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miércoles, 12 de marzo de 2014

El perito aeronáutico

Relato de Italia


El señor Pigozzi había leído en el diario acerca de un alemán del Este, ingeniero mecánico, que en 1976 había construido un pequeño aeroplano a motor con piezas tomadas de viejos automóviles y había huido con él a Alemania del Oeste sobrevolando la frontera. Eran los años en que los pueblos estaban oprimidos bajo el comunismo.
Ya que Pigozzi poseía un viejo automóvil Fiat y no se llevaba bien ni con su mujer ni con su hija, había comenzado a pensar en emprender vuelo un día y no volver nunca más. Era perito técnico y sabía mucho de motores. Además había sido Influenciado por una enciclopedia de geografía ilustrada. Su idea era aligerar al máximo el peso del Fiat, y para eso había quitado las puertas y toda la carrocería. También le había sacado las ruedas de atrás y había puesto una ruedita central que había encontrado en un desarmadero. Había cambiado de lugar el asiento del conductor, también éste mucho más liviano, y había quitado el piso y el árbol de transmisión. Había quedado el motor sobre las dos ruedas de adelante y un tubo sobre el que estaba el asiento con la ruedita al final. Había llevado el auto a los suburbios, donde había un gran campo sin cultivar en espera de un permiso para construir. Trabajaba cerca de un desguazadero, pero el dueño no estaba al tanto de su proyecto; por el contrario, creía que se trataba de una máquina agrícola para cortar el pasto, eso le había dicho Pigozzi, una máquina experimental de concepción ultramoderna. Para esto hacía falta una hélice, que efectivamente había puesto adelante, en el árbol del motor. La hélice la había encontrado en el aeropuerto tirada en un rincón; se la habían regalado porque tenía un defecto, pero él ese defecto no lo encontró.
En el aeropuerto -decía el desguazador (el señor Caravita)-, las hélices se encuentran gratis en el piso, porque allí tienen tantas que las tiran.
Después había hecho las alas de tela con un armazón liviano de varillas de metal. Y detrás, en la cola, sobre la ruedita, el timón. El dueño del desguazadero decía que eso aparecía un aeroplano de principios de siglo; Pigozzi decía, en cambio, que se trataba de una cortadora de césped de concepción ultramoderna, como las que hacen ahora en Estados Unidos.
Su construcción duró más de un año. Pero la tela la puso el último día para no levantar sospechas; después, de improviso, una mañana, alrededor de las diez (era julio de 1978), encendió el motor. Lo vieron todos los gitanos que estaban acampando allí cerca. El motor no tenía caño de escape y él lo tenía a la máxima potencia, de modo que el aeroplano se movió. Iba en dirección sudeste.
Comenzó a tomar velocidad. Había salido también el desguazador que lo había visto pasar rapidísimo, según él a setenta u ochenta kilómetros por hora. Los gitanos dicen cien. El campo estaba en declive, y esto facilitaba la velocidad. Hizo casi un kilómetro cada vez más fuerte. Debe haber habido un error en las alas porque nunca levantó vuelo. De todas formas nadie vio bien. El desguazador todavía pensaba que quería cortar el pasto; los gitanos, en cambio, lo corrieron y lo encontraron muerto, pobrecito, en el terraplén de la ruta. El aeroplano estaba destruido, pero se reconocía el motor Fiat y las ruedas Fiat de adelante. La pericia hecha después en Pigozzi determinó que lo mató la hélice, tenía cuatro millones en el bolsillo, el registro del auto y una latita de leche condensada, probablemente para tomar durante el vuelo. También tenía un mapa de Asia.
Según el testimonio del desguazador el error consistió en la falta de frenos: no había considerado la eventualidad de tener que frenar; y esto era un error también en el caso de que se hubiera tratado de una cortadora de césped. La mujer y la hija no sabían nada, y lo que le decían a todos era que el marido (y el padre) había muerto en un accidente en la ruta mientras manejaba su Fiat 850, en una curva. Ellas creían que él lo había vendido hacia mucho tiempo, no sabían que todavía lo usaba, a pesar de que el auto era viejo y peligroso. En la curva pusieron una pequeña lápida, como las que usan para un familiar que muere en la ruta. Están las típicas palabras que escriben los marmolistas: "...su esposa Virginia y su hija Sara, apesadumbradísimas por la desaparición... etcétera, etcétera... de Pigozzi Héctor".