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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 29 de junio de 2014

Los invasores



Desde que mamá se fue, la única presencia viva aparte de nosotros dos en la casa que nos mantiene unidos es el gato Amenofis. A mi hermano Héctor no le guardo rencor por lo que hizo. La gente se extraña de que siendo ¡guales seamos tan diferentes. Tan ásperos. Qué sabrán ellos. No pueden ni imaginarse lo que es crecer en un caserón aislado, lejos de todo, con goteras en el techo, con platos de leche en el suelo, a muchos kilómetros de la ciudad, separados de toda forma de civilización humana que comporte educación, buenos modales, respeto al prójimo.
Siempre fui dos. Saber que no se está solo. Saber que siempre hay otro que anda con uno, que siempre hubo otro, que la casa es simétrica y huidiza desde el principio y cada gesto tiene su reflejo tembloroso en otro gesto idéntico repetido al otro lado de los biombos y los gruesos cortinajes y las pantallas y el gato. El gato, sobre todo.
Entonces, cuando desde el principio se ha sido dos, cuando no se puede ser sino dos, jugar se convierte en el espacio onírico de un sueño, en la devastación del espejo, en su terrible y dulce baile de perspectivas en las que al fondo siempre se superpone una sombra, una sombra pequeña, casi neutra, casi triste, vestida como nosotros, con traje de marinero, que nos ofrece una flor.

Había paz en el campo. Una paz inmensa, definitiva. Nada, ni la muerte, podía turbar esa paz. La casa estaba rodeada de ciénagas. Oíamos relinchar los caballos. La finca, empotrada entre dos valles, era un criadero de nieblas. La vista que se divisaba era hermosa: campo desnudo por todas partes y un repetidor de televisión. La casa nos agotaba con sus mil puertas correderas, con sus cerrojos, con sus grifos relucientes de los que manaba agua, o barro, o nada. La leña ardía en el fuego. Recuerdo a mamá ahora, vestida con su uniforme azul de azafata de congresos -una mujer débil, enferma-, luchando por mantener encendidas todas las chimeneas. Se levantaba temprano. Tomaba su desayuno en la cocina, su taza de té sin azúcar, a oscuras, de pie, con un mechón de pelo cayéndole sobre la frente fruncida, examinándonos con desaprobación.
Después se marchaba al trabajo, en su Citroen de cuatro puertas, y pasábamos días sin vernos. Los dos solos. Aislados en medio del campo. Ciénagas, niebla y caballos. Sin otra distracción que la del gato Amenofis y la visita de una doncella por horas llamada Marcia Irasema que venía a cocinar de cuando en cuando y que no nos comprendía ni a mi hermano ni a mí y nos irritaba y siempre confundía nuestros nombres como la tonta que era.
Buscaba las gafas y las llevaba puestas. Buscaba la funda de las gafas y la tenía en la mano. No atinaba con nada. Más que tonta, parecía ciega, sorda y muda. Nos irritaba. Tenía una colección asombrosa de guantes de fregar platos. De todos los colores posibles. Rosas. Negros. Amarillos. Lo que más rabia nos daba era su costumbre de llevar siempre los zapatos sin cordones. Y nunca encontraba las gafas. Así era Marcia Irasema, nuestra doncella por horas.
-Mis gafas. Dónde están mis gafas.
-Toma -decía yo-. Aquí están. Las he encontrado en tu bolso.
-¿Eh? Dame mi bolso. Tú no tienes derecho a... Y no te muevas tanto y estáte ahí quieto, so niño.
Dos veces por semana venía el repartidor con los víveres tocando el claxon y después bajaba las cestas y él mismo o Marcia Irasema con sus guantes de colores, como la tonta que era, lo amontonaba todo sin orden en las repisas de la despensa.
Y un día, de repente, Marcia Irasema murió.

