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miércoles, 9 de abril de 2014

Relatos de España

Encuentro
-¡Nelly! Pero, ¿sos vos, Nelly? Mamma mia!
Y sí, ella era; la misma: la célebre Nelly, alias Potranca, alias Chajá, la Nelly Bicicleta. Ella misma, sí; pero... mamma mia! Casi no la reconoce el Boneca; ¡después de «tantas cosas como hubieron»!... Parado en la esquina, ahí donde la calle Rivadavia desemboca en Plaza de Mayo, la miraba, un poco echado atrás, medio asombrado, medio divertido; y ella, cortada, sonreía con la vista fija en el cordón de la acera y no decía palabra. Hasta que, al fin, con bastante fastidio:
-¿Tan cambiada me encuentras? -dijo.
Por toda respuesta, la agarró él de un brazo. Su carne, floja, se le iba de entre los dedos.
-Vení; acá podemos conversar tranquilos -y la condujo hacia uno de los bares próximos. Se acomodaron en un ángulo, junto a la puerta. Sin consultarla, pidió el Boneca whisky para los dos. Ella le contempló más bien con curiosidad, y él sostuvo, satisfecho, la inspección de su vestimenta; recordó esa maña que ella tenía de tasarle a uno la ropa; ahora estaba satisfecho de su ropa: el traje, un poco gárrulo si se quiere, de rico paño inglés; la camisa, de seda; la corbata, fastuosa. Aguardó, sonriendo, a que lo hubiera repasado así de pies a cabeza, y sólo entonces contestó a la pregunta de la esquina:
-¿Cambiada, decís? No, tan cambiada no estás. Demasiado flaca, tal vez. Pero, che, ¡la sorpresa de encontrarte!
-Siempre fui delgada.
Siempre había sido delgada, es cierto. Potranca la llamaban de jovencita los amigos: delgada, fina de cabos, nerviosa, con aquel movimiento rápido de la cabeza. Y también el apodo envidioso de Chajáaludía a su delgadez de cuerpo, en contraste con sus ostentosos tapados de pieles. Excesivamente delgada para el gusto de muchos... Pero ¡Dios! ¡Esto de ahora!...
Bebió ella del whisky con avidez, y luego, haciendo una mueca, dejó el vaso. Su mano se veía algo descuidada; las uñas, cortas, a ras de la carne.
-¡Qué sorpresa, caramba, encontrarte! -ponderó él-. ¡Después de tanto tiempo! ¡Años y años, che!
Y ella observó:
-A vos no te ha ido mal.
-Regular -sonrió, feliz, el Boneca-. No, no puedo quejarme -concedió. Ambos sintieron, de pronto, que ya no tenían nada que decirse. Arrellanado en sí mismo, él no podía quitar la vista de aquel escuálido, vibrante cuello que, sobre la frágil armadura de las clavículas, sostenía una cabeza gastada, unas facciones gastadas, hechas de finísimas arrugas, Y era ella, la Nelly. Ahí (sólo que ahora entre unos párpados marchitos) sus ojos, los proverbiales ojos azul «flor de lino», que extasiaban a tantos tipos majaderos y que celebró don Martín Ávalos desde las páginas de Caras y Caretas con versos inolvidables, esos mismos ojos le estaban mirando a él, al Boneca, hoy como ayer.
-¿Te acordás, Nelly?
Nelly sonrió ambiguamente; bebió otro trago; paseó la vista, distraída, por el local desierto: era media mañana; el sol entraba por las ventanas, marcando cuadros más claros en la madera del piso.
«¡Te acordás!» Pues ¿no había de acordarse? El sería quien tuviera que hacer memoria. Véanlo alJuancito Boneca, reluciente y orondo, bien fardado, dándose aires de doctor y convidándola a estewhisky escocés de precio prohibitivo, pensó; y la imagen del muchachote, cara redonda y ojos hermosos, que sabía afectar una contrariedad digna, apesadumbrada, cada vez que ella -dichosos tiempos-, al enviarlo a la rotisería en busca de un pollo asado y una botella de vino, le metía en la mano la plata; o cuando el pobre tenía incluso que agachar la cabeza y, con fingida desenvoltura, pedirle prestadas pequeñas cantidades, cuya devolución nadie, por supuesto, esperaba; estos recuerdos, donde a la ironía tierna se mezclaba cierta nostalgia, daban a su expresión una suave, lejana blandura.
