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lunes, 31 de marzo de 2014

Las llaves .- Relato Mejicano


Seguramente además de los hermanos de Lisa había venido la tribu de sus primos y mi casa debía de estar llena de niños. Cambié de idea y en lugar de meter el auto en la cochera lo estacioné en la calle, porque presentía que iba a tener un enésimo roce con Lisa después de nuestra pelea de la mañana.
Cuando entré, Rocío, la esposa de Javier, uno de los hermanos de Lisa, estaba saliendo de la cocina con un pastel que depositó, al lado de otro y de varias bandejas de galletas, en la mesa del comedor. Mi suegra estaba sentada en el sillón de terciopelo, rodeada por los primos y hermanos de mi mujer. Le di su abrazo de cumpleaños, que resultó ser un simple apretón de hombros porque le pedí que no se levantara, y después de saludar a mis cuñados me paré un momento junto al ventanal que daba al jardín para ver la turba de niños que jugaban alrededor del columpio y la resbaladilla. Entré en la cocina, donde se habían reunido las mujeres, y las saludé a todas de beso, sin exceptuar a Lisa, que apartó la cara para no besarme, algo que nunca había hecho frente a los demás. Me ruboricé y las voces bajaron por un momento de intensidad. Por suerte Graciela, su hermana menor, salió en mi ayuda, preguntándome por qué llegaba tan tarde. Le contesté que había estado arreglando los libros en mi nuevo estudio, que consistía en un cuarto con cocineta y baño donde apenas cabía. "A ver cuándo lo conocemos", dijo ella, y el bullicio volvió a llenar la cocina y dejé de ser el centro de las miradas. Miré agradecido a Graciela, a quien había juzgado débil y subyugada por sus hermanos, y salí de la cocina para tomarme un whisky.
En la sala, para no participar en la plática de mis cuñados, me dediqué a preparar unos tragos a los que tenían su vaso vacío. Me gusta servir las bebidas, tanto que mi suegro decía que debería haber sido barman. Hasta cuando sirve, Lisa no puede dejar de dar órdenes. Le gusta estar en el centro de una pequeña multitud y decirle a cada cual lo que tiene que hacer, y siempre he sospechado que sus cuñadas no la soportan.
Llegó el momento de encender las velitas del pastel y los niños entraron ruidosamente para cantar Las mañanitas. Grandes y pequeños, todos de pie, hicimos una rueda en torno a la mesa del comedor, en cuya cabecera, frente al pastel, se sentó mi suegra. Alguien apagó las luces y cuando empezamos a cantar, mi suegra, que tenía menos de un año de viuda, no aguantó las lágrimas y Lisa le prestó un pañuelo para que se secara los ojos. Luego los niños la ayudaron a soplar sobre las velas y todos aplaudimos. Mientras comía mi rebanada de pastel, vi que Graciela estaba sentada un poco aparte. Iba a acercarme para hacerle compañía cuando Fernando me preguntó si había terminado de arreglar el estudio. -Casi terminé de acomodar los libros -dije.
-¡Su mundito! -subrayó Lisa con tono acre y todos me miraron, tal vez temiendo que fuera a contestarle. Pero me quedé callado y Raúl, uno de los primos de mi mujer, que en las reuniones nunca soltaba la mano de su novia, me preguntó si el alquiler era caro. Le dije cuánto iba a pagar y a todos les pareció una ganga. "Es una cosa de nada, apenas quepo yo y mis libros", dije. "¿Y tú para qué quieres un estudio?", le preguntó a Raúl su novia. "No he dicho que quiero uno, solo preguntaba", replicó él un poco molesto. La esposa de Luis, Adela, que traía uno de esos formidables escotes que tenían el poder de sacar de quicio a mi mujer, dijo que ella se opondría a que su esposo alquilara un cuarto o un estudio, porque era como ofrecerle una oportunidad en bandeja de plata para que tuviera aventuras con otras, a lo que Raimundo, otro primo de Lisa, replicó: "¡Ustedes las mujeres siempre piensan que las van a engañar a la primera ocasión!".
Graciela me miró, yo la miré y nos sonreímos. Fernando se dio cuenta, volteó extrañado hacia Graciela y después me miró a mí, lo que me obligó, para aparentar naturalidad, a decir lo primero que me vino a la mente:
-A veces un nuevo espacio es saludable, nos renueva por dentro y nos da energía.
