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viernes, 20 de junio de 2014

El joven Goodman Brown

NATHANIEL HAWTHORNE
 
        
 
            El joven Goodman Brown salió al atardecer de su casa en el pueblo de Salem, pero nada más cruzar el umbral volvió la cabeza para darle un beso de despedida a su joven esposa. Y Faith, que es como se llamaba con justeza la mujer, asomó su bello rostro a la calle y dejó que el viento jugara con las cintas rosadas de su cabello mientras se dirigía a su marido:
            —Cariño —susurró con voz débil y triste cuando tuvo los labios junto al oído de su marido—. Te ruego que pospongas tu viaje hasta el amanecer y duermas esta noche en tu cama. A una mujer sola la atormentan tanto los sueños y los pensamientos que a veces tiene miedo de ella misma. Por favor, demórate conmigo esta noche, marido mío, con más razón que ninguna otra noche.
            —Mi amor y mi fe —replicó el joven Goodman Brown—. De todas las noches del año, ésta es precisamente la que debo pasar lejos de ti. Mi viaje, como tú lo llamas, debe ser finalizado entre este momento y el amanecer. ¿Qué ocurre, mi dulce y preciosa esposa? ¿Acaso ya dudas de mí, cuando solamente llevamos tres meses casados?
            —Entonces que Dios te bendiga —dijo Faith la de las cintas rosadas— y que lo encuentres todo bien a tu regreso.
            —¡Amén! —exclamó el joven Goodman Brown—. Di tus oraciones, querida Faith, ve a la cama al anochecer y nada malo te ocurrirá.
            Así se separaron y el joven siguió su camino hasta que, cuando ya estaba doblando la esquina del templo, volvió la vista atrás y vio el rostro de Faith todavía contemplándolo, con un aire de melancolía que sus cintas rosadas no disipaban.
            «Pobrecilla Faith», pensó él, pues le remordía la conciencia. «¡Qué desdichado soy dejándola sola para cumplir esta misión! Ella también tiene sueños. Me ha parecido, mientras me hablaba, que había angustia en su cara, como si un sueño la hubiera advertido de la misión que ha de tener lugar esta noche. ¡Pero no, no! Saberlo acabaría con ella. Ella es un ángel venido a la tierra y después de esta única noche me aferraré a sus faldas y la seguiré hasta el cielo.»
            Con aquella excelente resolución para el futuro, Goodman Brown se sintió justificado para apresurarse más en su presente y perverso propósito. Había tomado un camino lúgubre, oscurecido por los árboles más sombríos del bosque, que apenas dejaba espacio suficiente para que el estrecho sendero lo atravesara y se cerraba inmediatamente a la espalda del caminante. Nunca hubo sitio más solitario y semejante soledad presentaba la peculiaridad de que el viajero no sabía quién podía estar escondido tras los innumerables troncos y la espesura. Con sus pasos solitarios podría estar pasando por entre una multitud invisible.
            —Podría haber un indio diabólico detrás de cada árbol —dijo Goodman Brown para sus adentros y lanzó una mirada temerosa a su espalda mientras añadía—. ¿Y si el demonio en persona estuviera detrás de mi hombro?
            Mirando hacia atrás dobló un recodo del camino y cuando volvió a mirar adelante vio la figura de un hombre con un atuendo severo y decoroso sentada al pie de un viejo árbol. Al acercarse Goodman Brown el hombre se levantó y empezó a caminar a su lado.
            —Llegáis tarde, Goodman Brown —dijo—. El reloj del Viejo Sur estaba tocando cuando pasé por Boston. Y de eso hace quince minutos largos.
            —Faith me ha retrasado —replicó el joven con un temblor en la voz causado por la aparición de su compañero, repentina pero no del todo inesperada.