-¿En qué estás pensando?
-En nada; en todo eso -eludió la mujer.
Él no cesaba de observarla. Veíala sonreír e interpretaba, pretencioso, la sonrisa como pura complacencia en la evocación, al mismo tiempo que se maravillaba de que esta desdicha humana, con quien hasta le daría vergüenza que le viesen, hubiera sido, como lo fue (¡a qué negarlo!), ocasión para él de lágrimas y suspiros. «Un poco menos de carne, unos kilos rebajados, algunos años más y... ya tenés la tragedia convertida en sainete», filosofó. Pero exageraba. ¿Tragedia? Exageraba, Cierto que él anduvo un tiempo medio enloquecido, con un metejón bárbaro, hecho el infeliz más grande del mundo; que, atontado y miserable, no era capaz de pensar sino en ella; que traía fatigados los teléfonos de todos los cafés vecinos... Había sido como una enfermedad; sí, una enfermedad de juventud. «Hecho un trasto -pensó-, un trasto, una basura.» Y todavía le montaba un poco de calor a la cara al revivir algunas escenas, papeles desairados, verdaderos papelones que hubo de hacer por su culpa, como aquella tarde, una entre tantas, en que, teniéndola, por fin, tras de varias tentativas, al teléfono, ella, tan escurridiza siempre, siempre con prisa, esta vez, en cambio, no quería terminar la conversación -«¡oíme!», «¡escúchame!»-; y, mientras tanto, un sujeto fifí, con pataditas y gestos, se impacientaba junto a él, enterándose de cuanta bobada no podía dejar de contestarle; hasta que el gallego del mostrador le invitó con perentoria grosería a cortar la comunicación; y, a todo esto, la sospecha prendida en la garganta de que, al otro extremo de la línea, ella -tan rara era su actitud, su voz- pudiera no estar sola y quizás se burlase a costa suya con alguien. ¡Qué perdido se sentía en esos ratos! ¡Qué desamparado! ¡Cómo se le deshilachaba el mundo en tristeza! Entonces lo aborrecía todo; aborrecía el reloj del cafetín, a la vuelta; aborrecía la dulce madreselva del corralón, el saludo de los vecinos, y hasta aborrecía el acento gringo de su madre, siempre con historias desagradables que a él nada le importaban. ¡Qué asco todo!... Pero en contra, ¡ah!, qué gloria, qué gloria, sí, cuando una vez se veía al lado de ella, y ella, su Nelly, sin darse cuenta de las angustias pasadas, se le reía con aquella boca fresca, húmeda; lo despeinaba por juego, metiéndole los dedos largos y afilados a través del cabello, lo miraba con ternura, volvía a reírse, le decía alguna palabrita de cariño... Entonces él, que durante días y semanas había estado espiando con ansia un momento así, aferraba la ocasión y la acosaba a preguntas, astutas preguntas a las que se esforzaba por dar un sesgo ligero, de broma; quería saberlo todo, y le armaba pequeños lazos para sorprender sus mentiras. ¡Pero qué! Escurridiza, se le escapaba ella hasta hacerse odiar. Lo tomaba por los hombros, lo sujetaba con fuerza -pues tenía una increíble fuerza nerviosa-, lo miraba a los ojos, se reía. «¿Por qué te querré? Si sos un bobito; si tenés cara de niña, de muñecona, boneca... ¿Te gusta que te llamen boneca?.» Y de nuevo soltaba la risa. Bien sabía ella que el mote no le gustaba. Cómo le iba a gustar, si había sido ocurrencia de ese... (todavía le daba despecho recordar al viejo baboso), de ese grotesco personaje, Saldanha, oseor Saldanha, farabuti cien por cien, un necio que, con la insolencia del potentado, se permitía llamarle cara de boneca, lo había bautizado de Boneca; y ya se le quedó el apodo, ¡a él, que nunca había tenido apodos! ¡Él, a quien los amigos habían llamado siempre Vatteone, por su apellido, o a lo sumo el Gordito Vatteone, cariñosamente! Lo hubiera matado al viejo inmundo. Cara de boneca. Y ya, en adelante, ¿quién no?, todos: «¡Vení, Boneca!», «¡Toma, Boneca!», «¡Ándate, Boneca!»... «Lo peor de esas cosas -reflexionaba para consolarse- es que, si no te aguantás, ¡adiós! Vos te aprovechás, incluso podés reírte por dentro pensando que ellos pagan y vos disfrutas; pero esas cosas hay que aguantarlas». ¿No aguantaba ella también, con todo su orgullo, que la llamaran Chajá? La Catresú había sido -bien lo recordaba- quien le comparó aquellas pieles opulentas, regalo del brasileño, con el plumaje del chajá sobre su carne enjuta... Ahora, ahora sí que se veía esta pobre como pájaro desplumado. Desengaños del tiempo: estaba hecha una lástima...
