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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 6 de junio de 2014

Aleksandr Serguéievich Pushkin El sepulturero


            ¿Acaso no vemos ataúdes cada día,
 
            canas de un universo en decrepitud?
 
            DERZHAVIN[1]
 
            Cargaron los últimos enseres del sepulturero Adrián Prójorov en un coche fúnebre y por cuarta vez la escuálida pareja de caballos se arrastró desde la calle de Basmánnaia a la de Nikítskaia, donde el sepulturero se trasladaba con toda la casa. Tras cerrar la tienda con llave, clavó en la puerta un anuncio en el que se ofrecía el local en venta o en alquiler, y se dirigió a pie a su nueva casa. Al acercarse a la casita amarilla que desde hacía mucho tiempo había alimentado sus sueños y que al fin había podido comprar por una considerable cantidad de dinero, el viejo sepulturero sintió con sorpresa que su corazón no se alegraba. Cuando traspasó la puerta desconocida y encontró en su nueva vivienda un gran alboroto, suspiró por su decrépita choza, en la que durante dieciocho años todo había seguido el orden más estricto; riñó a sus dos hijas y a la sirvienta por su lentitud y se puso él mismo a ayudarlas. Pronto se estableció el orden: el altar con los iconos, el armario con la vajilla, la mesa, el diván y la cama ocuparon rincones especiales en la habitación del fondo, en la cocina y en la sala se colocaron los artículos del dueño: los ataúdes de todos los colores y tamaños, así como los armarios con sombreros y capas de luto y las antorchas. Sobre la puerta se alzó un letrero que mostraba a un Cupido corpulento con una antorcha invertida y una inscripción que decía: «Aquí se venden y se forran ataúdes sencillos y pintados; también se alquilan y se arreglan los viejos». Las muchachas se marcharon a su habitación. Adrián recorrió su vivienda, se sentó junto a la ventana y mandó preparar el samovar.
            Mis ilustrados lectores sabrán que Shakespeare y Walter Scott presentaron a sus sepultureros como hombres alegres y dicharacheros, con el fin de que el contraste impresionara aún más nuestra imaginación. Por respeto a la verdad no podemos seguir su ejemplo y debemos reconocer que el carácter de nuestro sepulturero correspondía totalmente a su siniestro oficio. Habitualmente Adrián Prójorov estaba sombrío y meditabundo. Solamente interrumpía su silencio para regañar a sus hijas si las encontraba ociosas mirando por la ventana a los transeúntes, o para pedir por sus obras un precio desorbitado a aquellos que habían tenido la desgracia (o a veces la satisfacción) de necesitarlas. Así estaba, pues, Adrián, sentado a la ventana, bebiendo la séptima taza de té y sumido como de costumbre en una triste meditación. Pensaba en la lluvia torrencial que hacía una semana había sorprendido junto al mismo cementerio el entierro de un brigadier retirado. Muchas capas habían encogido, muchos sombreros se habían deformado. Preveía gastos inevitables, ya que su vieja colección de trajes fúnebres se encontraba en un estado lamentable. Esperaba compensar las pérdidas a costa de la vieja comerciante Triújina, que llevaba casi un año al borde de la muerte. Pero Triújina estaba muriéndose en Razgulay, y Prójorov temía que a sus herederos les diera pereza mandar a buscarle tan lejos y que, a pesar de su promesa, llegaran a un acuerdo con un sepulturero más cercano.
            Estos pensamientos fueron de pronto interrumpidos por tres golpes masones en la puerta.
            —¿Quién es? —preguntó el sepulturero. Se abrió la puerta y un hombre, en el que a primera vista se reconocía a un artesano alemán, entró en la habitación y se acercó con aire afable.
            —Perdone, respetable vecino —dijo en aquella jerga rusa que hasta hoy en día nos produce accesos de risa—, perdone que le moleste… quería conocerle cuanto antes. Soy zapatero, mi nombre es Gotdieb Schultz y vivo al otro lado de la calle, en la casita que está enfrente de sus ventanas. Mañana celebro mis bodas de plata y le pido a usted y a sus hijas que vengan a comer a mi casa como buenos amigos.