            Ya era noche cerrada en el bosque y por la parte más profunda del mismo iban caminando aquellos dos. Por lo que podía distinguirse, el segundo caminante tenía unos cincuenta años, aparentaba el mismo nivel social que Goodman Brown y guardaba un parecido considerable con él, aunque quizá más en la expresión que en los rasgos. Con todo, se los podría haber tomado por padre e hijo. Y aunque el mayor de los dos iba ataviado con tanta simplicidad como el más joven y tenía unos modales igualmente sencillos, mostraba ese aire indescriptible de alguien que conoce el mundo y no se sentiría avergonzado cenando en la mesa del gobernador o en la corte del rey Guillermo, de ser posible que aquellas circunstancias llegaran a alcanzarlo. Lo único que llevaba que pudiera ser considerado notable era su bastón, que tenía forma de enorme serpiente negra y estaba forjado de una forma tan extraña que parecía moverse y retorcerse como una serpiente viva. Por supuesto, aquello debía de ser una ilusión óptica provocada por la luz tenue.
            —Vamos, Goodman Brown —exclamó el caminante—. Este ritmo no es lo bastante vivo para empezar un viaje. Coged mi bastón, si tan pronto os habéis cansado.
            —Mi amigo —dijo el otro, abandonando su paso moroso para detenerse—. Ya que he cumplido mi compromiso encontrándome con vos aquí, ahora es mi propósito volverme por donde he venido. Tengo escrúpulos en relación a la materia que a vos os atañe.
            —¿Eso decís? —replicó el hombre del bastón de serpiente con una sonrisa—. Caminemos de todas formas, reflexionando al andar, y si no os convenzo, podéis volveros. Todavía no nos hemos adentrado más que un poco en el bosque.
            —¡Demasiado lejos he ido! —exclamó el gentilhombre poniéndose en marcha de forma inconsciente—. Mi padre nunca se adentró en el bosque para cumplir esta misión ni tampoco su padre antes que él. Hemos sido una estirpe de hombres honestos y buenos cristianos desde el tiempo de los mártires. Y he de ser yo el primero de los Brown en tomar este camino e ir…
            —Con esta compañía, queréis decir —observó el otro, interpretando su pausa—. ¡Bien dicho, Goodman Brown! He conocido a vuestra familia mejor que ninguna otra entre los puritanos y eso no es decir poco. Yo ayudé a vuestro abuelo, el alguacil, cuando azotó a la mujer cuáquera por las calles de Salem. Y fui yo quien le trajo a vuestro padre un madero de pino, encendido en mi propia chimenea, para que incendiara un poblado indio en la guerra del rey Felipe. Ambos fueron buenos amigos míos y muchas veces recorrimos juntos este camino y regresamos felizmente ya pasada la medianoche. De buen grado trabaría yo amistad con vos en recuerdo de ellos.
            —Si es como decís —replicó Goodman Brown—, me asombra que nunca me hablaran de esas cosas. O mejor pensado, no me asombra, dado que el más pequeño rumor al respecto habría comportado su expulsión de Nueva Inglaterra. Somos gente de oración y buenas acciones, a fe mía, y no toleramos semejantes perversiones.
            —Haya o no perversiones —dijo el caminante del bastón retorcido—, tengo muchos compadres aquí en Nueva Inglaterra. Los diáconos de muchas iglesias han tomado el vino de la comunión conmigo; los concejales de diversas poblaciones me han nombrado su presidente. Y la mayoría de miembros del Tribunal General de Nueva Inglaterra son firmes partidarios de mis intereses. El gobernador y yo, asimismo… Pero bueno, éstos son secretos de Estado.
            —¿Es eso posible? —exclamó Goodman Brown mirando con asombro a su impávido compañero—. De todas formas, yo no tengo nada que ver con el gobernador ni con el consejo. Ellos tienen sus costumbres que no han de regir para un simple marido como yo. Pero si yo me fuera con vos, ¿cómo podría mirar a la cara de ese anciano venerable que es el pastor de Salem? ¡Oh, su voz me haría estremecerme tanto el sábado como el día de los oficios!
            Hasta aquel momento el mayor de los dos caminantes había escuchado con gravedad, pero de pronto prorrumpió en una risotada irreprimible que le hizo agitarse con tanta violencia que su bastón de serpiente pareció agitarse también en simpatía.
            —¡Ja, ja, ja! —Estuvo riendo una y otra vez. Por fin recobró la compostura—. Continuad, Goodman Brown, continuad. Pero os lo ruego, no me matéis de risa.
            —Bien, para cerrar el tema de una vez —dijo Goodman Brown, considerablemente molesto— está mi mujer, Faith. Le rompería su pobre corazón y os aseguro que prefiero romper el mío.
