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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 25 de junio de 2014

Relatos Rusos

Lev Nikoláievich Tolstói nació en 1828, en Yásnaia Poliana, en la región de Tula, de una familia aristócrata. En 1844 empezó Derecho y Lenguas Orientales en la universidad de Kazán, pero dejó los estudios y llevó una vida algo disipada en Moscú y San Petersburgo. En 1851 se enroló con su hermano mayor en un regimiento de artillería en el Cáucaso. En 1852 publicó Infancia, el primero de los textos autobiográficos que, seguido de Adolescencia (1854) y Juventud (1857), le hicieron famoso, así como sus recuerdos de la guerra de Crimea, de corte realista y antibelicista, Relatos de Sebastopol(1855-1856). La fama, sin embargo, le disgustó y, después de un viaje por Europa en 1857, decidió instalarse en Yásnaia Poliana, donde fundó una escuela para hijos de campesinos. El éxito de su monumental novela Guerra y paz (1865-1869) y de Anna Karénina (1873-1878; Alba Clásica Maior núm. XLVII), dos hitos de la literatura universal, no alivió una profunda crisis espiritual, de la que dio cuenta en Mi confesión (1878-1882), donde prácticamente abjuró del arte literario y propugnó un modo de vida basado en el Evangelio, la castidad, el trabajo manual y la renuncia a la violencia. A partir de entonces el grueso de su obra lo compondrían fábulas y cuentos de orientación popular, tratados morales y ensayos como Qué es el arte (1898) y algunas obras de teatro como Elpoder de las tinieblas (1886) y El cadáver viviente (1900); su única novela de esa época fue Resurrección (1899), escrita para recaudar fondos para la secta pacifista de los dujobori (guerreros del alma). Una extensa colección de sus Relatos ha sido publicada en esta misma colección (Alba CLÁSICA Maior, núm. xxxm). En 1901 fue excomulgado por la Iglesia ortodoxa. Murió en 1910, rumbo a un monasterio, en la estación de tren de Astápovo.
            «Tres muertes» se publicó en Biblioteca de Lectura en 1859. «Dios ve la verdad pero tarda en decirla» pertenece aTercer libro ruso de lectura (1874-1875), y «El prisionero del Cáucaso» a Cuarto libro ruso de lectura (1874-1875). «Después del baile», escrito en 1903, se publicó postumamente en 1911. «El lobo» apareció en la revista El Faro en 1909.
 

 Tres muertes

 

 

            Relato
 

 I

 

