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jueves, 20 de marzo de 2014

Velada literaria

Relato de Polonia


Las mejores ideas se le ocurrían siempre de noche, como si de noche fuera una persona totalmente diferente de la del día. ¡Qué banal!, habría dicho él. Habría cambiado de tema o habría empezado una frase con yo. Pues yo, habría dicho él, el pensamiento lo tengo más claro durante el día, por la mañana, al terminar el primer café, en la primera mitad del día.
Cuando ella leyó en el periódico por casualidad (Dios mío, ¿qué es la casualidad?) que él iba a Prusia, a Alienstein, que estaría tan cerca..., no podía dormir. Todo volvió de nuevo. O a lo mejor no volvió porque siempre había estado allí, no había desaparecido nunca. Estaba acostada boca arriba analizando todos los acontecimientos posibles en los que pudiera desembocar aquello que quería hacer. Él está en la estación, en un andén de una ciudad desconocida, viene desde la dirección contraria, la ve, en su rostro se percibe sorpresa, conmoción; se para, la mirada de él, el velo levantado de ella, la claridad de la mirada que antaño le producía escalofríos excitantes, no tanto el cuerpo sino la mirada. O no, de otra forma, -ella va por la calle soleada de la plaza mayor (¿cómo será la plaza mayor de Allenstein?) mientras que él (de nuevo de enfrente) va detrás de un hombre y de una mujer. Y ella ve que él la reconoce porque se pone pálido, porque, aturdido, les dice a aquellos: «Perdonen...» Se quita el sombrero de color claro con la mano temblorosa (¿es posible que se le haya puesto el pelo ralo?, ¿le toca ya?). Le da la mano, está tranquila, al fin y al cabo ya lleva una hora dando vueltas por la plaza esperando encontrarse con él. ¿Será grande la ciudad de Allenstein? Quizás demasiado grande, quizás se crucen sin verse, quizás lo lleven en el simón desde la estación directamente al hotel, quizás ni siquiera haya una plaza en aquella ciudad, quizás llueva, quizás no pueda llegar y a última hora cancele la visita por tener a su mujer enferma. Quizás lo retengan en Alemania unos asuntos editoriales, si es que es un escritor tan grande que todas las personas cultas lo deben de conocer, o tal vez no, tal vez sólo ella siga cada alusión sobre él por mínima que sea, tal vez sólo ella vaya a comprobar si en la librería está la novela en dos volúmenes por la que pasa la mano con el guante suavemente mientras le pregunta al librero sobre algo totalmente distinto.
Por la mañana la idea le pareció totalmente disparatada. Johann la abrazó por la cintura y la besó en la boca cuando bajó a desayunar. Al cabo de una hora iba a venir el profesor de música de los niños. Cuando cortaba la parte superior del huevo cocido, se fijó en sus propios dedos, flacos y secos, como si no le pertenecieran a ella. En aquel momento se despertó en ella por un momento la sensación de un desconsuelo intenso. Dijo, sorprendiéndose a sí misma, que en unos días quería ir a Danzig para ver a su padre. Su marido se paso la servilleta por la boca; no pareció sorprendido. Se apartó ligeramente de la mesa y encendió un cigarro. Ella mandó a la sirvienta que abriera la ventana. Desde la calle llegó al comedor el ruido de los coches de punto y de los tranvías de caballos. Justo después entró, meciendo los visillos, el aroma del arbusto de lilas en flor que estaba delante de la casa.
El panamá de jipijapa estaba en la caja de sombreros, luego la falda oscura y muy fina, de seda, la blusa blanca de volantes en el pecho, el paraguas de encaje. El cofre de mano y la maleta de viaje. Los zapatos que se abrochaban con botones. Un frasco de perfume hundido en la ropa interior de seda. Los guantes de recambio. El equipaje. En la estación de Danzig compra el billete a Allenstein y espera tres horas en la cafetería. En el aseo de la estación, sorprendida, da con el reflejo de ella misma en un espejo -pensaba que era más joven. En el compartimiento saca del bolso una edición antigua de «Neue Deutsche Rundschau» y la lee, aquí está también un cuento de él. Antes lo sabía casi de memoria; ahora ve que tiene totalmente olvidados varios fragmentos.