Siempre fui dos. Jamás conocí la soledad. No teníamos ningún motivo de queja. Toda idea de individualidad había sido extirpada de nuestras jóvenes mentes y su lugar ocupado por una especie de goma elástica, un coágulo pegajoso dentro del cual el ademán que uno esbozaba por la mañana era completado por el otro al caer la tarde y la frase iniciada por uno de los dos hermanos era llevada a su límite por el otro par de labios.
No necesitábamos hablar. Cualquier antojo, cualquier capricho, pasaba de inmediato de uno a otro, con naturalidad telepática, hasta la compenetración absoluta. Bastaba una ojeada, una mueca, una caída de párpados, y uno de los dos ya se encontraba ejecutando la orden sin discusión, trepando a lo alto del tejado o descendiendo al fondo del sótano, porque así tenía que ser para seguir siendo hermanos.

El mundo estaba al revés. Desde aquellos días yo siempre he sentido que la civilización se encontraba fuera, al aire libre, en el campo, y que entre las cuatro paredes de nuestro domicilio anidaba la barbarie. Era un ambiente algo tenso, fosilizado. Los recuerdos se petrificaban en objetos de museo y baúles y en una galería de retratos de nuestros antepasados donde Héctor y yo contemplábamos boquiabiertos a la luz de una linterna nuestras caras repetidas hacia atrás en el tiempo a lo largo de un vértigo premonitorio pintado siglos antes y que ya nos concernía, nos devoraba, nos convertía en muertos prematuros con trajes de marineros.

Había habitaciones en la casa, bastantes, sumidas en la penumbra, cerradas con doble vuelta de llave, en las cuales nadie nunca había entrado, condenadas a perpetuidad desde el suicidio del primo Tal o la desaparición de la tía Cual, protegidas con candados, inaccesibles, remotas, que se conservaban intactas tal como estaban en el momento de producirse el incidente. Una vez pudimos asomarnos a una por una rendija y Héctor dijo que nos recordaba el camarote de un náufrago.

Ser dos. Vivir dos veces. Tener el doble de hambre, el doble de sueño, sentir dolor al cuadrado. Ser dos. Acostumbrarse a cerrar los ojos cuando el otro los abría, y viceversa. Establecer con tu propio hermano un pacto de sangre, una competición de anverso y reverso, de mano y guante, de arco y flecha, de música y oído. Jugar al escondite contigo mismo, durante días, agotadoramente, acurrucado a solas en el hueco de un árbol del parque mientras la lluvia decapitaba el follaje o arrancaba las hojas muertas y las restregaba en tu boca. Ser dos. Vivir a medias. Chupar hormigas. No saber dónde terminas ni y dónde comienza lo otro, sentir que tus propios dedos son la prolongación húmeda de otra mano, que un latido de tu corazón corresponde a una pausa del otro, y al tic de tu segundero replica el tac de tu hermano. Lluvia, lluvia en los ojos, sentir la ropa pegada al cuerpo, masa de tejido y carne, notar la frente empapada, el pelo chorreante, los calzoncillos fríos, el pecho, todo, los zapatos inundados, los pies de pergamino, la piel blanda, las orejas de estornudo, notar que tienes un brazo más largo que el otro, correr a refugiarte en casa. Mi casa. La casa es mía. Tengo una casa. Madre mía. La que está cayendo.
Si ahora somos dos es porque una vez fuimos uno. Tenemos esa experiencia. El cuchillo del cirujano penetró en la noche del cuerpo y nos desgarró en dos mitades, y una mitad se hizo Héctor y la otra mitad me hice Víctor y a cada trozo del organismo vivo nos vistió de marineros. Es imposible explicarlo. No se puede entender que a alguien le arranquen un pie del cuerpo y ese pie se ponga a vivir por su cuenta. Tener amigos es bueno. Pero jugar, jugar al escondite entre los arbustos con tu propio pie cortado, ah, eso es distinto.
Yo soy el pie de Héctor. Y Héctor, a su vez, es lo que me permite caminar. Si uno se enfría, el otro tiene fiebre, si uno se hiere, el otro llora sus lágrimas. Hemos hecho la prueba: los pensamientos de uno también los piensa el otro, al mismo tiempo pero al revés, leídos de derecha a izquierda, algo empañados de vaho, envueltos en un arco iris sucio, y es triste.
Pese a todo, hay diferencias sutiles. Mínimos desajustes. Puede decirse que nos complementamos. Yo soy rubio y él moreno. Yo madrugo y él trasnocha. Él es friolero y yo soy caluroso. Él no soporta la sangre y yo sí: su sabor insípido me inspira. Entre nosotros dos no hay secretos, no puede haberlos. Cada vez que me doy la vuelta hay alguien quieto, observándome. Entre los dos, formamos un ser unitario, un ente capicúa que bien podría llamarse: «Ctor».
Héctor sabe poner inyecciones. Conoce el secreto para clavar la aguja con suavidad en la carne, y si duele no te enteras.
A Héctor, de pequeño, me han dicho que le picó una avispa en un ojo y el aguijón se le quedó metido dentro. Eso me han dicho. Ni los médicos pudieron sacarlo. El ojo se le infectó y a punto estuvo de morirse o de quedarse ciego. Por eso creo que es malo. Porque dentro del cuerpo tiene metido un veneno, una cosa, una especie de alfiler peligroso que echó a correr por su sangre. Cuando le miro a los ojos fijamente a veces aunque no quiera veo pasar, por detrás de su pupila, una sombra roja, una veladura siniestra, y yo creo que es la avispa que todavía vive allá dentro, en el interior de su cuerpo, y de cuando en cuando se asoma para ver si puede escaparse.

