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miércoles, 2 de abril de 2014

El bebé de gasa rosa



-¡Oh, una historia de máscaras! ¿quién no tiene una en su vida? El Carnaval sólo es interesante porque nos da esa sensación angustiosa de lo imprevisto... Francamente. Todos tienen su historia de Carnaval, deliciosa o macabra, álgida o llena de lujurias atroces. Un Carnaval sin aventuras no es Carnaval. Yo mismo este año tuve una aventura...
Y Héctor de Alencar se estiraba perezosamente en el diván, gozando con nuestra curiosidad.
En el escritorio estaba el barón Belfort, Anatolio de Azambuja, a quien las mujeres tenían tanta antipatía; María de Flor, la extravagante bohemia, y todos ardían por saber de la aventura de Héctor. El silencio cayó expectante. Héctor, fumando un gianaclis1 auténtico, parecía absorto.
-¿Es una aventura alegre? -indagó María.
-De acuerdo al temperamento.
-¿Sucia?
-Pavorosa, cuanto menos.
-¿De día?
-No. Por la madrugada.
-Pero, hombre de Dios ¡cuenta! -suplicaba Anatolio- Mira que María está enloqueciendo.
Héctor aspiró largamente el pequeño cigarro.
-No hay quien no salga en Carnaval dispuesto al exceso, dispuesto a los arrebatos de la carne y a las mayores extravagancias. El deseo, casi malsano, es como infundido, infiltrado por el ambiente. Todo respira lujuria, todo tiene algo de ansia y de espasmo, y en esos cuatro días paranoicos, de vigor, de alaridos, de confianzas ilimitadas, todo es posible. No hay quien se contente con una...
-Ni con uno, atajó Anatolio.
-Las sonrisas son ofertas, los ojos suplican, las carcajadas pasan como ardores de ortiga por el aire. Es posible que mucha gente consiga ser indiferente. Yo siento todo eso. Y saliendo, a la noche, a la obscenidad de la ciudad, salgo como salían en Fenicia los navegantes para la procesión de la Primavera, o los alejandrinos para la noche de Afrodita.
-¡Muy bonito! -susurró María de Flor.
-Está claro que este año organicé una partida con cuatro o cinco actrices y cuatro o cinco compañeros. No me sentía con coraje de quedarme solo como un trapo en la oleada de voluptuosidad y de placer de la ciudad. El grupo era mi salvavidas. El primer día, el sábado, andábamos en auto recorriendo los bailes. Íbamos indistintamente a beber champagne a los clubes de juego que anunciaban bailes y a los salones de maxixe2 más ordinarios. Era divertidísimo y al quinto club todo nos excitaba. Recordé entonces una visita al baile público del Recreo.
-"¡Nuestra Señora! dijo la primera estrella de revistas que iba con nosotros. ¡Pero es horrible! Gente ordinaria, marineros de civil, bribones de los trechos más ocultos de la calle S. Jorge, un olor atroz, peleas constantes..." ¿Qué tiene eso? ¿No vamos juntos?
En efecto, íbamos juntos, las mujeres disfrazadas. No había nada que temer y conseguíamos realizar el mayor deseo: envilecernos, ensuciarnos bien. Naturalmente fuimos y era la desolación con negras jetonas y desdentadas desparramando terciopelos hediondos por el escenario de la banda militar, todo ese grupo de gigolós de callejuelas lúgubres y esas extrañas figuras de larvas diabólicas, de íncubos en frascos de alcohol, que tienen las perdidas de ciertas calles, jóvenes, pero con los trazos como arrugados y todas pálidas, pálidas hechas de pasta de papel secante y de papel de arroz. No había nada nuevo. Apenas, como el grupo se había detenido delante de los bailarines, sentí que me rozaba, gordito y apetecible, un bebé de gasa rosa. Le miré las piernas de media corta. Bonitas. Verifiqué los brazos, la caída de los hombros, la curva del seno. Bien agradable. En cuanto a la cara era una carita atrevida, con dos ojos perversos y una boca pulposa como ofertándose. Sólo la nariz traía postiza, una nariz tan bien hecha, tan acertada, que fue preciso observar para verificar que era falsa. No tuve dudas. Pasé la mano y le di un pellizcón. El bebé cayó más y dijo en un suspiro: ¡ay qué dolor! Verán que estuve inmediatamente dispuesto a huir del grupo. Pero conmigo iban cinco o seis damas elegantes, eran capaz de burlarse pero no de perdonar los excesos ajenos, y era poco elegante correr así, abandonándolas, atrás de una frecuentadora de bailes del Recreo. Volvimos a los autos y fuimos a cenar al club más chic y más desabrido de la ciudad.
-¿Y el bebé?