            Era otoño. Por el camino real dos carruajes avanzaban al trote. En el primero iban dos mujeres: una señora delgada y pálida y una doncella llenita, tersa y rubicunda. Por debajo del sombrero descolorido asomaban algunos cabellos secos y cortos, que ella trataba de acomodar impetuosamente con una mano colorada, envuelta en un guante agujereado. El alto pecho, cubierto con un pañuelo cuyo dibujo imitaba el de una alfombra, irradiaba salud; los inquietos ojos negros tan pronto seguían los campos que pasaban por la ventanilla como contemplaban tímidamente a la señora o exploraban intranquilos los rincones del coche. Delante de la nariz de la doncella oscilaba el sombrero de la señora, que colgaba de la redecilla del coche; en las rodillas llevaba un cachorro; apoyaba los pies en las cajas amontonadas en el suelo, que tamborileaban de modo apenas perceptible, acompañando el chirrido de los muelles y el tintineo de los cristales.
            Con las manos unidas sobre las rodillas y los ojos cerrados, la señora se removía apenas sobre los cojines que le habían colocado en la espalda y, frunciendo ligeramente el ceño, tosía con la boca cerrada. Llevaba en la cabeza una cofia de noche blanca y un chal azul envolvía su cuello pálido y delicado. Una raya recta, que desaparecía debajo de la cofia, dividía los cabellos rubios, muy lisos y untados de pomada; en la blancura de la piel que la raya dejaba al descubierto había algo enfermizo y mortecino. La piel de la cara, flácida, algo amarillenta, no se ajustaba perfectamente a los finos y bellos rasgos y adquiría un matiz más encarnado en las mejillas y los pómulos. Los labios eran secos e inquietos, las cejas ralas no se curvaban y la bata de viaje, de paño, caía recta sobre su pecho hundido. A pesar de que los ojos estaban cerrados, el rostro de la señora expresaba cansancio, irritación y el hábito del sufrimiento.
            Un criado dormitaba en el pescante, con los codos apoyados en su asiento; el postillón, con estridentes gritos, aguijoneaba a los cuatro caballos, fuertes y cubiertos de sudor, girándose de vez en cuando para mirar al otro postillón, que gritaba en el segundo coche. Las huellas anchas y paralelas de las ruedas se perfilaban uniformes y profundas en el barro viscoso del camino. El cielo era gris y frío; sobre los campos y el camino flotaba una húmeda neblina. En el carruaje el ambiente era sofocante; olía a agua de colonia y a polvo. La enferma reclinó la cabeza y abrió lentamente los ojos, grandes, brillantes, de un bellísimo color oscuro.
            —Otra vez —dijo, apartando nerviosamente con su mano enjuta y hermosa un extremo de la capa de la doncella, que le había rozado levemente una pierna, y su boca se torció en una mueca de dolor.
            Matriosha recogió la capa con ambas manos, se incorporó sobre sus fuertes piernas y se sentó algo más lejos. Su rostro fresco se cubrió de un vivo arrebol. Los bellos ojos oscuros de la enferma seguían con impaciencia los movimientos de la doncella. Se apoyó con ambas manos en el asiento con intención de incorporarse también ella, pero le fallaron las fuerzas. Su boca se contrajo y en su rostro afloró una expresión de ironía impotente y maligna.
            —¡Si al menos me ayudaras…! ¡Ah, no hace falta! ¡Ya me las arreglo sola! ¡Lo único que te pido es que hagas el favor de no poner tus sacos detrás de mí…! ¡Es mejor que no me toques, ya que no sabes hacerlo!
            La señora cerró los ojos, pero volvió a abrirlos al momento y se quedó observando a la doncella. Matriosha la contemplaba, mordiéndose el rojo labio inferior. Del pecho de la enferma se escapó un hondo suspiro que al final se transformó en un acceso de tos. Se volvió, frunció el ceño y se sujetó el pecho con ambas manos. Una vez sofocada la tos, volvió a cerrar los ojos y se quedó inmóvil. El coche y la carretela entraron en una aldea. Matriosha sacó su mano gordezuela del pañuelo y se santiguó.
            —¿Qué es eso? —preguntó la enferma.
            —La estación de postas, señora.
            —Lo que te pregunto es por qué te has persignado.
            —Hay una iglesia, señora.
            La enferma se volvió hacia la ventanilla y empezó a santiguarse lentamente, mirando con los ojos muy abiertos la gran iglesia de la aldea, junto a la que pasaban.
            El coche y la carretela se detuvieron delante de la estación. De la carretela se apearon el marido de la enferma y el médico y se acercaron al coche.
            —¿Cómo se encuentra? —preguntó el médico, tomándole el pulso.
            —¿Cómo estás, querida? ¿Te has fatigado? —preguntó el marido en francés—. ¿Te apetece bajar?
            Matriosha, tras recoger los bultos, se había quedado en un rincón para no entorpecer la conversación.
            —Sigo igual —respondió la enferma—. No quiero bajar.
            El marido, al cabo de un rato, entró en la estación. Matriosha saltó del coche y, corriendo de puntillas por el barro, se acercó a la cancela.
            —Que yo me encuentre mal no es razón para que no almuerce —dijo la enferma con una leve sonrisa, dirigiéndose al doctor, que no se había apartado de la ventanilla.