Lisa no dejó pasar la oportunidad para hundir mi destemplado comentario:
-¿Cuál energía? Hablas como si fueras Picasso. ¡Cómo si no supiera que vas a tu estudio a mirar revistas pornográficas!
Casi todos bajaron la vista y durante unos segundos solo se oyeron las voces de los niños que jugaban en el jardín. Me levanté, dejé mi plato sobre la mesa y después de limpiarme los labios con la servilleta y dejarla en el plato, murmuré un tenue "Con permiso" y me dirigí a la puerta. La abrí, salí a la calle sin preocuparme por cerrarla y caminé hasta el coche. Agradecí no haberme quitado el saco, porque traía las llaves del coche en uno de los bolsillos. Cuando cerré la puerta y prendí el motor, me sentía todavía transportado por el impulso que me había hecho levantarme de la silla, como si se hubiera tratado de un único movimiento armonioso desde la silla de mi casa hasta el asiento del coche y después, mientras manejaba en la blanda circulación del domingo por la tarde, tuve la sensación de que todo había sido demasiado fácil y que una pequeña falla minaba la sólida coherencia de mi gesto. Llegué frente a un cine, donde unos coches buscaban estacionarse en los lugares dejados por los que iban saliendo. No había pensado en ver una película, pero frente a mí se desocupó un lugar y casi por instinto aproveché el golpe de suerte y me estacioné.
No tenía nada mejor que hacer, así que compré un boleto y cuando estuve adentro, con la película iniciada, en lugar de cavilar qué lugar me convenía más, como era mi costumbre cuando iba al cine con Lisa, me senté en la primera butaca que encontré libre y volví a probar después de muchos años la sensación titubeante de llegar tarde, cuando nos angustia la posibilidad de habernos perdido algo fundamental de la película y al mismo tiempo esa carencia nos otorga una percepción más vívida, que los demás, absortos en lo que ven, cautivos de la historia que transcurre en la pantalla, ya no tienen.
Salí del cine de noche y unos feos nubarrones me hicieron apresurarme hacia el estacionamiento. En contra de mi costumbre de no fumar mientras manejo, prendí un cigarro. La película me tenía sumido en un embeleso poético del que no quería despertar y empecé a manejar otra vez sin rumbo, buscando las avenidas menos transitadas. Había solitarios como yo conduciendo sin prisa y me pregunté si ellos también habían salido de su casa con un gesto perentorio y ahora manejaban al azar, dispuestos a dar un giro brusco a su vida. A lo mejor algunos de ellos lo lograrían y ya no volverían a su casa ni a sus ocupaciones; seguirían conduciendo hasta salir de la ciudad y dos o tres ciudades después, cansados de manejar, se estacionarían y empezarían todo de cero. ¡Huir, huir! De eso se había tratado la película, de dos mujeres comunes y corrientes que encuentran la fuerza de huir de su vida anodina y la imagen de Graciela, con su discreción e íntima tristeza, que contrastaban con el crispado proceder de Lisa, volvió a ocupar mi mente, mezclándose con la de las dos mujeres, como si la película me acabara de mostrar un lado insospechado de ella. Pensé que su actitud de esa tarde, cuando me había socorrido en la cocina, y su manera de mirarme después, mientras comíamos el pastel, eran señales de una vieja atracción que sentía por mí y yo nunca había notado.
De pronto aquella sensación de algo faltante que me había acompañado al salir de la casa me dictó el gesto de palparme el bolsillo derecho del pantalón. No percibí el bulto del llavero. Mientras me revisaba los otros bolsillos supe que había dejado las llaves pegadas a la puerta de mi casa. En el mismo llavero estaban las llaves del estudio. Busqué un lugar donde estacionarme y detuve el coche. No había pensado pasar la noche fuera, pero tal vez Lisa lo daba por hecho por la manera como había abandonado la reunión y reconstruí mi salida en medio del silencio general para sopesar su gravedad. Aplasté el cigarro en el cenicero y miré el reloj. Pensé que la reunión ya se habría terminado. Quizá mi salida había agriado la tarde y anticipado el éxodo general. Podría regresar, coger las llaves y pasar la noche en el estudio. Pero si todos se habían ido tendría un enfrentamiento con Lisa, que seguramente se había dado cuenta de que mis llaves estaban pegadas a la puerta. O podría olvidarme de las llaves e irme a un hotel. O podría irme para siempre, como las dos mujeres de la película.
Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el parabrisas. Las miré indeciso y recordé la escena en que las dos mujeres comprenden que ya no pueden regresar a su incolora rutina de amas de casa. Me había gustado la calma de ese punto crucial de la historia, con el auto detenido de noche bajo la lluvia y las dos mujeres que guardan silencio, pensativas, con la ropa y el pelo mojados. De pronto la que está sentada al volante aplasta su cigarro en el cenicero, enciende el motor, acciona los limpiadores y arranca lentamente. Y uno sabe, por esa lentitud, que ya no volverán.
La lluvia se volvió aguacero. Encendí la radio, busqué una estación de música clásica y prendí otro cigarro, pero lo apagué después de la primera bocanada. A esa hora del domingo y con lluvia, la ciudad era deprimente, y no se me ocurrió adónde ir. Decidí regresar a casa por las llaves. Tendría un enésimo enfrentamiento con Lisa y todo volvería a la normalidad. Pensé, mientras encendía el motor, que no había matado a un hombre, como las dos mujeres de la película, y no tenía por qué huir.
Me extrañó que no estuviera el Topaz de Fernando y sí los coches de mis otros cuñados. Fernando era siempre el último en irse. También me extrañó que hubiera tan poca luz abajo, mientras que en la planta alta había dos ventanas encendidas. Me estacioné lejos y me quedé en el coche, esperando que se calmara la lluvia. Cuando disminuyó un poco bajé y caminé de prisa hasta la puerta de mi casa. En mi decisión, influyó el hecho de que no estuviera el coche de Fernando. Fernando me intimidaba con su aire de hombre sacrificado por el bienestar de la familia. Por ser el mayor de los hermanos había heredado el liderazgo de mi suegro después de su muerte. Todos lo habían aceptado como nuevo patriarca, incluso Lisa. Toqué, y vino a abrirme Rocío.
-Olvidé las llaves.
-Ah, eres tú. Entra -y noté sus ojos enrojecidos. La sala estaba a oscuras y vi a los demás sentados alrededor de la mesa del comedor, murmurando bajo la única luz encendida y mortecina.
-¿Qué pasa?
-A mi suegra le dio un infarto -dijo Rocío en voz baja-. Lisa, Fernando y Octavio la llevaron al hospital. Lisa habló hace rato para decirnos que ya entró a cirugía. Estamos rezando por ella.
-¿Cuándo pasó?
-Poco después de que te fuiste. Estábamos todos tan contentos y de repente -golpeó una mano con la otra para describir una caída brusca- perdió el sentido.
Me pregunté si eso de que estaban tan contentos después de que yo me había ido lo había dicho adrede o sin querer. Mis llaves, como había pensado, estaban pegadas a la puerta. Entré y cerré con el mayor cuidado para no interrumpir el rezo.
-Hemos mandado a todos los niños arriba, al cuarto de los invitados, para que no se impresionen -murmuró Rocío y, mirando mi ropa, dijo-: Estás mojado.
-Sí, llueve muy fuerte.
Me preguntó si quería un té, pero le dije que no se molestara, que me tomaría un whisky y que me siguiera contando. Fuimos a la sala y Javier, su marido, que nos daba la espalda, se volvió a vernos. Me bastó una ojeada para ver que varios de los invitados se habían ido. Todos se dieron cuenta de mi presencia. Rezaban un rosario y Raúl, que era ex seminarista, dirigía la salmodia. Me acerqué al carrito de los licores y le pregunté a Rocío si quería algo. Dijo que no, porque estaba rezando, pero no le hice caso y le preparé un cuba libre cargado. "¡Toma, te va a caer bien!".
-Shhhh -se oyó desde el comedor.
Ella tomó el cuba libre y miró indecisa hacia la mesa, donde se encontró con la mirada de Javier.
-Gracias -dijo, y tomó un trago mientras yo me servía un whisky con hielo. Me senté frente a ella y dije en voz baja:
-Lisa me ha dicho que últimamente tenía el colesterol muy alto.
-Sí, no conseguía bajarlo con nada.