            —No, si ése fuera el caso —respondió el otro— ni aun si tuvierais razón, Goodman Brown. No quiero, ni por veinte ancianas como la que cojea delante de nosotros, que a Faith le ocurra nada malo.
            Mientras hablaba, señaló con el bastón a una figura femenina en el camino, en la que Goodman Brown reconoció a una dama muy piadosa y ejemplar que le había enseñado el catecismo de joven y que seguía siendo su consejera moral y espiritual juntamente con el pastor y el diácono Gookin.
            —¡Me maravilla ciertamente que Goody Cloyse esté en medio del bosque al anochecer! —dijo el joven—. Pero con vuestro permiso, amigo, tomaré un atajo por entre los árboles hasta que hayamos dejado atrás a esta mujer cristiana. Siendo una extraña para vos, podría preguntarme con quién tengo tratos y adónde me dirijo.
            —Hágase así —dijo su compañero de travesía—. Id vos por el bosque y dejadme seguir el camino.
            De esta manera, el joven se desvió pero se cuidó de vigilar a su compañero, que avanzó lentamente por el camino hasta estar a menos de un bastón de distancia de la vieja dama. Entretanto ella seguía también su camino como podía, con velocidad singular para ser una mujer tan anciana, y murmuraba algo inaudible, sin duda una oración, mientras avanzaba. El viajero alargó su bastón y tocó el cuello arrugado de la anciana con lo que parecía ser la cola de la serpiente.
            —¡El diablo! —gritó la piadosa mujer.
            —Así que Goody Cloyse reconoce a su viejo amigo, ¿no? —observó el viajero, poniéndose delante de ella e inclinándose sobre su bastón retorcido.
            —Ah, en verdad, sois mi alteza, ¿no es cierto? —exclamó la vieja dama—. Sí que lo sois y con la viva imagen de mi viejo compadre, Goodman Brown, el abuelo del tonto que hoy lleva ese nombre. ¿Pero puede mi alteza creerlo? Mi escoba ha desaparecido misteriosamente, robada, según sospecho, por esa bruja descolgada de la horca, Goody Cory, y eso ha sido cuando ya estaba ungida con jugo de apio, tormentina y acónito…
            —Mezclado con trigo molido y la grasa de un recién nacido —dijo la figura del viejo Goodman Brown.
            —Ah, su alteza conoce la receta —exclamó la anciana con una risa socarrona—. Pues como estaba diciendo, estaba ya preparada para la asamblea y desprovista de montura, así que he decidido venir a pie. Porque me han dicho que un mozo apuesto va a comulgar esta noche. Pero ahora dejadme que os coja el brazo, alteza, y llegaremos en un abrir y cerrar de ojos.
            —Me temo que no puede ser —respondió su amigo—. No puedo prestaros mi brazo, Goody Cloyse, pero aquí tenéis mi bastón, si os parece bien.
            Y diciendo esto se lo tiró a los pies, donde acaso adquirió vida propia, pues era uno de los bastones que su amo había prestado a los Magos de Oriente. Aquello, sin embargo, no pudo apreciarlo Goodman Brown. Había levantado la mirada en gesto de asombro y al bajarla de nuevo no vio ni a Goody Cloyse ni el bastón de serpiente, sino únicamente a su compañero de caminata, esperándolo con tanta tranquilidad como si nada hubiera ocurrido.
            —¡Esa anciana me enseñó el catecismo! —dijo el joven. Y en aquel comentario había un mundo entero de significados.
            Continuaron avanzando mientras el mayor de los dos exhortaba a su compañero a apresurarse y a perseverar en el camino, discurriendo con tanta pericia que sus argumentos más parecían desarrollarse en el alma de su oyente que haber sido sugeridos por él. Mientras avanzaban agarró una rama de arce que le sirviera de bastón y empezó a quitarle los brotes y las ramitas que estaban mojadas por el rocío del anochecer. En el momento en que sus dedos las tocaron, se marchitaron y se quedaron resecas. Así fueron los dos, caminando a buen ritmo, hasta que de pronto, en una hondonada oscura del camino, Goodman Brown se sentó en el tocón de un árbol y se negó a continuar.
