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domingo, 11 de mayo de 2014

La barba del capitán



A esa edad ¡qué tonta puede ser una, Dios mío! Todavía hoy, aún no sé bien, ni me explico, por qué tuvo que afligirme tanto y me produjo una vergüenza tan grande, tan desesperada, hasta hacérseme inconciliable el mundo por su causa, aquella historia absurda de la barba, o alrededor de la barba; una historia confusa y disparatada cuyo chiste, si alguno tenía, apenas podía entenderlo una mocosa boba, como era por entonces, y que, no obstante, hube de escuchar las mil y quinientas veces, repetida entre risotadas. ¡Dichosa barba del capitán Ramírez!
Hoy puedo pensar, y decir, y escribir: «una historia absurda»; así es como, en efecto, la veo ahora; pero ¡cómo torturó en su día mi corazón tierno, y cuántas lágrimas debieron rendirle mis ojos recién abiertos a la vida! Quizá sea que los sentimientos se me han ido embotando con los años; ya soy una mujer, y no una niña; quizás -y esto es lo más seguro- no había motivo real para tanto drama, sino que yo desorbitaba y sacaba de quicio lo que en verdad no pasó nunca de ser una chacota cuartelera, burda si se quiere, y necia, sí, pero ni malvada, ni cruel, ni atroz, ni espantosa, ni abominable, ni cuantos adjetivos me brotaban entonces del pecho para quemarme la boca. ¡Pobre capitán Ramírez! ¿Qué habrá sido de él? ¿Por dónde andará a la fecha, con la estúpida de su mujer siempre a rastras del infeliz? Han pasado los años; y ahora, casi en vísperas de mi boda, cuando también yo voy a ser ya toda una señora casada, en estos días de espera, concluidos los preparativos, me ha dado por recordar, quién sabe por qué, aquella temporada y aquel episodio secreto de mi infancia, aquellas pueriles ridiculeces mías. Lo recuerdo con un poquito de bochorno, pero en el fondo sin desagrado, más bien algo sorprendida de mí misma. Es muy cierto, por ejemplo, que, después de la gran rechifla, temblaba, literalmente, a la sola idea de volver a verlo. Verlo, después que tanto se habían reído todos a costa suya, y no poderle dar a entender de alguna manera que no tenía por qué sentirse solo contra todos; que alguien, mientras, había estado con todo fervor a su lado: aunque ese alguien no fuera más que una chiquilla tonta, de la que él mismo se hubiera burlado acaso, abriendo unos ojos de asombro divertido si de alguna manera hubiera podido leerle el pensamiento... Es claro que yo no iba a importarle nada. Yo no existía; sencillamente, no existía para él. Y, sin embargo, a la sola idea de que, en cualquier momento (era inevitable), me lo tropezaría y tendría que mirarlo a la cara, temblaba de pies a cabeza.
Y lo divertido es que mi gran tortura, lo que me hacía insufrible la idea, era el tener que verlo sin barba, pues, ¡boba de mí!, lo ocurrido se había instalado en mi imaginación con el peso de una piedra, como algo definitivo, inamovible; como si se hubiera tratado de una irreparable mutilación. De modo que cuando, a la semana siguiente, sobrevino por fin el tan deseado y temido encuentro, y el capitán Ramírez pasó por mi lado, y divisé sobre su cara pálida una barba apenas crecida, una especie de barba de enfermo, mi desconcierto fue completo; quedé azorada, hecha una tonta, y me abandonaron las fuerzas. Suerte que ni siquiera había reparado él en mi presencia. Acudía a comparecer ante mi padre; se cruzó conmigo en la penumbra de la antesala y entró al despacho. Con su barba nueva de enfermo parecía inmensamente triste...
Entonces me propuse espiarlo a la salida, recuperar entre tanto mi aplomo y observarlo mejor. Quería (es ridículo) cerciorarme de si, en realidad, su mentón era tan hundido como decían. (¡Señor, y cuánta sandez se había dicho a propósito de eso!... Como si tuviera importancia alguna.) Pero ahora, cuando se abrió de nuevo la puerta del despacho -la entrevista había sido breve-, oí la voz de mi padre, que prestando a su gravedad cierta impregnación de zumba afectuosa, le advertía desde dentro: «Bueno, y ¡a cuidarse esas barbas, capitán Ramírez!». «No tenga miedo, mi coronel», le respondió él, al tiempo que se llevaba la mano a la cara con un ademán de embarazo que a mí me partió el alma. ¿Por qué tenía mi padre que hacer tal cosa, maldad semejante? Aquello, era, ni más ni menos, abusar de un subordinado. Cuántas veces no le había oído a él mismo teorizar que, con los subordinados, pocas bromas; un jefe no debe permitirse bromas... Y ahora, de buenas a primeras, le lanzaba al pobre de Ramírez esa alusión mortificante como quien le tira a otro una bola de papel arrugado. Quizá fuera cierto que el capitán se dejaba la barba para taparse el defecto de una quijada demasiado chica; pero, Señor, ¡qué más daba! Y, sobre todo, ¿qué le importaba a nadie? A él, sí ¡pobre!, debía de preocuparle eso. Durante toda aquella semana no se le había visto ni en el cine, ni en parte alguna; andaba, al parecer, medio corrido; y puede bien sospecharse que si mi padre lo llamó, por fin, a su despacho, fue tan sólo para, con algún pretexto, tener oportunidad de dispararle a la salida aquella flecha que me hirió a mí y me hizo huir a esconderme en mi cuarto con la cara entre las manos.