-Y no hacía ejercicio -dije.
Hablábamos de nuestra suegra en pasado, como si estuviera muerta.
-¡La verdad sea dicha, no paraba de comer! -dijo ella y desde la mesa nos reprendieron con otro "¡sshhhh!". Me incliné hacia Rocío y nuestras rodillas se tocaron.
-A esa edad, sobre todo cuando se está sola, es difícil controlarse -afirmé, bajando la voz lo más posible.
-Sí, la soledad es muy dura -tomó en seguida otro trago sin despegar su rodilla de la mía y me miró como si no me reconociera, tal vez sorprendida de que se pudiera hablar agradablemente conmigo.
-Muy dura -dije yo.
-Me viene muy bien un poco de alcohol, nos pegó un susto tremendo -y me platicó otra vez cómo mi suegra se había caído.
El murmullo del rezo terminó. Vi que todos empezaban a levantarse. Rossana y Raúl subieron y los otros vinieron a sentarse donde estábamos nosotros. Me puse de pie y pregunté a los que se habían sentado si querían tomar algo. Casi todos, tal vez porque vieron que Rocío ya se había animado o porque estaban exhaustos por el rosario, aceptaron una copa. Empecé a servir las bebidas en la penumbra que creaba la solitaria luz del comedor y durante unos minutos el entrechocar de los hielos fue el único ruido que rompió aquel recogimiento. Rocío se acercó al carrito de los licores para ayudarme. Iba a preguntarle dónde estaba Graciela, pero me imaginé que se había quedado arriba con los niños y no quise que mi pregunta fuera oída por los demás. Seguí llenando los vasos en esa luz difusa de bar, sintiéndome un barman de verdad y me esmeré en mis gestos, sobre todo para impresionar a Rocío, que estaba a mi lado y llevaba las bebidas que preparaba a los que estaban sentados. Sentí algo especial durante esos minutos en que todos estuvieron pendientes de mis movimientos, como si en lugar de servir unos tragos, estuviera operando el corazón de mi suegra para salvarle la vida. Y cuando terminé, para romper aquel silencio un poco agobiante, fui al vestíbulo, donde estaba la consola, y busqué algo discreto. Saqué un disco de Piazzolla, lo puse a volumen bajo y regresé a la sala para servirme otro whisky.
-¿Quién es? -me preguntó Mónica, la mujer de Fernando.
-Piazzolla, un argentino -dije.
-Qué bonitos son los tangos -dijo ella.
-Dicen que Buenos Aires es hermoso -afirmó Elizabeth.
-Sí, pero caro -aseveró Javier, que nos contó por enésima vez un viaje que había hecho tres años antes a Buenos Aires y Montevideo. Yo preferí no sentarme y me quedé cerca del carrito para lo que se ofreciera, sintiéndome el artífice de aquella distensión, y el hecho de haber puesto música en ese trance difícil me hizo sentir por primera vez el dueño de la casa en medio de los parientes de mi mujer.
Raúl, que había subido, reapareció en la sala y se sentó junto a su novia, a quien yo le había servido un whisky. Le rodeó el cuello con el brazo, pero ella se lo quitó y todos lo notaron. Él le murmuró algo en el oído y ella reaccionó en voz alta: "¿Te molesta que tome?". Se hizo un silencio embarazoso, por lo que volví al vestíbulo para subir un poco el volumen de la música. No regresé a la sala, sino que me quedé un rato junto a la consola, con la esperanza de que bajara Graciela. Quería verla, sentir su parecido con las dos mujeres de la película y decirle que me había acordado de ella en el cine. Pero ahora no sabía por qué la había asociado con las dos mujeres. No se parecía físicamente a ninguna de ellas. Tal vez estaba inventando a una Graciela que no existía. Y si ella me hubiera preguntado cuándo había visto la película, tendría que admitir que la había visto esa misma tarde. Esta confesión me parecía la más difícil de hacer. Mi estoica salida de la casa ante el silencio general había acabado en la butaca de un cine.
Rocío me alcanzó junto a la consola, con mi vaso de whisky.
-Toma, luego se hace agua con los hielos -dijo-. ¿Por qué te escondes?
-No me escondo -dije.
-Siempre te apartas -tomó un trago y noté que había casi terminado su cuba libre.