            «A nadie le importo —se dijo, en cuanto el médico se alejó con pasos silenciosos y subió con premura los peldaños de la escalerilla—. Ellos están bien y lo demás les da lo mismo. ¡Ah, Dios mío!»
            —Bueno, Eduard Ivánovich —dijo el marido, recibiendo al médico y secándose las manos con alegre sonrisa—, he ordenado que nos traigan la cantina. ¿Qué le parece?
            —Estupendo —respondió el médico.
            —¿Cómo se encuentra? —preguntó el marido con un suspiro, bajando la voz y enarcando las cejas.
            —Como ya le he dicho, es imposible que llegue a Italia; quiera Dios que lleguemos a Moscú. Sobre todo con un camino como éste.
            —¿Qué hacer, entonces? ¡Ah, Dios mío, Dios mío! —el marido se cubrió los ojos con la mano—. Déjalo ahí —añadió, dirigiéndose al criado que traía la cantina.
            —Debería haberse quedado en casa —repuso el médico, encogiéndose de hombros.
            —Pero, dígame, ¿qué podía hacer yo? —objetó el marido—. Hice todo lo posible por retenerla; le hablé de nuestros recursos, de los niños, a los que tendríamos que dejar solos; de mis asuntos; pero ella no me escucha. Hace proyectos de vida en el extranjero como si estuviese sana. Y hablarle de su situación sería matarla.
            —Pero ya está muerta; debería usted saberlo, Vasili Dmítrich. Una persona no puede vivir sin pulmones, y los pulmones no pueden volver a crecer. Es duro, es triste, pero ¿qué puede hacerse? La tarea de usted y la mía consiste únicamente en intentar que su fin sea lo más tranquilo posible. Lo que se requiere es un sacerdote.
            —¡Ah, Dios mío! Pero comprenda mi situación. ¿Cómo voy a hablarle de sus últimas voluntades? Que pase lo que tenga que pasar, pero no le diré nada de eso. Ya sabe usted lo buena que es…
            —Al menos trate de convencerla para que se quede hasta que pueda viajarse en trineo —dijo el médico, sacudiendo la cabeza con gesto significativo—. De otro modo, puede suceder una desgracia por el camino.
            —¡Aksiusha! ¡Eh, Aksiusha! —gritó la hija del maestro de postas, metiéndose la chaqueta por la cabeza y avanzando por el sucio patio trasero—. Vamos a ver a la señora de Shírkino; dicen que la llevan al extranjero para tratarla de una enfermedad del pecho. Nunca he visto a un tísico.
            Aksiusha salió de un salto al umbral; y las dos niñas, cogidas de la mano, fúeron corriendo a la cancela. Al llegar junto al coche, aminoraron el paso y echaron un vistazo por la ventanilla cerrada. La enferma volvió la cabeza y, cuando reparó en su curiosidad, frunció el ceño y se giró.
            —¡Madre mía! —dijo la hija del maestro de postas, apartando rápidamente la mirada—. ¡Con lo hermosa y fascinante que era y en lo que se ha convertido! Hasta da miedo. ¿La has visto, Aksiusha?
            —¡Sí, qué delgada está! —asintió Aksiusha—. Hagamos como si fuéramos al pozo y echemos otra ojeada. Se ha girado, pero he tenido tiempo de verla. Qué pena, Masha.
            —¡Cuánto barro! —dijo Masha, y ambas volvieron corriendo a la cancela.
            «No cabe duda de que tengo un aspecto horrible —pensó la enferma—. Pero iremos cuanto antes al extranjero y una vez allí me repondré en seguida.»
            —¿Cómo estás, querida? —dijo el marido, acercándose al coche sin dejar de masticar.
            «Siempre la misma pregunta —pensó la enferma—. Pero ¡él no para de comer!»
            —Bien —dijo entre dientes.
            —Temo, querida, que con este tiempo el camino empeore y el viaje se te haga más penoso. Eduard Ivánovich dice lo mismo. ¿No sería mejor que regresáramos? —Ella guardó silencio con aire enfadado—. Tal vez el tiempo mejore, los caminos se hagan más transitables y tú te recuperes un poco; en ese caso, podríamos ir todos juntos.
            —Perdóname. Si hubiera dejado de hacerte caso hace algún tiempo, ahora estaría en Berlín, completamente restablecida.
            —¿Qué podíamos hacer, ángel mío? Ya sabes que era imposible. Pero, si ahora te quedaras un mes, te repondrías del todo. Yo arreglaría mis asuntos y nos llevaríamos a los niños.
            —Los niños están sanos, pero yo no.
            —Pero entiende, querida, que con este tiempo, si empeoras por el camino… Al menos estaríamos en casa.
            —¿Qué? ¿En casa…? ¿Morir en casa? —repuso con irritación la enferma.
            Por lo visto, la palabra «morir» la asustó y dirigió una mirada suplicante e inquisitiva a su marido. Él bajó la mirada y calló. De pronto la boca de la enferma se torció en un gesto infantil y algunas lágrimas brotaron de sus ojos. El marido se cubrió el rostro con un pañuelo y se apartó del coche en silencio.
            —No, debo ir —dijo la enferma; luego alzó los ojos al cielo, cruzó las manos y murmuró palabras incoherentes—. ¡Dios mío! ¿Por qué? —decía, mientras las lágrimas se iban haciendo más copiosas. Durante un buen rato rezó con fervor, pero el pecho le dolía tanto como antes y sentía la misma opresión; el cielo, los campos y el camino seguían teniendo un aspecto gris y sombrío; flotaba la misma neblina otoñal, ni más densa ni más rala, sobre el barro del camino, los tejados, el coche y las pellizas de los postillones, que conversaban con voz recia y alegre, mientras engrasaban y enganchaban los caballos…

