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miércoles, 13 de agosto de 2014

Heiliger Nikolaus



Cuando Frau Schleting se acercó con los brazos extendidos para llevarlo a bailar, supo que era el principio del desastre que había estado temiendo pero que ya nadie podía evitar.
Si hubiera podido cobrar su paga de cien marcos y largarse apenas terminado su trabajo, ahora estaría aquí en la enmohe­cida soledad de su cuarto fumando el último Krone antes de arrebujarse en el edredón descosido para dormirse, sin temor a nada, más que a sus días sin fortuna que continuarían iguales. La pirámide de regalos era demasiado grande, ésa había sido la primera desventaja. Casi una hora se pasó ayudando al niño a abrir los paquetes, como era su obligación, sin alcanzar a desempacar ni la mitad. La fascinación del niño, había termi­nado en aburrimiento y ya se estaba durmiendo en medio de aquella inmensidad de juguetes, papeles, cajas y cintas, cuan­do Herr Schleting lo condujo a la cama.
Pero eso no hubiera importado de todas maneras; aun así pudo haber cobrado y volver a la calle, entrar en la boca del U-Bahn en Viktorie-Louise-Platz y haber estado en su cuarto antes de que empezara a nevar. Sí, se repetía ahora cuando escuchaba los pasos pausados pero implacables resonar sordos en la escalera; la conducta de Frau Schleting había provocado el desastre.
Cien marcos le ayudarían a salir de muchas de sus penas, fue lo que se había dicho cuando Petrus, el barman de Los Nopales, le propuso la noche anterior aquel trabajo que cualquiera en su situación hubiera aceptado: todavía quedaban unas cuantas plazas de Santa Klaus, de los que contrataban para divertir la noche de Navidad a niños ricos en sus hogares; la compañera de Petrus trabajaba en la agencia de colocaciones de la Kantstrasse y le arreglaría el trabajo.
A la mañana, al presentarse en la agencia, ella le había advertido por lo bajo que no era realmente algo para extranje­ros, menos con pinta de latinos, o de turcos, siempre preferían candidatos blancos, mofletudos y sonrosados. Pero omitiría el detalle, y haciéndose su cómplice le entregó la dirección y el teléfono, Barbarossastrasse 19,11, en Wilmersdorf: Herr und Frau Schleting, llamar primero para convenir detalles.
Como al mediodía aún no tenía el disfraz de Santa Klaus, vio que no habría otro remedio que recurrir a Krista para pedirle en préstamo los cincuenta marcos necesarios para pagar el alquiler y cubrir el depósito de garantía. Había ido entonces a buscarla a su trabajo de la pequeña papelería en el sótano del Europa Center y ella le respondió con su misma voz tersa y enronquecida por el cigarrillo, cargada de falso enojo, que le prestaría los cincuenta marcos, pero que era lo último que haría por él en su vida.
Quince años atrás, cuando había llegado a Berlín desde Maracaibo para estudiar Ingeniería Eléctrica en la Universidad Técnica, gracias a la pomposa decisión de su padre que quería tener un ingeniero graduado en Alemania, porque todo lo que era Bayer era bueno, una de sus primeras desgracias había sido encontrarse con Krista que extendía los recibos en la caja del Goethe-Institut.
 
Nunca mencionaba a Krista en las largas cartas dirigidas a su padre, en las que trataba de justificar sus repetidos fracasos en el estudio; pero si a alguien hubiera tenido que culpar era a ella, no porque tuviera en realidad que ver, sino simplemente porque estaba en su vida desde el principio. Y cuando ya nunca más volvió a la Universidad y muerto su padre empezó a sobre­vivir como camarero o como músico ocasional en las pizzerías y en los restaurantes latinos, Krista seguía allí, ocupando su mesa solitaria y sorbiendo lentamente su cerveza aunque últi­mamente ya no se cruzaran casi palabra, disolviéndose en aquella forma suya de perseguirlo.