Sucede un pequeño milagro -Allenstein y Venecia se complementan. Después de diez años de repente se convierten en dos extremos de una misma continuidad, en el eje de una parte de su vida. El Norte y el Sur. La sequía y la humedad. La historia y la falta de tiempo. El mirar hacia adelante, el mirar hacia atrás. Han coincidido las contradicciones.
Lo vio por primera vez en la playa. Él llevaba ropa de colores claros y un sombrero. Lo tenia grabado en la memoria, pero ella casi siempre recordaba a la gente que había visto aunque hubiese sido por una sola vez. Allá, en la playa, estaba distraído, juvenil. Luego, cuando les presentaron, le pareció un hombre con máscara. Él dijo sobre sí mismo: «Soy escritor» pero a ella eso no le pareció importante. Se quedó perplejo. Esquivó la mirada. Recuerda que una vez uno de los amigos comunes, ya un poco borracho, dijo de él: «burro». Cuando ella vio por primera vez su cuarto de baño en el hotel, ya después de todo, le pareció que alcanzaba a conocerlo sólo entonces. Ni la intimidad de la noche, ni el conocimiento del cuerpo, que era superficial por muy pasional que fuese, le permitió penetrar a aquel hombre, sino justamente el cuarto de baño del hotel. Su toalla tirada en la bañera, los enseres de afeitar, la brocha de empuñadura desgastada por el agua, la cajita de madera para el jabón. Unos seres inmóviles, testigos de la existencia del cuerpo humano. Cuando tocaba sus objetos mientras él seguía dormido, o a lo mejor ya se había despertado y la estaba esperando, (el silencio se hace embarazoso por la mañana tras una noche de amor), de repente se conmovió. Podía apoyar la cabeza sobre el espejo frío y llorar de conmoción. Siempre guarda el recuerdo de aquel momento, debió de ser el comienzo del amor. ¿Acaso el amor no es en el fondo el conocer? ¿Por eso la gente desea tanto el cuerpo del otro, no por placer sino por poder acercarse a la distancia más próxima posible? Explorar los rincones del cuerpo, traspasar todas las fronteras, y esforzarse por llegar al centro, buscar la parte interior.

La estación de Allenstein era más pequeña de lo que ella se había imaginado. Por un breve instante sintió pánico, las manos apretaron de forma automática la gélida barandilla de la escalera del tren. Pero cuando el simón la llevaba al mejor hotel de la ciudad, de repente sintió como si tuviera el dominio sobre el mundo. Las personas, tan pequeñas, en dos dimensiones, no sabían nada, no presentían nada, eran unas maquinitas de cuerpos blandos. Sus tiendecitas lamentables, sus labios, que no tenían conciencia de nada, y que justo en aquel instante rompían la superficie lisa del café en la taza, sus cuerpos centrados en ellos mismos, los ridículos rituales de las manos que se desplazaban hacia el sombrero y volvían, que apretaban con fuerza los bastones y paraguas. Los aburridos atardeceres insignificantes que ellos pasaban en sus casas de suelos cubiertos con alfombras raídas. Sus pensamientos limitados no sabían ir más allá de la siguiente frase que pronunciarían. Pequeños títeres. Pero, con todo, mientras iba en aquel simón, arrellanada en el asiento como un hombre, sentía que los quería. Se compadecía de ellos pero no se trataba de piedad. En realidad, lo que sentía era amor, el amor a los hijos que cumplen los proyectos pedagógicos de sus padres sin conocer su objetivo. Pero ella, en aquel simón, estaba en un lugar más alto, sabía más. Ella podía crear las reglas sola. Podía crear un minuto tras otro, un gesto después de otro, un suceso después de otro.
En el hotel, cuando escribía en el registro unos datos totalmente inventados, preguntó al recepcionista de forma indolente:
-¿Es verdad que en este hotel va a alojarse hoy aquel escritor famoso, T.?                                            
El recepcionista levantó sus ojos deformados por los gruesos cristales de las gafas. Estaba claro que le costaba contener la exaltación y el orgullo.
-Sí, es verdad. Mañana va a dar una conferencia sobre música y literatura. Por la tarde -De repente se puso serio-. Por favor, le ruego no diga a nadie que se aloja en este hotel, aunque la verdad es que en esta ciudad no hay otro lugar, este es el mejor hotel. Le tenemos preparado un apartamento. Lo está esperando desde hace unos días, bien limpio. -Señaló la llave colgada al lado con el número romano de I. Tememos que los lectores no le dejen en paz.
-¿Tan popular es?
-Mi mujer ha leído todos sus libros -contestó, como si eso pudiera explicarlo todo.
-¿Cuándo viene el tren de Berlín? Espero a alguien.
El recepcionista la miró con sospecha y le dijo la hora.
La habitación era penosa. Las dos altas ventanas daban a la calle principal. En el antepecho había dos palomas.
Se lavó y secó la cara con una toalla áspera. Se cambió la blusa. Se peinó y luego se puso a arreglar el pelo delante del espejo. Frotó el perfume en la piel con un dedo. Pensó que aún tenía bastante tiempo, que podía salir y vagar por las calles. Hacer compras. Dejar su reflejo en los cristales de los escaparates, explorar la dudosa extensión de la plaza. Tomar una limonada bajo un parasol. Se puso el sombrero pero de pronto abandonó la idea de salir. Se tumbó boca arriba encima de la cama hecha, con todo puesto, con el paraguas en la mano. Unas ligeras grietas en el techo le hicieron señas con sus enigmáticas letras.

