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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 13 de junio de 2014

La luna


«Sea noche de tristeza, no haya en ella regocijos.»
(Job 3,7.) 

Ni luz, ni luna. El cielo y las calles permanecían oscuros, lo cual perjudicaba en cierto modo a mis designios. Sin embargo, mi paciencia era grande y yo no hacía más que vigilar los pasos de Cris. Todas las noches, después de cenar, le esperaba apoyado en el muro de su residencia, despreocupado de ocultarme o de tomar cualquier precaución para escapar a sus ojos, puesto que nunca le inquietaba lo que pudiese estar ocurriendo a su alrededor. La profunda oscuridad que nos cercaba y la rapidez con que caminaba, una vez en la calle, jamás me permitieron ver su fisonomía. Avanzaba por la acera resuelto, como si tuviera que ir a un lugar determinado. Poco a poco, sus movimientos se iban haciendo más lentos e indecisos, desmintiendo la determinación anterior. Le seguía con dificultad. Sombras maliciosas y traicioneras me salían al paso y me obligaban a retroceder. Entonces empezaba a ponerme nervioso; lo invisible andaba por mis manos, mientras que Cris, sereno y desenfadado, se desplazaba con facilidad. Si no se hubiese detenido  repetidas veces, mi tarea sería imposible. Cuando vislumbraba su figura, tras haberlo perdido durante unos instantes, me lo encontraba agachado, llenándose los bolsillos interiores de cosas imposibles de distinguir desde lejos.
Resultaba monótono seguirle siempre por los mismos caminos. Sobre todo porque nunca le veía entrar en algún edificio o conversar con amigos o mujeres. Ni siquiera tenía ningún conocido al que saludase. 
Al volver, ya de madrugada, Cris iba retirando del interior de la chaqueta los objetos que había recogido anteriormente y, uno a uno, los tiraba. Me daba la impresión de que los examinaba con ternura antes de librarse de ellos. 

Pasados algunos meses, sus paseos seguían obedeciendo a una constante regularidad. Sí, el trayecto seguido por Cris era invariable, a pesar de la aparente falta de rumbo con que caminaba. Partiendo de su casa, seguía recto y, después de diez manzanas, giraba en la segunda avenida. Recorría un pequeño tramo y se metía inmediatamente por una calle tortuosa y estrecha. Un cuarto de hora más tarde alcanzaba la zona suburbana de la ciudad, donde las casas eran pocas y sucias. No se detenía hasta que no daba con una mercería, en cuyo escaparate, forrado de papel de seda, se encontraba permanentemente expuesta una muñeca. Tenía los ojos azules, una sonrisa inconcreta. 

Una noche -ya me había acostumbrado a la  negrura de la noche- constaté, ligeramente sorprendido, que sus pasos no nos conducirían por el itinerario acostumbrado. (Había algo que aún no había madurado lo suficiente como para sufrir una súbita ruptura.) 
Ese día, a paso ligero, siguió en línea recta, evitando las calles transversales, por las cuales pasaba sin detenerse. Cruzó el centro urbano; dejó atrás la avenida en la que se situaba el comercio al por mayor. Sólo se demoró una vez -y aun así momentáneamente- delante de un cine, en el cual niños de otros tiempos veían películas en sesión continua. Hizo ademán de dirigirse a sacar entrada, lo que me alarmó de veras, pero su indecisión fue breve y prosiguió su caminata. Enfiló la calle de las prostitutas, parándose a ratos delante de los portales, espiando por las ventanas, casi todas muy próximas a la calzada. 
Delante de una casa baja, la única de la ciudad que aparecía iluminada, se paró vacilante. Tuve la intuición de que aquél sería el momento adecuado, pues, si Cris retrocedía, no se me presentaría otra oportunidad. Corrí hacia él, saqué el puñal y se lo hundí en la espalda. Sin un solo gemido, ni un ligero estertor, se desplomó. De su cuerpo delgado salió la luna. Una meretriz que pasaba, movida por un gesto impensado, la cogió en sus manos, mientras una llovizna de plata cubría la ropa del muerto. La mujer, al ver lo que sostenía entre los dedos, se deshizo en un llanto convulso. Abandonó la luna, que se marchó horadando el espacio, y escondió su cara en mi hombro. La aparté y, agachándome, contemplé el rostro de Cris. Un rostro infantil, los ojos azules. Una sonrisa incierta.