En la tiendita de disfraces de la Karl Marx Strasse en Neukölln sólo quedaba ya un último traje de Santa Klaus que no era de su medida. Aunque había engordado en los últimos años y tenía ya una barriga que iba pareciéndose a la de su padre, aquel traje le venía muy estrecho, pese a que se suponía que los Santa Klaus eran gordos, y él no lo estaba tanto. Las botamangas del pantalón de franela roja dejaban al descubier­to buena parte de sus pantorrillas, y peor, las botas no forma­ban parte del ajuar en alquiler, por lo que tendría que ir al compromiso con sus gastados zapatos de invierno.
Y en fin, así vestido había bajado aquella noche de Navidad las escaleras del olvidado edificio gris sin ascensor, uno igual a los otros muchos edificios grises de la Manitusstrasse en el leja­no suburbio obrero de Kreuzberg, invadido ahora por los inmi­grantes turcos que llenaban las calles con su vocinglería de cine mudo e improvisaban sus comercios en las aceras y debajo de los puentes.
Sus pasos retumbaron como golpes de martillo en la inter­minable escalera de madera y cuando salió al claustro del patio interior cerrado por las altas paredes en las que brillaban algunas ventanas, el viento golpeó en ráfagas cortantes su ros­tro adornado con la barba postiza de filamentos brillantes. Alineados en la oscuridad del patio, los helados cubos de basura parecían monumentos funerarios.
Tratando de ocultar el disfraz rojo bajo el abrigo, había caminado a lo largo de la Maybach Ufer como alguien que sale a robar, aunque el sonido de la campanilla que llevaba en la mano y que el frío le hacía repicar sin querer lo denunciaba ante los pocos transeúntes que seguían de lejos para entrar apresuradamente en los portales de los edificios. Dejando atrás el canal de aguas oscuras que reflejaban las luces de la calle en la noche aún sin nieve, descendió por fin en la ya tan familiar boca del U-Bahn de la Kóttbusser Tor.
En el andén de la desierta estación sólo aguardaba una anciana, menuda y pulcramente vestida, que lo miró primero con sorprendido descaro, pero que luego le había sonreído afa­blemente en señal de comprensión, al tiempo que se alejaba hacia el más distante de los vagones amarillos, iluminados y vacíos, que acababan de detenerse con su sostenido y suave murmullo.
 
El tren se movió en dirección a la Nollendorf-Platz, donde debía cambiar, y como tantas otras veces los gigantes de los anuncios en las paredes de la estación relampaguearon delante de sus ojos. Aunque la negrura del túnel terminaba siempre por tragárselos, sabía que quedaban allí, seguros y sonrientes, zahi­riéndolo amenazantes desde su olimpo multicolor, recordán­dole lo insignificante de su paso por las estaciones a lo largo de los días, montado en los mismos trenes amarillos mientras ellos permanecían alegres y jubilosos en las paredes. De nuevo ful­guraba frente a su vista la fumadora de cabellera triunfante que en los días de verano y cuando el aire de Berlín se llenaba con el persistente olor del excremento de los perros, desafiaba al mundo asida al cordaje de un velamen blanco. Ahora calzaba skies y desde el perfecto paisaje nevado lo miraba altiva entrar una vez más en las sombras del túnel, los ojos verdes implaca­bles de tanta felicidad, gut gelaunt geniessen.
Bajo la chaqueta de Santa Klaus que olía a naftalina había palpado el paquete de Krone y se oyó toser en el vagón solita­rio, desgarrando aquella tos crónica de los inviernos helados. Los últimos tres cigarrillos estaban allí, y los tocó sólo para darse la seguridad de que seguían existiendo, y no eran aún parte de su pasado, porque hasta la noche anterior había esta­do recibiendo en Los Nopales un paquete diario de Krone des­contado de su paga por tocar la batería en el conjunto antilla­no que animaba el local.
Los Nopales era un cuchitril de la Carmenstrasse frecuenta­do por los estudiantes, que de ambiente mexicano no tenía otra cosa que un polvoriento sombrero de charro clavado detrás del bar sobre un zarape extendido. Esa noche la policía había clau­surado el local por razones de higiene, y al despedirse, Petrus le había entregado junto con unos pocos marcos el último paquete de Krone. Para ustedes no hay trabajo de Santa Klaus, bromeó Petrus con los negros antillanos que en la penumbra cerraban los estuches de sus instrumentos antes de irse por la puerta de la cocina. Los negros habían sacudido la cabeza, divertidos.
