajuddin seguía sin tener noticias de su hija. Pasaba todo el día yendo de un campo de refugiados a otro y de una oficina a otra, buscándola. Por la noche rezaba para que le llevaran de regreso a su hija aquellos jóvenes voluntarios que le habían asegurado que la encontrarían si estaba viva.
Un día los vio en el campamento. Estaban en el camión a punto de marcharse. Él salió corriendo hasta alcanzarlos.
-Hijo mío -le gritó a uno de ellos-, ¿encontrasteis a mi hija Sakina?
-¡La encontraremos, la encontraremos! -respondieron todos ellos, y el camión se puso en marcha.
El anciano volvió a rezar por ellos, y eso le hizo sentirse más reconfortado.
Al anochecer se produjo cierta agitación en el campamento, cerca de donde estaba Sirajuddin. Vio a cuatro hombres que cargaban con algo. Preguntó qué era lo que ocurría, y le dijeron que habían encontrado a una joven inconsciente junto a las vías del tren. Sirajuddin comenzó a seguirles. La llevaron al hospital del campo de refugiados y la dejaron allí.
Él permaneció fuera del hospital durante un rato junto a un poste y después entró silenciosamente. Dentro no había nadie. Solo había una camilla sobre la cual yacía un cadáver. Sirajuddin se acercó despacio. De repente, se encendió la luz de la habitación. Sobre el rostro amarillento de aquel cadáver vio brillar un lunar y gritó: -¡Sakina!
El doctor que había encendido la luz le preguntó a Sirajuddin:
-¿Qué ocurre?
Únicamente consiguió balbucear:
-Soy su padre.
El médico contempló aquel cuerpo tendido sobre la camilla y le tomó el pulso. A continuación, señalando la ventana, le dijo al anciano:
-¡Abre!
El cuerpo inerte de Sakina se movió ligeramente. Sus manos cogieron el cordón que sujetaba su salvar. Con dolorosa lentitud, lo desató y se bajó el salvar.
-¡Está viva! ¡Mi hija está viva! -gritó el viejo Sirajuddin lleno de alegría.
El médico sintió cómo un sudor frío le recorría todo el cuerpo.

Es interesante señalar que la distancia que separa Amritsar de Lahore es de catorce kilómetros.