Que en qué pensaba, le había preguntado él; y ella había respondido que en nada. Era verdad: pensar, no pensaba en nada. Lo tenía ante sí, extraño; se lo representaba tal cual había sido, y le sonreía por un instante a aquella imagen del ayer en la cara abotagada y vulgarísima de este cuarentón lleno de aplomo. El Gordo ya no era más Juancito Boneca (¡ni qué tenía que ver!) sino el señor Vatteone -¡muy señor mío!-, caricatura espesa de aquella nauseabunda edad de oro que se le vino de repente a la boca; otarios, pendejas, pobres donjuanes de cabaret, su reino precario, el catedrático, Pepe Sieso, Saldanha gargajiento, el chino Ávalos (don Martín Ávalos, con sus poesías y sus letras de tango) y el Boneca, mi lindo Julián.
-¡Cuánto tiempo que no nos vemos, caramba! Decime, ¿estuviste fuera?
-Vengo muy poco al centro -respondió ella. Aplastaba con el dedo una miguita seca sobre la mesa.
-Y ¿qué ha sido de tu vida, decime? -volvió a preguntarle él; aunque pensó: ¿hacía falta preguntar nada? A la vista estaba: una completa ruina, liquidación y remate. Agregó Vatteone, mirándola con disimulo, mientras ella agotaba el último sorbo de su vaso-: Pensé que estuvieras fuera.
-¿Fuera? ¿Dónde «fuera»?
-Pues ¡qué sé yo! En el Brasil, por ejemplo, con tu fazendeiro. Se me ocurría.
Ella hizo un gesto. El final de Saldanha había sido de lo más penoso; ni recordar quería ella tantos disgustos como llovieron sobre su cabeza cuando al viejo crápula le entró la pamplina de que oía músicas a lo lejos y se quedaba arrobado, asustándola en seguida con los arrebatos que le sobrevenían: carcajadas, y gritos, y toses, y lágrimas, y venga a hablar francés; hasta que aparecieron unos buitres del Brasil para llevárselo, no sin antes tratar de crearle complicaciones a la infeliz, que nada había sacado en limpio de toda esa historia, sino las muchas pejigueras. Y ahora este idiota sale con ésa; vaya: «Tu fazendeiro». ¡Qué idiota!... Le acudieron a la memoria las vagas insidias, las escenas tontas de celos que el Boneca -puro teatro, a la finale; cosas de chiquilín- solía hacerle a ella, para después -y ¿qué remedio le quedaba?- tener que soportarlo todo, tragar saliva y hacerse el distraído. ¡Qué bobo! Si hubiera podido él imaginarse entonces todo lo insoportable que le resultaba a Nelly el famoso Saldanha, con sus     aires de superioridad condescendiente; cuánto trabajo le costaba seguirle la charla, empeñado el hombrecito en tratarla como si a ella debieran de interesarle las cien mil macanas que él leía y conversaba... Tanto que, parecerá mentira, pero prefería casi acompañarlo a los conciertos del Colón (otra de sus manías) y luchar allí con los bostezos durante un par de horas mortales, mientras él, acurrucado en su butaca como un macaco, cerrados los ojillos, ponía una repugnante cara de gusto.
-Pero, bueno -insistió el Vatteone-, decime: ¿qué demonios hacés ahora? ¿Dónde te metés? Si no venís al centro, ¿dónde andás metida?