-Estaba buscando un disco -dije.
-Te salvaste del rezo -dijo en voz baja-. Fue idea del lambiscón de Raúl.
-¿Por qué lambiscón? -yo también bajé la voz.
-Quiere hacer negocios con Fernando. Como no le permitimos ir al hospital, propuso que rezáramos.
-Fue seminarista -murmuré.
-Sí, y no sé por qué lo dejó.
Volví a fijarme en algo que noté cuando habíamos hablado en la sala. Era algo bizca. Su ojo izquierdo se abría un poco, una cosa de nada, pero bastante para suavizar su rostro con una nota melancólica que le sentaba bien.
-¿Y Graciela?, ¿también fue al hospital? -dije.
-No, está arriba con Rossana y los niños.
-Deberías decirles que bajen a tomar algo.
-Subieron unos minutos a probarse unos trajes de baño que trajo Mónica. Tiene que devolverlos mañana a un tipo de Los Ángeles.
El tango terminó en ese momento.
-¡Rocío! -llamaron desde la sala. Era Javier, su marido.
-¿Qué quieres? -contestó ella alzando la voz.
-¿Dónde estás?
-Aquí con Enrique, me está enseñando el disco de Pialozza -tomó la funda del disco que yo traía en la mano, como si temiera que Javier pudiera venir a controlarla.
-¡Piazzolla! -corregí en voz baja.
-¡Es un latoso! -e hizo un movimiento que dejó nuestros brazos unidos. Me pareció un gesto hecho a propósito y la miré. Intentaba leer la funda del disco y el segundo tango había comenzado.
-¿Quieres bailar? -dije.
Levantó los ojos de la funda del disco.
-¡Qué ideas! -dijo muy bajo-. ¿Dónde estuviste?
-Fui al cine -dije ruborizándome.
-Javier nunca me lleva al cine. ¿Y qué viste?
-No sé cómo se llama la película. Entré cuando ya había empezado.
Se rió:
-¿Entras a un cine sin saber qué película están dando? Acabé de un trago mi whisky. Al reírse, su estrabismo se hizo más notorio.
-Entonces, ¿bailamos?
-¡Estás loco! -me pasó la mano por el pelo-. Sigues mojado, deberías secarte la cabeza.
-Para descargar la tensión -dije, extrañado de su ademán cariñoso. Nunca se había permitido conmigo el menor gesto de afecto.
Javier volvió a llamarla.
-¿Qué quieres? -contestó ella con algo de irritación.
-¡Ya ven para acá, mujer!
Puso cara de fastidio y dejó la funda del disco sobre la consola. La seguí a la sala y no se me escapó la mirada escrutadora que nos lanzó su marido.
-¿De qué te reías? -le preguntó Adela a Rocío.
-Enrique quería que bailáramos. Para descargar la tensión -cogió la botella del ron del carrito de los licores y Javier, al ver que se iba a preparar otro cuba libre, le preguntó si era el cuarto o el quinto de la tarde.
-Es asunto mío -dijo ella-. Estoy hecha un manojo de nervios.
-Yo también -dijo Adela-. Tal vez tiene razón Enrique. Habría que moverse un poco -sacudió los brazos con un movimiento que parecía surgir de su escote e hizo sonar sus pulseras. Lisa decía que era una retrasada mental. Lo decía porque no soportaba el desparpajo con que enseñaba sus pechos. Adela me pidió que le sirviera otro cuba libre y fui al carrito a preparárselo. Cuando le llevé su vaso me sentí traspasado por sus ojos de carbón. Tal vez lo que había dicho Rocío le había revelado una faceta mía que no sospechaba y, para mostrarle que los libros no eran todo en mi vida, le miré descaradamente los senos.
-Eres un barman de primera -afirmó clavándome sus pupilas que aun en la penumbra crepitaban. En eso, sonó el teléfono. Mónica se levantó y corrió al aparato que estaba encima de la consola, oímos que decía "Bueno" y luego, con voz amortiguada, añadió: "Sí, un momento".
-Es para ti, Armando Gavilán -me dijo volviendo a la sala.