Paseaban por la ciudad durante días enteros. Venecia estaba cálida, ablandada. Los canales apestaban. Se dieron cuenta de que siempre acababan acelerando el paso. Seguramente, vistos desde fuera, parecían tener prisa por llegar a algún sitio. «Ah, ¿por qué siempre vamos corriendo?», se moderaron. Se echaron a reír. Sobre todo se trató de que las manos se rozaran en el paseo, de que los hombros se tocaran, de que el viento los envolviera de repente en el olor propio del otro. De que la sombra acariciara los pies del otro. Sin mirarse, iban hombro a hombro observándose el uno al otro. ¿Cómo era posible? Casi todo el tiempo él le habló de su familia. Aquello le sorprendió porque ella no tenía mucho que contar sobre ese tema. Mientras, él habló y habló como si hubiera de convencerla de su existencia, del hecho de tener en sus genes a unos comerciantes hanseáticos, a sus esposas fatigadas de haber dado a luz, a sus hijos, a los peligrosos empresarios bigotudos. Él llamó al tiempo personas. A lo mejor esto es lo que hace que alguien sea escritor. El guardaba en su memoria los nombres de todos ellos y sus dichos ocurrentes, guardaba en su memoria sus meteduras de pata y costumbres inusitadas. A cada uno le asignaba con bondad un atributo. Ella no le creía, era imposible que todo el mundo pudiera ser interesante. Esto iba en contra de la lógica. El mundo lo forma la muchedumbre y son pocos los seres individuales, realmente pocos. Eso era lo que pensaba ella. Para ella, la gente era como una ola, indistinta, salvo aquellas personas a las que uno ama. No es posible querer a todos.
Cuando paraban un momento para sentarse en algún lugar, en un bar, en la playa desolada, encima de las tablas del muelle, era cuando por fin se encontraban sus miradas. Se hacía difícil hablar. Lo que quería ella era arrimarse a él. Cada mirada suya la sentía en su piel. Aquella mirada azul claro era impúdica.
Y también aquellas tardes, cuando estaban sentados con otros en la terraza que daba a la laguna. Las hojas de los arboles, que quedaban iluminadas de amarillo por las farolas hacían pensar en un matorral que aparecía inesperadamente en medio de la ciudad. Los conocidos, los amigos comunes y aquel gentío animado con sus chismes, todos ellos eran una isla que abordamos para sentir por un momento la tierra firme bajo los pies, aunque a nosotros nos interesó sólo navegar.
La casa estaba escondida entre las bardanas. Cercada con una alta valla. Ella se va acercando hacia él a hurtadillas, sabe que él está allá. Sólo quiere verlo. De repente se da cuenta de que está desnuda, da un salto hacia las bardanas. Las va apartando abriéndose paso para llegar hacia el jardín, por la parte trasera. Ahora ya ve las ventanas iluminadas del salón. Hay una fiesta. La gente detrás del cristal se desplaza con las copas en las manos. Sus labios se mueven en el silencio del vidrio. Aquella mujer, aquella bella mujer de azul celeste, es su mujer. Va regalando sonrisas; le sale muy bien. Las bardanas se vuelven puntiagudas, cortantes. Él no está allá, en aquel salón. Él no está allá.

