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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 1 de agosto de 2014

Como un trapecista de circo



Había sido demasiada audacia atacar esa casa de la calle Rui Barbosa. Cerca, en la plaza del Palacio, había muchos policías, inspectores, agentes. Pero ellos tenían sed de aventuras, eran cada vez más grandes, cada vez más atrevidos. Pero había demasiada gente en la casa, dieron la alarma, los policías aparecieron. Pedro Bala y João Grande escaparon por la ladera de la plaza. Barandao también se abrió, pero el Sem-Pernas quedó acorralado en la calle. Los policías se despreocuparon de los otros, pensaron que ya era algo agarrar a ese rengo. El Sem-Pernas corría de un lado a otro, los agentes avanzaban, hizo como que iba a escapar por un lado, saltó sobre dos hombres, salió por la ladera, pero en lugar de tomar por la Baixa do Sapateiro se dirigió hacia la plaza del Palacio. Porque el Sem-Pernas sabía que si corría por la calle lo agarraban. Eran hombres de piernas más fuertes que las suyas, y encima rengo; no quería que lo agarrasen. Se acordaba de la vez que estuvo preso. De los sueños. No lo agarrarán y mientras corre, ése es su único pensamiento. Los policías van pegados a sus talones. El Sem-Pernas sabe que los llenará de satisfacción agarrarlo, que la captura de uno de los Capitanes de la arena es una hazaña para un policía. Esa será su venganza. No dejará que lo agarren, no le pondrán una mano sobre el cuerpo. El Sem-Pernas los odia como odia a todo el mundo, porque nunca pudo tener un cariño. Y el día que lo tuvo debió abandonarlo porque la vida ya lo había marcado demasiado. Nunca había tenido una alegría. Se había hecho hombre antes de los diez años para luchar por la más miserable de las vidas: la vida de un niño abandonado. Nunca había amado a nadie, a no ser a ese perro que lo sigue. Cuando los corazones de los otros chicos todavía están limpios de cualquier sentimiento, el del Sem-Pernas está lleno de odio. Odiaba a la ciudad, a la vida, a los hombres. Solamente amaba a su odio, sentimiento que lo hacía fuerte y corajudo a pesar de su defecto físico. Una vez una mujer había sido buena con él. Pero, en realidad, no había sido con él sino con el hijo que había perdido. Otra vez, una mujer se había acostado con él en una cama, había acariciado su sexo, lo había usado para tomar unas migajas del amor que nunca había tenido. Pero nunca lo habían querido por sí mismo, nunca lo habían querido como un chico abandonado, lisiado y triste. Muchos lo odiaban. Y él los odiaba a todos. La policía le había pegado y un hombre se reía mientras lo zurraban. Para él los policías que lo corren son ese hombre. Si lo agarran ese hombre volverá a reírse. No lo agarrarán. Los tiene pegados a los talones pero no lo agarrarán. Piensan que se va a detener en el gran elevador, pero el Sem-Pernas no se detiene. Sube el pequeño muro, vuelve la cara hacia los policías que todavía corren, se ríe con toda la fuerza de su odio, escupe en la cara de uno que ya extiende los brazos, se tira de espaldas en el vacío como si fuese un trapecista de circo.
En la plaza todos quedan asombrados por un momento. "Se mató", dice una mujer desmayándose. El Sem-Pernas revienta en la montaña como un trapecista de circo que no hubiera alcanzado el otro trapecio. El perro ladra entre los escalones del muro.