Mamá desaparecida, una criada muerta y un gato que se llamaba Amenofis. ¿Es eso infancia? Siempre fui dos. De alguna forma había que poblar la nada, había que llenar el terror de aquel domingo infinito que zumbaba en los oídos y por eso mismo nunca nos estábamos quietos y corríamos y corríamos de un lado para otro hasta quedar sin aliento, y la casa también corría, detrás de nosotros, también quedaba extenuada la casa, el desván retumbaba con el sonido de nuestros pasos, cada vez éramos más gente, una muchedumbre nos perseguía, apenas quedaba sitio para movernos, y el sótano se llenaba del susurro de aquella multitud jadeante.
El que más corría era Héctor. Héctor podía pasarse perfectamente corriendo sin descansar una semana entera, mañana, tarde y noche. Decía que se estaba entrenando para las olimpiadas, cualquiera sabe si era verdad. A base de autocontrol sabía correr con los ojos cerrados y había aprendido a dormir mientras corría, comer mientras corría, soñar mientras corría, sin tropezar con los muebles y sin caerse. Pero esto es sólo una hipótesis. Nunca pude comprobarlo. De noche, desde la cama, yo escuchaba fascinado aquel interminable correr para las olimpiadas de Héctor, le imaginaba dormido, con los ojos cerrados, mientras sus zancadas le impulsaban cada vez más lejos hacia la línea de meta. Así imagino a mi hermano: está dormido y corre esquivando los muebles de la casa y salta a cámara lenta por encima de los platos de leche fría del gato y yo detengo ese salto y congelo a mi hermano en el aire.