Se despertó de golpe. El sombrero se le había clavado en la nuca. Se levantó y miró el espejo, tenía los ojos un poco hinchados, llorosos. Ya era hora de salir.
Allenstein, cuatro calles, el castillo, el ayuntamiento y la moda de antaño en las calles. Aquí cada historia debe de tener su principio en la estación. Uno no puede vivir aquí, sólo puede venir aquí de paso. El orden prusiano y la melancolía asiática. Un olor a agua apenas perceptible. Pidió un café cuando el reloj marcaba las tres, -era la hora de la siesta en el dormitorio de los niños. De repente echó de menos su olor- ¿por qué el pelo de los niños siempre huele a viento? El camarero cogió el dinero mirándola con curiosidad y casi con coquetería. Luego ella marchó despacio hacia la estación. Y de pronto toda su tranquilidad desapareció. Su corazón empezó a latir con el ritmo cada vez más acelerado. Se sintió como en dos dimensiones, como si no existiera fuera de aquel instante, como si no hubiera tenido pasado ni futuro. Simplemente era una mujer que iba hacia la estación, nada más.
El andén estaba casi vacío, -sólo había un hombre joven con un ramo de flores, una mujer con dos hijos, un viajero sentado en un banco. Aquel parecía ser de ese tipo de personas que siempre llegan tarde, a las que los trenes esquivan a distancia. Detrás de ella entró un grupo. Unos hombres, importantes, un poco obesos, uno con gafas de alambre, otro con traje negro de corte elegante y con el monóculo en el ojo (parece venir de una funeraria, pensó mirándolo). El tercero y el cuarto no tenían nada particular. Seguramente eran ellos. Los representantes de las asociaciones culturales de Allenstein que estaban esperando la llegada del escritor. Luego llegó un numeroso grupo de jóvenes. El carácter de aquel lugar de repente cambió, empezó a ser animado, bullicioso. ¿Es una excursión al campo o han declarado un día libre en las escuelas de Prusia? Un profesor mayor estaba intentando restablecer el orden, en vano.

¡Qué extraño!, cuando se separaron en Venecia él lloró. Le cogió la mano y sus fríos ojos azules se le pusieron vidriosos. Dijo: «Qué estupidez, para qué llorar, si nos veremos». Ella pensó que se le debía declarar; ¿acaso no era muy tradicional él? «Qué estupidez, para qué declararse, si estaremos juntos», le rondaba por la cabeza. En aquellos momentos no cabía otra opción.
Luego ella entendió que él había llorado por sí mismo. «Te escribí cuatro cartas -mencionó en la quinta-pero no te las envié. Estaban removiendo todo lo que ya tenía que estar un poco curado. Eres tan guapa, tan fresca, como si no te hubiera tocado el mundo. Eres de otra parte, como un ángel. Cuanto más te conozco, más te deseo». A ella le inquietó aquella carta, ni siquiera supo porqué. Como si él se la hubiera escrito a otra persona.