Los jueves voy al boliche, es el único deporte que practico y Armando Gavilán es el capitán de nuestro equipo. Fui al vestíbulo y hablé con él durante un minuto, el tiempo de decirle que esperaba una llamada importante y que lo llamaría al día siguiente. Cuando colgué, el auricular no quedó debidamente colocado en su lugar, así que lo corregí, pero un momento después, mientras advertía la fuerza de mis latidos, lo descalcé de nuevo, atraído por la posibilidad de interrumpir la línea. Creo que si la voz que oí a mis espaldas no me hubiera hecho separar las manos del aparato, habría reacomodado el auricular en su sitio. Volví la cabeza y vi a Rossana, la mujer de Octavio, que estaba parada en las escaleras y que había bajado al oír el teléfono.
-Está tan oscuro -dijo-. ¿Por qué no prenden la luz? No se ve nada.
-Todos están a gusto así -y le pregunté si quería beber algo, temiendo que se percatara de que había dejado descolgado el teléfono.
-No -dijo con firmeza, tal vez reprobando que tomáramos alcohol en un momento tan crítico. Quizá también reprobaba que hubiéramos puesto música.
-¿Por qué no le preguntas a Graciela si quiere una copa? -dije-. ¿O quieres que yo suba a preguntarle?
-No puedes, se está probando unos trajes de baño en el cuarto de Lisa.
Dijo así, "el cuarto de Lisa". Yo también dormía ahí. ¿Qué le hubiera costado decir "tu cuarto" o "el cuarto de ustedes"? Cada vez más a menudo, conforme nuestro matrimonio se iba a pique, en los comentarios de los parientes de Lisa salía aquello de que la casa no era nuestra sino de ella, porque sus padres se la habían regalado cuando nos casamos.
-Ahí dormimos los dos -dije, y ella resintió el golpe. Con un tono más suave, para remediar su falta de tacto, preguntó de quién era la música.
-De Piazzolla.
-Nunca lo había oído. ¿Es argentino?
-Sí -contesté.
-Suena bien.
-Es tango moderno.
-Ah -dijo ella.
-¿Sabes bailar tango?
-No -dijo.
Dejé mi whisky sobre la consola, fui hacia ella, extendí el brazo y la jalé hacia mí obligándola a bajar el último escalón. Lo hice más que nada para que abandonara aquella rigidez de centinela que me crispaba los nervios o tal vez para alejarla de la consola, donde estaba el teléfono con el auricular mal puesto.
-¿Qué haces?
La tomé de la mano, con la otra le ceñí la cintura y empezamos a movernos un poco torpemente en el reducido espacio entre la consola y las escaleras, protegidos por el muro que dividía la sala del vestíbulo. Abrazar a una mujer de su tamaño fue algo novedoso y agradable. Era la mujer más alta de la familia y pensé que si en lugar de casarme con Lisa me hubiera casado con ella, otro cuento habría sido. Me pregunté si ella también disfrutaba con bailar con un hombre de su estatura, ya que era varios centímetros más alta que Octavio, su marido. Nuestras mejillas se rozaron y sentí un estremecimiento, pero Rossana no retiró su cabeza de la mía y solo dijo:
-Estás mojado.
-Me mojé bajo la lluvia -contesté.
Sentí que se aflojaba y vi a Rocío que, apoyada en el muro divisorio, nos observaba con su vaso de cuba libre en la mano. Se eclipsó y un minuto después reapareció con Adela y Armando, que se pararon como ella al lado del muro para mirarnos. "¡Qué baile de altura!", bromeó Armando y Rossana hizo el gesto de detenerse, pero yo le dije: "¡Sigue!", estrechándole con más calor la cintura y con unos cuantos pasos estuvimos fuera del vestíbulo, en plena sala, a la vista de todos. Algo en ella terminó de ceder, de abrirse, lo sentí en su cuerpo y quizá también los demás lo notaron, porque Adela exclamó: "¡Olé!", y dejó su vaso en algún lugar y fue adonde estaba Luis, su marido. Hizo que se levantara para llevarlo adonde estábamos Rossana y yo, empezaron a bailar a nuestro lado y también Rocío y Armando, al ver que ellos dos se habían animado, cobraron valor. Pero cuando el tango acabó y sobrevino el silencio, las tres parejas nos miramos, perdimos nuestro aplomo y de no haber sido por la novia de Raúl, que se paró en el siguiente tango y le tendió la mano a Raimundo, el esposo de Elizabeth, que no se hizo de rogar y, levantándose, la sujetó de la cintura, todo se habría terminado y nos habríamos ido a sentar a la sala junto con los demás a esperar que sonara el teléfono. En cambio, verlos bailar a los dos y reanudar nosotros el tango fue una misma cosa. Hasta Mónica se levantó y, apiadándose de Raúl, que no sabía hacia donde mirar, lo tomó de la mano para darle la posibilidad de un desquite, cosa que él no desaprovechó, poniéndose a bailar con su prima, y hasta Javier y Elizabeth, cuando vieron que eran los únicos que seguían sentados, se unieron a la rueda, a pesar de que Elizabeth tenía seis meses de embarazo. Fue como si entre el tango y el rezo de hacía un rato se hubiera dado un relevo lógico que quizá nos habría llevado de vuelta a los sillones a esperar a que sonara el teléfono con un ánimo más proclive a aceptar lo inevitable, de no ser porque Adela vino después a quitarme a Rossana de los brazos, haciéndome sentir la formidable presión de su escote y, luego de tomarme de la mano y decirme que la siguiera, me jaló hacia la consola, donde me preguntó si no tenía unas cumbias, porque estaba cansada del Pierozza ese.