¿Por qué la gente de la comarca nos apoda «chupasangres» y nos lanza piedras al vernos, si puede saberse? Con franqueza, estoy cansado de la maldad de la gente. No entiendo a esta humanidad. A nuestro alrededor lo que abunda es la incultura y, por desgracia, muy buena puntería. Nosotros dos no nos metemos con nadie. No sabemos mentir. No somos más que una pareja de hermanos metidos en su guarida, abstraídos en sus cosas, en sus experimentos, que no hacemos daño a nadie. Lo único que pedimos es que nos dejen en paz.
Tengo miedo por el gato, no vayan a hacerle algo. A veces sucedían crímenes espeluznantes allí mismo, a un paso de nosotros. Para evitar que ocurriesen más desgracias, a Amenofis le colocamos un collar con cascabel en el cuello y desde ese momento se distingue a todas horas, sobre el fondo de nuestros juegos, un tintineo constante. Cuando el gato se abalanza de mis brazos a los de Héctor, o viceversa, da la sensación de salir de un espejo y entrar en otro. El gato duerme en una caseta que es una réplica exacta, a escala reducida, de este caserón en que nosotros vivimos.
Las piedras duelen. Son duras. Tienen salientes afilados. Escuecen. Dejan tatuajes morados en la carne que no se borran ni frotándolos con lejía.

Hace poco tiempo que descubrimos el libro. Estaba tirado por ahí, detrás de algún armario ropero. No tiene título. No sabemos de qué trata. Suponemos que cuenta una historia, pero ni siquiera estamos seguros. El libro tiene una lámina. Un dibujo a todo color. Sí se mira mucho rato, resulta imposible que no se te humedezcan los ojos de la emoción. Es una gran obra de arte, el mejor cuadro jamás pintado. Es el retrato de un gato. Pero el gato está de pie. Y va calzado con botas. Las botas llevan hebillas. Es rarísimo todo. No entendemos cómo un gato puede comprarse unas botas; entrar en la zapatería, hablar con el dependiente, pedir su número, probarse las botas, comparar precios, pagarlas a la cajera, recoger el cambio, marcharse llevando la caja debajo de la pata. Si existe un gato asi, yo quiero saber dónde vive. Que me lo presenten. En serio. Daría cualquier cosa por conocerlo.

Mi hermano es la persona a la que más quiero en el mundo. Se lo digo en la cocina, con toda humildad, mientras cenamos nuestra tostada untada con mantequilla a la que añadimos una gruesa capa de mayonesa. Un verdadero manjar para sibaritas. «Te quiero», le digo a Héctor, y él se ríe a carcajadas. Nos daba risa comer. Nos daba risa querernos. Aquello estaba buenísimo. La salsa de mayonesa nos chorreaba en el traje, qué poca importancia tenía. Reímos con la boca llena. Nos gusta. Comer nos gusta mucho. Tanto como correr, o cavar. Te quiero, hermanito. Eché un vistazo a mi alrededor, me apreté la nariz haciendo pinza con dos dedos y dije, imitando la voz nasal de mamá: «Cuánta suciedad. Pfff, aquí hay mil cosas que hacer.» No pude terminar la frase. Miré la cara de Héctor y me callé asustadísimo, al ver cómo esa avispa que tiene dentro le asomaba a las pupilas.

Hoy me he enterado de que fue Héctor el que lo hizo. Él sabe poner inyecciones. No con mala intención, que conste. Él tenía sus razones, y todas las razones son igual de respetables. La criada insistió en que cenase un yogur y, ay, eso sí que no podía consentirlo.
Lo hizo con la criada. Le puso una inyección, supongo. Con dulzura, sin daño. El líquido penetra poco a poco en la carne y no se siente. Yo no vi nada, lo juro. Pongo al gato por testigo. Oí sólo un ruido leve, nada, algo parecido a un frotamiento, ras ras, pero pensé que otra vez había ratones en la leñera y que habría que fumigarlos con matarratas y en lo desagradable que era el olor de ese polvillo. Fuera de eso, no me preocupé en lo más mínimo. Eran cosas que pasaban a diario, no había que darle más vueltas. Si uno va a preocuparse de todos los ruidos que oye a lo largo del día, de todos los frotamientos (ras ras) y de todas las criadas, entonces no nos quedaría tiempo para preocuparnos de otras preocupaciones.