            La invitación fue aceptada condescendientemente. El sepulturero rogó al zapatero que se sentara y tomara una taza de té, y al poco, gracias al carácter abierto de Gottlieb Schultz, estaban hablando como amigos.
            —¿Qué tal va su negocio? —preguntó Adrián.
            —¡Ejem! —contestó Schultz—, así, así. No me puedo quejar. Aunque, claro está, mi mercancía no es como la suya: el vivo puede pasarse sin botas, pero el muerto no vive sin ataúd.
            —Es la pura verdad —dijo Adrián—, pero si el vivo no tiene con qué comprarse unas botas, perdóneme, pues anda descalzo, y un muerto pobre se lleva el ataúd de balde.
            De este modo la conversación continuó durante un rato; por fin el zapatero se levantó y se despidió del sepulturero reiterando la invitación.
            Al día siguiente a las doce en punto, el sepulturero y sus hijas salieron por la puerta de su casa recién comprada y se dirigieron a la casa del vecino. No voy a describir el caftán ruso de Adrián Prójorov ni los trajes europeos de Akulina y Daria, apartándome en este caso de la costumbre común a los novelistas de ahora. No obstante, considero necesario hacer constar que ambas jóvenes se pusieron sombreros amarillos y zapatos rojos, cosa reservada exclusivamente para las grandes ocasiones.
            La pequeña casa del zapatero estaba llena de invitados, de los cuales la mayoría eran artesanos alemanes con sus mujeres y aprendices. El único funcionario ruso que había era un guardia, el finés Yurkó, que, a pesar de su modesta condición, había sabido ganarse la especial benevolencia del dueño de la casa. Llevaba unos veinticinco años sir viendo en el puesto con plena abnegación, como el cartero de Pogorelski[2]. El incendio de 1812 que asoló la capital también destruyó su garita amarilla. Pero inmediatamente después de que el enemigo fuera expulsado, se levantó en su lugar otra nueva, de color gris y con columnas dóricas blancas, y Yurkó volvió a pasear junto a ella con su alabarda y su coraza de paño tosco[3]. Casi todos los alemanes que vivían junto a la Puerta Nikítskaia le conocían; algunos de ellos habían tenido incluso la ocasión de pasar la noche del domingo en su garita. Adrián procuró entablar conversación con él, como persona que tarde o temprano puede resultar necesaria, y los dos se sentaron juntos, cuando los demás invitados pasaron a la mesa. El señor y la señora Schultz y su hija Lotchen de diecisiete años comían con los invitados, les convidaban insistentemente y al mismo tiempo ayudaban a la cocinera a servir. Corrían ríos de cerveza. Yurkó devoraba por un regimiento; Adrián no tenía nada que envidiarle; sus hijas estaban muy comedidas; la conversación, en alemán, se hacía cada vez más ruidosa. De pronto el anfitrión pidió la atención de todos y, abriendo una botella embreada, dijo en ruso con voz fuerte:
            —¡A la salud de mi buena Luisa!
            Chorreó el vino espumoso. El anfitrión besó tiernamente la fresca mejilla de su compañera de cuarenta años y los invitados bebieron ruidosamente a la salud de la buena Luisa.
            —¡A la salud de mis queridos invitados! —proclamó el anfitrión abriendo la segunda botella, y los invitados se lo agradecieron vaciando sus copas. A partir de ese momento las rondas por la salud de unos y de otros empezaron a sucederse sin tregua: brindaron a la salud de cada uno de los invitados por separado, brindaron por Moscú y una docena de ciudades germanas, brindaron por todas las corporaciones en general y cada una en particular, brindaron por los artesanos y sus aprendices. Adrián bebía concienzudamente, y se animó tanto que llegó a proponer un brindis en broma. De pronto uno de los invitados, un panadero gordo, levantó su copa y exclamó:
            —¡A la salud de todos aquellos para quienes trabajamos, unserer Kundleute[4]!
            La sugerencia, al igual que todas las demás, fue recibida con unanimidad y alegría. Los invitados empezaron a saludarse unos a otros: el zapatero al sastre, el sastre al zapatero, el panadero a los dos, todos al panadero, y así sucesivamente. Yurkó, entre tantas reverencias mutuas, se volvió hacia su vecino y gritó:
            —¿Qué te pasa, amigo? Bebe a la salud de tus muertos.