Se esforzaba por adivinar cuál sería la vida de Nelly actualmente. Que le iba mal, ya se veía. Y era lógico. ¡Quién sabe los años que tendría ya! Desde luego, bastantes más que él, conque... Y, por otro lado, tampoco era ella mujer de resignarse, y darse por vencida, y pasar a la reserva. Si no había sabido aprovechar sus éxitos y su gran boga fue por eso. Demasiado temperamento, pensó el Boneca. No había olvidado después de tantos años la vez aquella en que, con la boca pegada a su oreja, le declaró muy bajito: «Esto es lo que a mí más me gusta en el mundo. ¡Otra que pieles!». Esto, había dicho; no había dicho que le gustase él, ni siquiera hacerlo con él, sino sencillamente eso, la muy...
-¿Eh? -apremió Vatteone-Boneca-.¿Dónde andás metida?
Y ella:
-Me casé -dijo.
Hizo esta notificación con voz velada, al tiempo que dirigía una mirada al dedo anular de su mano derecha, donde -¡caramba, era cierto!-, bajo una ostentosa sortija, amatista enorme, se escondía casi el anillo de la alianza conyugal.
-¿Que te casaste? ¡No! -él se echó atrás en su asiento con afectada sorpresa-. Y ¿quién se casó contigo? Pero, ¡qué divertido!... No me vas a decir que Saldanha te llevó a los altares... Aunque, si se le antojaba, era tipo de hacer lo primero que se le viniera al coco. ¿Acerté? ¿Saldanha?
Nelly movió la cabeza. En sus pómulos se insinuaba un triste rubor. Él estaba divertidísimo; por supuesto, se daba cuenta de que no podía ser el brasileño: no andaría ella así, medio derrotada. Pero ¿quién? Se había animado, se reía con toda la boca muy abierta; repetía: «¡Qué divertido!». Bebió el resto de su vaso y llamó al mozo para que sirviera otros whiskies.
-¡Conque... señora casada! ¡Qué divertido!... Me hubieras convidado a la boda, mujer.
-Habrías tenido que llevar a tu esposa -le replicó ella, molesta, incisiva.
Y él, entonces, se contempló a su vez el anillo de casado.
-También yo me casé -reconoció, súbitamente serio.
Y se imaginó lo absurdo: la Beba, su señora, gruesa, blanca y pomposa, bajando del auto a la puerta de la iglesia para asistir al casamiento de aquella pobre Nelly Bicicleta... ¿con quién?
-¿Con quién te casaste, Nelly? ¿Alguien conocido mío? -preguntó, ahora ya con una inflexión afectuosa, hipocritona, en la voz.
Ella se puso a beber despacito. Después de pensarlo un poco, informó:
-Verás, es un buen hombre. Quizás te acuerdes de él. Trabajaba en el Victoria. ¿Te acordás de Muñoz, un mozo gallego, pelo negro?...
El Boneca no se acordaba. Nelly, en cambio, lo veía ahora, no en su estado actual, calvo ya, bastante machucho, enfermo y, a ratos, un tanto insoportable, egoísta, sino tal como entonces era: fino, servicial, callado, respetuoso; lo veía acercarse a su silla cuando, acaso llena de murria, aguardaba ella en el bar, y ahí, parado junto a la mesita, se ponía a conversarle en voz baja, un susurro apenas, al comienzo sobre cosas indiferentes, y luego, poco apoco...
-Pues no me acuerdo -contestó Vatteone-. ¿Cómo querés que me acuerde?
Y no había terminado de decirlo cuando, de pronto, le vino a las mientes un episodio, una desagradable escena en la que el tal Muñoz había tomado alguna parte. Seguramente suspiraba ya entonces en secreto por Nelly-Potranca. Con tanta mayor atención pondría oído desde su puesto a lo que de ella decían, en ausencia suya, aquel grupo de mamarrachos y mamarrachas. Se hablaba del viejo Saldanha y sus millones, y de la suerte que ella había tenido de caerle en gracia; se discutían sus méritos, sus carnes. Y entonces, aquel asqueroso de Pepe Sieso había soltado su chiste miserable. Había dicho: «Habilidades tendrá, no me opongo; pero ¿cuerpo? ¡Vamos, hombre! ¡Si eso ha de ser lo mismo que montar en bicicleta!». Y todavía lo acompañó de la actitud ciclista, pedaleando con indecencia cada vez más rápido. Las carcajadas se extinguieron casi de golpe cuando una, divisando a Nelly en el fondo del corredor, dio la señal de alarma: «Che, attenti: ahí viene la Bicicleta». Pero el mozo lo había llamado aparte al desgraciado aquél, como para darle un recado, y algo duro debió de decirle, a juzgar por la actitud de ambos, que el Boneca, abochornado, observaba... Casi le vuelve el malestar ahora, al revivir el episodio.