Han pasado los años, y hoy me río de mí misma, o -mejor- de la criatura tonta que era yo entonces. Pero, descontadas las exageraciones de mi sensibilidad pueril, ¿qué punta diabólica -pienso-, qué gota de veneno ha de haber en el fondo del corazón humano para que incluso un ser tan bondadoso como mi padre no pudiera privarse...?
Han pasado los años, sí; todo eso pertenece a un tiempo ido. Se fue también el capitán Ramírez; ascendió, y lo trasladaron a otra guarnición. Ni siquiera sé a punto fijo en qué provincia andará ahora, ni qué habrá sido de su vida. Pero en estos días de espera, cuando yo por mi parte me dispongo a iniciar una nueva fase en la mía, me acude a la memoria de golpe todo ese mundo que dejo atrás al casarme, y muchos episodios, ya un poco lejanos (como este de la barba del capitán Ramírez, cuyo mosconeo insistente en el recuerdo no llega a molestarme), acuden a mí bajo una luz distinta que me los hace extraños, sin dejar por eso de serme familiares.
Habrá que confesar que, visto en frío, resulta un episodio de veras grotesco, y que el infeliz no desempeñó un papel demasiado lucido. La cosa ocurrió, poco más o menos, así: Cierta noche, durante una de esas francachelas de hombres... Bueno, quien conozca algo, aunque más no sea de oídas, la vida de guarnición, sabe lo que es el aburrimiento castrense, y a qué recursos vulgares suele echarse mano para matarlo. Yo, a pesar de las reservas que protegen siempre a una niña, y más cuando esa niña es la hija única del coronel, no olvidaré nunca, por ejemplo, las horribles partidas de tresillo alrededor de la mesa de mi padre, el enervante cliqueteo de las fichas, las toses y gargajos del capellán, las frases ingeniosas de cada uno repetidas hasta la náusea, el montón enorme de colillas frías apestando la habitación por la mañana... Pero esto pertenecía al ámbito respetable y doméstico donde yo me movía. Aparte de eso, también alcanzaban a mis oídos ecos, y a veces me daban en la cara las tufaradas, de otras diversiones menos apacibles. Pues bien, la historia famosa de la barba del capitán, o la historia de la famosa barba del capitán, tuvo lugar en el curso de una francachela de sala de banderas o cuerpo de guardia, cuando ya el vino había encendido los ojos, desvanecido el seso y soltado las lenguas. Según parece, algún majadero malintencionado debió de sacar a capítulo el tema de la dichosa barba de Ramírez, y nuestro hombre se dejó enzarzar en una discusión idiota de borrachos: por qué la llevaba, si la había usado siempre, si nunca se le había ocurrido rasurarse... Ramírez tuvo la ingenuidad de declarar que la venía usando desde su época de cadete, y de afirmar que ya jamás se acostumbraría a verse de otra manera. Bastó. Medio en broma, medio en serio, lo acusaron de ocultarse tras de un antifaz, de sustraer fraudulentamente su verdadera fisonomía, y lo denostaron, en fin, hasta envolverlo en una embrollada querella de borrachos, cuyo fuego tal vez el diablo soplaba en dirección fija, hasta hacerle caer en la trampa. Total, que se dejó rasurar las barbas allí mismo.
Desde luego, es seguro que no hubiera consentido si no hubiera estado él también bajo los efectos del alcohol. Contaban que, cuando hubo terminado su «operación quirúrgica» el barbero del regimiento, a quien habían ido a sacar de la cama para eso, le presentaron un espejo al capitán Ramírez, y éste comenzó a hacer muecas y visajes, y prorrumpió en carcajadas, llorando de la risa, de modo que fue él el primero en celebrar su nueva apariencia.