-¡Piazzolla! -corregí, agachándome a buscar entre los discos viejos de mi suegro, donde encontré un disco de cumbias y se lo mostré.
-¡Se ve buenísimo, ponlo! -y me preguntó dónde se apagaba la luz del comedor. Le señalé el interruptor a un lado de la consola y justo en el momento en que levanté la aguja del tocadiscos y se cortó el tango, ella apagó aquella única luz encendida y me dijo en voz baja: -Es una broma.
-¡Se fue la luz! -dijeron en la sala y yo aproveché ese momento de completa oscuridad para reacomodar en su sitio el auricular del teléfono.
-Apúrate- susurró ella.
Cuando se oyeron las notas de la primera cumbia, subió el volumen, dejando la luz apagada.
-No vamos a oír el teléfono -le dije.
Entonces su mano alcanzó el teléfono que yo acababa de tocar hace unos segundos y descalzó el auricular, sin quitarlo de su soporte, para dejar otra vez el teléfono desconectado.
La miré a los ojos, o lo que creí que eran sus ojos, y dije en voz baja:
-¿Es también una broma?
-Sí -se puso de cuclillas como yo y, supongo que clavándome sus pupilas negras, me pasó la mano por el pelo-. Estás todo mojado.
-Me mojé bajo la lluvia.
Acercó su cara a la mía y me besó en el cuello y luego en la boca, suavemente, como si hubiera codiciado largamente ese momento.
-Deberías ir al baño a secarte el pelo -me dijo poniéndose de pie, se dio la vuelta y empezó a caminar al ritmo de la música, moviendo sus grandes tetas mientras Armando exclamaba en la sala: "¡Cumbiaaa!".
Me quedé en cuclillas, sintiendo la erección que crecía. Una gota de agua me rodó por el cuello. Pensé que me había aconsejado ir al baño para comprobar que no tuviera manchas de bilé en el cuello y la boca. Me puse de pie y subí las escaleras. También arriba estaba todo apagado. Abrí la puerta del baño y preferí no prender la luz. Me lavé la cara y me sequé la cabeza. Al salir vi la tira de luz que se filtraba por la puerta de mi cuarto donde Graciela se estaba probando los trajes de baño. Sentí un reflujo en la sangre. Tal vez en ese momento se estaba quitando o poniendo uno de ellos frente al espejo y me miraría asombrada al verme entrar. "¡Enrique!", diría quizá sin volver la cabeza y sin cubrirse, mostrándome su estupendo trasero. "¡Perdón!", diría yo. "¡Apaga la luz!", diría nerviosa. "Los demás están abajo bailando", aclararía para tranquilizarla y en seguida nos revolcaríamos salvajemente en la cama. Pero cuando ella abrió la puerta estaba completamente vestida y tenía los ojos llenos de lágrimas. "¿Quién está usando el teléfono?", exclamó y bajó a toda prisa por las escaleras con su bolso colgando.
-¿Qué pasa? -dije.
No me contestó y unos segundos después escuché unos sollozos provenientes de la sala. Se encendieron las luces. Alguien se acercó a la consola y quitó la aguja del tocadiscos.