-¿Cómo querés que me acuerde? -repitió-. ¿Te acordarías vos, si no se hubiera casado contigo?
-Y vos, ¿con quién te casaste?
-¿Yo? -se quedó un momento sin saber qué contestar-. ¿Yo? -repitió-. Pues..., te diré..., con una muchacha...
-...platuda -completó ella. Y en esta palabra, platuda, que encerraba una intención sarcástica, puso también, sin quererlo, el prestigio de un mundo inaccesible.
Vatteone desvió los ojos:
-No vayas a creerte.
Sentía sobre sí esa mirada de Nelly que antes le había repasado la ropa de arriba abajo, y tanta insistencia le molestaba ya. La calma azul de la mirada «flor de lino» le parecía crítica, impertinente, y comenzó a explicarle con alguna incomodidad y cierta precipitación cómo había sido que cambió su fortuna. Pero ella no le escuchaba apenas, se limitaba a contemplar la cara grandota, las narices gruesas y las cejas peludas que tenía enfrente, al otro lado de la mesa, aquella figura exuberante que le había salido al paso en Rivadavia y Plaza de Mayo para invitarla a whisky y al espectáculo de sí mismo, y que viera medrado en fantasmón rozagante, engreído y -tan luego- sobrador a aquel Bonecade antaño, sinvergonzón si se quiere y atropellador, aunque dispuesto a achicarse en cualquier momento, pero fresco también en el sentido de la ingenuidad. La transformación del petit farceursimpático -ce petit farceur, le llamaba siempre Saldanha- hubiera sido -pensó Nelly- muy previsible: bastaba dejarlo madurar; ya en sus veinte años estaba prometido el señor Vatteone que voilá -como también hubiera dicho el otro-, de cuerpo entero. ¿Quién, en cambio, hubiera podido prever la metamorfosis de Muñoz, su marido -siguió cavilando Nelly-, su decadencia en la apatía actual, su empantanamiento en una paciencia irritante? Pero, Dios, ¿qué culpa tiene él, tampoco, si está medio baldado? -se preguntó, repitiéndose la frase habitual de Muñoz-. En fin, cada cual su suerte. Pensó que él, Muñoz, había querido influir y, bondadosamente, había influido, con toda su alma -un alma de Dios, el pobre-, en la suerte de Nelly-Potranca. Pero quizás -se arguyo Nelly- «eso era algo que estaba ya en mi suerte», considerando que a la verdad, no había sido él el único en la vida que le propusiera y aun le rogara sacarla de aquello -«aquello» era, se entiende, «el fango», «la abyección»- y darle un estado más digno, un nombre honrado... A la idea de tal honra y dignidad sintió formársele una sonrisa mala. «Señora de Muñoz», susurró. Y luego: «Esto estaba en mi suerte, sí; y también en la de él». Pues sin la sencillez de aquel hombre sosegado, silencioso, a quien era un descanso hablarle, que le hacía a una sentirse tranquila y en paz, que emanaba confianza, seguridad, ¿cuándo hubiera accedido ella?... Con irrisión lo hubiera rechazado, como a otros, como al viejo Saldanha, que también se dignó en un momento dado, con sus aires de superioridad impecable y benévola cortesía, y todos sus millones... Millones, Cadillac, Strawinsky, Champs Elysées, ¡a la eme! En cambio, Muñoz le había gustado desde el comienzo: un tipo alto, bien parecido, amable, con aquella su expresión viril y, sin embargo, tan dulce, y aquel silencio suyo, y aquel respeto que, increíblemente, resistía íntegro al deterioro de la intimidad. Le había gustado desde el primer momento, y llegó a quererle como a nadie había querido nunca. Cuando él le propuso matrimonio, la perspectiva de una existencia apartada y modesta, pero tranquila, en su compañía, le pareció feliz. ¿Se arrepentía ahora? ¿Se había equivocado, como, escandalizadas, pretendieron todas en su día? Ahora... ahí estaba el pobre, postrado en su eterno sillón de mimbre, y esa misma quietud, sosiego y silencio que antes la encantaba, la crispaba ahora viéndole impasible, mientras ella entraba y salía, salía y entraba...