            —Amigo —dijo con obstinación—. Ya me he decidido. No daré un paso más que me acerque a esta misión. ¡Qué más da que una vieja elija seguir al diablo cuando yo pensaba que iba al paraíso! ¿Acaso por eso debería dejar a mi amada Faith y seguirla a ella?
            —Será mejor que reflexionéis acerca de esto, por el momento —dijo su compañero con tranquilidad—. Sentaos y descansad un rato. Y cuando os apetezca poneros nuevamente en marcha, he aquí mi bastón para ayudaros a seguir.
            Sin más palabras le tiró a su compañero la vara de arce y desapareció de su vista rápidamente, como si se hubiera desvanecido en las sombras cada vez más densas. El joven se sentó unos instantes junto al camino, ratificando su decisión, imaginando la conciencia tan limpia con que iba a encontrarse con el pastor en su paseo matinal y pensando que no iba a tener que ocultarse de la mirada del diácono Gookin. ¡Y qué tranquilo iba a ser ahora su sueño, esa misma noche, en que tanto sufrimiento debía haber padecido, completamente puro y dulce en los brazos de Faith! En medio de aquellas reflexiones tan placenteras como loables, Goodman Brown oyó un trote de caballos acercándose por el camino, y le pareció aconsejable ocultarse dentro de los márgenes del bosque, consciente del propósito criminal que lo había llevado hasta allí, por mucho que ahora se alejara felizmente del mismo.
            Los ruidos de los cascos y las voces de los jinetes se acercaron; eran dos voces graves y maduras que conversaban en tono sobrio a medida que se aproximaban. Aquellos sonidos entremezclados parecieron pasar de largo por el camino, a pocos metros del escondrijo del joven. Pero debido sin duda a la oscuridad casi total que reinaba en aquel lugar en concreto, ni los viajeros ni sus corceles fueron visibles. Aunque sus figuras pasaron rozando los matorrales de los márgenes del camino, no se pudo ver que pasaran ni siquiera un momento bajo el tenue resplandor de la franja de cielo brillante, de banda a banda de la cual debían de haber pasado. Goodman Brown se puso en cuclillas y luego de puntillas, apartando las ramas y asomando la cabeza tanto como se atrevió, pero no pudo distinguir ni una sombra. Se sintió más contrariado todavía, porque podría haber jurado, si tal cosa fuera posible, que había reconocido las voces del pastor y del diácono Gookin, cabalgando a paso lento, como harían en caso de dirigirse a alguna ordenación o concilio eclesiástico. Mientras estaban todavía lo bastante cerca como para distinguir sus palabras, uno de los jinetes se detuvo para arrancar una vara.
            —Si hubiera de elegir, señor —dijo la voz que se parecía a la del diácono—, preferiría perderme una cena de ordenación que la reunión de esta noche. Me han dicho que van a venir miembros de nuestra comunidad desde Falmouth y más lejos todavía, y otros de Connecticut y Long Island. Además de varios brujos indios, que a su modo conocen tantas artes diabólicas como los mejores de nosotros. Además, una joven hermosa va a participar en la comunión.
            —¡Fantástico, diácono Gookin! —replicó la voz madura y solemne del pastor—. Espolead al caballo o llegaremos tarde. No se puede hacer nada, ya lo sabéis, hasta que lleguemos al escenario de la reunión.
            Los cascos trotaron de nuevo y las voces, hablando de aquella forma extraña en el aire vacío, continuaron su camino por en medio del bosque, como si ninguna iglesia se hubiera formado jamás y ningún cristiano hubiera rezado nunca. ¿Adónde, pues, podían estar dirigiéndose aquellos dos hombres de Dios al adentrarse en aquella oscuridad pagana? El joven Goodman Brown se agarró a un árbol en busca de apoyo, pues estaba a punto de desplomarse en el suelo, debilitado y abrumado por la angustia acumulada en su corazón. Levantó la vista al cielo, dudando que realmente hubiera un cielo encima de su cabeza.
            Y sin embargo ahí estaba la bóveda azul con las estrellas brillando en ella.
            —¡Mientras haya un cielo en las alturas y mi Faith esté aquí abajo resistiré con firmeza al diablo! —exclamó Goodman Brown.
