Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 28 de abril de 2014

Gabriel Garcia Marquez - Solo Vine a Llamar por Telefono





     Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona 
     conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una 
     avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete 
     años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como 
     artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con 
     quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en 
     Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y 
     camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un 
     autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no 
     iba muy lejos.
     - No importa - dijo María -. Lo único que necesito es un teléfono.
     Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no 
     llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con 
     un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en Abril, y estaba tan 
     aturdida por el percance que olvido llevarse las llaves del automóvil. Una 
     mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras 
     dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado.
     Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y 
     trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La 
     vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que 
     le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de 
     desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. 
     La mujer la interrumpió con el índice en los labios.
     - Están dormidas - murmuró.
     María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por 
     mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas 
     con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó 
     en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era 
     de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la 
     menor idea de cuanto tiempo había dormido ni en que lugar del mundo se 
     encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
     - ¿Dónde estamos? - le preguntó María.
     - Hemos llegado - contestó la mujer.
     El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y 
     sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. 
     Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron 
     inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un 
     sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y 
     se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la 
     última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a 
     varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y 
     que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las 
     ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y 
     perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento. María quiso 
     devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para 
     atravesar el patio, y la devolviera en portería.
     - ¿Habrá un teléfono? - le preguntó María.
     - Por supuesto - dijo la mujer -. Ahí mismo le indican.
     Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete 
     mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer la hizo un adiós con la 
     mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó 
     sin darle tiempo a m s.
     María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató 
     de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito 
     imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio 
     unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. 
     Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero 
     donde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila 
     con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
     - Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
     María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final 
     entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las 
     cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María 
     le pareció m s humana y de jerarquía mas alta, recorrió la fila comparando 
     una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un 
     cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió que 
     no llevara su identificación.
     - Es que yo sólo vine a llamar por teléfono - le dijo María.
     Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la 
     carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en 
     Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería 
     avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las 
     siete. El debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que 
     cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con 
atención.
     - ¿Cómo te llamas? - le preguntó.
     María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo 
     encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada 
     a una guardiana, y ‚sta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
     - Es que yo sólo vine a hablar por teléfono - dijo María.
     - De acuerdo, maja - le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con 
     una dulzura demasiado ostensible para ser real -, si te portas bien podrás 
     hablar por teléfono con quién quieras. Pero ahora no, mañana.
     Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué 
     las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En 
     realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con 
     gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital 
     de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes 
     de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico 
     la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. 
     María la miró de través paralizada por el terror.
     - Por el amor de Dios - dijo -. Le juro por mi madre muerta que solo vine 
     a hablar por teléfono.
     Le basto con verle la cara para saber que no había suplica posible ante 
     aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza 
     descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían 
     muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de 
     matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente 
     comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y 
     advertida de que la próxima vez seria investigada a fondo. La versión 
     corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos 
     grandes tenia una turbia carrera de accidentes dudosos en varios 
     manicomios de España.
     Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un 
     somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, 
     estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. 
     Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba 
     en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la 
     enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias 
     miserias.
     No supo cuanto tiempo había pasado cuando volvió en si. Pero entonces el 
     mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano 
     monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con 
     dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del 
     sanatorio.
     Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un 
     cigarrillo. El se lo dio encendido, y le regalo el paquete casi lleno. 
     María no pudo reprimir el llanto.
     - Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras - le dijo el medico, con voz 
     adormecedora -. No hay mejor remedio que las lagrimas.
     María se desahogo sin pudor, como nunca logro hacerlo con sus amantes 
     casuales en tedios de después del amor. Mientras la oía, el medico la 
     peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para respirara mejor, la 
     guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una 
     dulzura que ella no había soñado jamas. Era, por primera vez en su vida, 
     el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el 
     alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora 
     larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por 
     teléfono a su marido.
     El medico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, 
     reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita mas tierna que había 
     sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una 
     bendición episcopal, y desapareció para siempre.
     - Confía en mi - le dijo.
     Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un numero de serie, y 
     con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las 
     dudas sobre su identidad. Al margen quedo una calificación escrita de puño 
     y letra del director: "agitada"
     Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto 
     apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los 
     tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi 
     dos años de una unión libre bien concertada, y el entendió el retraso por 
     la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. 
     Antes de salir dejo un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de 
     la noche.
     En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, 
     prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía 
     hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una 
     anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de 
     haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago 
     distinto. El estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo 
     concentrarse en las suertes mas simples. El tercer compromiso era el de 
     todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin 
     inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo 
     que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada 
     representación llamo por teléfono a su casa, y espero sin ilusiones a que 
     María le contestara. En la ultima ya no pudo reprimir la inquietud de que 
     algo malo había ocurrido.
     De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones publicas vio 
     el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo 
     estremeció el pensamiento aciago de como podía ser la ciudad sin María. La 
     ultima esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido 
     en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvido darle la comida al 
     gato.
     Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe como se 
     llamaba en realidad, porque en Barcelona solo le conocíamos por su nombre 
     profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una 
     torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta 
     le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta 
     comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido 
     llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por 
     su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. 
     Así que esa noche se conformo con llamar a Zaragoza, donde una abuela 
     medio dormida le contesto sin alarma que María había partido después del 
     almuerzo. No durmió mas de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en 
     el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de 
     sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a 
     dejarle solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.
     Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso el, en los 
     últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis 
     meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en 
     un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció 
     en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejo todo lo que 
     era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la 
     cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor 
     desatinado. Saturno penso que había vuelto con su primer esposo, un 
     condiscípulo de la escuela secundaria con quien se caso a escondidas 
     siendo menor de edad, y al cual abandono por otro al cabo de dos años sin 
     amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a 
     buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho 
     mas de lo que resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación 
     invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Y 
     concluyo sin misericordia: "Este fue corto". El se rindió ante su rigor. 
     Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de 
     huérfano despees de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá 
     de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las 
     novias vírgenes.
     María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida 
     resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, 
     la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron 
     hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailo, canto con los 
     mariachis, se paso de tragos, y en un terrible estado de remordimientos 
     tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
     No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del 
     corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le 
     rindió sin condiciones. "Y ahora hasta cuando?", le pregunto el. Ella le 
     contesto con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras 
     dura". Dos años después, seguía siendo eterno.
     María pareció madurar. renuncio a sus sueños de actriz y se consagro a el, 
     tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían 
     asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a 
     Barcelona. Les gusto tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan 
     bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de 
     Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. 
     Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella 
     alquilo un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la 
     promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del 
     jueves, todavía no había dado señales de vida.
     El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil 
     alquilado llamo por teléfono a casa para preguntar por María. "No se nada" 
     dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un 
     policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el 
     automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos 
     kilómetros del lugar donde María lo abandono. El agente quería saber si 
     ella tenia mas detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, 
     y apenas si lo miro para decirle sin mas vueltas que no perdieran el 
     tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y el no sabia con quien 
     ni para donde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incomodo y 
     le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaro cerrado.
     El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por 
     Pascua Florida en Cadaques, adonde Rosa Regas los habían invitado a 
     navegar a vela. Estabamos en el Maritim, el populoso y sórdido bar de la 
     gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de 
     aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabríamos seis a 
     duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda 
     cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un 
     brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se 
     abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció 
     sin mirar a quien, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y 
     lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le 
     daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la 
     tramontana de primavera, pero el iba vestido con una especie de piyama 
     callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
     No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La 
     Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza 
     en vez de la cola de caballo. Los saludo a ambos como a viejos amigos, y 
     por el modo como beso a María, y por el modo como ella le correspondió, a 
     Saturno lo fulmino la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. 
     Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de 
     teléfono escritos por María en el directorio domestico, y la inclemente 
     lucidez de los celos le revelo de quien eran. El prontuario social de 
     intruso acabo de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador 
     de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien 
     fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logro 
     sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó 
     a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, 
     desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada 
     vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara 
     aumentaba su martirio.