-El bebé se quedó. Pero el domingo, en plena Avenida, yendo al lado del chauffeur, en el bullicio colosal, sentí un pellizcón en la pierna y una voz ronca decir: "por lo de ayer". Miré. Era el bebé rosa, sonriendo, con la nariz postiza, aquella nariz tan perfecta. Aún tuve tiempo de indagar ¿adonde vas hoy?
-¡A todas partes! -respondió, perdiéndose en un tumultuoso grupo.
-¡Te estaba persiguiendo! -comentó María de Flor.
-Tal vez fuese un hombre... -deslizó desconfiado el amable Anatolio.
-¡No interrumpan a Héctor! -dijo el barón, extendiendo la mano.
Héctor encendió otro gianaclis, punta de oro, continuó:
-No lo vi más esa noche y el lunes tampoco. El martes me separé del grupo y caí en el alto mar de la depravación, solo, con una ropa liviana encima de la piel y todos mis malos instintos fustigados. La ciudad entera estaba así. Es el momento en que por detrás de las máscaras las mujeres confiesan las pasiones a los jóvenes, es el instante en que las uniones más secretas se transparentan, en que la virginidad es dudosa y todos nosotros la creemos inútil, a la honra una molestia, al buen sentido una fatiga. En ese momento todo es posible, los mayores absurdos, los mayores crímenes; en ese momento hay una risa que galvaniza los sentidos y el beso se desata naturalmente.
Yo estaba trepidante, con un ansia de envilecerme, casi mórbida. Nada de muchachas perfumadas con lujo y por demás conocidas, nada del contacto familiar, sino el derroche anónimo, el derroche ritual de llegar, tomar, acabar, continuar. Era infame. Felizmente mucha gente sufre del mismo mal en el carnaval.
-¡A quién se lo dices!... -suspiró María de Flor.
-Pero yo estaba sin suerte, con la guigne3, con el caiporismo4 de los difuntos indios. Era aproximarme, era ver huir a la presa proyectada. Después de una de esas cazas por las avenidas y por las plazas, arremetí por San Pedro, me metí en los bailes, me rocé con aquella gente en general poco limpia, insistí aquí, allí. ¡Nadal
-¡Es cuando se está más nervioso!
-Exactamente. Estuve nervioso hasta el fin del baile, vi salir a toda la gente, y salí más desesperado. Eran las tres de la mañana. El movimiento de las calles aminoraba. Los otros bailes ya habían acabado. Las plazas, horas antes incendiadas por los proyectores eléctricos y las cambiantes bocanadas de los fuegos de bengala, caían en sombras - sombras cómplices de la madrugada urbana. Y sólo, indicando el bullicio, la excitación de la ciudad, uno u otro carro arreado llevando máscaras lanzando besos o alguna fantasía tintineando cascabeles por las veredas llenas de confite. ¡Oh! ¡La impresión enervante de esas figuras irreales en la semi-sombra de las horas muertas, rozando las veredas,  tintineando aquí,  allí un  sonido perdido de cascabel! Parece algo inasible, vago, enorme, emergiendo de la ceniza en pedazos... ¡Y las túnicas disimuladas, las bailarinas apretujadas, la colección indecisa de los enmascarados de último momento arrastrándose extenuados! Consideré ir por el lago de Rocío e iba caminando hacia el lado de la secretaría del interior, cuando vi, parado, al bebé de gasa rosa.
¡Era él! Sentí palpitar mi corazón. Me detuve.
-"Los buenos amigos siempre se encuentran" -dije. El bebé sonrió sin decir palabra. ¿Estás esperando a alguien? Hizo un gesto con la cabeza como que no. Lo abracé. -¿Vienes conmigo? ¿Dónde? Indagó su voz áspera y ronca -¡Adonde quieras! Le tomé las manos. Estaban húmedas pero bien tratadas. Intenté darle un beso. Ella se rehusó. Mis labios tocaron apenas la punta fría de su nariz. Quedé loco.
-Por lo menos...