            Mientras estaba mirando hacia arriba, en dirección a la amplia bóveda del firmamento, y tenía las manos unidas para rezar, una nube cruzó a toda prisa el cenit de la misma, aunque no soplaba ningún viento, y ocultó las estrellas. El cielo azul seguía siendo visible, salvo la parte del mismo que quedaba justo encima de su cabeza, en donde aquella masa negra de nubes avanzaba a toda prisa hacia el norte. De las alturas aéreas, como si saliera de las profundidades de aquella nube, vino un confuso e impreciso ruido de voces. En un momento dado al oyente le pareció distinguir los acentos de sus conciudadanos, hombres y mujeres, tanto piadosos como impíos; muchos de ellos habían compartido con él la mesa de la comunión y a otros los había visto armando brega en la taberna. Un momento más tarde los ruidos se volvieron tan indistintos que dudó haber oído nada más que el murmullo del bosque, que susurraba sin viento. Entonces vino una oleada más fuerte todavía de aquellas voces familiares, como si se oyeran en pleno día y bajo el sol en la población de Salem, sólo que nunca, como ahora, habían venido de una nube nocturna. Una de aquellas voces pertenecía a una mujer joven que se lamentaba, aunque su tristeza era incierta y suplicaba un favor que tal vez le apenara obtener. Y toda la multitud invisible, tanto santos como pecadores, la apremiaba para que siguiera adelante.
            —¡Faith! —gritó Goodman Brown con agonía y desesperación en la voz. Y los ecos del bosque se burlaron de él gritando: «¡Faith! ¡Faith!» como si una multitud de desdichados perplejos la estuvieran buscando por el bosque.
            Aquel grito de pena, rabia y terror todavía resonaba en la noche cuando el infeliz marido guardó silencio en espera de respuesta. Se oyó un grito, ahogado de inmediato por un murmullo más alto de voces que dieron paso a risotadas tenues a medida que la nube oscura se alejaba, dejando el cielo despejado y silencioso por encima de Goodman Brown. Algo bajó revoloteando por el aire y se quedó enredado en la rama de un árbol. El joven lo cogió y vio que era una cinta rosada.
            —¡Mi Faith se ha ido! —exclamó después de un momento de estupefacción—. El bien no existe sobre la tierra y el pecado no es más que una palabra. ¡Vamos allá, demonio, porque a ti se te ha entregado el mundo!
            Y enloquecido por la desesperación, de forma que estuvo riéndose largo rato y de forma estridente, Goodman Brown cogió su bastón y siguió adelante, con paso tan ligero que parecía volar por el sendero más que caminar o correr. El camino se volvía cada vez más agreste y lúgubre y su recorrido cada vez era más indistinguible hasta desaparecer por fin, dejándolo en el corazón de las tinieblas del bosque, pero avanzando todavía, con ese instinto que guía a los mortales hacia el mal. El bosque entero estaba poblado de ruidos temibles: el crujido de los árboles, el aullido de las bestias salvajes y los gritos de los indios. A veces el viento repicaba como un campanario lejano y a veces rodeaba al caminante con un rugido enorme, como si la naturaleza entera se estuviera riendo de él. Pero él mismo era el mayor de los horrores en escena y no se dejó arredrar por el resto de horrores.
            —¡Ja, ja, ja! —rugió Goodman Brown cuando el viento se rió de él—. ¡Veamos quién se ríe más fuerte! ¡No queráis asustarme con vuestras artes diabólicas! ¡A mí la bruja, a mí el hechicero, a mí los brujos indios, a mí el diablo en persona! ¡Aquí viene Goodman Brown! ¡Podéis temerlo tanto como él os teme a vosotros!
