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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 22 de octubre de 2014

Cimas blancas contra el cielo azul



Heidi ha crecido. Trabaja de auxiliar administrativa en una empresa de componentes eléctricos y por las noches completa su sueldo como camarera en un pub del extrarradio, sirviendo copas a los clientes. Las cosas en la ciudad se están poniendo imposibles. Todo el tiempo llueve una especie de agua asquerosa, las calles inundadas hieden, proliferan toda clase de repugnantes alergias y enfermedades de la piel debido al cambio climático. Para alguien criado en las montañas de Suiza la vida en la ciudad es deprimente, no tiene sentido seguir fingiendo, las cosas son como son, no hay retroceso. De madrugada, en el camino de vuelta, mezclada con los cuerpos otoñales de los inspectores fiscales y los achuchones de res en los vagones del metro, Heidi rememora el olor obsesionante de las mañanas felices, la calidad cremosa de los inviernos, la leche ordeñada a tirones y aquel tren de cremallera que la llevaba en agosto a los Alpes, entre empinados glaciares, con sus vacas azules de un lado y sus vacas rojas del otro.
La granja del abuelo ya no existe. No hay sitio adonde volver. En su lugar Heidi ha oído decir que han levantado un campamento turístico de hormigón para la tercera edad con piscina climatizada y saunas de hidromasaje y jacuzzi. Durante los días en que el cielo está despejado han dicho por la radio que la contaminación deja ver, tras los grandes jirones de niebla, a ocasionales grupos de jubilados empujando carros y bolsas a través de la hierba artificial de color moco, en los circuitos pintados del minigolf, y agachándose a recoger pelotas justo en el mismo sitio donde, años atrás, sangraban los rosales.
Heidi ha crecido. Pedro ha ascendido con prontitud de pastor de cabras a director de una planta embotelladora. Nada más llegar a la ciudad se agenció una moto de segunda mano y obtuvo trabajo de mensajero, el chico es rápido de reflejos, con el dinero que ahorró en el reparto de comida china a domicilio se financió un máster en dirección de empresas y realidad virtual y ahora Pedro controla un despacho de más de sesenta personas cuya temperatura ambiente es tropical y constante durante todo el año. Pedro se libra de padecer la polución de las fábricas porque él es uno de los que contribuyen a ella. Se sabe que encarga los chalecos a medida a un sastre londinense de Savile Row. Cultiva un bigote gris perla, gafas para leer, aire cansado de gentleman, y cuando un asunto le desagrada de forma especial o tiene dificultades para resolverlo al instante, exclama alegremente por el teléfono móvil, con su antigua voz cantarina de Pedro: «Te llamo. Dejémoslo en stand by
En lo que a Pedro respecta, nada esencial ha cambiado. Sigue siendo el mismo voluntarioso muchacho que hipnotizó a las gallinas. Un ascensor forrado de espejos le propulsa arriba del rascacielos, a una altura similar a la que él alcanzaba de niño cuando ascendía a pie hasta las cumbres, conduciendo a sus bien ordenados rebaños a través de las cañadas con sus silbidos de vértigo. Nada ha cambiado. Bajo cierta luz vespertina, la moqueta del despacho se asemeja a una pradera encharcada y hay días en que el cable de fibra óptica no puede evitar que se despierte en él un murmullo nunca del todo olvidado de canciones de vendimia, esquilas y caramillos.
Pedro se casó hace tres lustros y ya ha criado dos hijos. Tuvo problemas de adaptación con el mayor porque de niño le gustaba hacer cosas raras y al llegar a la adolescencia el muchacho se vio involucrado en una secta destructiva, parece que algo satánica, y costó mucho convencerle de que cambiara de rumbo. Así que en la actualidad Pedro acompaña a su hijo conflictivo de trece años de edad dos veces por semana a la consulta de un gurú nepalí, vidente o mago, y allí juntos padre e hijo se someten dócilmente a una terapia de grupo, se sacan de dentro los demonios genéticos, se chillan uno al otro echándose en cara las cosas más tremendas hasta caer agotados, con el beneplácito del gurú nepalí, que a todo dice que bueno, y de cuando en cuando el gurú les aplica a ambos una pequeña descarga electromagnética en los testículos que dice que es relajante y que los deja por unas horas apaciguados y tristes.