Alrededor de la Viktorie-Louise-Platz los comercios del barrio se agolpaban en sombras con sus rótulos de neón apaga­dos en la silenciosa noche de Navidad. Atravesó la plaza en busca de la Barbarossastrasse pisando los duros pedruscos del sendero, la rotura circular de los calcetines gruesos lastimándole en los dedos gordos. Le enfureció de pronto la picazón de la barba postiza en el cuello, le enfureció su tos crónica y la certeza absoluta de que ya nunca más volvería a Maracaibo. Al morir su padre y al cesar sus cartas llenas de humor y entusias­mo, que traían religiosamente los cheques y no desmayaban en la esperanza de verlo ingeniero pese a todo el tiempo pasado, había cesado también su conexión con el mundo familiar en el que sólo quedaban dos hermanas casadas con ingenieros de verdad, y que cuando llegaban a escribirle le llamaban "El Alemán" en forma entre cariñosa y despectiva, sólo para reco­ger algo del antiguo humor de su padre.
Y cuando había llamado a la puerta se encontró a Herr Schleting vestido de impecable smoking negro, igual que uno de aquellos gigantes maduros y respetables que anunciaban el aguardiente Jágermeister, der Deutsche mit dem freundlichen Akzent. Y tras él, no un cuarto mísero y maloliente como el suyo, lleno de viejas cajas de libros en las esquinas, rollos de planos ya inútiles y afiches turísticos de Venezuela por todo adorno en las paredes, sino una estancia de luz sobrenatural como en los carteles de los gigantes, una infinita mansión que parecía multiplicada por espejos, blancas paredes y cortinajes rojos, repisas de mármol y candelabros de cristal, estatuillas, floreros, lámparas, alfombras infinitas, todo ordenado y perfec­to como en los anuncios de Móbel Grünewald, díe altmodische Neumode.
Circunspecto y diferente, Herr Schleting le sonrió con repe­tidas inclinaciones de cabeza y le hizo pasar. Tal como había sido arreglado en la conversación telefónica, el niño le aguar­daba sentado en un sillón de terciopelo rojo junto a la maciza chimenea que parecía más bien un altar. Quieto y expectante, metido en su trajecito de pana azul, tenía seguramente órdenes de no moverse del lado de la descomunal pila de cajas azules, rojas y doradas, más alta aún que el árbol de Navidad resplan­deciente de adornos.
Y Herr Schleting había gritado con festiva seriedad ¡Santa Klaus! ¡Santa Klaus!, abriéndole paso para que iniciara su tra­bajo, mientras él vacilaba en el dintel, confuso y aturdido, sin saber cómo iniciar la actuación frente a aquel niño lejano del sillón al centro de la enorme pancarta.
No supo cómo ni cuándo había comenzado a reírse con gruesas carcajadas y a gesticular como los Santa Klaus mecáni­cos de las tiendas, tal como era su deber, mirando tras cada ademán a Herr Schleting que continuaba impasible y sonrien­te al lado de la puerta entreabierta. Avanzó hacia el niño al tiempo que contorsionaba el cuerpo y se acordaba al fin de agi­tar la campanilla que llevaba en la mano, oyendo sus propias carcajadas graves y falsas como sí resonaran hasta mucho des­pués que habían salido de su garganta donde la tos enfermiza pugnaba por adelantarse.
Frau Schleting no había aparecido sino después. Él ya esta­ba ocupado en ayudar al niño a desempacar los regalos ensa­yando de vez en cuando sus carcajadas graves, cuando sintió que los acordes de Stílle Nacht, Heilige Nacht subían desorde­nadamente de volumen. La vio entonces danzar como trans­portada, en una mano balanceando la botella de Mumm y en la otra que mantenía en alto, una copa con la que seguía el compás de la música, ajena por completo a la entrada triunfal de Santa Klaus y a la ceremonia de los regalos. Como en los anuncios de Mumm iba ataviada con un largo traje de encaje blanco que dejaba desnuda su espalda, el cuello y las muñecas cuajados de joyas, Mumm, reicher Genus entspringt der Natur.
