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jueves, 10 de abril de 2014

Peces de colores en la azotea



Había un espejo grande en la cabecera de la cama de Chiyoko.
Cada noche, al soltarse el cabello y hundir la mejilla en la almohada, se observaba detenidamente en el espejo. La visión de treinta o cuarenta peces de colores cabeza de león aparecería, como rojas flores artificiales sumergidas en un tanque de agua. Algunas noches también la luna se reflejaba entre ellos.
Pero la luna no brillaba en el espejo a través de la ventana. En realidad, Chiyoko veía el reflejo de la luna sobre el agua de los tanques en el jardín de la azotea. El espejo era una ilusoria cortina de plata. A causa de esta mirada aguzada, su mente tenía el mismo desgaste que la púa de un fonógrafo. Sintiéndose incapaz de dejar la cama, allí se hacía irremediablemente vieja. Sólo su cabello negro, esparcido sobre la almohada blanca, retenía su juvenil esplendor.
Una noche, sobre el marco de caoba del espejo se desplazaba un insecto alado. Chiyoko saltó de la cama y golpeó la puerta del dormitorio de su padre.
-Padre, padre, padre.
Tirando de la manga de su padre, con sus manos azuladas, se precipitó hacia el jardín de la azotea.
Uno de los peces cabeza de león estaba muerto, flotando panza arriba, como grávido de alguna extraña criatura.
-Padre, perdón. ¿Puedes perdonarme? ¿No me perdonas? No puedo dormir. Me quedo cuidándolos de noche, además.
Su padre no dijo nada. Se limitó a observar los seis tanques como si estuviera mirando ataúdes.
Fue después de volver de Pekín que su padre instaló los tanques en la azotea y empezó a criar peces.
En Pekín había vivido con una concubina durante mucho tiempo. Chiyoko era hija de esa concubina.
Chiyoko tenía dieciséis años cuando regresaron a Japón. Era invierno. Mesas y sillas traídas de Pekín estaban repartidas en la vieja habitación japonesa. Su media hermana, mayor que ella, estaba sentada en una silla, Chiyoko en la alfombra, y la miraba.
-Pronto formaré parte de otra familia, así que no importa. Pero tú no eres una hija legítima de mi padre. Viniste a esta casa y mi madre te cuidó. No lo olvides.
Cuando Chiyoko bajó la cabeza, su hermana puso los pies sobre sus hombros, y después con un pie le levantó el mentón, obligándola a mirarla. Chiyoko le tomó los pies y se largó a llorar. Los tenía agarrados, cuando su hermana logró metérselos dentro del escote.
-Está tan calentito. Quítame las medias y caliéntame los pies.
Llorando, Chiyoko se las quitó y puso los pies helados sobre su pecho.
Pronto la casa de estilo japonés fue remodelada con estilo occidental. El padre ubicó los seis tanques en la azotea y emprendió la cría de los peces, y estaba allí de la mañana a la noche. Invitaba a su casa a especialistas en peces de colores de todo el país, y presentaba los peces en exposiciones, a veces distantes hasta trescientos kilómetros.
Con el tiempo, Chiyoko empezó a cuidar de los peces. Y día a día cada vez más melancólica, no hacía otra cosa que observarlos.
La verdadera madre de Chiyoko, que había vuelto a Japón y vivía en otra casa, muy pronto tuvo ataques de histeria. Después de recobrar la calma, se convirtió en un ser triste y silencioso. La belleza del rostro de la madre de Chiyoko era la misma que cuando estaba en Pekín, pero su cutis de pronto se había vuelto extrañamente oscuro.
Entre los que iban a la casa de su padre había muchos pretendientes. Y a todos estos jóvenes, Chiyoko les decía:
-Traigan comida para los peces, algunas pulgas de agua. Tengo que alimentarlos.
-¿Dónde podemos encontrar lo que pides?
-Miren en las acequias.
Pero todas las noches ella miraba el espejo. Y fue haciéndose tristemente más vieja. Cumplió veintiséis.
Su padre murió. Rompieron el lacre de su testamento, y en éste decía: "Chiyoko no es hija mía".
Fue corriendo a su habitación para llorar. Le echó una mirada al espejo en la cabecera de su cama, lanzó un chillido y subió corriendo al jardín de la azotea.
¿De dónde había venido? ¿Cuándo? Su madre estaba parada al lado de un tanque, con su rostro oscuro. Su boca estaba llena de peces cabeza de león. La cola de uno de ellos colgaba de su boca como una lengua. Aunque veía a su hija, la mujer la ignoraba mientras se comía el pez.
-¡Padre! -gritó la muchacha y golpeó su madre. Ésta cayó contra los ladrillos y murió con el pez en la boca.

Así, Chiyoko se vio liberada de su madre y de su padre. Recobró su juventud y partió hacia una vida de felicidad.

© Yasunari Kawabata (Japón)
© Emecé