 II

 

            El coche ya estaba listo, pero el postillón tardaba en llegar. Había entrado en la isba de los cocheros, calurosa, sofocante, oscura, con el ambiente cargado; olía a cerrado, a pan recién cocido, a coles y a piel de cordero. Se habían reunido algunos postillones y la cocinera se afanaba junto a la estufa, en cuyo poyo yacía un enfermo, cubierto con una piel de cordero.
            —¡Tío Fiódor! ¡Tío Fiódor! —dijo un joven cochero, que llevaba una pelliza y un látigo en la cintura, entrando en la habitación y dirigiéndose al enfermo.
            —¿Por qué llamas a Fedka, haragán? —le preguntó uno de los cocheros—. Te están esperando en el coche.
            —Quiero pedirle las botas; las mías están rotas —respondió el muchacho, echándose los cabellos hacia atrás y ajustando los guantes metidos en el cinturón—. ¿Duerme? ¡Eh, tío Fiódor! —repitió, acercándose a la estufa.
            —¿Qué quieres? —dijo una voz débil, y en lo alto de la estufa apareció un hombre pelirrojo, de rostro enjuto. Una mano ancha, descamada, pálida y velluda sostenía el abrigo sobre el hombro huesudo, envuelto en una camisa muy sucia—. Dame de beber, amigo. ¿Qué quieres?
            El muchacho le alargó un cazo de agua.
            —Oye, Fedia —dijo con voz vacilante—, ya no necesitas unas botas nuevas; dámelas, pues no creo que andes mucho.
            El enfermo dejó caer la cansada cabeza sobre el reluciente cazo y, mojando su ralo y lacio bigote en el agua oscura, bebió con avidez y un gesto de debilidad. Su barba enmarañada estaba sucia; los ojos hundidos y opacos se alzaron con esfuerzo hasta el rostro del muchacho. Se apartó del agua y quiso levantar una mano para secarse los labios mojados, pero no pudo y se limpió con la manga del abrigo. En silencio, respirando trabajosamente por la nariz, miró al muchacho a los ojos, mientras hacía acopio de todas sus fuerzas.
            —Tal vez se las hayas prometido ya a alguien —dijo el muchacho—. Si es así, no importa. Como fuera el suelo está mojado y yo tengo que ir a trabajar; pensé: iré a ver a Fedka y le pediré las botas, ya que él no las necesita. Pero si te hacen falta, dímelo…
            Algo pareció removerse y borbotear en el pecho del enfermo, que se retorció, sacudido por un acceso de tos gutural que no acababa nunca.
            —Ya ves la falta que le hacen —soltó de pronto la cocinera con enfado, llenando con su voz toda la isba—. Lleva más de un mes sin bajarse de la estufa. Mira cómo se desgañita; con solo oírlo te duelen las entrañas. ¿Para qué quiere las botas? No van a enterrarlo con unas botas nuevas. Ya va siendo hora de que lo hagan, que Dios me perdone. Mira cómo se desgañita. ¡Habría que llevarlo a otra isba, a algún otro lugar! Dicen que en la ciudad hay hospitales. No sé qué vamos a hacer, ha ocupado todo el rincón. Una no tiene sitio para nada. Y luego vienen pidiendo limpieza.
            —¡Eh, Serioga! Sal ya, que los señores están esperando —gritó desde la puerta el maestro de postas.
            Serioga se disponía a marcharse sin esperar la respuesta, pero el enfermo, mientras tosía, le dio a entender con los ojos que quería contestarle.
            —Coge las botas, Serioga —dijo, una vez que dejó de toser y recobró el resuello—. Pero escucha: cuando muera, cómprame una lápida —añadió, entre estertores.
            Gracias, tío Fiódor. Me las llevaré; y en cuanto a la lápida, te juro que te la compraré.
            —Ya lo habéis oído, muchachos —tuvo tiempo de añadir el enfermo y, retorciéndose de nuevo, empezó a toser.