            Lo cierto era que en todo el bosque encantado no había figura más temible que la de Goodman Brown. Siguió volando entre los pinos oscuros, blandiendo su bastón con ademanes frenéticos, dando ahora rienda suelta a una inspiración de horrible blasfemia y dejando escapar unas carcajadas que provocaban que todos los ecos del bosque se rieran como demonios a su alrededor. El diablo en su forma verdadera no es tan terrible como cuando brama con la apariencia de un hombre. De esa forma corrió el endemoniado hasta que vio delante de sí una luz roja temblando entre los árboles, como si las ramas y troncos cortados de los árboles ardieran y elevaran su fulgor al cielo en plena medianoche. Se detuvo, en un remanso de la tormenta que lo había llevado hasta allí, y llegó hasta él lo que parecía el rumor de un himno que resonaba solemne a lo lejos y en cuyo seno se juntaban muchas voces. Conocía la canción: era un tema bastante familiar en el coro del templo del pueblo. La estrofa se apagó con gravedad y fue alargada por un coro no ya de voces humanas sino formado por todos los ruidos del bosque repicando juntos en una espantosa armonía. Goodman Brown gritó pero no pudo oír su propio grito ya que sonó en conjunción con los ruidos del páramo.
            Durante aquel intervalo de silencio avanzó a hurtadillas hasta tener la luz delante de los ojos. Al fondo de un claro del bosque cerrado por la muralla oscura de los árboles, se erguía una roca que presentaba un parecido tosco y natural con un altar o un púlpito, rodeada por cuatro pinos resplandecientes con las copas ardiendo y los troncos intactos, como velas de una reunión vespertina. La masa de follaje, que había invadido la cima de la roca, también estaba en llamas, resplandeciendo en medio de la noche e iluminando todo el claro. Todas las ramas colgantes y todas las guirnaldas de ramas estaban ardiendo. A medida que la luz roja se elevaba y descendía, una congregación numerosa surgía alternativamente, desaparecía en las sombras y aparecía de nuevo, por decirlo así, de la nada, poblando de repente el corazón del bosque solitario.
            —Una multitud grave y enlutada —dijo Goodman Brown.
            Y ciertamente lo era. Entre ellos, parpadeando ahora a la luz y ahora a la sombra, aparecían caras que al día siguiente serían vistas de nuevo en el consejo de la comarca y otras que, sábado tras sábado, miraban al cielo con devoción y luego con benevolencia a las hileras de bancos desde los púlpitos más sagrados de la tierra. Algunos afirman que la mujer del gobernador estaba allí. Por lo menos había damas distinguidas y amigas personales de ella, así como esposas de maridos honorables, y también viudas, una multitud enorme, y doncellas maduras, todas de excelente reputación, y jóvenes hermosas que temblaban por si sus madres las estaban espiando. Cuando los destellos repentinos que alumbraban el claro a oscuras no cegaban a Goodman Brown, tuvo ocasión de reconocer a una veintena de miembros de la iglesia de Salem, todos famosos por su notable santidad. Pero mezclándose de forma irreverente con aquella gente severa, piadosa y de buena reputación, con aquellos ancianos de la iglesia, aquellas damas castas y vírgenes ingenuas, había hombres de vida disipada y mujeres de reputación manchada, desdichados que se habían entregado a todos los vicios mezquinos y repulsivos y que estaban bajo sospecha de haber cometido crímenes horribles. Era extraño ver que la buena gente no se apartaba de los perversos ni tampoco los pecadores se avergonzaban ante los piadosos. Asimismo, diseminados entre sus enemigos de caras pálidas estaban los hechiceros indios, o brujos, que a menudo habían sembrado sus bosques nativos con más encantamientos repulsivos de los que ningún brujo inglés conociera.
            «¿Pero dónde está Faith?», pensó Goodman Brown. Y lo asaltó un temblor mientras la esperanza surgía en su corazón.
            Otra estrofa del himno se elevó, una melodía lenta y lastimera, como de amor piadoso, pero unida a unas palabras que expresaban todo lo que nuestra naturaleza puede transmitir del pecado y todavía sugerían cosas mucho peores. Pues la sabiduría de los demonios no la pueden entender los mortales. Cantaron estrofa tras estrofa y el coro del páramo siguió resonando entre ellos, como la nota más grave de un potente órgano. Y con el repique final de aquel himno espantoso, hubo un ruido, como si el rugido del viento, el murmullo de los torrentes, el aullido de las bestias y todas las demás voces de la espesura irredenta se mezclaran y armonizaran con las voces de los hombres impíos en homenaje al príncipe de todo. Las llamas de los pinos encendidos se alargaron hacia el cielo y revelaron siluetas y expresiones de horror en las coronas de humo, por encima de la impía asamblea. En aquel momento, el fuego de la roca soltó una llamarada roja y formó un arco resplandeciente por encima de su base, en donde ahora apareció una figura. Dicho sea con toda reverencia, la figura no guardaba poco parecido, tanto en su atuendo como en sus modales, con cierto alto eclesiástico de las congregaciones de Nueva Inglaterra.
