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miércoles, 15 de octubre de 2014

Fueron testigos


 
Había ya pasado un cierto tiempo después del mediodía, en realidad un tiempo enteramente incierto, más difícil de precisar que el que tarda una manzana en bajar de la rama a la tierra, pues en éste eran impalpables bloquecillos de piedra los que estaban bajando lentamente y asentándose en la calle.
Las máquinas que trabajaban en la demolición de una casa acababan de pararse. Los hombres habían caído rápidamente en el descanso, así como los cierres metálicos de almacenes y depósitos, y sólo habían quedado en el aire, fluctuantes y reacias a sedimentarse, las partículas de diferentes géneros y estructuras que componen el polvo. Entre éstas, de opaca y material pesantez, el incógnito tráfico de los olores: aceites, frutas mustias, cueros.
No había un alma viva en toda la calle. Sólo, a veces, dejaba asomar en el quicio de una puerta la mitad de su figura un joven sirio que vendía botones y cintas, ocupando media entrada de una casa con sus mercancías. La otra mitad del portal era oscura, la otra mitad del muchacho quedaba en la sombra. La que se asomaba al quicio de la puerta, afrontaba el tiempo sin oasis del mediodía.
A lo lejos, en la calle apareció un hombre. Venía por la acera de enfrente a la puerta del sirio. No había nada de notable ni en su aspecto ni en sus ademanes: era, simplemente, un hombre que venía por la acera de enfrente. Sin embargo, al ir aproximándose, su modo de andar fue dejando de ser natural, fue acor­tando gradualmente el paso o, más bien, su paso fue haciéndose lento, cada vez más lento a medida que avanzaba, y al mismo tiempo fue inclinándose y ten­diendo a caer hacia adelante como una vela reblandecida. Al fin, dos casas antes de llegar enfrente, cayó.
El muchacho no reaccionó en el primer momento. Esperó a ver si se levantaba. Pero viendo que no, fue a auxiliarle. Cruzó la calle, y a menos de un metro de distancia alargó la mano con intención de levantarle y tirar de él por debajo del brazo. No llegó a tocarle. Detuvo la mano a un palmo de él, quedó un instante paralizado de terror, y al fin echó a correr hasta el almacén que estaba entreabierto. Había algunos obre­ros comiendo en las mesas y no quisieron hacerle caso. Le decían: "¿Quién es el que está borracho, él o tú?" Pero el sirio insistía, hasta que uno de ellos miró por la ventana y vio el bulto del hombre caído en el suelo. Entonces fueron detrás del muchacho. Suponían que era un accidentado. Cuando estaban ya cerca, el sirio les retuvo diciéndoles: "¡Fíjense bien en lo que le pasa!"
El hombre no estaba enteramente inerte, no parecía tampoco que hiciera por levantarse, pero se removía, agitado por una especie de lucha, en la que se veía bien claro que no podía ganar. Porque al empezarse a ver bien claro lo  que  estaba pasándole,  por esto mismo  empezaba   a  ser totalmente  incomprensible, humanamente inadmisible.
El terror había paralizado a los cuatro hombres, has­ta que uno de ellos logró soltarse de la repugnante fascinación rompiendo la cadena que inmovilizaba sus nervios y que estaba tramada por sus nervios mismos, contraídos, rígidos. Con movimientos convulsos como los de un cable que ha llegado a saltar por excesiva tensión, el obrero que se había destacado del grupo dirigió sus pasos otra vez hacia el almacén, y, una vez allí, hasta el teléfono. Le preguntaron qué pasaba, y respondió, pero su voz no era inteligible.  Abrió la guía telefónica. Sus manos hacían temblar las hojas, impidiéndole ver los números. Alguien, una mujer, vino en su ayuda y adivinó, sin comprender sus palabras, lo que quería. Pasó atolondradamente las hojas, no en­contró nada. Gritó para que viniese el almacenero a ayudarla y, entre los dos, arrebatando el teléfono de las manos del que estaba aferrado a él, pidieron la información de la central. Pero ninguno pudo retener en la memoria el número de la Asistencia Pública que la central había dado. Así, tuvieron que volver a llamar. Al fin, lograron la comunicación y pidieron una ambulancia,  dando  torpemente las  señas  del lugar donde se encontraban.
