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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 12 de septiembre de 2014

En el segundo cajón



Manuela fue creada a imagen y semejanza de sus sueños. Manuela, la que gastaba medio lápiz labial en cada pintada, la que llevaba las polleras cuatro dedos sobre las rodillas, las camisas blancas transparentes con corpiño de broderie debajo. Ella, la que usaba tangas minúsculas apretándole las nalgas, la que se reía a carcajadas con su jefe, la que flirteaba con el cobrador del club, con el abogado, con... la que susurraba cuando atendía el teléfono y pronunciaba el nombre de la empresa.
Manuela llegó allí un mes de abril, tres años atrás. Isolina vino un agosto cualquiera, de algún año, dos décadas atrás. La primera había hecho su aparición vestida de marrón claro, con zapatos cremita y pulóver con escote pronunciado. Desde su escritorio Isolina la miró desconcertada, desaprobando el peinado demasiado voluminoso, los labios muy pintados, la sombra demasiado oscura en los párpados. De entrada se metió en el bolsillo a todos los hombres de la oficina, desde el ordenanza hasta el jefe fueron presa fácil de su simpatía. Se la comían con los ojos.
Cada día estrenaba algo diferente, ya sea en ropa, en peinado, en color de maquillaje o algún perfume. Cada día entraba por la puerta como un torbellino perfumado, haciendo rechinar el piso con sus tacones altos y provocando grandes ruidos al sentarse y abrir los cajones de su escritorio. Cada día revivía en Isolina los años del pasado, gastados, no aprovechados. Isolina la observaba, controlaba sus colores: ayer toda de azul, con sombra y zapatos al tono, cartera y cinto también, cabello suelto o moño haciendo juego; hoy de rosa ingenuo y mañana quizás de negro total, sacando a flote toda su sensualidad.
Isolina miraba su aspecto: trajecito gris, azul o marrón, con el clásico y único zapato negro en invierno, otoño y parte de la primavera, y al final de esta estación el lujo de un zapatito crema o quizás blanco, pero generalmente no los compraba de este color porque se estropeaban más rápidamente. El maquillaje siempre muy discreto, un poco de polvo y colorete rosa en las mejillas, dos toques más, lápiz casi invisible en los labios y el único lujo: lápiz negro para remarcar las peladas cejas. ¿El cabello?, corto, muy corto, controlado casi con regla para que no se atreviera a bajar a la punta del cuello.
Manuela solía alardear de las «tremendas noches vividas». Estiraba sus brazos hacia arriba y ponía ojos soñadores recordando lo vivido la noche anterior; Isolina la miraba engullendo una rabia que crecía lentamente. Trataba de evitarla, de pronto ya no soportó más sus risas, su voz susurrante contestando las llamadas, dejó de admirar su colección de zapatos y perfumes caros, dejó de soñar con poseer sólo una vuelta de esos collares de perlas falsas y dejó de sentir envidia por ella. Ahora la odiaba.
La otra representaba la juventud, la frescura y la libertad que ella no tuvo, ni siquiera a los veinte años cuando llegó a esa oficina con su certificado de secretaria veloz en la mano derecha. Al principio la divertía verla tan coqueta y desenvuelta, protagonizando pedazos de sus sueños cada día, interpretando en cada movimiento, en cada risa lo que a ella le hubiera gustado hacer de haber sido más desinhibida, un poco más extrovertida.
La catástrofe ocurrió una tarde.
Su marido fue a buscarla al trabajo, y cuando llegó, Isolina estaba en el baño peinándose. Al salir lo vio riendo a carcajadas de algo que le decía Manuela. Fue hasta su escritorio, abrió el cajón y rompió en mil pedazos un cuento de muchas hojas, sin final, que empezó a escribir tres años atrás y donde estaban desperdigados sus sueños.
Porque Manuela era ese otro yo que Isolina tenía encerrado en el segundo cajón de su escritorio.

© Milia Gayoso (Paraguay)