Heidi y su amiga Clara no han vuelto a verse. Clara Sesenmann está pasando una temporada en Berlín, últimamente se ha hecho escultora, emprende largos paseos en silla de ruedas contemplando ensimismada las altas y salpicadas paredes de su estudio, vacías de todo adorno. Clara Sesenmann fuma un cigarrillo tras otro sosteniéndolos por el filtro con sus fuertes manos de baloncestista, pasa revista en silencio a la hilera de torsos incompletos y atormentadas formas veloces salidas de su ansiedad y sus crisis. No sabe qué le sucede, de unos meses a esta parte Clara Sesenmann se siente incapaz de terminar nada. Le parece que el mundo está ya demasiado lleno de cosas, que su propio taller de escultura está demasiado lleno de cosas, a pesar de que apenas hay en él un colchón donde tumbarse, un equipo de soldadura autógena y un tablero de ajedrez en el que a veces Clara juega ella sola una partida al frente de los dos bandos al mismo tiempo, por turnos, derrotándose a sí misma.
Pero incluso tener tan poco es excesivo. Cuánto más inteligente sería -razona Clara Sesenmann en la soledad de su estudio- eliminar pesos muertos en lugar de añadir otros nuevos a los ya existentes, crear antiesculturas, homenajes al vacío, cuerpos sin cuerpo. «Lo importante -concluye Clara Sesenmann encendiendo otro cigarro- no es saber si hay inteligencia en otros planetas; lo que urge es saber si hay inteligencia en éste.»
Los domingos al mediodía, si no llueve, Clara Sesenmann encarga a su doncella que compre un pollo en el hiper y lo guisa ella a su manera en el horno de cocer cerámica. Cuando el pollo está dorado lo saca de su tirante presidio y lo cubre de mostaza, lo envuelve en papel de estaño, lo encaja en la fiambrera y se lo lleva de este modo a la calle, a ese mundo exterior atiborrado de cosas, con la silla de ruedas, el pollo acalambrado, el cigarrillo en los labios.
En otro lado de la ciudad, en un ambiente algo distinto, el señor Sesenmann aguarda con impaciencia la visita semanal de su hija. Es un anciano agotado y enfermo, torturado por mil insignificantes molestias, que sólo encuentra acomodo montando y desmontando un tren eléctrico de juguete que en la infancia le regalaron sus padres. Durante mucho tiempo el señor Sesenmann fue un hombre atacado por la manía del perfeccionismo; no podía soportar la idea de que los aviones sufriesen retrasos o que la edición dominical de su periódico favorito saliese a la calle con incorrecciones. Las erratas de imprenta, las prendas defectuosas, el que tose en los conciertos, le afectaban en su orgullo personal a la manera de cataclismos familiares. Siendo así, el señor Sesenmann no tuvo más remedio que acostumbrarse a vivir en un mundo progresivamente caótico, malhumorado, impuntual y echado a perder por los sindicatos.
En estos momentos el señor Sesenmann se encuentra retenido en la cárcel, en espera de juicio, acusado de evasión de capitales. Comparte el pienso carcelario y el agorero espacio de la prisión con otros dos delincuentes, más bien modosos, siempre en pijama, que tratan de aligerar la angustia del señor Sesenmann contándole sus historias. El primero es un dentista retirado procedente de Melbourne que accedió a esconder de contrabando discretas dosis de droga en los huecos de los empastes de algunos de sus pacientes. Durante más de diez años dos organizaciones mañosas del continente se sirvieron de estos correos improvisados para intercambiar muestras de sus productos. Hasta que un día por azar, al someterse al control de un detector de metales, a un ama de casa finlandesa le saltaron por los aires a la vez todas las fundas y las coronas dentales, que rodaron por el suelo del aeropuerto como fichas de parchís; la mujer de repente comenzó a estornudar polvo de opio entre pitidos de alarma y el ladrido de los perros adiestrados; una cosa condujo a otra; y el dentista se vio en un aprieto.