Herr Schleting había ido muy parsimonioso a bajar el volu­men para regresar a su puesto de observador de la operación de apertura de los paquetes, pero Frau Schleting insistía en subir­lo de nuevo para continuar bailando botella en mano, y al fin fue Herr Schleting el que desistió primero y la dejó seguir en su algarabía navideña.
 
Cuando el niño había empezado a dormirse, Herr Schleting le hizo un gesto cortés de que era suficiente. Le pidió que se sen­tara un momento mientras llevaba a su hijo al dormitorio, y entre tanto Frau Schleting siguió revoloteando todo el tiempo por la estancia, sin reparar para nada en él. Bebía de su copa de Mumm y palmoteaba, la canción navideña sustituida ahora con la fanfarria de una banda bávara.
Al volver Herr Schleting le había preguntado gravemente si quería algo de tomar, y él, farfullando a través de los molestos filamentos de la barba postiza, había respondido que una cer­veza, sin pensarlo mucho y sin saber realmente si quería beber, pero una cerveza le pareció lo más humilde y modesto en medio de toda aquella grandeza resplandeciente.
Y como si se la hubiera sacado de la manga del smoking en un acto de prestidigitación, le escanció cortésmente la verde botella de cerveza Kronbacher en una copa de alto pedestal, que hasta no tenerla en la mano no se dio cuenta cuánto pesa­ba. Y más allá de su mano sosteniendo la copa que dejaba tras­lucir la cerveza dorada, mit Felsquellwasser gebraut, un estan­que azul verdoso esfuminado tras los juncos de la orilla que el viento inclinaba apaciblemente.
Herr Schleting sólo aguardaba frente a él que terminara de beber, los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo con aire de observación científica. Él había comenzado a apurar la cerveza, calculando que al no más ponerse de pie Herr Schleting sacaría de su smoking una cartera de cuero con esquinas de oro para extenderle el billete de cien marcos, nuevo y tostado.
Y para decir ya quizás lo último, resaltando separadamente las palabras como se habla a los extranjeros cuando se quiere ser cortés, Herr Schleting le había preguntado de dónde era. Qué extraño, se rió forzadamente, no había descubierto para nada su acento en el teléfono, como si más que un mérito suyo hablar alemán tan bien fuera algo aún más excéntrico y lleno de comicidad que el gorro de Santa Klaus entrando a duras penas sobre la maraña de su pelo afro en el que empezaban a surgir las canas.
Y fue cuando se acercó Frau Schleting que hasta entonces parecía haberlo descubierto, y ése fue el principio del desastre, ¡Santa Klaus de España! ¡Oh, que viva España!, palmoteó ale­gremente; desde lo alto, porque era una mujerona descomunal­mente alta, le extendió su larga mano enjoyada, atenazándolo con energía en el apretón; y de un modo tan imprevisto se dejó ir sobre el sofá para sentarse, que por un momento había temi­do que le cayera encima. Con un gesto audaz se apartó el cabe­llo del rostro y mientras mordía el cristal de la copa no dejaba de mirarlo apasionadamente.
Sin encontrar qué otra actitud tomar, había juntado las manos enguantadas de blanco por delante de su vientre comba­do bajo la estrecha chaqueta roja, y con preocupación dirigió la vista hacia Herr Schleting. Pero Herr Schleting, seguramente por dignidad, prefería aparentar que no se daba cuenta de nada, y su única muestra de impaciencia era el persistente golpeteo del tacón de su zapato de charol sobre la mullida alfombra.
Después, en un gesto que pretendía ser distraído, Frau Schleting comenzó a recorrer la pierna de su pantalón con el filo de la uña, repitiendo con los labios el mismo movimiento de ida y vuelta en el borde de la copa. Ante una nueva mirada suya, Herr Schleting frunció la boca e hizo un ligero gesto de disgusto con la cabeza.