            —Sí, lo hemos oído —dijo un postillón—. Vete, Serioga, o el maestro de postas vendrá de nuevo a llamarte. La señora de Shírkino está enferma.
            Senoga se quitó a toda prisa sus botas rotas y demasiado grandes y las arrojo debajo del banco. Las botas nuevas del tío Fiódor le quedaban de maravilla; mientras se dirigía al coche, no dejaba de contemplarlas.
            —¡Unas botas estupendas! Trae que te las engrase —dijo el otro cochero, con la grasa en la mano, mientras Serioga subía al pescante y cogía las riendas—. ¿Te las ha dado sin más?
            —¿No tendrás envidia? —replicó Serioga, incorporándose para envolverse las piernas con los faldones del abrigo—. ¡Vámonos! ¡Adelante, bonitos! —gritó a los caballos, al tiempo que blandía el látigo.
            El coche y la carretela, con sus pasajeros, maletas y equipajes, se alejaron velozmente por la carretera mojada, desapareciendo en la gris neblina otoñal.
            El cochero enfermo se quedó tumbado sobre la estufa, en aquella isba sofocante; como no conseguía calmar la tos, se volvió del otro lado, a costa de un gran esfuerzo, y finalmente se tranquilizó.
            Hasta el atardecer no dejaron de entrar, salir y comer en la isba; al enfermo no se le oía. Antes de que cayera la noche la cocinera subió al poyo y, a horcajadas sobre sus piernas, cogió una pelliza.
            —No te enfades conmigo, Nastasia —exclamó el enfermo—. Dentro de poco dejaré libre tu rincón.
            —Bueno, bueno, no importa, no te preocupes —farfulló Nastasia—. ¿Qué es lo que te duele, tío Fiódor? Cuéntamelo.
            —Tengo todo el cuerpo destrozado por dentro. Dios sabrá lo que es.
            —¿Te duele también la garganta cuando toses?
            —Me duele todo. Ha llegado mi hora, de eso se trata. ¡Ay, ay, ay! —gimió el enfermo.
            —Cúbrete los pies así —dijo Nastasia y, antes de bajar, le tapó con el abrigo.
            Por la noche una lamparilla alumbraba tenuemente la isba. Nastasia y unos diez cocheros dormían en el suelo y en los bancos, entre estridentes ronquidos. Sólo el enfermo carraspeaba débilmente, tosía y se revolvía en el poyo de la estufa. Hacia la madrugada se calmó del todo.
            —Acabo de tener un sueño extrañísimo —dijo la cocinera a la mañana siguiente, estirándose en la penumbra—. He soñado que el tío Fiódor bajaba de la estufa y se iba a cortar leña. Me decía: «Venga, Nastia, te voy a echar una mano». Yo le contestaba: «Cómo vas a ir a cortar leña». Pero él cogía el hacha y la movía con tanta rapidez que llovían astillas por todas partes. «¿Qué haces? —le decía yo—. Si estás enfermo.» «No —me respondía—. Estoy bien.» Y a continuación la blandió de tal modo que me entró miedo. Entonces me puse a gritar y me desperté. ¿No se habrá muerto? ¡Tío Fiódor! ¡Tío!
            Fiódor no respondía.
            —Puede que esté muerto. Vamos a ver —dijo uno de los cocheros, que se había despertado.
            La delgada mano cubierta de pelo rojizo que colgaba de la estufa estaba fría y pálida.
            —Hay que ir a ver al maestro de postas y decirle que ha muerto —dijo el cochero.
            Fiódor no tenía familiares. Venía de una región lejana. Al día siguiente lo enterraron en el cementerio nuevo, detrás del bosquecillo; y durante varios días Nastasia estuvo contando a todo el mundo el sueño que había tenido, añadiendo que había sido la primera en enterarse de la muerte del tío Fiódor.

