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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 11 de mayo de 2014

El castillo en la aguja



Por la noche, antes de quedarse dormido, escuchaba el galope del viento sobre el campo de espigas. En la mañana desayunaba con su madre. Salía de la cocina a pasear por los jardines de la casa. Le gustaba ver los juegos del sol en el plumaje de los pavos reales y su propia cara reflejada en el fondo del pozo. Subía al muro que los aislaba de la carretera y durante horas contaba los vehículos que iban al puerto o regresaban de él.
A las dos su madre le servía el almuerzo en la mesa con mantel de hule. Después Pablo se dirigía a la huerta y, si don Felipe y Matilde no lo vigilaban, sus diversiones eran violentas: destruir hormigueros, cazar mariposas y arrancarles las alas. Luego, al oscurecer, tomaban café con leche y pan dulce. Y mientras su madre escuchaba en la radio las trasmisiones más populares de 1948, Pablo leía El Corsario Negro y Viaje al centro de la tierra, libros prestados por Gilberto. En eso consistían sus vacaciones y representaban algo parecido a la felicidad. Cuando terminaran volvería al internado y a las obligaciones, regaños, burlas, golpes.

A fines de 1946 ocupó la presidencia Miguel Alemán y el señor y la señora Aragón se fueron a vivir a la capital. Mantuvieron la casa de campo aunque nada más la visitaban una o dos veces al año. Quedó al cuidado de gente de confianza: don Felipe, su amigo de infancia, cuando nadie hubiera predicho que Aragón se iba a enriquecer en la política y el otro jamás saldría de pobre; Matilde con la que don Felipe llevaba más de treinta años, y Catalina, la muchacha que desde pequeña había servido a la familia. En un mal momento Catalina resultó embarazada, nunca dijo por quién, y en la Navidad de 1936 nació Pablo. Matrimonio sin hijos, los Aragón se compadecieron de él y le pagaban el internado en el puerto.

Desde el autobús Pablo miraba la vegetación implacable crecida entre las ciénagas. A la distancia apareció el campo de espigas. Pablo se levantó para indicar al chofer el sitio en que se bajaría. Cuando el vehículo se detuvo, el niño dio las gracias y atravesó la carretera. Deslumbrado por el sol, avanzó por el sendero de grava. Su madre salió a abrirle la reja y Pablo entró en su casa, la casa ajena, el castillo en la aguja.

Las ventanas del gran salón daban al mar. Terminadas las clases Pablo se quedaba de pie y observaba las olas que no descansan. En el internado tenía un solo amigo, Gilberto. Nunca entendió por qué estaba en un sitio que no era el suyo. Gilberto aseguraba que sus padres se propusieron templar su carácter, disciplinarlo para que al crecer no fuera un inútil, como tantos hijos de ricos, y preparar su ingreso en la Culver Military Academy de Indiana.
"O nos hacemos como ellos o vamos a ser eternamente sus criados", aseguró el ingeniero Benavides padre de Gilberto en una conferencia que dio a los internos. "Si con Miguel Alemán los mexicanos no nos ponemos al día ya no lo vamos a hacer jamás. Ahora o nunca. Es tiempo de acabar con tanta injuria, con tanta corrupción, con tanta ignorancia, can tanta pereza, con tanta irresponsabilidad. Me niego a pensar que este país nació así y ya no tiene: remedio."
A pesar de la amistad Gilberto nunca lo había invitado a su casa. Un domingo lo hizo por fin y entonces Pablo conoció a Yolanda. Gilberto los presentó, su hermana retuvo por un instante la mano de Pablo y lo miró a los ojos. Se despidió, subió las escaleras y se perdió en el fardo del corredor.