El segundo recluso es un pelmazo de pelo ensopado con brillantina y maneras de croupier, que se ganaba la vida vendiendo cintas piratas y como prestidigitador de barraca, haciendo desaparecer de entre el público relojes de oro y pulseras y devolviendo minutos más tarde las joyas robadas a sus legítimas dueñas, algo aligeradas de peso. Una noche, sin inmutarse, el timador temerario ejecutó esta misma pantomima ante un auditorio compuesto casi exclusivamente por policías de paisano y se olvidó de dónde estaba; con gran sangre fría hizo desaparecer un pájaro de colores y lo devolvió sano y salvo; hizo desaparecer a un niño en su triciclo y lo devolvió sano y salvo; hizo desaparecer al comisario del distrito sexto en persona, encerrándolo en un aparatoso armario circense, y no fue capaz de encontrarlo. En los desconcertantes minutos que siguieron a esta culminante evasión, la mejor de su carrera, el ilusionista suicida se entregó bajo los focos, ante medio millar de policías armados dispuestos a intervenir, a un dramático despliegue de pases mágicos, abracadabras, llamamientos de ultratumba, conjuros de ultrasonido, para hacer volver al ausente. En vano todo. El comisario sigue sin aparecer. Han pasado ocho años. Su viuda ya ni le añora. Sus hijas, de siete y nueve años respectivamente, tienen derecho a una bonificación especial si viajan al extranjero, sólo que ellas dos nunca viajan. El prestidigitador tiene miedo de repetir este truco, no vaya a ser que alguien más se desvanezca. Se pasa el día tumbado quejándose del frío que hace en la celda. Las noches son nauseabundas. No todos los mares son los Mares del Sur.
En casa de la abuela de Pedro reina un completo desorden. Desde hace meses nadie barre los zócalos, el correo se acumula en la cornisa de entrada, los cuervos han invadido el jardín y picotean a sus anchas en busca de algo sabroso. La abuela es centenaria, casi ni ve ni oye, pasa los días amodorrada frente a la fría chimenea tratando de calentarse el espinazo con un fuego que no existe, y sólo sale de su estupor para arrebujarse mejor en su poncho boliviano y vocalizar entre toses: «Tout va bien
A la abuela de Pedro le notificaron con carácter urgente que tenía que abandonar la casa en septiembre, de esto hace ya más de tres meses, de un día para otro, porque la autoridad iba a proceder a la expropiación de la finca y a su inmediato derribo para construir un parque temático. Desde entonces la abuela aguarda con el equipaje listo y el sombrero puesto sentada en la mecedora del porche, las medias bien estiradas y un telegrama en el puño, hierática, convertida casi en carámbano, ya que ella está convencida de que de un momento a otro van a venir a llevársela los doctores. Es tan vieja la abuela que asegura haber visto surgir la República de Weimar, cuando ella era jovencita y trabajaba en el Hospital General como comadrona. Las semanas pasan volando y nadie viene a buscarla, los días son más cortos que nunca y a esto se agrega el invierno forestal, negro, con bocanadas de lobos, pero eso no parece preocupar a la abuela de Pedro, que no tiene intención de dar su brazo a torcer y que en estos momentos se encuentra todavía sentada allí, esperando la llegada del ángel de las excavadoras.
Heidi se ve obligada a compartir su pequeño apartamento provisional con otras dos empleadas, pagan los gastos a medias, lavan los platos, cocinan. El sitio es tan estrecho que deben tomar precauciones y ocupan una única alcoba por turnos, y unas veces a Heidi le toca dormir en el sofá y otras dormir en la cama, a menos que haya hombres.
Si sus amigas traen hombres todo el plan se viene abajo, el piso se vuelve ridículo, sus amigas cacarean trasladando cubitos de hielo del fregadero al sofá y viceversa, beben de más, se excitan, es peligroso. Las chicas medio drogadas se echan hacia atrás y se tumban exhibiendo los muslos al aire. Los hombres sudan, se observan los nudillos, sudan, comienzan a elaborar en secreto retorcidos planes mentales donde se mezclan los sórdidos detalles anatómicos y el dinero que va a costarles la orgía, y a lanzarse entre sí esas cómplices miradas masculinas cargadas de obscenidad y recelo que a Heidi le producen tanto asco, hasta que no puede más y se marcha. En todas las ocasiones ocurre que quien está de sobra es ella y debe irse. Heidi se libra a empujones del abrazo del primate, se pone en pie de un salto, hunde los martirizados brazos en la piel de gallina del impermeable y se excusa en voz muy alta:
-Bajo un momento a comprar velas -(o «manteles de papel» o «cualquier cosa»)-. En seguida vuelvo.