El gentío se movió ajetreado. El hombre joven del ramo de flores saltó del banco. El hombre de negro frotó el monóculo con un pañuelo. El profesor mayor se esforzó, en vano, por poner a los chicos en dos filas. Sólo entonces ella entendió que todos ellos lo estaban esperando a él. Que T. había dejado de ser de su propiedad, que también les pertenecía a ellos. Lo poseían también aquellos chicos, y los hombres de trajes, y el hombre con flores y los jefes de las estaciones, los recepcionistas y sus mujeres que leen libros.
Pero, ¿ellos qué podían saber de él? ¿Lo conocían por las novelas más populares, por los relatos publicados en las revistas? Así pues, ¿a quién conocían? En todo lo que escribía apenas dejaba unas migajas de él mismo, un velo de azúcar. ¿Vivía acaso en sus frases perfectas, claras, convincentes? Si por aquel entonces, en Venecia, durante aquellos paseos interminables él habló siempre de forma nerviosa y breve, ella tenía que adivinar si ya llegaba al punto final o si sólo se trataba de una coma. ¿El existía en sus historias, en las anécdotas que escribía? ¡Si no sabía ni contar un chiste! ¿Cómo llegaba a embaucar a la gente para que lo tomaran por el personaje creado? ¡Con qué facilidad lo lograba! O tal vez no, tal vez se equivocaba ella y, al estar cegada por el amor y por el deseo, estaba viendo a otra persona. No, no sabía reconocerlo en ninguna de las frases que había escrito. Él no estaba allí. Él no estaba en el narrador neutro de la saga. No era él quien hablaba. Hablaba otra persona, una persona totalmente distinta. Eso era fascinante -buscar en la viva existencia humana a ese alguien que creaba mundos. El soberano del mundo. Buscar aquello en el respiro de él, cuando estaba dormido, arrimado a su hombro, sin ser consciente de nada. Buscarlo en la mirada de él -¡qué espacios se esconden detrás de las puertas de los ojos!-. Mirar cómo comía helados y ver si a él le gustaban igual que a otros, si sus nervios le hacían llegar las sensaciones al celebro igual que los nervios de las demás personas. Tenía que haber una diferencia. De repente se acordó de que por aquel entonces, en Venecia, se había dejado crecer el bigote. La mano de él iba sin querer hacia el labio superior y las yemas de los dedos jugaban con el tacto de su pelo oscuro.
El tren estaba llegando. El humo de la locomotora creó por encima de sus cabezas una forma casi material. El corazón de ella empezó a latir fuertemente, sintió sequedad de boca. Dio un paso atrás hacia donde estaba el rótulo del restaurante de la estación. Se bajó el velo. Durante un rato, cuando el tren se paró, no pasó absolutamente nada. Por un instante, la estación se quedó totalmente inmóvil. Cuatro hombres desorientados, su mirada iba pasando de un vagón a otro. Luego vio a aquel grupo dirigirse de repente hacia la parte delantera del tren. La mujer de escasa apariencia también se precipitó en aquella dirección con sus dos hijos. Estaba ruborizada. El hombre de las flores iba primero, casi corriendo.
Ella no pudo verlo hasta que pasó por la puerta de la estación, rodeado de gente. Sorprendida, vio que estaba más rechoncho, más literal, tosco. La cara era la misma que ella conocía muy bien, pero ahora era diferente, como si estuviera mejor arraigada en la realidad. Luego lo taparon. Los jóvenes le pasaron sus álbumes de recuerdos para que los firmara. El hombre del monóculo lo protegía con su propio cuerpo. Él era el centro de aquel remolino, ya empezaba a volverse calvo, estaba tranquilo, como si ya nada pudiera sorprenderle.
Así pues, ahora no. Más tarde. Su corazón se calmó. Los siguió a una distancia prudencial. Los vio subir al simón.
La velada literaria estaba prevista en el teatro municipal. Así lo anunciaban los carteles colgados en algunos lugares. «El célebre escritor T. dará una conferencia...». Ella fue una de las primeras personas en llegar allá. La gente iba entrando poco a poco. Las mujeres llevaban sus mejores galas. Las burguesas, sus fragancias. Sus maridos barrigudos mirando nerviosos la hora en las cadenas de reloj que pendían de sus chalecos. Bourgeois de Allenstein. Y también gente vestida de forma más modesta, a lo mejor profesores, intelectuales locales, inseguros de sí mismos. Estaba allí también aquel hombre joven de la estación, esta vez sin flores. Tres mujeres risueñas lanzaban miradas. ¿Actrices? Alumnos de institutos. Así que estos deben de ser los lectores de T., sus admiradores de la Prusia Oriental.

 «No aspiro en la vida a nada más que no sea escribir. Sé que me entiendes». Así acababa la última carta que le llegó de él. Ella no lo entendió. Según él, había aquí algo de  contradicción, pero ella no supo encontrarla. Ella era rica; podía vivir con ella en Venecia o en cualquier otra parte, y escribir. A lo mejor se trataba justamente de eso. A lo mejor no era lo suficientemente culta, a lo mejor no venía de una familia lo suficientemente buena. Ella recordaba cuando él, al oír la palabra «profesor», se había puesto todo tenso por dentro, como listo para el desfile. ¡Qué extraño que una persona así pudiera estar ansiosa por lucir! Al final él se había casado justo con la hija de un profesor. ¿Era posible que, antes de cumplirse un año desde la Venecia de ellos dos, él pudiera declararse a otra persona, que pudiera enamorarse de otra? Oh, ella no creía que él pudiera querer a otra; aquello tuvo que ser una artimaña, el comienzo de un nuevo y estúpido relato. Al fin y al cabo, uno no siempre escribe cosas buenas, también se dan deslices. En aquella época ella se especializó en rebuscar justificaciones. Todas eran igual de improbables.