-No era preciso más en el Carnaval, sobre todo cuando ella decía con su voz jadeante y lúbrica: -"¡Aquí no!" Le pasé el brazo por la cintura y fuimos caminando sin decir palabra. Se apoyaba en mí, pero era ella quien dirigía el paseo y sus ojos mojados parecían disfrutar de todo el bestial deseo que los míos decían. En esas fases del amor no se conversa. No intercambiamos una sola palabra. ¡Qué mujer! ¡Qué vibración! Habíamos vuelto al jardín. Delante de la entrada que está en el límite de la calle Leopoldina, ella se detuvo, dudó. Después me arrastró, atravesó la plaza, nos metimos por la calle oscura y sin luz. Al fondo, el edificio de Bellas Artes era desolador y lúgubre. La apreté más.  Ella se acercó más. ¡Cómo brillaban sus ojos! Atravesamos la calle Luis de Camoes, nos quedamos bien debajo de las sombras espesas del Conservatorio de Música. Era enorme el silencio y el ambiente tenía un color vagamente grisáceo con una ceniza un poco dispersa por la luz del alumbrado distante. Mi bebé gordito y rosa parecía un olvido del vicio en
aquella austeridad de la noche. -¿Entonces, vamos?, indagué. -¿Para dónde? -Para tu casa. -¡Ah no!, en casa no puedes... -Entonces por ahí. -Entrar, salir, despedirme. ¡No soy de esos! -¿Qué quieres tú, hija? Es imposible estar aquí en la calle. En unos minutos pasa la guardia. -¿Qué tiene? -No es posible que consideren que estamos aquí para un buen fin, en la madrugada de cenizas. Después, a las cuatro tienes que sacarte la máscara. -¡Qué máscara! -La nariz. -¡Ah sí! Y sin decir más me empujó. La abracé. Le besé los brazos, le besé los senos, le besé el cuello. Golosamente su boca se ofrecía. A nuestro alrededor el mundo era una cosa opaca e indecisa. Le sorbí el labio.
Pero mi nariz sintió el contacto de su nariz postiza, una nariz con olor a resina, una nariz que hacía mal. -¡Sácate la nariz! - Ella susurró ¡No! ¡no!, cuesta tanto colocarla. Intenté no tocarla esa nariz tan fría en aquella carne de fuego.
El pedazo de cartón, sin embargo, abultaba, parecía crecer, y yo sentía un malestar curioso, un estado de inhibición extraño. -¡Qué diablos! ¡No irás ahora para tu casa con eso! Después de todo no te disfraza nada. -¡Sí que disfraza! -¡No! Busqué en su cabello el sujetador. No tenía. Pero abrazándome, besándome, el bebé de gasa rosa parecía una posesa con prisa. De nuevo sus labios se aproximaron a mi boca. Me entregué. Su nariz rozaba la mía, su nariz que no era suya, la nariz de fantasía. Entonces, sin poder resistir, fui aproximando la mano, aproximando, mientras con la izquierda la abrazaba más, y de golpe agarre el cartón, lo arranqué. Presa de mis labios, con dos ojos que la cólera y el pavor parecían fundir, yo tenía una cabeza extraña, una cabeza sin nariz, con dos agujeros sangrientos rellenos de algodón, una cabeza que era alucinante -una calavera con carne...
La aparté, retrocedí en un inmenso vómito de mí mismo. Todo yo temblaba de horror, de enojo. El bebé de gasa rosa se desplomó en el piso con la calavera vuelta hacia mí, en un llanto que le levantaba el labio mostrando especialmente abajo del agujero de la nariz los dientes blancos.
-¡Perdón! ¡Perdón! No me pegues. La culpa no es mía. Sólo en el Carnaval puedo gozar. Entonces, aprovecho, ¿oíste? Aprovecho. Fuiste tú el que quisiste...
La sacudí con furia, la puse de pie de un empujón que debió haberla desarticulado. Unas ganas de escupir, de vomitar, me apretaba la garganta, y me vino un imperioso deseo de trompear aquella nariz, de quebrar aquellos dientes, de matar aquel atroz reverso de la Lujuria... Pero un silbato sonó. El guarda estaba en la esquina y nos miraba, reparando en aquella escena de semipenumbras. ¿Qué hacer? ¿Llevar la calavera al puesto policial? ¿Decir a todo el mundo que la había besado? No resistí. Me aparté, apuré el paso y al llegar al boulevard inconscientemente comencé a correr como un loco para la casa, las mandíbulas batiendo, ardiendo en fiebre.
Cuando me detuve en la puerta para sacar la llave, reparé que mi mano derecha apretaba una pasta aceitosa y sangrienta. Era la nariz del bebé de gasa rosa...
Héctor de Alencar se detuvo, con el cigarro entre los dedos, apagado. María de Flor mostraba una contracción de horror en la cara y el dulce de Anatolio parecía mal. El propio narrador tenía, esparcidas en la frente, gotas de sudor. Hubo un silencio agónico. Finalmente el barón se paró, tocó la campana para que el criado trajera bebidas y resumió.
-Una aventura, mis amigos, una bella aventura. ¿Quién no tiene del Carnaval su aventura? Esta es por lo menos cautivante.
Y fue a sentarse al piano.

1 Cigarrillo Néstor Gianaclis, fabricado con tabaco turco, (n. del t.)
2 Baile popular urbano de parejas, originario de Río de Janeiro, resultado de la fusión de la habanera y la polca con una adaptación de ritmos africanos. Fue reemplazada por el samba hacia la década de 1920. (n. del t.)
3 Francés: mala suerte. (n. del t.)
4 Portugués: Mala suerte o infelicidad constante en acontecimientos fortuitos, adversidad. (n. del t.)