 III

 

            Llegó la primavera. Por las calles mojadas, entre los bloques de hielo, gorgoteaban arroyuelos impetuosos; en el aire destacaban con nitidez los colores de la ropa y resonaban con fuerza las voces de la gente que pasaba por la calle. En los jardincillos, detrás de las cercas, las yemas de los árboles se hinchaban y las ramas se balanceaban al empuje del viento fresco con un rumor apenas perceptible. Por todas partes caían y chorreaban gotas transparentes… Los gorriones goleaban y sacudían torpemente sus pequeñas alas. En la parte soleada, junto a las cercas, las casas y los árboles, todo se movía y brillaba. En el cielo, en la tierra y en el corazón del hombre reinaba un sentimiento de alegría y juventud.
            En una de las calles principales, delante de una gran casa señorial, había esparcida paja fresca; en el interior yacía la misma enferma moribunda que tanta prisa tenía por marcharse al extranjero.
            El marido de la enferma se hallaba junto a la puerta cerrada de la habitación, en compañía de una mujer madura. En el sofá estaba sentado un sacerdote, con los ojos bajos y un objeto envuelto en la estola. En un rincón, echada en un sillón Voltaire, lloraba amargamente una viejecita, la madre de la enferma. A su lado una doncella sostenía en la mano un pañuelo limpio y esperaba a que la viejecita lo solicitase; otra le frotaba las sienes, soplándole en la canosa cabeza, por debajo de la cofia.
            —¡Que Cristo la ayude, amiga mía! —dijo el marido a la mujer madura que estaba a su lado junto a la puerta—. Tiene mucha confianza en usted; y hay que ver qué bien sabe usted hablarle; trate de convencerla, querida; vaya.
            Se disponía a abrir la puerta, pero la prima lo detuvo; se llevó varias veces el pañuelo a los ojos y sacudió la cabeza.
            —Creo que ahora no se nota que he llorado —dijo y, abriendo ella misma la puerta, entró.
            El marido era presa de una gran agitación y parecía totalmente desorientado. Hizo intención de acercarse a la viejecita, pero, apenas avanzó unos pasos, se dio la vuelta, atravesó la habitación y se aproximó al sacerdote, que, nada más verlo, levantó los ojos al cielo y suspiró. La barba espesa y entrecana acompañó ese movimiento ascendente y descendente.
            —¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo el marido.
            —¿Qué le vamos a hacer? —dijo el sacerdote suspirando, y los ojos y la barba volvieron a bajar y subir.
            —¡Y la madre está allí! —exclamó el marido casi con desesperación—. No lo soportará. La quiere tanto, tantísimo, que… no sé. Si tratara usted de tranquilizarla y la convenciera para que se fuera, padre…
            El sacerdote se puso en pie y se acercó a la viejecita.
            —Nadie sabe lo que vale el corazón de una madre —dijo—. Sin embargo, Dios es misericordioso —de pronto el rostro de la viejecita se contrajo y todo su cuerpo se vio sacudido por un hipo histérico—. Dios es misericordioso —prosiguió el sacerdote, cuando la mujer se tranquilizó un poco—. Le contaré una cosa: en mi parroquia había un enfermo que estaba mucho peor que María Dmitrievna; pues bien, un simple tendero lo curó en poco tiempo con ayuda de unas hierbas. Y ese mismo tendero se encuentra ahora en Moscú. Ya le he dicho a Vasili Dmitrievich que se podía hacer una prueba. Al menos, sería un consuelo para la enferma. Para Dios todo es posible.
            —No, ya no puede vivir —replicó la anciana—. En lugar de llevarme a mí, Dios se la lleva a ella —y el hipo histérico se hizo tan fuerte que perdió el sentido.
            El marido de la enferma se cubrió el rostro con las manos y salió de la habitación.
            La primera persona con la que se encontró en el pasillo fue con su hijo de seis años, que estaba persiguiendo a toda velocidad a su hermana menor.
            —¿Quiere que lleve a los niños al lado de su madre? —preguntó la niñera.
            —No, no quiere verlos. Le parte el corazón.
            El niño se detuvo un instante y se quedó mirando feamente el rostro de su padre; de pronto, soltó una coz y siguió corriendo con un alegre grito.
            —¡Ella es el caballo negro, papá! —gritó, señalando a la hermana.
            Entre tanto, en la otra habitación, la prima, sentada junto a la enferma, trataba de prepararla para la idea de la muerte, llevando con habilidad la conversación. Cerca de la otra ventana el médico mezclaba varios ingredientes en una copa.