-Hmmmm.
Es mentira. No vuelve. Nunca lo hace. Camina bajo la pegajosa lluvia de octubre durante horas hasta que cae derrengada en la butaca de un minicine, en la pantalla Godzilla derriba un rascacielos. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de todos nosotros? No es tan fácil encontrar gente dispuesta a compartir gastos y el Bundesbank ha anunciado que suben los intereses. Uno trata de consolarse pensando «mañana se arreglarán las cosas» pero qué va, eso es mentira: las cosas nunca se arreglan, como mucho se retuercen. A veces son distintas, las cosas: eso es todo. Querer no es poder. Corren tiempos difíciles y uno se apaña con lo que sea.
A la mañana siguiente Heidi encuentra el piso patas arriba, inevitablemente se ha roto la cafetera, la cisterna no funciona, hay huellas de zapatos con barro sobre las sábanas. Sus compañeras de piso -las dos son dactilógrafas, las dos son rubias, las dos se llaman Claudia- roncan a dúo con las estridentes bocas abiertas, pegotes de rímel sobre las sienes, después de retozar toda la noche con aquellos tres individuos en una juerga mesopotámica no quieren que las moleste.
Entonces suena el timbre. Heidi descorre el cerrojo y en la puerta aparece un mensajero que le entrega un sobre a su nombre. Heidi rasga la solapa ahí mismo y de dentro del sobre saca otro sobre, cuadrado, y dentro de éste hay un papel que anuncia que es millonaria: alguien que ha muerto la nombra heredera de sus bienes.
-Y este benefactor mío, ¿quién es? -pregunta Heidi.
-No está en mi mano decirlo -se escabulle el mensajero.
Es rica. Los problemas de Heidi han terminado. No puede ser. Ella, que siempre había dicho: «Si tan sólo pudiera tener un poco más de dinero. Dinero para escaparme. Dinero para empezar de nuevo en otro sitio distinto.» No puede ser. Ella creía que estas cosas sólo ocurren en los cuentos. La cantidad de dinero que le corresponde, según el papel, de puro grotesca es fantástica. Aún no sabe si debe reír o llorar. Mira a su alrededor; ve esto: la vajilla sucia de días, las dos Claudias desgreñadas rivalizando en ronquidos, la luz floja de la mañana, el goteante mensajero en la puerta, con el casco negro en la mano y las suaves alas de arcángel.
La idea de ser rica da vueltas en su cabeza, gira y gira hasta detenerse en un punto fijo y dañino, hasta que Heidi comprende que este sobre dentro del sobre ha cambiado su vida y que este instante de simple gozo materialista es eterno. Gratitud infinita a su caballero de antifaz, que la ha escogido entre tantas. Después prepara la bolsa de viaje a toda prisa, deja una nota a las Claudias con su nueva ortografía de millonaria y esa misma mañana emprende un crucero alrededor del globo de incógnito y abandona para siempre esta historia.
Lector: quienquiera que seas. Ya tengas el aspecto benefactor de un erudito sonrosado o las piernas imperiales de una cantante de tangos. Seas un maleante holgazán en proceso de regeneración o una secreta eminencia en materia de cultivos infecciosos, inclinado al microscopio. Sea cual sea tu trauma y la manera equivocada en que enfocas tu relación amorosa, no importa, confía en aquellos autores trasnochados que son más listos que tú y que por algo son clásicos: no desfallezcas. No olvides que tu padre es Adán y tu madre es una bomba. La misma crisis pende por igual para todos. Europa es un lugar muy duro para vivir. Grupos de encapuchados armados deambulan toda la noche, todas las noches, quemando libros y seres vivos con gasolina de Hitler. La guerra no ha hecho más que empezar. Se está librando ahí fuera una batalla por el control del futuro y el bando de los torturadores triunfa en los principales frentes. La cola del desempleo da dos veces la vuelta a la manzana dibujando en su recorrido una soga con la que ahorcarse. Europa ha muerto y en su lugar prolifera un arsenal de plutonio. Se ha secado Venecia. El Tirol es un polígono de tiro. Sobre las ruinas del Cabaret Voltaire han abierto un karaoke.