            —¡Traed a los conversos! —ordenó una voz que levantó ecos en el claro y se adentró en el bosque.
            Al oír aquella voz, Goodman Brown se adelantó desde la sombra de los árboles y se acercó a los congregados, con quienes sentía una hermandad repulsiva, propiciada por la atracción de su alma hacia todo lo que había de detestable. Podría haber jurado que la silueta de su propio padre muerto lo llamaba a avanzar, mirando hacia abajo desde la nube de humo, mientras que una mujer con expresión borrosa de desesperación adelantaba la mano para frenar su avance. ¿Era acaso su madre? Pero careció de poder para retroceder un paso, ni tampoco para resistir, ni siquiera mentalmente, cuando el ministro y el bueno del decano Gookin extendieron los brazos y lo llevaron hasta la roca en llamas. Hasta allí fue llevada también la silueta esbelta de una mujer cubierta con un velo, acompañada por Goody Cloyse, la piadosa maestra del catecismo, y Martha Carrier, que había recibido del diablo la promesa de convertirse en reina del infierno. ¡Menuda bruja estaba hecha! Y allí estaban los prosélitos, bajo el palio de fuego.
            —¡Bienvenidos, hijos míos —dijo la figura oscura—, a la comunión de vuestra estirpe! A pronta edad habéis encontrado vuestra naturaleza y vuestro destino. ¡Hijos míos, mirad a vuestra espalda!
            Los dos se dieron la vuelta. Y refulgiendo, por así decirlo, en una pantalla de llamas, los adoradores del diablo se hicieron visibles. Las sonrisas de bienvenida brillaron en todos los rostros con un resplandor siniestro.
            —Ahí —continuó la figura negra como el tizón— está toda la gente a la que habéis adorado desde la juventud. Los habéis reverenciado más que a vosotros mismos y os habéis horrorizado de vuestros pecados contrastándolos con sus vidas de rectitud y con vuestra ferviente aspiración al cielo. ¡Y aquí están todos, en la asamblea de mis adoradores! Esta noche os será permitido conocer sus hazañas secretas. Descubriréis que maestros de la iglesia con barbas canosas han susurrado palabras licenciosas a las doncellas de sus propios hogares. Que muchas mujeres ansiosas de luto le han dado a sus maridos bebedizos a la hora de acostarse para que durmieran sus últimos sueños en los regazos de ellas. Que jóvenes imberbes se han apresurado para heredar la fortuna de sus padres. Y que hermosas damiselas (¡no os sonrojéis, pequeñas!) han cavado pequeñas tumbas en los jardines y me han invitado únicamente a mí a un funeral infantil. Gracias a la atracción que sienten vuestros corazones humanos por el pecado, percibiréis todos los lugares (ya sea en la iglesia, en el dormitorio, la calle, el prado o el bosque) donde se han cometido crímenes, y os regocijaréis contemplando la tierra entera como una mancha de maldad, una enorme mancha de sangre. ¡Y mucho más! Os será permitido adivinar, en todas las almas, el misterio oculto del pecado, la fuente de todas las malas artes, que de forma inagotable proporciona más impulsos perversos de lo que el poder humano (¡o mi poder en su clímax!) puede manifestar en hechos. Y ahora, hijos míos, miraos el uno al otro.
            Así lo hicieron. Y a la luz de las antorchas prendidas en el infierno, aquel hombre desdichado contempló a su Faith, y la esposa contempló a su marido, temblando los dos ante aquel altar impío.
            —¡Mirad! ¡Aquí estáis, hijos míos! —dijo la figura en tono grave y solemne, casi triste, con su maldad desesperante, como si su naturaleza antaño angélica pudiera todavía penar por nuestra raza miserable—. Confiando mutuamente en vuestros corazones conservabais la esperanza de que la virtud no fuera un sueño. ¿Y verdad que no estáis decepcionados? La maldad es la naturaleza de la humanidad. El mal debe ser vuestro único regocijo. ¡Sed nuevamente bienvenidos, hijos míos, a la comunión de vuestra estirpe!