     Al cuarto día le contesto una andaluza que solo iba a hacer la limpieza. 
     "El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para 
     enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por 
     casualidad no estaba ahí la señorita María.
     - Aquí no vive ninguna María - le dijo la mujer -. El señorito es soltero.
     - Ya lo se - le dijo el -. No vive, pero ¿a veces va, o no? La mujer se 
     encabrito
     - ¿Pero quien coño habla ahí?
     Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de 
     lo que ya no era para el una sospecha sino una certidumbre ardiente. 
     Perdió el control. En los días siguientes llamo por orden alfabético a 
     todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le 
     agravo la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya celebres entre 
     los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con 
     cualquier broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta que 
     punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en 
     la que nunca seria feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al 
     gato se apretó el corazón para no morir, y tomo la determinación de 
     olvidar a María.
     A los dos meses, María no se había adaptado aun a la vida del sanatorio. 
     Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos 
     encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del 
     general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al 
     principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de 
     maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la 
     mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de 
     recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de 
     reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera 
     semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de 
     cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano 
     terminaban por integrarse a la comunidad.
     La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana 
     que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le 
     agoto el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos 
     de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas 
     recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan 
     intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se gano mas tarde 
     fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.
     Lo mas duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían 
     despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la 
     guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. 
     Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María pregunto con voz 
     suficiente para que le oyera su vecina de cama:
     - ¿Donde estamos?
     La voz grave y lucida de la vecina le contesto:
     - En los profundos infiernos.
     - Dicen que esta es tierra de moros - dijo otra voz distante que resonó en 
     el ámbito del dormitorio -. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando 
     hay luna, se oyen a los perros ladrándole a la mar.
     Se oyo la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se 
     abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio 
     instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María 
     se sobrecogió, y solo ella sabia por que.
     Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había 
     propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó 
     con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por 
     chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la 
     reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambio de método. Le dejaba 
     papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en 
     los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz 
     de estremecer a las piedras. Hacia mas de un mes que parecía resignada a 
     la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
     Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana 
     se acerco a la cama de María, y murmuro en su oído toda clase de 
     obscenidades tiernas, mientras la besaba la cara, el cuello tenso de 
     terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por ultimo, creyendo tal 
     vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se 
     atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de 
     la mano que la mando contra la cama vecina. La guardiana se incorporo 
     furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.
     - Hija de puta - grito -. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que 
     te vuelvas loca por mi.
     El verano llego sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que 
     tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a 
     quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió 
     divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas 
     correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, 
     trato de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber como se encontró 
     sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar 
     con un timbre de suplica. María contesto sin pensarlo, y oyó una voz 
     lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la 
     hora:
     - Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete 
     segundos
     - ¡Maricón! - dijo Marra
     Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayo en la cuenta de que estaba dejando 
     escapar una ocasión irrepetible. Entonces marco seis cifras, con tanta 
     tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el numero de su 
     casa. Espero con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, 
     tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin 
ella.
     - ¿Bueno?
     Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lagrimas que se le formo 
     en la garganta.
     - Conejo, vida mía - suspiro.
     Las lagrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio 
     de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:
     - ¡Puta! Y colgó en seco.
     Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la 
     litografía del generalísimo, la arrojo con todas sus fuerzas contra el 
     vitral del jardín, y se derrumbo bañada en sangre. Aun le sobro rabia para 
     enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin 
     lograrlo, harta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con 
     los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron 
     hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera 
     de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para 
     caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había 
     nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel 
     infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se 
     levanto de puntillas y toco en la celda de la guardiana nocturna.
     El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje 
     a su marido. La guardiana acepto, siempre que el trato se mantuviera en 
     secreto absoluto. Y la apunto con un índice inexorable.
     - Si alguna vez se sabe, te mueres.
     Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con 
     la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El 
     director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como 
     un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su 
     esposa. Nadie sabia de donde llego, ni como ni cuando, pues el primer dato 
     de su ingreso era en el registro oficial dictado por el cuando la 
     entrevisto. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido 
     nada. En todo caso, lo que mas intrigaba al director era como supo Saturno 
     el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
     - Me lo informo la compañía de seguros del coche - dijo.
     El director asintió complacido. "No se como hacen los seguros para saberlo 
     todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenia sobre su escritorio 
     de asceta, y concluyo:
     - Lo único cierto es la gravedad de su estado.
     Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si 
     Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la 
     conducta que el le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para 
     evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez mas 
     frecuentes y peligrosos.
     - Era raro - dijo Saturno -. Siempre de genio fuerte, pero de mucho 
     dominio.
     El medico hizo un ademan de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes 
     durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte 
     que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren 
     mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María 
     por el teléfono.
     - Sígale la corriente - dijo.
     - Tranquilo, doctor - dijo Saturno con un aire alegre -. Es mi 
     especialidad.
     La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo 
     locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de 
     jubilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro 
     del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era 
     evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa 
     y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi 
     invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al 
     ver entrar al esposo ni asomo emoción alguna en la cara todavía salpicada 
     por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
     - ¿Como te sientes? - le pregunto el.
     - Feliz de que al fin hayas venido, conejo - dijo ella -. Esto ha sido la 
     muerte.
     No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lagrimas, María le contó las 
     miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, 
     las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
     - Ya no se cuantos días llevo aquí, o meses o años, pero se que cada uno 
     ha sido peor que el otro - dijo, y suspiro con el alma -: Creo que nunca 
     volveré a ser la misma.
     - Ahora todo eso paso - dijo el, acariciándole con la yema de los dedos 
     las cicatrices recientes de la cara -. Yo seguiré viniendo todos los 
     sábados. Y mas si el director me lo permite. Ya veras que todo va a salir 
     muy bien.
     Ella fijo en los ojos de el sus ojos aterrados. Saturno intento sus artes 
     de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión 
     dulcificada de los propósitos del medico. "En síntesis", concluyo, "aun te 
     faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la 
     verdad.
     - ¡Por Dios, conejo! - dijo atónita -. No me digas que tu también crees 
     que estoy loca!
     - ¡Como se te ocurre! - dijo el, tratando de reír -. Lo que pasa es que 
     será mucho mas conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores 
     condiciones, por supuesto.
     - ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! - dijo María.
     El no supo como reaccionar ante la obsesión temible. Miro a Herculina. 
     Esta aprovecho la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era 
     tiempo de terminar la visita. María intercepto la señal, miro hacia atrás, 
     y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferro 
     al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. El se la quito de 
     encima con tanto amor como pudo, y la dejo a merced de Herculina, que le 
     salto por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplico una llave 
     con la mano izquierda, le paso el otro brazo de hierro alrededor del 
     cuello, y le grito a Saturno el Mago:
     - ¡Vallase!
     Saturno huyo despavorido.
     Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, 
     volvió al sanatorio con el gato vestido igual que el: la malla roja y 
     amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y 
     media que parecía para volar. Entro en la camioneta de feria hasta el 
     patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas 
     que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y 
     ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no solo se negó a 
     recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se 
     sintió herido de muerte.
     - Es una reacción típica - lo consoló el director -. Ya pasara.
     Pero no paso nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, 
     Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. 
     Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero 
     siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, 
     sin saber siquiera si llegaban a Marra, hasta que lo venció la realidad.
     Nunca mas se supo de él, salvo que volvió a casarse y regreso a su país. 
     Antes de irse de Barcelona le dejo el gato medio muerto de hambre a una 
     noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los 
     cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regas recordaba 
     haberla visto en el Corte Ingles, hace unos doce años, con la cabeza 
     rapada y el balandran anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a 
     mas no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a 
     María, siempre que pudo, hasta un día en que solo encontró los escombros 
     del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. 
     María le pareció muy lucida la ultima vez que la vio, un poco pasada de 
     peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevo el gato, porque 
     ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejo para darle de comer.


     Abril de 1978, "Doce cuentos peregrinos".