-¡El auricular estaba mal puesto! -era la voz de Raimundo-, ¡por eso no entraban las llamadas!
-¿Quién fue el último que habló? -preguntó Rocío.
-¡Enrique! -contestaron varias voces.
Debí haber bajado, pero no me moví. Me aparté de las escaleras para que no me vieran. Se supone que no tenía por qué estar arriba. La puerta de mi cuarto se cerró sola y quedé de nuevo a oscuras. Me acordé de los niños en el cuarto de las visitas y pensé que era una buena excusa para justificar que hubiera subido. Caminé hasta el fondo del pasillo y abrí la puerta sin tocar.
El cuarto estaba en penumbra y Delfina, con la hija de Rocío en los brazos, miraba por la ventana. Los otros niños dormían en hilera en el piso, cubiertos por un edredón.
-¿Todo bien, Delfina? -dije en voz baja.
Ella se sobresaltó.
-¡Qué susto me pegó! -dijo.
-¿No necesitan nada los niños?
-No, señor. Acabo de ver a la señora Graciela que lloraba. ¿Pasó algo grave? Se subió a un coche junto con el señor Armando. Me acerqué a la ventana y miré abajo. Seguía lloviendo y oí a Javier que discutía con Raúl, pero no los podía ver.
-Llamaron del hospital, ¿verdad? -preguntó Delfina.
-Sí.
Salí del cuarto, caminé hasta las escaleras y bajé. En el último escalón me detuve. Todas las luces estaban encendidas, Mónica sollozaba junto a la consola y en ese momento Javier regresó de la calle y entró hecho una furia a la sala, sin verme.
-¡Quiso ir a fuerza! -exclamó frenético.
-¡Es un lambiscón! -espetó Rocío.
Fuera se oyó un coche que arrancaba, luego otro. Mónica se dio cuenta de que estaba parado atrás de ella y dejó de sollozar.
-¡Aquí está Enrique! -dijo.
Rocío apareció en el vestíbulo.
-¿Dónde estabas? -preguntó.
-Arriba.
-¡Siempre te desapareces!
-Fui a ver a los niños -repuse, y percibí su mirada gélida. Todos sabían que después de dos años de casado con Lisa, todavía no podía aprenderme los nombres de sus sobrinos. Javier vino a ponerse al lado de su mujer y me miró con cara de pocos amigos:
-¡Colgaste mal el teléfono después de hablar con tu cuate! -espetó-. ¡Lisa intentó comunicarse todo el tiempo y no pudo!
-Lo siento -dije.
-¡Estábamos esperando esa llamada! -continuó encolerizado-, ¡y tú, solo preocupado por bailar y poner música! -se dio la vuelta y regresó a la sala, diciendo algo que no pude oír.
-¡Suerte que tu mujer encontró el número del celular de Graciela! -exclamó Rocío, inexorable.
-Vamos a ver cómo están los niños -dijo Mónica.
-Están durmiendo, acabo de verlos -dije yo, pero las dos no se dignaron mirarme y subieron las escaleras ignorándome. Pensé que tal vez tenía todavía alguna mancha de bilé y me froté disimuladamente la boca y el cuello. Sentí el aire helado que entraba por la puerta abierta y fui a cerrarla. Al cruzar frente a la sala nadie se volvió a verme, ni siquiera Adela. Elizabeth lloraba. Mis llaves seguían pegadas a la puerta. No cerré la puerta, salí y me acordé de haber dejado los cigarros en el coche. Traía las llaves en el bolsillo del pantalón, así que crucé la calle, sin preocuparme por la lluvia, caminé hasta el coche y, una vez adentro, me froté los brazos y los muslos porque estaba en mangas de camisa. Tenía otra vez la cabeza mojada. Me miré en el espejo retrovisor y comprobé que tenía la cara limpia. Fumar me calmó y diez minutos después alguien salió de la casa a buscarme, creo que Raimundo. Miró a ambos lados de la calle sin esforzarse mucho, volvió a entrar y cerró la puerta. Supongo que creyó que había ido al hospital. Pero yo no sabía a qué hospital habían llevado a mi suegra. Miré la puerta cerrada y solo pensé que era la segunda vez que no tenía llaves para entrar a mi casa.