Entonces, todos los que estaban en el almacén fue­ron a comprobar aquello que se obstinaban en no en­tender. Fueron todos, y el hombre que había ido al teléfono volvió con ellos. Fueron el almacenero y los mozos, otros obreros con dos mujeres que al principio no habían atendido, y la que había acudido al teléfono que era la que trabajaba en la cocina. Rodearon al hombre caído que ya no era un hombre caído: ya no era un hombre.
Aquel removerse que en un principio pudo parecer la lucha contra algún mal espasmódico que le sacudía, no se había aplacado enteramente, pero se había ido convirtiendo en un temblor semejante al que agita a una masa espesa cuando comienza la ebullición. Pues el hombre, en suma, ya no era más que esto: una masa sin contornos. Se había ido sumiendo en sí mismo, se había ido ablandando, de modo que los dedos de sus manos ya no eran independientes entre sí, sino que la mano era una masa de color más claro que se fundía con la masa de color oscuro que era todo el cuerpo, envuelto en el traje, pues traje y calzado sufrían idén­tica transformación que el hombre mismo. Todo ello se unía e iba afectando un carácter de material homo­géneo, iba pasando del estado sólido, de un ser vivo que aún alienta, a una viscosidad que retemblaba y delataba algún vapor encerrado en ella pugnando por escapar en una burbuja, como un suspiro lento, y poco a poco empezaba a tomar la turbia transparencia de un ágata, tendiendo a volverse líquido, como las gotas de cera que se mantienen redondas porque el aire las comprime alrededor y les crea una película capaz de contener largó rato su masa sin dejarla extender.
Ya no conservaba relieve alguno que correspondiese a la forma que había tenido. Aquella forma quedaba aún acusada sólo por una especie de vetas que tardaban en borrarse del conjunto total, y naturalmente, este conjunto, al abandonar la solidez, se iba aplanando contra las losas, cubriendo un espacio cada vez más grande, hasta que, al fin, su falta de densidad fue haciéndole irregular el contorno, que acabó por romperse en aquellos puntos en que el nivel del suelo des­cendía, y se escurrió por entre las losas de la acera, buscando la cuneta. En aquel momento parecía que volvía a cobrar vida, esa vida con que los líquidos corren apresurados a ganar las parte más bajas, obe­deciendo a una ley que el ojo humano no registra, y por eso parecen llenos de una sabiduría o de una voluntad que los conduce. Pero antes de llegar a la boca de la alcantarilla, se le vio detenerse y empezar a empaparse en la tierra. Parecía, primero, filtrarse por las junturas de las losas, y después, la primera porción que quedaba sobre las planchas de granito empezó a reducirse como sumiéndose por los poros de la piedra. Su ligereza llegó a ser entonces como la de esos líquidos muy volátiles cuya mancha, si se vier­ten en el suelo, empieza a mermar rápidamente por los bordes y desaparece sin dejar huella.
Antes de que hubiese llegado a desaparecer, se oyó la campanilla de la Ambulancia y el coche, doblando la esquina, vino a pararse junto al grupo de gente.
Los dos camilleros saltaron al suelo y empezaron a abrirse paso. Ya en el primer contacto con aquellas gentes que habían presenciado el prodigio hubo una ruda extrañeza por parte de unos y otros. Los que llegaban, empleaban el lenguaje usual. Preguntaban dónde estaba el hombre enfermo, si estaba aún vivo, quién se lo había llevado. Los que formaban el corro, no contestaban nada. Llevaban largo rato sin que entre sus labios, separados por el terror, pasase una sola palabra, y lo único que hicieron fue apartarse un poco para que llegasen y viesen. Pero los enfermeros exi­gían explicaciones. Miraban aquella mancha que se consumía por sí misma y no la reconocían como man­cha de sangre. Estaban acostumbrados a encontrar en el sitio donde un hombre había caído la mancha que se vierte de las venas rotas, y aquella materia que estaban considerando no tenía el irrevocable carmesí que grita la piedad como razón última. Tenía un som­brío matiz, complejo como la angustia o el poder sin límites, y las preguntas de aquellos hombres, que no lograban entrar en la comprensión total del hecho, se perdían sin respuesta, como meros ademanes de una realidad ineficiente.
Entre los que habían asistido desde el principio, el silencio era una guardia sobre las armas que no podía deponerlas antes de la total consumación. Sólo el hom­bre que había logrado romper la cárcel de aquel pasmo y había establecido el contacto con los de fuera, había quedado sin poder volver a entrar en él y sin poder volver tampoco a ser libre. La voz de aquel hombre sonaba entre las preguntas, no porque las contestase, sino porque no podía callar. Su sonido no era articu­lado. Era como una campana que moviese el viento, era, como ya quedó dicho, una vibración convulsa, semejante a la de un alambre que salta por excesiva tensión.