Le escribió una larga carta. Nunca recibió respuesta. Seguramente él arrugó el papel sin acabar de leerla y la tiró a la papelera. A lo mejor la quemó. Tenía que cuidar su biografía, tenía que conducirla en la dirección correcta. No es cierto que uno hace de su vida lo que quiera. La vida nos va conduciendo, cumple unos objetivos difíciles de prever, nos va arrastrando tras ella. De repente ese pensamiento le asustó tanto que sintió el deseo de salir a las calles soleadas de la ciudad.
Así pues él nunca volvió a escribirle una sola palabra. Ella se enteró de que se había casado, de que le habían nacido hijos. ¿Dos? ¿Tres? Cada vez que encontraba su nombre en la prensa, buscaba algún tipo de señal para ella. Tuvo el pensamiento obsesivo de que en lo que él escribía había señales ocultas para ella, de que él escribía para ella, y que, de esta forma, le explicaba aquella terrible frase: «No aspiro en la vida a nada más que no sea escribir».

La gente estaba ocupando poco a poco los asientos en la sala en la que iba a darse la conferencia. Ella entró junto con otros y se sentó lo más lejos posible de la mesa que estaba cubierta de terciopelo rojo oscuro. En la sala apenas había luz natural, así que tuvieron que iluminar la mesa un poco. Está bien. Desde allí no podrá verla. Se dejará deslumbrar por los focos.
El ambiente era como de teatro. La gente hablaba a media voz observando la sala. Un fotógrafo local desplegó su trípode en silencio. Al final desde la puerta llegó un ruido. Por esta entró T. en persona. Tenía un aspecto impecable. Estaba impecable. Él destacaba entre los demás, ella no sabía realmente en qué. Emanaba algún tipo de nitidez -su cara pálida, lisa, bien afeitada, la camisa blanca, la línea del cuello rígido bien marcada, las gafas plateadas. Su traje gris frío. Desde aquel lugar ella no podía ver sus zapatos, pero de repente se acordó de los de hacía diez años, que eran marrones, de punta estrecha, ligeramente curvados hacia dentro. Y recordaba también la desnudez de sus pies que revelaba más que las confesiones más profundas. Se lo imaginó caminando por la sala descalzo.
Había envejecido, estaba cambiado. No miró al público. Se acomodó en la silla. Le acercaron una jarra de agua y un vaso. Los apartó. Sacó del bolsillo exterior del traje unos papeles, los dispuso en la mesa con esmero, carraspeó y sólo entonces repasó la sala con la mirada. Entornó los ojos. Aquello a ella le hizo estremecerse pues por un instante había notado aquella mirada encima, ahora algo debilitada porque él tenía los ojos entornados. No la reconoció. No pudo reconocerla, estaba demasiado lejos. Ella lo habría podido distinguir entre otras personas. Desde cualquier distancia.
-Estimados señores -empezó-. Me han invitado aquí para pronunciarme sobre...
No dijo nada de aquella ciudad, no sonrió al público conmovido, no detuvo en ellos su mirada, no dio las gracias por las flores, por haberlo esperado en la estación, por la exaltación. No se presentó, no dijo quién era ni qué fue lo que le había llevado hasta allí independientemente de si aquello le gustaba o no, ni cuál era su relación personal con el sol de mayo, con los sombreros de las mujeres y con las cadenas de reloj de sus maridos. No tartamudeó, ni suspiró, ni tampoco hizo mueca de ningún tipo. Habló de forma clara pero monótona; el único gesto que hizo fue el de arreglarse la pajarita como si se hubiera querido asegurar de si estaba en su sitio. Seguramente quiso dar la impresión de ser una persona total, un escritor europeo universal, estoicamente sabio, estoicamente neutral. Debía de ver como virtud el esconderse en la indefinición. Elegancia aristocrática, nada por encima, nada por debajo. Ella supo detectarlo, ¿cómo no? Era excitante pero sólo si se sabía seguro de que al cabo de poco tiempo su máscara caería. El contraste era excitante. Era justo lo que amaba de él. Él lo había logrado a la perfección.
Habló tranquilo, de forma concreta, con pausas en las que levantaba su mirada azul hacia el techo. Las pausas hacían de comas, espacios, guiones. ¡Cuánto había madurado en todo ese tiempo! Habló de música y no de literatura. Algunos de la sala podían sentirse decepcionados porque ¿acaso un escritor no debería hablar de literatura?
-... algo parecido ocurre con la música a la hora de pasar de la monodia a la polifonía, a la armonía, lo cual tendía a considerarse un avance aunque en realidad es una conquista de los bárbaros... -Fue todo lo que ella captó.

