Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 28 de abril de 2014

Gabriel García Márquez: El cataclismo de Damocles


      
     4 de noviembre del 2001



     El cataclismo de Damocles


     Gabriel García Márquez
     Conferencia de Ixtapa. México, 1.986.
     Editorial Oveja Negra. Bogotá. 


     Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres 
     humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas 
     derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en 
     el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá 
     el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces 
     habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no 
     encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del 
     Sahara, la vasta Amazonia desaparecerá de la faz del planeta destruida por 
     granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de 
     regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al 
     primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio 
     seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, 
     solo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus 
     recuerdos. La creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y 
     de las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las 
     cucarachas. 
     Señores Presidentes, señores Primeros Ministros, amigas, amigos: 
     Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, 
     sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este 
     mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte 
     mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las 
     santabárbaras de las grandes potencias. 
     Así es. Hoy, seis de agosto de 1.986, existen en el mundo más de cincuenta 
     mil ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir 
     que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril 
     con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 
     doce veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación 
     de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un 
     cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar 
     cuatro planetas más que los que giran alrededor del sol, y de influir en 
     el equilibrio del sistema solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna 
     industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear 
     desde su origen, hace cuarenta y un años, ni ninguna otra creación del 
     ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el 
     destino del mundo. 
     El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas, - si de algo nos 
     sirven -, es comprobar que la preservación de la vida humana en la tierra 
     sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el solo 
     hecho de existir, el tremendo Apocalipsis cautivo en los silos de la 
     muerte de los países más ricos está malbaratando las posibilidades de una 
     vida mejor para todos. 
     En la asistencia infantil, por ejemplo, esto es una verdad de aritmética 
     primaria. El UNICEF calculó en 1.981 un programa para resolver los 
     problemas esenciales de los quinientos millones de niños más pobres del 
     mundo. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, 
     la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua 
     potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de cien 
     mil millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de cien 
     bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de siete mil cohetes Crucero, en 
     cuya producción ha invertido el gobierno de los Estados Unidos veintiún 
     mil doscientos millones de dólares. 
     En la salud, por ejemplo: con el costo de diez portaviones nucleares 
     Nimitz, de los quince que van a fabricar los Estados Unidos antes del año 
     2.000, podría realizarse un programa preventivo que protegería en esos 
     mismos catorce años a más de mil millones de personas contra el paludismo, 
     y evitaría la muerte - sólo en África - de más de catorce millones de 
     niños. 
     En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según 
     cálculos de la FAO, unos quinientos setenta y cinco millones de personas 
     con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos que 
     ciento cuarenta y nueve cohetes MX, de los doscientos veintitrés que serán 
     emplazados en Europa Occidental. Con veintisiete de ellos podrían 
     comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres 
     adquieran la suficiencia alimentaria en los próximos cuatro años. Ese 
     programa no alcanzaría a costas ni la novena parte del presupuesto militar 
     soviético de 1.982. 
     En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos Trident, de 
     los veinticinco que planea fabricar el gobierno actual de los Estados 
     Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Tifón que está 
     construyendo la Unión Soviética, podría intentarse por fin la fantasía de 
     la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas 
     y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para 
     atender a las demandas adicionales de la educación en los diez años por 
     venir, podrían pagarse con el costo de los doscientos cuarenta y cinco 
     cohetes Trident II, y aún quedarían sobrando cuatrocientos diecinueve 
     cohetes para el mismo incremento de la educación en los quince años 
     siguientes. 
     Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo 
     el Tercer Mundo, y su recuperación económica durante diez años, costaría 
     poco más de la sexta parte de los gastos militares del mundo en ese 
     tiempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal, es 
     todavía más inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de 
     la guerra mantiene en cautiverio al más grande contingente de sabios jamás 
     reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra, 
     cuyo sitio natural no es allí sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación 
     es indispensable para que nos ayuden a crear, en el ámbito de la educación 
     y la justicia, lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de 
     la paz. 
     A pesar de esas incertidumbre dramáticas, la carrera de las armas no se 
     concede un instante de tregua. Ahora, mientras almorzamos, se construyó 
     una nueva ojiva nuclear. Mañana cuando despertemos, habrá nueve más en los 
     guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con lo que costará una 
     sola de ellas alcanzaría - aunque sólo fuera por un domingo de otoño - 
     para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara. 
     Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la tierra no 
     será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin 
     memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran 
     patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del 
     sistema solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos 
     arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las 
     armas va en sentido contrario de la inteligencia. 
     Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la 
     naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la 
     poesía. Desde la aparición de la vida visible en la tierra debieron 
     transcurrir trescientos ochenta millones de años para que una mariposa 
     aprendiera a volar, otros ciento ochenta millones de años para fabricar 
     una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa y cuatro eras 
     geológicas para que los seres humanos - a diferencia del abuelo 
     Pitecántropo - , fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morirse 
     de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de 
     la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan 
     dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte 
     simple de oprimir un botón. 
     Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces 
     a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con 
     justicia. Pero aún si ocurre - y más aún si ocurre - no será del todo 
     inútil que estemos aquí. Dentro de millones de millones de milenios 
     después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a 
     recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la 
     mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y 
     mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las artes y las letras, hombres y 
     mujeres de la inteligencia y de la paz, de todos nosotros depende que los 
     invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros 
     mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero también con toda la 
     determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el 
     compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de 
     sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales 
     arrojados a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de 
     entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que 
     aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la 
     injusticia, pero también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de 
     imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber por todos los tiempos 
     quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se 
     hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las 
     vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan 
     mezquinos la borraron del universo.