A la señorita Rottenmeier la vida se le complica sola. Trabajó en una peluquería canina, fue monitora de aerobic a tiempo parcial, después montó una academia de buenos modales en la que pretendía enseñar a la gente a toser correctamente, con apostura, nadie quiso apuntarse a aquellos cursos de tos y se vino abajo el negocio; más tarde apareció como extra de cine haciendo el triste y meritorio papel de amazona virtuosa en una película búlgara hasta que el director decidió sustituirla en pleno rodaje por un dibujo animado japonés («¡Rechazarme a mí! ¡A mí! ¡Y por un efecto especial! ¡Puajh!») y en un chequeo médico de rutina le detectaron sordera parcial del oído izquierdo y un tumor maligno en el esófago. Diagnóstico: incurable.
En vista de lo cual el invierno pasado la señorita Rottenmeier tomó la decisión de pedir la jubilación anticipada de su empleo de costurera de la familia real holandesa, empaquetó su sombrilla, su Biblia de los domingos encuadernada en marfil, sus polvorientas enaguas, exclamó: «¡Ahí os quedáis!» y partió de regreso a las montañas. Aquí es donde quiere morir. Desde la pensión Nido de Águilas para mujeres solteras en donde pasa sus últimos meses, la señorita Rottenmeier recibe cada mañana la visita del valle, el generoso verano alpino que corre a asomarse por las ventanas, estremeciéndose, con todas sus cintas al aire, sus picaduras de avispa, sus piedras, sus ciervos de ojos de felpa, sus gnomos en telesilla.
La arboleda junto al río está llena de presencias: el mediodía convoca un aleteo vivo, el roce de dos pétalos, la flecha musical de un pájaro, un venado que emerge de la laguna con su cornamenta majestuosa. La risa de los faunos desordena los manteles y el cuerno de caza abre una herida secreta en el lomo de la corza. Las flores, extenuadas por su propia belleza, se doblan rendidas de lujuria, derramándose en ramilletes, incapaces de soportar por más tiempo el peso de un don excesivo, intolerable. El viento que arrastra las eses susurra muy despacio: e-del-weiss. Así termina todo; en medio del esplendor sangrante de la naturaleza.
Un torrente de aguas heladas salpica día y noche los cimientos de la casa y la señorita Rottenmeier ha vuelto a ver el molino, donde jugó de pequeña (desgraciadamente no hay pan, porque el sector de la harina se encuentra en reconversión), y a las hijas de las hijas de sus primeras alumnas, a las que ella enseñó de muchacha a recitar poemas de carrerilla y a bordar cojines de gatos, con su necedad intacta.
Desde su ventana de la pensión la señorita Rottenmeier veía una fuente con un chorrito de agua. Subía y bajaba. Daba placer contemplarla. Cuando soplaba una ráfaga de viento, salpicaba un poco las losas de piedra del patio. El pavimento era desigual, y en uno de los lados mojados crecía una mancha de verdín. Nada más. Así era ahora su vida, en su vejez maquillada. Surtidor. Chorrito. Verdín. Y los domingos, después del paseo, ración doble de helado, que ella deja sobre el plato, puesto que ya apenas puede tragar.
En el poco tiempo de vida de que dispone a la señorita Rottenmeier le gustaría hacer algo grande, en su testamento ha dejado dispuesto que el día mismo en que muera todos sus bienes y ahorros pasen de forma anónima a Heidi, sus alhajas, su patrimonio en divisas, sus acciones, para que nadie tenga que padecer las mismas estrecheces que pasó ella.
Si la señorita Rottenmeier volviera a nacer, cree que lo cambiaría todo. Sería otra persona, más vital, entusiasta, activa, alegre, sería pianista, en definitiva, pero a medianoche un crujido de enloquecedor realismo físico a la altura del esternón le recuerda que ella no es quién para tener esos sueños ni afinar esos teclados. Una cura de humildad. En sus instrucciones al empresario de pompas fúnebres ha dejado escrito bien claro que quiere que la incineren. Y que esparzan sus cenizas por las orillas del lago. Sin lágrimas ni sollozos. Vivió, murió, a quién le importa. Todo fue nada: un poco de humo que al disiparse deja ver el vacío de un precipicio. Piensa que será agradable yacer algún día en una tumba de lirios, allí donde el agua y los sueños se funden en un solo mito.