            La enferma, con una bata blanca, toda rodeada de almohadones, estaba sentada en la cama y miraba en silencio a su prima.
            —¡Ah, amiga mía! —dijo, interrumpiéndola de golpe—. No me prepares. No me trates como a una niña. Soy cristiana. Lo sé todo. Sé que no me queda mucho tiempo de vida; sé que, si mi marido me hubiese hecho caso antes, ahora me encontraría en Italia y tal vez —es casi seguro— me habría restablecido. Todos se lo decían. Pero ¿qué hacer? Por lo visto, tal es la voluntad de Dios. Todos cometemos muchos pecados, lo sé; pero confío en que Dios, en su misericordia, me perdone, como probablemente perdona a todos. Trato de comprenderme. También yo he cometido muchos pecados, amiga mía. Pero cuánto he padecido a cambio. He intentado sobrellevar mis sufrimientos con resignación…
            —Entonces, ¿quieres que llame al sacerdote, querida mía? Te sentirás aún mejor cuando hayas comulgado —dijo la prima.
            La enferma agachó la cabeza en señal de asentimiento.
            —¡Dios, perdona a esta pecadora! —susurró.
            La prima salió e hizo una indicación al sacerdote.
            —¡Es un ángel! —le dijo al marido con lágrimas en los ojos.
            El marido se echó a llorar; el sacerdote atravesó el umbral; la viejecita seguía sin conocimiento; en la primera habitación reinaba un silencio de muerte. Al cabo de cinco minutos el sacerdote salió por la puerta y, después de quitarse la estola, se arregló los cabellos.
            —Gracias a Dios ahora está más tranquila —dijo—. Quiere verlos a ustedes.
            La prima y el marido entraron. La enferma lloraba quedamente, mientras miraba los iconos.
            —Te felicito, querida mía —dijo el marido.
            —¡Gracias! Qué bien me encuentro ahora. ¡Qué indescriptible sensación de placer me embarga! —dijo la enferma, y una leve sonrisa afloró en sus delgados labios—. ¡Qué misericordioso es Dios! ¿No es cierto? Es misericordioso y omnipotente —y de nuevo miró el icono, rezando fervorosamente con los ojos llenos de lágrimas.
            Luego pareció acordarse de algo e hizo un gesto a su marido para que se aproximase.
            —Nunca quieres hacer lo que te pido —dijo con voz débil y descontenta.
            El marido estiró el cuello y la escuchó sumiso.
            —¿Qué pasa, querida?
            —¿Cuántas veces te he dicho que esos médicos no saben nada y que hay simples curanderos capaces de sanar a la gente…? El sacerdote acaba de decirme… que hay un tendero… Vete.
            —¿A buscarlo, querida?
            —¡Dios mío! ¡No quieres entender nada…! —añadió frunciendo el ceño y cerrando los ojos.
            El médico se acercó a ella y le cogió la mano. Era evidente que el pulso se hacía cada vez más débil. Le hizo una señal al marido. La enferma se dio cuenta y miró a su alrededor con espanto. La prima se dio la vuelta y se echó a llorar.
            —No llores, no te atormentes ni me atormentes a mí —dijo la enferma—. Eso me privaría de mis últimos momentos de tranquilidad.
            —¡Eres un ángel! —exclamó la prima, besándole la mano.
            —No, bésame aquí; sólo a los muertos se les besa la mano. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
            Esa misma tarde la enferma ya no era más que un cadáver, al qut metieron en un ataúd y colocaron en el salón de la espaciosa casa. En la enorme habitación, cuyas puertas estaban cerradas, un sacristán leía con voz nasal y uniforme los salmos de David. La intensa luz de los cirios, dispuestos en altos candelabros de plata, caía sobre la pálida frente de la difunta, sobre las manos pesadas y céreas y sobre los petrificados pliegues del sudario, que se levantaba pavorosamente en las rodillas y en los dedos de los pies. El sacristán seguía leyendo con voz monótona, sin entender lo que decía; en la serena habitación sus palabras sonaban de un modo extraño y después se extinguían. De vez en cuando llegaban desde una estancia lejana las voces y las carreras de los niños.
            «Como tu rostro ocultes, se conturban —decía el salmo—. Si el soplo les retiras, pues fenecen y a su polvo retornan. Si tu espíritu envías, son creados, y la faz de la tierra renuevas. La gloria de Yahveh sea por siempre.»[1]
            El rostro de la difunta tenía una expresión severa, tranquila y majestuosa. Nada se movía, ni en la frente fría e impoluta ni en los labios apretados. Era toda atención. Pero ¿comprendería al menos ahora esas profundas palabras?