Pongamos que en algún lugar del mundo hay un gato capaz de comprarse unas botas. Es difícil de creer, pero bueno. Quizá no sea imposible. Imposible del todo, quiero decir. Tal vez exista una posibilidad entre un billón. O incluso menos. Pero hagamos como si fuese posible. Ya está. Un gato compra unas botas. Entra en la tienda y las paga. Ahora, lo que bajo ningún concepto estoy dispuesto a admitir, lo que ya me parece de locos, es que un gato, por mucho carisma que tenga, sea capaz de abrocharse él solo las hebillas. Eso sí que no. Por ahí no paso. Me creo todo, menos lo de la hebilla. La hebilla no puede ser. No cuela. A mí que no me vengan con cuentos. No te fastidia. Es imposible, la hebilla.

Me dirigí a la cocina. Encima de Ja mesa había unas tijeras usadas, abiertas. Proyectaban sobre el tablero una sombra malva en forma de minúscula bicicleta. Debajo de la mesa sobresalía un zapato sin cordones, y al lado un guante de goma de color amarillo canario, con un delicado copo de espuma entre los dedos. No había más.
Era fácil, casi cómodo, sentirte triste por dentro. Me negué. Qué tranquilo estaba todo. No se movía una hoja. Los crímenes, pienso yo ahora, sólo ocurren en los espejos. Sólo es posible matar lo que nos refleja. Lo que en cierto modo nos duplica. Un asesinato es el intento desesperado de parar, de frenar, de abrir un claro siquiera mínimo en la lujuriosa proliferación de imágenes que nos ahogan.
Todo en orden. Las tijeras sobre la mesa. Un tablero horizontal sujeto por cuatro patas. Yo pienso así en la demencia: como algo que en el fondo es muy vulgar, muy cotidiano, como un jarrito de leche.

Debe de haber alguien que controla el mundo. Una especie de inteligencia cósmica superior o algo así. No somos libres. Nos vigilan todo el tiempo desde el espacio, estoy seguro de ello. En algunos momentos he llegado a sentir su presencia, aquí, en la nuca, justo aquí. Me he sentido observado por la espalda, y ellos lo saben. Los árboles nos miran, las piedras nos acechan, las hojas nos espían. Los satélites artificiales envían ondas desde millones de años luz y en todo momento están informados de qué hacemos, dónde estamos, qué pensamos, qué sentimos. Intentan teledirigirnos por control remoto mediante sus rayos alfa y omega y no hay escapatoria posible. Invaden nuestros nervios, invaden nuestras mentes, añaden drogas a los yogures para tener la llave de nuestras almas y dominarnos cuando llegue el gran día del Apocalipsis, para el que ya falta poco. Entonces darán una señal y conquistarán el planeta. Sin violencia. Ordenadamente. Avanzarán todos juntos por tierra, mar y aire y ocuparán nuestras casas, dormirán en nuestras camas, se calzarán nuestras botas. Nos convertirán en sus esclavos y nadie podrá impedirlo. Por eso no hay que comer yogures, todo el que come yogur forma parte de una conspiración universal para acabar con nosotros dos, mi hermano y yo, y derrocar nuestra raza. Cuando vemos que alguien se acerca y nos ofrece sonriendo un yogur, como la criada, ya sabemos que es uno de ellos y forma parte de la conjura, procuramos disimular y cambiar de tema, pero tomamos nota, memorizamos su cara, mentalmente lo tachamos.

Pronto vendrán a buscarnos. Los invasores nunca descansan, No duermen. Trabajan día y noche para lograr sus propósitos. Ya están infiltrados entre nosotros. El enemigo vive dentro. Están muertos y de repente resucitan para la ocasión, igual que los superhéroes.
Yo también soy bastante superhéroe, creo. El mundo me oculta algo. Recuerdo que cerré las tijeras y me las guardé en el bolsillo, no fuera a herirse alguien por accidente. Bebí agua directamente del grifo. Me sequé la boca con la manga. Seguí sintiendo sed, pero renuncié a beber más agua del grifo porque dice mamá que no es sano beber tanto cuando se está sofocado.
Arriba, sobre mi cabeza, en frenético desorden, se escuchaban las zancadas rítmicas de Héctor, quizá dormido corriendo, entrenándose para las olimpiadas. Descanse en paz la criada. Sentí una repentina tristeza por él y también una especie de alivio por mí, al pensar que ya no haría falta fumigar el sótano con matarratas.