            Y allí permanecieron de pie, la única pareja de todo este mundo tenebroso, al parecer, que todavía dudaba en el umbral de la maldad. La parte superior de la roca tenía una cavidad natural en forma de pilón. ¿Contenía agua enrojecida por el fulgor? ¿O acaso era sangre? ¿O quizá una llama líquida? Allí la silueta del maligno hundió la mano y se preparó para trazar la señal del bautismo sobre sus frentes a fin de hacerlos partícipes del misterio del pecado, más conscientes de la culpa secreta de los demás, tanto en pensamiento como en acto, que de la suya propia. El marido miró a su pálida esposa y Faith lo miró a él. ¿Qué seres desdichados y polutos verían la próxima vez que se miraran mutuamente, igualmente temblorosos por el miedo a lo que revelaran y a lo que vieran?
            —¡Faith! ¡Faith! —gritó el marido—. ¡Levanta la mirada al cielo y resiste al maligno!
            No pudo adivinar si Faith le había obedecido. Nada más hablar, se encontró a sí mismo en medio de una noche tranquila y solitaria, escuchando cómo el rugido del viento se apagaba ahora rápidamente en todo el bosque. Fue tambaleándose hasta la roca y la notó fría y húmeda. Una ramita colgante que había estado ardiendo le salpicó la mejilla de rocío helado.
            A la mañana siguiente el joven Goodman Brown se adentró lentamente en el pueblo de Salem, mirando a su alrededor con perplejidad. El bueno del viejo pastor estaba paseando por el cementerio con el propósito de abrir el apetito para el desayuno y meditar su sermón y le dispensó una bendición a Goodman Brown cuando éste pasó a su lado. El joven se apartó del venerable anciano como de un anatema. El diácono Gookin estaba oficiando un servicio y las palabras sagradas de su oración se oían por la ventana abierta. «¿A qué Dios reza el hechicero?», dijo Goodman Brown. Goody Cloyse, aquella excelente cristiana, estaba de pie bajo la luz temprana, frente a su celosía, impartiendo el catecismo a una niña que le había traído una pinta de leche recién ordeñada. Goodman Brown agarró a la niña y se la llevó como si el diablo en persona la acosara. Al doblar la esquina del templo, examinó el rostro de Faith, que contemplaba la calle con expresión anhelante y con sus cintas en el pelo, y que estalló en semejante regocijo al verlo que recorrió la calle y estuvo a punto de besarlo delante de todo el pueblo. Sin embargo, Goodman Brown, contempló su rostro con severidad y tristeza y pasó de largo sin decir una palabra.
            ¿Acaso Goodman Brown se había quedado dormido en el bosque y únicamente había tenido una espantosa pesadilla acerca de una reunión de brujos?
            Así sea si lo quieren ustedes. ¡Pero ay! Aquel sueño fue un presagio funesto para el joven Goodman Brown. Se convirtió en un hombre severo, triste, presa de oscuras reflexiones, desconfiado, si no desesperado, a partir de la noche de aquel sueño atroz. El sábado, cuando la congregación estaba cantando un salmo, él no pudo escucharlo porque un himno impío le atronaba en sus oídos y ahogaba todas las estrofas benignas. Cuando el pastor habló desde el púlpito, con elocuencia poderosa y ferviente y con la mano sobre la Biblia abierta, acerca de las sagradas verdades de nuestra religión y acerca de vidas de santos y muertes triunfales, y acerca de la dicha futura o de una tristeza indecible, Goodman Brown se puso pálido y le invadió el terror, como si el techo fuera a hundirse sobre aquel viejo blasfemo y sus oyentes. A menudo se despertaba de repente en medio de la noche y se apartaba del seno de Faith. Y por las mañanas o al anochecer, cuando la familia se arrodillaba para rezar, fruncía el ceño y murmuraba para sus adentros, miraba con severidad a su mujer y se alejaba. Y cuando ya hubo vivido bastante y su cadáver canoso fue llevado a la tumba, seguido por la anciana Faith, sus hijos y sus nietos, una larga procesión, además de no pocos vecinos, no labraron ninguna frase prometedora en su lápida. Porque su última hora fue sombría.

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