Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 28 de abril de 2014

Gabriel García Márquez - Mi Amigo Mutis




     Prólogo a "La Mansión de Araucaima y otros relatos", de Álvaro Mutis.


     Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno 
     del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios 
     mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó 
     aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que 
     le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato 
     frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta. 
     Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la 
     Cartagena idílica de 1949. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, 
     hasta una tarde de hace tres o cuatro años, cuando le oí decir algo casual 
     sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a 
     mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca 
     Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco 
     centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del 
     atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un 
     cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que 
     entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el 
     concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años, hasta 
     aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz 
     estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de 
     pasar una aguja por el ojo de un camello. 
     "Carajo", le dije derrotado."De modo que eras tú". 
     Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, 
     porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos 
     de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo 
     insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de 
     separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero. 
     Álvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e 
     innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un 
     marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado 
     mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en 
     sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo 
     palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras 
     mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se 
     equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un 
     documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la 
     sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo 
     un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones 
     públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último 
     avión. El tiempo de Álvaro se le iba en identificar los cadáveres, para 
     darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los 
     periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era 
     la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito 
     de dolor. 
     En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de 
     Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó 
     en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de 
     emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó 
     quién iba dentro, le dijo: "El señor obispo". En un restaurante de México, 
     donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que 
     en realidad era Walter Winchell, el personaje de Los Intocables que Álvaro 
     doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas 
     enlatadas para América Latina, le dio 17 veces la vuelta al mundo sin 
     cambiar el modo de ser. 
     Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, 
     con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del 
     billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los 
     otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la 
     voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza 
     con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que 
     es posible ser poeta sin morir en el intento. 
     Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna 
     vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me 
     dijo: "Ahí tiene, para que aprenda". Nunca se imaginó en la que se había 
     metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de 
     otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el 
     que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido 
     Álvaro Mutis desde que escribí Cien Años de Soledad. Casi todas las noches 
     fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos 
     terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo 
     cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por 
     todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban 
     después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus 
     aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día 
     siguiente me llamó indignado: 
     "Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos", me gritó. "Esta 
     vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado". 
     Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son 
     tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos 
     murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo 
     mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero 
     hay mucho. 
     Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en 
     estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos 
     muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de 30 
     años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, 
     o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de 
     que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y 
     Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz 
     de ser. 
     Fue así: ahogado de tequila, con un amigo muy querido, toqué a las cuatro 
     de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida 
     de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía 
     embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un 
     metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos 
     con él lo que nos dio la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra 
     sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido 
     que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi 
     remordimiento. 
     Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que 
     hemos estado juntos, ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de 
     otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno 
     del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas 
     interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y 
     letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de 
     300 kilómetros sobre los cátaros y los papas de Aviñón. Así en Alejandría 
     como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París. Sin 
     embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a 
     través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor 
     de caca humana de los barbechos recién abandonados. Álvaro había manejado 
     durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De 
     pronto dijo: "País de grandes ciclistas y cazadores". Nunca nos explicó 
     qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, 
     peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como 
     aquella, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios 
     presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se 
     vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros. 

     Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las 
     clases, sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de 
     comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la 
     cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió su trémula mano 
     de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: 
     "Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cachemir". Pero le 
     dio un franco. En menos de 15 minutos recogió 40. En Roma, en casa de 
     Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a 
     Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y 
     los mantuvo en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas 
     del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de 
     italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el 
     desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en 
     persona le pidió un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo me había 
     inquietado desde que lo leí: "Ahora que sé que nunca conoceré Estambul". 
     Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho 
     Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo 
     mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el 
     presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo Estambul. De 
     modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser 
     cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego 
     durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder 
     premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 
     años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un 
     verso, sino por contrariar a la muerte. 
     De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de 
     morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos a través de la Provenza 
     luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido 
     contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la 
     derecha sin tiempo para mirar adónde íbamos a caer. Por un instante sentí 
     la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. 
     Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin 
     aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un 
     viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de 
     Álvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir 
     con un gesto de conmiseración que parecía decir: 
     "¡Pero qué está haciendo este pendejo!". 
     Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y 
     padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada 
     que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a 
     verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en 
     bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas 
     de la sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi 
     hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda 
     seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo 
     favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un 
     dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en 
     los almacenes Macy's, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras 
     los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con 
     la misma serenidad tenebrosa de su hijo: 
     "No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía 
     siete años, y ahora vean lo bien que le va". 
     Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de 
     ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el 
     hombre más simpático del mundo. Por dondequiera que pasaba iba dejando el 
     rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas 
     suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo 
     queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus 
     fantasmas. Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga 
     Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en 
     un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no 
     le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior. 
     Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su 
     inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad 
     infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su 
     poesía. 
     Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paqui-dérmicas de 
     Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un 
     rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas 
     vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras 
     completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película 
     de vaqueros, relee de una tirada En busca del tiempo perdido. Pues una 
     buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 
     páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que 
     disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció 
     los 16 meses que él considera los más felices de su vida. 
     Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios 
     tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su 
     caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y 
     cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla 
     de Transilvania. El me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan 
     pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus 
     libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus 
     aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es 
     uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años. 
     Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la 
     obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que 
     sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. 
     Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll 
     somos todos. 
     Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a 
     cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos 
     pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle 
     con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.


     (c) Gabriel García Márquez