Otro domingo fueron a un pueblo a orillas del río. En un restaurante hecho de tablas comieron mojarras y camarones y escucharon música de arpas y guitarras. Algunas parejas salieron a bailar. La señora Benavides animó a Yolanda a hacerlo también.
-Participa en todos los festivales de la escuela. Es la mejor en bailes regionales y nadie le gana en flamenco y hawaiano. Tiene un gran talento de bailarina pero nosotros queremos verla con un titulo profesional - dijo como para ser escuchada y envidiada en todo el restaurante.
Yolanda se volvió a ver a Pablo y se negó. El ingeniero, le recordó a su esposa que se hallaban en un lugar al que sólo habían ido por la frescura de sus productos recién sacados del agua. Allí cabía gente de otra clase: indios, negros, obreros, estibadores, sirvientas, empleadas de almacén, personas vulgares. Una niña como Yolanda no iba a servirles de espectáculo. Benavides habló en un tono suave para que su esposa no se diera por amonestada en presencia de un intruso y Pablo, a su vez, entendiese el gran favor que le hacía una familia así al permitir que los acompañara.
El ingeniero pidió la cuenta y dejó una mínima propina. Volvieron al Buick y tomaron el camino de regreso. Pablo, que no había abierto la boca en toda la tarde, habló al oído de Gilbertó. El niño se inclinó hacia el asiento delantero:
-Dice Pablo que nos invita a conocer su casa.
-Dale las gracias - contestó Benavides-, pero creo que mejor vamos otro día. Hoy ya es muy tarde y mañana hay que trabajar desde temprano.
Gilberto se empeñó en conocer el sitio del que tanto le había hablado su amigo. Ansiaba jugar en la huerta y observar a los pavos reales.
-Está bien pero sólo un momento. No conocemos a sus padres y no es de buena educación hacer visitas sin anunciarse- concluyó el ingeniero.
El automóvil siguió por la carretera arbolada. Hacía calor y el aire estaba lleno de sal. En el asiento de atrás Pablo ocupaba el lugar de en medio, el incómodo. Cuando el Buick tornó una curva tendida sobre la ciénaga Pablo sintió que el cuerpo de Yolanda rozaba su piel. Gilberto leía las aventuras de Mandrake. Su madre estaba absorta en la sección de sociales. De vez en cuando hacía comentarios despectivos que celebraba el ingeniero. Benavides encendió la radio. Como del fondo de los tiempos llegó un danzón. Al lado izquierdo apareció el campo de espigas.
Pablo se aproximó un centímetro más. Contra lo que esperaba, Yolanda no rehusó la cercanía. Sus manos se tocaron por un segundo. En ese instante apareció ante ellos el edificio que imitaba un castillo del Rin en medio de la vegetación tropical.
-Esta es mi casa- dijo Pablo como si se dirigiera sólo a Yolanda.
Gilberto interrumpió la lectura de los cómics para corregir a Pablo:
-No, no es así. Se dice: "Aquí tienen ustedes su casa".
En vez de responder Pablo rozó de nuevo la mano de Yolanda. Benavides moderó la marcha y el Buick entró por el sendero de grava. Don Felipe se apresuró a abrir el portón, se quitó el sombrero de palma y saludó inclinando la cabeza.
Pablo se volvió hacia Yolanda:
-¿Te gusta?
Yolanda no tuvo tiempo de contestar: la señora Aragón apareció en el vestíbulo, bajó los escalones y se acercó a la ventanilla:
-Ingeniero, Dorita, qué milagro. No saben cuánto gusto nos da verlos. ¿Por qué nunca antes habían querido venir- Pasen por favor. Están en su casa.
Pablo trató de ver los ojos de Yolanda. La niña enrojeció, desvió la mirada, simuló interesarse en los pavos reales. Gilberto quedó rígido y fijó la vista en las aventuras de Mandrake. Al descubrir a Pablo la señora Aragón le ordenó:
- Dile por favorcito a tu mamá que nos preparé café y sirva helados para los niños.
Pablo se alejó a la carrera y en vez de ir a la cocina fue hacia la veleta. Cerca del pozo rompió a llorar. Se asomó al fondo oscuro y el agua no reflejó su cara. En ese instante empezó a soplar el viento del norte. Levantó arena de la playa, dejó, surcos en las acequias y arrojó flores al pantano. El viento se adueñaba de todo mientras Pablo corría hacia un lugar en que nadie nunca pudiera humillarlo otra vez ante Yolanda.