Entonces él se había puesto de pie para irse, cobrar e irse, pero ella lo retuvo. Lo tomó del brazo con la fuerza de una garra y lo obligó a sentarse, envolviéndolo otra vez en sus miradas de pasión. Y cuando cayó de nuevo en el sofá, comple­tamente desalentado, ya no tuvo que dirigir una nueva mirada de súplica a Herr Schleting que al fin había empezado a recon­venirla en una voz acerada, calma, de un solo tono: no se esta­ba comportando en forma debida y era impropio comunicar impresiones erróneas a los extranjeros, y resaltó la palabra extranjeros, para indicarle cuán grande era en efecto su imper­tinencia; si bien era cierto que las circunstancias festivas per­mitían la sana expansión, le rogaba retomar su compostura. Y le sonrió a él, extendiendo maquinalmente las comisuras de los labios, como una más de sus cortesías, de las cuales jamás se olvidaba.
Afuera había empezado a nevar. La nieve caía silenciosa al otro lado de las ventanas y sintió la vieja sensación de encan­to y asombro por la nieve, que no disipaba para nada su males­tar frente a toda aquella situación. Nadie más que él reparaba en la nieve, y Frau Schleting pidió de pronto que brindaran por la Navidad y por España. Y sin esperar a que Herr Schleting extendiera su consentimiento para aquel brindis, escanció las copas que se derramaron sobre la mesa, y de allí al piso alfombrado.
Para no faltar a su férrea cortesía, Herr Schleting se puso de pie y brindó, y él también tuvo que brindar, bebiendo apresu­radamente como había bebido la cerveza. Pero sólo sirvió para que ella le volviera a llenar la copa, derramándole el champán en el disfraz; y a la vez que bebía, apresurado por irse, ella le llenaba de nuevo, y llenaba también la suya.
Herr Schleting, que desde hacía rato había retirado su copa lo más lejos posible, en un ademán de ponerse de pie golpeó sus piernas con ambas manos; daba las gracias al señor..., y lamen­tó no recordar su apellido. Pero seguramente el señor..., ten­dría otros compromisos que cumplir, otros hogares que atender esa noche, y por lo tanto era preciso despedirse en aquel momento. Con lo cual se puso efectivamente de pie, y con el mismo gesto elegante y sobrio que lo había recibido, lo invitó a dirigirse a la puerta.
¿Pero cuántas copas de champán Mumm Frau Schleting le había obligado ya a beberse? Quién lo puede recordar ahora. Ya para entonces había tirado su gorro rojo a un lado y era su maraña de pelo afro lo que más entusiasmaba a Frau Schleting, que no hablaba de otra cosa que de España. Hundido de mane­ra despreocupada en el sofá, dejaba que ella siguiera llenándo­le la copa, y entre risas pretendía explicarle que nada tenía que ver con España, y sin que nadie le preguntara ahora hablaba de Venezuela, de los llanos y de Alma Llanera, de la sierra, de los maracuchos, del enjambre de torres de los pozos petroleros en el lago, del calor, de que se podía freír un huevo en una acera de Maracaibo a mediodía, de los dictadores, y se puso a contar chistes sobre Pérez Jiménez, de los cuales Herr Schleting, por supuesto, no se reía.
Seguía nevando detrás de las ventanas, pero ahora le dis­gustaba la nieve sucia y fría, el pavimento resbaloso de las aceras cubierto con sal, el olor a viejo hollín en la boca del U-Bahn en Viktorie-Louise-Platz, las luces mortecinas de las escaleras hacia el subterráneo, el apagado fragor de los trenes, y le disgustaban los rostros eternos de los gigantes despiertos esa medianoche en las paredes. Salud, había dicho, brindando ahora despreocupadamente, sin cambiar su postura de aban­dono en el sofá. Se desabotonó la chaqueta de Santa Klaus en busca de sus Krone, con los que su camisa de invierno quedó al descubierto, una camisa de leñador a grandes cuadros rojos y grises, y le pidió fuego a Herr Schleting.
Herr Schleting no parecía sentirse en ningún momento des­concertado frente a toda aquella impertinencia. Ajustó su cor­batín negro y con los brazos cruzados por delante, dio unos cuantos pasos por la estancia, de arriba abajo. Frau Schleting se había extendido ahora a todo lo largo del sofá, y arrecostada indolentemente jugaba con la copa vacía. Se había quitado los zapatos y con los dedos del píe le hacía cosquillas. Pero dejó su indolencia repentinamente, se enderezó y le preguntó si sabía bailar ¡Que viva España!