            Todos se rieron a carcajadas, pero el sepulturero se sintió ofendido y se enfurruñó. Nadie reparó en ello y los comensales siguieron bebiendo; cuando se levantaron de la mesa estaban ya tocando a vísperas.
            Los invitados se marcharon a sus casas tarde, la mayor parte de ellos beodos. El panadero gordo y el encuadernador, cuya cara parecía encuadernada en tafilete rojo[5], llevaron del brazo a Yurkó a su garita, procurándose así el cumplimiento del proverbio ruso que dice: quien paga deuda, hace caudal. El sepulturero llegó a su casa borracho y malhumorado.
            —Entonces, ¿qué pasa? —pensaba en voz alta—. ¿Es que mi oficio es menos honrado que el de los otros? ¿Acaso el sepulturero es hermano del verdugo? ¿De qué se ríen esos musulmanes? ¡Como si un sepulturero fuese un payaso de feria! Pensaba invitarlos para celebrar la nueva casa, darles un verdadero banquete, ¡ni hablar! Llamaré a aquellos para quienes trabajo: a mis muertos ortodoxos.
            —Pero ¿qué dice usted, señor? —dijo la criada, que le estaba descalzando en aquel momento—. ¿Qué está diciendo? ¡Santigüese! ¡Invitar a los muertos a casa! ¡Qué horror!
            —Te juro que los voy a llamar —continuó Adrián—, y además, mañana mismo: por favor, mis queridos benefactores, les espero mañana en mi casa, les daré un festín, todo lo que tenga.
            Con estas palabras el sepulturero se fue a la cama y pronto se puso a roncar.
            Todavía era de noche cuando despertaron a Adrián. Triújina, la comerciante, había muerto aquella misma noche; uno de sus dependientes había mandado a un recadero que vino a caballo a darle la noticia a Adrián. El sepulturero le dio diez kópeks de propina, se vistió a toda prisa, tomó un coche de alquiler y marchó a Razgulay. Junto a la puerta de la difunta estaba ya la policía, y un grupo de comerciantes merodeaba como cuervos al olor de un cadáver. La muerta yacía en la mesa, amarilla como la cera, pero sin estar desfigurada todavía por la descomposición. Junto a ella se agolpaban parientes, vecinos y criados. Todas las ventanas estaban abiertas; ardían las velas; los sacerdotes leían las oraciones. Adrián se acercó al sobrino de Triújina, un joven comerciante vestido con una levita a la última moda, para anunciarle que el ataúd, las velas, el sudario y demás artículos fúnebres le serían suministrados a plena conformidad. El sobrino le dio las gracias distraídamente y le dijo que no pensaba discutir el precio, que confiaba en su honradez. El sepulturero, siguiendo su costumbre, le juró por Dios que no pediría de más, echó una mirada significativa al dependiente y se marchó a organizarlo todo. Pasó todo el día yendo desde Razgulay a la Puerta de Nikítskaia; para la noche todo quedó arreglado y se dirigió a su casa a pie, despidiendo al cochero. Era una noche de luna. El sepulturero llegó tranquilamente hasta la Puerta de Nikítskaia. Junto a la iglesia de la Ascensión le dio el alto nuestro amigo Yurkó, que al reconocerlo le deseó las buenas noches. Era tarde. Ya estaba el sepulturero cerca de su casa cuando, de pronto, le pareció que alguien se había aproximado a su puerta, la había abierto y desaparecía detrás de ella. «¿Quién podría ser? —pensó Adrián—. ¿Quién me necesita a estas horas? ¿Será un ladrón? ¿Será el amante de alguna de las idiotas de mis hijas? ¡Lo que faltaba!» El sepulturero estaba ya a punto de pedir auxilio a su amigo Yurkó. En aquel momento alguien más se acercó a la puerta y se dispuso a entrar pero, al ver correr al dueño de la casa, se detuvo y se quitó el tricornio. La cara le pareció familiar a Adrián, pero con las prisas no tuvo tiempo de verla como es debido.
            —Ha venido usted a verme —dijo Adrián jadeando—, pase, haga el favor.