Poco después mamá volvió del trabajo. Por eso sé que era sábado. Llegaba precedida del sonido del motor, igual que el cascabeleo anuncia las correrías del gato. El gato estaba castrado. No cazaba ratones. No sabía cazarlos. Nadie le había enseñado. Nadie lo lava nunca. Apesta.
Pasó una cosa rara. Los faros del automóvil alumbraron de modo brutal la fachada, y el interior de la casa fue barrido por una iluminación de teatro. Fue la primera vez que hubo luz. La luz de mamá me rebotó en los ojos. Por primera vez en mi vida vi la casa tal como era. No parecía una casa. Parecía otra cosa. Con montones de ropa sucia por los rincones. Con dos niños sonrientes sentados cada uno en un extremo del sofá, vestidos con ropa de calle.

Entró mamá encendiendo luces y disipando sombras, vestida con su uniforme azul de azafata de congresos, y al verme se llevó la mano al pecho.
-Ah, estás ahí. Qué susto. ¿Dónde está Marcia Irasema? ¿Has cenado ya?
Y, sin darme tiempo a responder, revolvió en su bolso, sacó algo de su interior y me dijo:
-Toma. Lo he comprado para ti. Cómetelo de postre.
Y al decirlo agitó el envase entre sus dedos, como si el yogur fuese una campanilla y yo pudiese oír su sonido.

Entonces la luz se apagó de pronto, y fue como cerrar un libro de golpe. Fue igual que cuando una persona cierra los ojos y se queda dormida al instante. Desmayada. O tal vez muerta.

El campo es grande. Nos gusta jugar con la tierra. La tierra es tierna y no tiene nombre. Se llama tierra, sin mas. Puedes llamarla mamá, si te apetece. A mí no me apetece, pero se puede. La tierra siempre obedece tus órdenes, no opone resistencia. Se deja amasar con las manos como algo vivo y anónimo, como cera blanda o turrón de chocolate o banderas, como si la tierra fuese un organismo inteligente e inofensivo, pongamos que un gato con botas o una criada con guantes. No hay nada malo en cavar, ningún pecado del que luego tengas que confesarte. Se cava un hoyo. A continuación se cava otro al lado. Se juntan. La tierra no se enfada por eso. Es plana. Está llena de tierra y batallas y trincheras. Por mucha que saques o que te comas, por más tierra que mastiques y te tragues, siempre hay más tierra y más y más y más. Qué sé yo cuánta, hasta hartarse. Lo que ya no sirve, se entierra.

Desde que mamá se fue, la única presencia viva aparte de nosotros dos en la casa que nos mantiene unidos, mientras cavamos, es el gato Amenofis. Cava uno y cava otro, con movimientos perfectos, sincronizados. Da gusto vernos cavar. Siendo dos se pasa mejor. Se avanza el doble de rápido con la mitad de esfuerzo. En el fondo, ambos sabemos que sólo uno de los dos sobrevivirá. Nuestra única duda está en saber quién llegará antes a la meta, quién ganará esta olimpíada, si venceré yo o vencerás tú, que sabes poner inyecciones. Y cavamos sin descanso. Nos miramos de reojo, mi hermano Héctor y yo, mientras cavamos. Unas veces nos da la risa, otras nos entra pánico. Arriba, desde lo alto del ciclo, alguien o algo nos vigila con disimulo, no sabemos por qué. Y siempre, siempre, cuenta uno con más tierra para cualquier imprevisto que surja. Eso es lo bueno de vivir aquí, en la sociedad rural. Que el campo nunca se acaba.