él, muy festivo, le había dicho que de pasodobles nada, ésos eran bailes para maricones, joropos le iba a enseñar a bai­lar él, cumbias, guarachas, mambos; pero ella negaba insisten­temente, lo que quería era bailar ¡Que viva España! con Santa Klaus español.
Ya para entonces Herr Schleting se había alejado hacia el comedor iluminado por una inmensa araña de cristal, y. desde allí le recordaba a su esposa mientras con el encendedor pren­día los candelabros de la mesa, que la cena tradicional de esa Nochebuena esperaba, y siguió hablandole sin alterar la voz, como sí sólo los dos estuvieran allí y nada hubiera ocurrido de extraño; pero por toda respuesta ella repitió una vez más que quería bailar ¡Que viva España! con Santa Klaus español, y tras­tabilló hasta la pila de discos para buscar ¡Que viva España! Y él, riéndose a grandes carcajadas, que no, que él no era ningúnespañol, de dónde había sacado; y cuando Frau Schleting empezó a gritar "¡olé! ¡olé!" se oyó a Herr Schleting sentenciar gravemente desde la otra estancia, siempre calmo y muy segu­ro, que nadie iba a poner ¡Que viva España! y nadie iba a bai­lar ¡Que viva España!
¡Que viva España! estalló entonces con un volumen ensor­decedor. Y cuando ella se aproximó bailando hacia él, palmoteando con las manos sobre la cabeza, fue que se había dado cuenta de lo inevitable del desastre.
Inevitable cuando a pesar de haber notado perfectamente que Herr Schleting había desaparecido de pronto del comedor, de manera insensata la acompañó a bailar, y se dejó atraer hasta la proximidad de su aliento de levadura mientras la oía repetir sobre su barba postiza: "uno, dos, uno, dos, ¡ole!", la mano hue­suda y enjoyada acariciándole la nuca. Y más inevitable aún, cuando trataba de arrancarle la barba para besarlo a sus anchas, sin dejar de marcar pesadamente el ritmo de pasodoble y lle­vándolo a marcha forzada por entre los muebles del salón.
Súbitamente, las luces se apagaron y sólo quedó brillando con todos sus adornos de grana y esmeralda el gran árbol de Navidad. Pero Frau Schleting, lejos de darse cuenta del peligro y como si la oscuridad le hubiera dado nuevos bríos, había gri­tado una vez más y ahora con todas sus fuerzas ¡Que viva España! sin soltarlo del abrazo en que lo tenía cautivo. Pero el estruendo de las explosiones ahogó su grito y ahogó la música, y el gran espejo de moldura dorada que reflejaba las luces del árbol cayó sobre las consolas y los sillones en grandes pedazos. En medio de la humazón la sombra de Herr Schleting sostenía imperturbable la escopeta de dos cañones, y algo adivinó de su gorro verde de cazador adornado de múltiples insignias, mien­tras Frau Schleting, sin hacer caso de las explosiones, seguía bailando alocadamente, ahora sola. Porque él no hacía otra cosa que buscar a cuatro pies por el suelo su gorro rojo y la barba postiza que Frau Schleting al fin le había arrancado, por­que el disfraz debía devolverlo completo. Y todavía cuando corría a gatas en busca de la salida, sonaron recias otras dos explosiones, y aún otras dos cuando trastabillaba escaleras abajo.
Y ahora en la enmohecida soledad de su cuarto en Manitusstrasse, fuma su último Krone sentado en la cama, mientras el fulgor rojo de la linterna de señales de los coches patrulla estacionados en el patio del edificio sube en lentas ráfagas hasta su ventana, poniendo en el vidrio escarchado un fulgor de horno. Oye los huecos pasos de los policías que suben a buscarlo por violencia de un extranjero en hogar extraño. El traje de Santa Klaus está inmóvil sobre el sillón donde se sentó largos años a desentrañar aquellos textos de ingeniería sin con­seguir nunca nada.
Entonces, frustrado e inútil como regresará a Maracaibo, sabe que allá le llamarán con sorna piadosa "El Alemán". Ya para siempre.
 
Managua, noviembre/diciembre de 1984