 IV

 

            Al cabo de un mes sobre la tumba de la difunta se alzaba una capilla de piedra. En la del cochero no había ninguna lápida; sólo la hierba, de un verde claro, despuntaba sobre el túmulo, única señal de la pasada existencia de aquel hombre.
            —¡Cometerás un pecado, Serioga, si no compras una lápida para Fiódor! —comentó un día la cocinera en la estación de postas—. Dijiste que lo harías en invierno. Ya ha llegado el invierno. ¿Por qué no (limpies tu promesa? Yo estaba presente cuando pronunciaste esas palabras. ha venido una vez a suplicarte; si no se la compras, volverá y te ahogará.
            —¿Acaso me he negado? —replicó Serioga—. Compraré la lápida, como dije; me gastaré un rublo y medio de plata. No lo he olvidado, pero hay que traerla. En cuanto tenga ocasión de ir a la ciudad, se la compraré.
            —Al menos podías ponerle una cruz —intervino un viejo cochero—. Tu comportamiento es indigno. Las botas bien que las llevas.
            —¿Y de dónde saco yo una cruz? No voy a hacerla de un leño.
            —¿Qué quieres decir? ¿No puedes hacerla de un leño? Pues coge un hacha y vete al bosque a primera hora. Tala un fresno, por ejemplo, y ya tienes con qué hacer la cruz. Tendrás que invitar a vodka al guardabosques; no puede uno dejar de invitarlo por cualquier fruslería. Hact unos días rompí una vara del coche y me he tallado una estupenda sin que nadie me diga nada.
            Por la mañana temprano, en cuanto amaneció, Serioga cogió el hacha y se fue al bosquecillo.
            Todo estaba cubierto de una capa fría y opaca de rocío, que aún seguía cayendo y que el sol no iluminaba todavía. A oriente clareaba una luz débil, imperceptible, que se reflejaba en la bóveda celeste, cubierta de sutiles nubes. No se movía ni una brizna de hierba ni una sola hoja de las ramas superiores de los árboles. Sólo un rumor de alas en la espesura o algún crujido en el suelo rompían de vez en cuando el silencio. De pronto un ruido extraño y ajeno a la naturaleza resonó y se extinguió en el lindero del bosque. Al cabo de un momento se oyó de nuevo y empezó a repetirse regularmente al pie del tronco de uno de los inmóviles árboles. Una de las copas se estremeció de un modo insólito; las jugosas hojas emitieron un susurro y el petirrojo que estaba posado en una de las rama dio dos saltitos, silbó y, agitando la cola, pasó a otro árbol.
            Abajo el rumor del hacha se hacía cada vez más sordo; las blancas y jugosas astillas volaban sobre la hierba cubierta de rocío; a cada nuevo golpe se oía un ligero crujido. El árbol se estremeció de arriba abajo, se inclinó y en seguida volvió a enderezarse, balanceándose atemorizado sobre las raíces. Por un instante todo calló; luego el árbol volvió a inclinarse, se oyó otro crujido en el tronco, y la copa, rompiendo ramitas y doblando ramas, se desplomó sobre la tierra húmeda. El rumor del hacha y de los pasos cesaron. El petirrojo silbó y voló más alto. La rama que rozó con sus alas se balanceó un momento y luego se quedó quieta, con todas sus hojas, como las otras. Los árboles descollaban con sus ramas inmóviles, en ese nuevo espacio abierto, aún más alegres que antes.
            Los primeros rayos del sol, filtrándose a través de una nube transparente, brillaron en el cielo y recorrieron la tierra y el aire. La neblina empezó a difundirse en oleadas sobre los valles; el rocío resplandecía y destellaba sobre el follaje; las nubes transparentes y blanquecinas se dispersaban presurosas por la bóveda celeste. Las aves revoloteaban en la espesura y goleaban alegres, con cierta perplejidad; las jugosas hojas susurraban gozosas y serenas en las copas, y las ramas de los árboles vivos empezaron a agitarse lenta y majestuosamente sobre el ejemplar muerto y caído.