Pero, ¿qué estaba diciendo este majadero de Vatteone, ahí, con su whisky? Le contaba con entusiasmo creciente cómo se había metido en política, había hecho relaciones, amigos estupendos, negocios, supo avivarse, tuvo además suerte, le fue bien, le había ido bastante bien, de manera que, aun cuando su suegro (hizo una mueca de involuntario desagrado; ¡el tano imposible!), «aun cuando mi suegro -repitió con entonación a un tiempo respetuosa y familiar- es persona que tiene, para nada necesito yo de su ayuda. Pues hoy en día, ¿sabés?, sólo el que es zonzo... No como antes, que el hijo de esta tierra de bendición se veía pisoteado, mientras nuestro país (¡el país más rico del mundo, caramba!), hipotecado al capital extranjero...».
-Andá, hombre; ese discurso ya me lo tengo muy oído por la radio -se impacientó ella.
Él la miró con sospecha; quiso replicar; pero ¡qué tanto!, prefirió mejor echarlo a risa. Se rió sin mucha gana; estaba un poco ofendido.
-Bueno -concluyó-, será como vos quieras. El resultado es...; pero, che, decime, ¿y a vos, cómo te va? ¿Él trabaja siempre de mozo?
-¿Él?
Hizo una pausa. Estaba nerviosa, aburrida, con un leve rubor de ira en las mejillas. «Aquí perdiendo el tiempo -se dijo- con este badulaque, mientras...» Miró su relojito, y la imaginación se le fue hacia la casa, en Villa Crespo: una hora de ómnibus, a los empujones, con la gente cada vez más grosera. Allá, en el patiecito lleno de macetas, Muñoz, instalado en su butaca de mimbres bajo la glicina, a la espera de que algún pibe asomara la jeta para mandarlo a comprar cigarrillos, quinientas veces habría sacado ya a estas horas del bolsillo su reloj de plata «traído de España»; y, mientras, ella, aquí, escuchando las fanfarronadas del Boneca.
-¿Él? -repitió-. Sí, sí, trabaja... Cuando tiene salud -eludió, y se dijo: «Que no se me olvide pasar por la farmacia»-. Pero -y recogió su cartera, que había dejado a un lado, sobre la mesa, con los guantes-, pero tengo que irme ya; se me hace tarde; me he entretenido charlando con vos, y se me ha hecho tarde.
-¿No tenés más tiempo?
-Lo siento; ya no tengo más tiempo, no.
Él llamó al mozo con una seña, echó sobre la mesa un billete grande y luego se guardó, sin mirarlo, el dinero del cambio. Ella aguardaba en pie ya. Levantándose, calmoso, un poco pesado:
-Tenemos que vernos -le dijo él.
-Sí, sí, cómo no -asintió ella.
Pero él -tanto mejor- ni por fórmula quiso precisar nada.
Salieron juntos del bar. Ella se detuvo, al lado de la puerta, para despedirle.
-¿Hacia dónde vas? -inquirió él.
-Hacia allá -respondió ella, tendiéndole la mano, sin indicar a parte alguna.
Él la retuvo, casi a la fuerza.
-Escucha -le dijo-, oíme una cosa.
-¿Qué?
-Oíme. Aunque no nos veamos, somos siempre buenos amigos, ¿no? El pasado no se olvida, y... Quería decirte que, en fin, si alguna vez precisas algo de mí, no dudes. Estoy en la guía del teléfono; o si no, me llamás a la Secretaría de Fomento Industrial. ¿Entendido?
-Sí, sí, cómo no -replicó ella.
Él no le quitaba el ojo de encima, observando en su mejilla tirante un músculo que saltaba; Nelly tenía la vista clavada en el suelo.
-¿De veras? -reiteró el Boneca.
-Sí. Muchas gracias.
-Pero ¿de veras, eh?
Ella se separó, echó andar calle arriba; y él se quedó en la esquina, viéndola alejarse. ¡Una ruina, caramba!
Se arregló la corbata, satisfecho, ante el espejo de una vitrina.