Yo no podía -¡ni quería!, aun hoy se me resiste- imaginarme a Ramírez, un hombre tan serio, tímido, triste, callado y correcto, haciendo de protagonista en la indigna escena. Al alcohol hay que atribuir su consentimiento; sí, solamente al alcohol, pues no hay duda de que también él estaba borracho perdido. Bebería por no quedarse atrás, por no ser menos, por compromiso, porque los hombres son siempre como niños, y como un niño hubiera habido que sacarlo de allí a pescozones... No lo disculpaba yo; muy al contrario: me indignaba que se hubiera dejado arrastrar a eso, y hasta él mismo quedaba envuelto en la repulsa y el horror que despertaba en mí la insoportable escena. Pero tampoco dejaba de comprender que, como tantos otros seres afables y tiernos, el capitán Ramírez era una persona algo débil de carácter. ¿No se le criticaba que, en su casa, quien capitaneaba era ella? Como la gente es implacable, inventaban a propósito chistes, chismes, comentarios y pamplinas, que yo mal podía sufrir, y que me hacían mirarla con ojos de aversión a la muy pavona, soberbia, gorda, mayestática, contoneándose con mi hombrecito al lado, mientras que él, nervioso, obsequioso, cortés, apresurado, con la barba al trote siempre, se desvivía por prepararle el asiento en el cine o procurarle el mejor sitio en las fiestas del Casino de Oficiales, donde apenas éramos tolerados los niños.
En verdad de verdad, mi antipatía hacia ella era por completo irrazonable. Quizás fuera, en efecto, la criatura odiosa que yo entonces me pintaba -aunque probablemente no sería más que una simple cabeza hueca-; pero he de reconocer que mi oculto, amargo y enconado reproche de haber puesto en ridículo a su marido con ocasión del episodio de la barba carecía de todo sentido. Pues conviene saber que lo ocurrido en el cuerpo de guardia trajo cola, y una cola por demás lamentable; pero, ¿dónde radicaba el mal? ¿En las consecuencias, o en la causa misma? Eso es obvio. Y, sin embargo, la confusión de mis sentimientos e ideas, tan agitados durante aquellos días, me hacía culparla a ella sin asombrarme de que la gente pasara de largo sobre la escena de la francachela donde el capitán Ramírez se dejó rasurar la barba, refiriéndola como mero antecedente de lo que después vino, y que a todos les hacía tanta gracia. A mí, por el contrario, me daba ganas de llorar. Era indecoroso, estúpido y cruel el regocijo con que, durante una interminable sesión de tresillo, de donde hubiera querido alejarme y no podía, los enterados iban repitiendo a cada recién venido nuevos pormenores, reales o fantásticos, del tan comentado episodio.
Pero voy a relatarlo, para terminar de una vez con el penoso cuento. Resulta, pues, que, ya casi de madrugada, la reunión del cuerpo de guardia se había dispersado y los borrachos se fueron a dormir, dando tumbos. También Ramírez, claro está, se retiró a su casa. Y aquí viene lo que tan divertido, tan formidable, tan desopilante encontraba todo el mundo. Según parece, cuando, bien entrada la mañana, se despertó la señora del capitán y abrió los ojos, y se dio vuelta y vio a su lado aquella cara afeitada que no conocía, va y pega un salto de la cama y empieza a gritar socorro desde la ventana... Hay que saber cómo son estas barriadas militares, con las casas apiñadas en la más estrecha vecindad, para imaginarse el escándalo. El colmo fue que, despierto a su vez el capitán, y sin recordar para nada que se había transformado el rostro durante la pasada borrachera, se asustó de los gritos de su mujer y, creyendo que se había vuelto loca, se puso a perseguirla por el dormitorio, hasta que, forzando la puerta, irrumpieron los vecinos. En toda la chacota que se hizo con este paso de comedia debieron de abundar, segura estoy, las frases de doble sentido con alusiones procaces, pues comentarios y dichos que a mí me parecían bien necios provocaban inagotables carcajadas y eran celebrados siempre de nuevo. Aún me parece ver los ojillos vivaces del capellán, en su carota congestiva, describiendo con regodeo el sobresalto de los esposos, sorprendidos así «en el traje de Adán, tal cual Dios los echó al mundo», cuando se percataron del error en que habían caído... Después de pensarlo, me permito dudar de la exactitud del detalle. Pero en aquel entonces, inocente de mí, el único efecto de esas palabras fue representarme al capitán Ramírez en el acto de taparse los ojos con ambas manos, abrumado, y a su lado Eva, desnuda, medio oculta por las ramas del árbol, según la lámina de mi Historia sagrada, pero una Eva con el cuerpo exuberante de la capitana.
Luego, cada vez que me ha acontecido topar, entre los grabados de algún libro o en los museos, con la tan repetida escena del pecado original, sin poderlo remediar me acordaba, por rara asociación de ideas, del capitán Ramírez y la desgraciada anécdota de su barba, ese episodio que ahora, cuando rememoro desde el umbral de una nueva vida los tiempos idos, otra vez me acude a la mente con insistencia melancólica. En su día, ¡cuánto me hizo penar! Pero, ¿dónde está ya aquel corazón bobo que entonces sabía sufrir por cosas tales?