            —Déjate de cumplidos, amigo —dijo el otro con voz ronca—, pasa primero y muestra el camino a tus invitados.
            Adrián no tuvo tiempo para cumplidos. La puerta estaba abierta y subió la escalera seguido del otro. Le pareció que había gente andando por sus habitaciones. «¿Quién demonios será?», pensó, se apresuró a entrar… y se le doblaron las piernas. La habitación estaba llena de muertos. La luna, que penetraba a través de la ventana, iluminaba sus rostros amarillos y azules, las bocas hundidas, los ojos turbios y semicerrados, las narices abiertas… Adrián reconoció con horror a las personas que habían sido enterradas gracias a sus esfuerzos y, en el hombre que había entrado con él, al brigadier que fue sepultado el día de la lluvia torrencial. Todos ellos, damas y caballeros, rodearon al sepulturero con saludos y reverencias, menos un pobre que había sido enterrado de balde hacía poco y que, azorado y avergonzado por sus harapos, no se atrevía a cercarse y permanecía humildemente en un rincón. Todos los demás iban vestidos con decoro: las difuntas llevaban cofias con cintas, los funcionarios muertos aunque estaban sin afeitar, iban de uniforme, los comerciantes vestían caftanes de fiesta.
            —Como verás, Prójorov —dijo el brigadier en nombre de los demás—, todos nos hemos levantado al oír tu invitación; se han quedado en casa únicamente aquellos que ya no pueden más, los que ya están desintegrados y a los que solamente les quedan los huesos, sin nada de piel; pero uno de éstos no se ha podido aguantar, tantas ganas tenía de venir a verte a tu casa…
            Entonces un pequeño esqueleto atravesó la multitud y se acercó a Adrián. Su calavera le sonreía cariñosamente. Como de un palo, colgaban del esqueleto trozos de paño rojo y verde, y jirones de hilo carcomido; los huesos de sus piernas se batían en las anchas botas como la maza en un mortero.
            —No me has reconocido, Prójorov —dijo el esqueleto—. ¿Recuerdas a Piotr Petróvich Kurilkin, sargento de la guardia retirado, a quien en 1799 vendiste tu primer ataúd haciendo pasar uno de pino por uno de roble?
            Con estas palabras el muerto le estrechó en su abrazo de huesos, pero Adrián, reuniendo todas sus fuerzas, dio un grito y le pegó un empujón. Piotr Petróvich se tambaleó, cayó y se deshizo completamente. Entre los muertos se levantó un murmullo de indignación; todos quisieron defender el honor de su compañero, rodearon a Adrián profiriendo insultos y amenazas, y el pobre anfitrión, ensordecido por sus gritos y casi aplastado, perdió la presencia de ánimo y se derrumbó sin sentido sobre los huesos del sargento retirado.
            El sol llevaba largo rato iluminando la cama sobre la que yacía el sepulturero. Por fin abrió los ojos y vio a la criada que estaba soplando las brasas del samovar. Adrián recordó con horror todos los acontecimientos del día anterior: Triújina, el brigadier y el sargento Kurilkin aparecieron vagamente en su imaginación. Aguardaba en silencio que la criada iniciara la conversación y le contara las consecuencias de las aventuras nocturnas.
            —Qué manera de dormir, Adrián Prójorovich —dijo Aksinia dándole la bata—. Han venido a verle el sastre y el guardia para decirle que hoy era el santo del comisario de policía, pero como estaba durmiendo no quisimos despertarlo.
            —¿Y no han venido de parte de la difunta Triújina?
            —¿Difunta? Pero ¿acaso ha muerto?
            —¡Qué tonta eres! ¿No me ayudaste tú misma a arreglar su entierro?
            —¿Qué dice? ¿Se ha vuelto loco o todavía no se le ha pasado la borrachera? ¿De qué entierro habla? Ayer pasó todo el día en casa del alemán, comiendo y bebiendo, volvió borracho, se echó a dormir y ha estado durmiendo hasta ahora, hasta que tocaron a misa.
            —¿Es verdad eso? —preguntó el sepulturero, aliviado.
            —¡Pues no se lo estoy diciendo! —contestó la criada.
            —Bueno, si es así, trae el té en seguida y llama a mis hijas.