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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 21 de mayo de 2014

Lord Nelson



Aquella mañana la madre descubrió el hormiguero, pero los negocios estaban cerrados y él no pudo conseguir veneno en ninguna parte "Qué importa", le dijo, "hay nafta". Haré el trabajo esta misma noche, cuando vuelva del cine. Volvió tarde, a las dos, porque los amigos del bar de la esquina lo convidaron a beber cerveza. Se había olvidado por completo del hormiguero. Cruzó la galería; la madre encendió la luz del dormitorio y le advirtió: "La botella de nafta está en el armario de la cocina; la linterna también. No vayas a quemar el naranjo". Se cambió de ropa; quedó en pantalón de pijama y camiseta. Hacía calor. Durante el día las moscas se habían asentado sobre el mantel de hule; en la calle, de vuelta a su casa, nubes de insectos oscurecían los faroles del alumbrado; ya en su cuarto, las cucarachas rubias  iban y venían por la pared. Recordó que el mozo del bar le había dicho que llovería, que por eso los bichos andaban enloquecidos. "Son los últimos días de calor; cuando llueva refrescará, se morirán todos." El mozo tenía un párpado caído, los labios finos, falsos, el andar agobiado y servil. "Así es", pensó, mien¬tras caminaba hasta el fondo de la casa con la linterna encendida en una mano y la botella de nafta en la otra, "así es, morirán, y el verano que viene despertarán furiosos, y nueva¬mente sembrarán sus huevos, y habrá calor, cucarachas, fastidio."
Llegó junto al naranjo y vio la enorme boca del hormiguero. Allí, cubierto de hormigas coloradas, estaba el cuerpo del gallo muerto.
Se llamaba Lord Nelson. Era un animal de raza, brillante, altivo. Había perdido un ojo en su juventud, durante una pelea, pero ese percance aumentó su arrogancia. Con su larga cola dorada y su único ojo redondo y dominante tenía el aire de un guerrero licenciado a quien la ociosidad impone maneras excesivamente cortesanas y una graciosa, ingenua actividad de seductor. Pero en la casa decidieron que ya estaba muy viejo, que no servía para nada. Entonces trajeron al joven que le arrancó la cola, le marchitó la cresta y le apagó para siempre el ojo sano. Dijeron que moriría de tristeza. Estaba ciego y solo. Sin embargo, aún batía las alas y cantaba de madrugada en la rama más alta de la higuera. Ahora lo habían comido las hormigas. Vació la botella de nafta y encendió un fósforo. El gallo y las hormigas empezaron a arder. Continuaba de rodillas como si presenciara un ritual; allí estaba la víctima propiciatoria que traería la lluvia, la muerte momentánea de esas formas de avidez y repulsión. Las llamas consumieron el cuerpo de Lord Nelson: un montón de cenizas y unas patas negras, retorcidas. Salió a la calle, se sentó en el cordón de la vereda y encendió un cigarrillo. Los palos borrachos de la avenida Pellegrini estaban a punto de reventar: sus flores exhalaban un olor azucarado que recordaba las cabelleras húmedas de las mujeres. Anheló ese olor a intimidad, esa costumbre idéntica a la dicha que ofrecen ciertos cuerpos melodiosos cuya sabiduría resignada, oscura, no aprendería jamás. Algo le impedía entrar en el gran ritmo de obediencia, aceptar el bautismo del exceso. Pensó otra vez en el gallo muerto, en las hormigas. La ciudad le pareció igual al basural, cerca del río, donde los chicos iban a juntar tapitas de cerveza y latas de conserva vacías. Acabó el cigarrillo y entró en la casa. Quería buscar la estera y echarse a dormir, como de costumbre, sobre las baldosas del patio. Unas gotas aisladas le golpearon la cara. Escuchó el ruido del zinc: un leve tamborileo que en pocos minutos redobló su ímpetu hasta el aturdimiento.