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Biblioteca Virtual Hispanica

lunes, 4 de agosto de 2014

Antepasados



Cuando Jack Renshaw hizo el estúpido y presuntuoso comentario de que no le gustaba ver partidos de cricket, la señora Vallance pensó que debía llamar su atención de algún modo, que debía hacerle comprender, sí, como a los demás jóvenes allí reunidos, lo que habría dicho su padre; qué diferentes eran su padre y su madre, sí, y también ella, de todo aquello; y qué trivial le resultaba todo aquello al compararlo con hombres y mujeres realmente sencillos y dignos, como su padre, como su querida madre.
-Aquí estamos -dijo de pronto-, encerrados en esta sofocante habitación, mientras en el campo, donde yo nací... en Escocia... -(sentía la obligación de hacer comprender a todos aquellos jóvenes, que a fin de cuentas eran muy agradables, aunque algo cortos de estatura, lo que sentían su padre, su madre y también ella, pues en el fondo era igual que ellos).
-¿Eres escocesa? -preguntó él.
No sabía pues quién era su padre; no sabía que era hija de John Ellis Rattray y Catherine Macdonald.
Había pasado una noche en Edimburgo, dijo el señor Renshaw.
¡Una noche en Edimburgo! Y ella había pasado todos aquellos maravillosos años allí... allí y en Elliottshaw, en la frontera de Nortumbria. Allí había correteado en plena libertad entre las grosellas; hasta allí iban los amigos de su padre, y ella, que no era más que una niña, había oído las conversaciones más asombrosas de su época. Aún los veía, a su padre, a Sir Duncan Clements, al señor Rogers (el anciano señor Rogers encarnaba su ideal de sabio griego), sentados bajo el cedro; después de cenar, a la luz de las estrellas. Hablaban de todo lo imaginable, eso le parecía ahora; eran demasiado tolerantes para reírse de los demás. Le enseñaron a venerar la belleza. ¿Qué belleza había en aquella sofocante habitación de Londres?
-Pobres flores -exclamó, pues había un par de claveles pisoteados, con los pétalos aplastados; pero luego pensó que su preocupación por las flores era casi excesiva. A su madre le encantaban las flores: le habían enseñado desde muy niña que hacer daño a una flor era hacer daño a la cosa más exquisita de la naturaleza. La naturaleza siempre había sido su pasión; las montañas, el mar. Aquí, en Londres, miraba por la ventana y no veía más que casas... seres humanos hacinados en pequeños cajones. Le resultaba imposible vivir en ese ambiente. No soportaba pasear por Londres y ver a los niños jugando en la calle. Tal vez era demasiado sensible; la vida sería imposible si todo el mundo fuese como ella, pero cuando recordaba su propia infancia, y a su padre y a su madre, y ese derroche de belleza y cuidados...
-¡Qué bonito vestido! -dijo Jack Renshaw; y a ella le pareció fatal... que un hombre joven reparase en la ropa femenina. Su padre sentía auténtica veneración por las mujeres pero jamás se fijó en cómo vestían. Y entre todas aquellas muchachas no había ni una sola que pudiera considerarse hermosa... como lo había sido su madre... su querida y majestuosa madre, que vestía igual en invierno que en verano, hubiese o no hubiese invitados, pero que siempre pareció ella misma, tanto cuando llevaba encajes como cuando envejeció, con su pequeña cofia. Tras enviudar se pasaba las horas sentada entre las flores, y más parecía estar entre fantasmas que con su familia, soñando con el pasado, que es, pensó la señora Vallance, mucho más real que el presente en cierto sentido. Pero ¿por qué? Es en el pasado, con aquellos maravillosos hombres y mujeres, pensó, donde yo vivo realmente: son ellos quienes me conocen; sólo ellos (y recordó el jardín bajo la luz de las estrellas y los árboles y al anciano señor Rogers, y a su padre, con su chaqueta de lino blanco) me comprendían. Sintió que los ojos le escocían como cuando se avecinan las lágrimas, mientras permanecía allí de píe, en el salón de la señora Dalloway, mirando no a esa gente, esas flores, esa ruidosa multitud, sino a sí misma, a la niña que habría de viajar tan lejos, que recogía florecillas y luego se sentaba en la cama del desván, que olía a madera de pino, para leer cuentos, poesía. Había leído toda la obra de Shelley entre los doce y los quince años, y se lo recitaba a su padre, con las manos escondidas detrás de la espalda, mientras él se afeitaba. Las lágrimas comenzaron a ascender desde las profundidades de su garganta mientras contemplaba esta imagen de sí misma y le añadía los sufrimientos de toda una vida (había sufrido terriblemente)... la vida le había pasado por encima como una rueda... la vida no era lo que le había parecido entonces -era como esta fiesta- a la niña que recitaba a Shelley; con sus penetrantes ojos negros. ¡Qué no habían visto después! Y eran sólo aquellas personas, ahora muertas, enterradas en la tranquila Escocia, quienes la habían conocido, quienes sabían lo que podía dar de sí... y sintió las lágrimas más próximas al pensar en la niña con su vestido de algodón; qué grandes y negros eran sus ojos; qué hermosa estaba recitando la «Oda al viento del Oeste»; qué orgulloso de ella estaba su padre, y qué estupendo era él, y qué estupenda era su madre, y cómo, cuando estaba con ellos, ella era tan pura, tan buena y tan inteligente que podría aspirar a cualquier cosa. Si ellos hubiesen vivido y ella se hubiese quedado con ellos en aquel jardín (que ahora se le aparecía como el lugar donde había pasado toda su infancia, y siempre estaba iluminado por las estrellas, y siempre era verano, y ellos siempre sentados bajo el cedro, fumando, menos su madre, que soñaba a solas, con su cofia de viuda, entre sus flores... y qué buenos y amables y respetuosos eran los viejos sirvientes: Andrewes, el jardinero, y Jersy, la cocinera; y el viejo Sultán, el perro de Terranova; y la enredadera, y el estanque, y la bomba del agua." y la señora Vallance con aire muy digno y altivo y burlón, al comparar su vida con las vidas de otros) y si aquella vida hubiese continuado eternamente, la señora Vallance no sentiría lo que sentía ahora... y miró a Jack Renshaw y a la muchacha cuyo vestido él admiraba... habría podido tener una existencia y habría sido, ay, perfectamente feliz, perfectamente buena, en lugar de estar aquí, obligada a escuchar a un joven que decía -rió casi con desdén y sin embargo los ojos se le llenaron de lágrimas- ¡que no soportaba ver un partido de cricket!