La cara de él inclinada sobre ella, deformada por la fuerza de la gravedad. La sonrisa de un muchacho -tan inocente como vicioso. Una mueca de dolor, no de placer. Gotas de sudor. Un botón descosido.

En cuanto acabó, todos se pusieron de pie aplaudiendo, como si se tratara de una diva de ópera. Luego unas personas se acercaron a la mesa. Sacó del bolsillo una pluma que brilló con la luz reflejada de un foco. Se inclinó sobre los libros.
Ella salió. Caminó hacia el hotel deprisa. Se sentía sola dos veces, tres veces, muchas veces más. Al borde de la desesperación. Nada iba a cambiar, nada. ¿Por qué no agradecemos a Dios lo que nos ha dado? ¿Por qué cuesta tanto valorarlo? Porque uno quiere siempre lo que no tiene. ¿De dónde viene esa tara en la mente humana?
En la recepción no había nadie. Olía a pastel recién hecho. Ella esperó un momento en el mostrador pero como no venía el recepcionista, pues a lo mejor estaba en el teatro, ella extendió la mano para alcanzar su llave pero enseguida cogió la otra, la que colgaba con el número romano de I. ¡Qué descuido! ¡¿Cómo podían haber dejado aquí la llave?! Fue corriendo hacia la escalera como un ladrón.
Abrió la puerta del apartamento suavemente. No encendió la luz -la habitación estaba bañada por la claridad del ocaso. Había allí un gran balcón, cortinas de múltiples pliegues descorridas, una cama de matrimonio. Ni siquiera le había dado tiempo a deshacer la maleta. La maleta estaba encima de la cama, sin cerrar. Al lado había tres ejemplares de su último libro, totalmente nuevos, probablemente sin guillotinar. En la silla había una toalla blanda, húmeda, seguramente el hotel la había comprado con motivo de su llegada. Ella la tocó con delicadeza. El lavabo estaba al lado, era grande, con una bañera imponente junto a la ventana, con varios grifos prusianos de cobre, con una pila de pie. Encima de la pila había la misma cajita de madera para el jabón de afeitar. Es imposible, pensó ella. La cogió en las manos y la olió. El olor era conocido, aunque ella pensaba que le causaría una impresión más intensa. Oh, lo había buscado tantas veces en diferentes droguerías, cada vez dudando más de su existencia. La brocha, estaba húmeda. Debía de haberse afeitado antes de salir. El cepillo de dientes de cerdas, estaba seco. Por el suelo de baldosas había tirados unos calcetines oscuros. Ella se sentó en el borde de la bañera y pensó entonces algo extraño: que le gustaría ser él para poder amarlo debidamente. Estar en él. Acariciándose el cuerpo con sus propias manos, cuidarlo así mucho mejor de lo que hubiera sido capaz de hacer él mismo. Ojalá pudiésemos estar así los dos juntos, pensó. Él podría escribir, si eso realmente le interesaba tanto, mientras que yo me ocuparía de cuidar de él. No habría pecado, desdoblamiento, necesidad. Sería simplemente amor propio, inocente, una ternura dentro del templo del cuarto de baño. Tocar el propio cuerpo no puede considerarse una caricia, no sería amor, sería ir descubriendo los mejores jabones para la piel de él. «Llegaría a saber de memoria cada rincón de su cuerpo -pensó ella- llegaría a conocer el interior de su boca y su lengua, la forma de cada diente; su olor nunca me parecería ajeno, sería mío. Lo mecería».

Oyó un ruido abajo así que salió rápidamente de aquella habitación y subió por las escaleras hacia la planta de su habitación.
Cuando ellos volvieron de la conferencia, ella estaba pagando por su permanencia en el hotel, de espaldas al restaurante. Oyó la voz de él que hablaba.
-Aquel es T. -susurró el recepcionista con orgullo-. Mi mujer ha leído todos sus libros.
Ella quiso girarse pero no pudo. Se quedó inmóvil con la mano contando los billetes.
Subió al simón, y de repente se sintió exhausta. Debía de pesar una tonelada, lo debió notar el caballo, pues le costó moverse.
-¿Adónde vamos, señora? -preguntó el carretero cuando el silencio ya duraba demasiado.
-A la estación.
En una ciudad como Allenstein todo tiene su principio y su final en la estación.