Sin querer ceder a la estupefacción, aquellos hom­bres curtidos en el servicio de socorro temían el en­gaño. Querían asegurarse de que no habían sufrido una burla, amenazando con investigaciones judiciales. Nadie les escuchaba. Los que tenían los ojos fijos en la pálida sombra que apenas se distinguía ya en las losas, lo más que hicieron fue alzarlos alguna vez hasta sus rostros, esperando verles ceder en su desconfianza. Pero los hombres se resistían, hablaban de una mentira acordada entre aquel grupo de gentes para encubrir el delito de alguno de ellos, y al fin, viendo que de un momento a otro desaparecería el último resto material del fenómeno, que no tenían valor para juzgar ni para negar, hablaron de llevar algo de aquello para analizar­lo, e intentaron acercarse para tomar un poco, sin saber cómo. Entonces, una de las mujeres se interpuso y gritó o, más bien, exhaló, pues su voz era como un soplo lejanísimo: "¡No lo toquen!".
Los hombres del socorro retrocedieron. Los del gru­po dejaron escapar un rumor, una especie de rugido rechazando amenazadoramente aquella intrusión que turbaba los últimos momentos en que el prodigio iba a desaparecer sin dejar rastros. No querían perder aquel instante en que el último matiz se borraría, en que el último punto en que el grano de la piedra fuese aún afectado por un tinte extraño, recobraría su color. Querían palpar con la mirada el suelo después que no hubiese en él ni un solo testimonio de la existencia que había embebido. Y al fin llegó a no haberlo. En­tonces comprendieron que tenían que dispersarse, y el final, el definitivo y total término del hecho empezó a conformarse a las distintas almas como a recipientes de formas diversas.
Efectos ilógicos, al parecer, imprevisibles desde cualquier punto de vista exterior, porque sólo obedecían a reacciones químicas, a fermentos, a resistencias o repulsiones. Así, los hombres últimamente  llegados, que habían asistido apenas al desarrollo del fenómeno y que por tanto carecían de datos para dar fe de él, empezaron a anhelar aquella fe, y con lo poco que habían visto empezaron a gritar su convencimiento. Otros, en cambio, habían agotado sus fuerzas sopor­tando el proceso desde el principio al fin y, al comprobarlo totalmente extinguido, se sentían liberados de su inhumana opresión, y perezosamente querían no creer que habían visto. Otros, trataban de armonizar lo que sabían cierto e increíble con las leyes de la razón ordinaria y decían que en el porvenir se progre­saría lo suficiente como para encontrarle una explica­ción, o bien que había que aceptar las cosas vedadas al entendimiento que caían del cielo o de donde fuese. El hombre de la voz que no podía reposar seguía delirando los gritos de su mudez, y de su garganta parecía a veces partir el mortuorio lamento de la hiena, a veces la azarosa armonía de las arpas colgadas al viento, a veces el acento de los profetas.
Todos se dispersaron por la ciudad y todos, menos éste, volvieron a sus vidas y faenas habituales, combatiendo unos el recuerdo hasta lograr lavarse de  él, conservándole otros con gratitud y temor.
Sólo éste, el hombre que creyendo nada más ver gritó para despertarse, rompió su orden cotidiano, enajenó su vida al injertarla en la rama de aquella creen­cia en cuyo sentido, hostil a la mente, exento de toda ejemplaridad, se nutría una savia de locura.
No quedó sobre las losas ni un aura que advirtiese a los pasajeros dónde ponían la planta. Desde su puer­ta, el joven sirio vigilaba el lugar sin perder la certeza de los palmos de tierra donde todo había acontecido y, aunque nunca llegó a dudar, en algunos momentos su certeza era más firme porque la corroboraban ciertos hechos que, repetidamente observados, constituían una respuesta muda, más que muda vaga o ambigua. Esa respuesta que se tiene al interpelar a aquello que sobrepasa las medidas humanas.
El muchacho veía a diario pasar sobre aquellas losas a los transeúntes ocupados en sus quehaceres y no esperaba de ellos ninguna señal. Pero cuando veía venir un perro, aguardaba ansiosamente. Sabía que la pureza irracional tenía que ser sensible al magnetismo que se desprendiese de aquel trozo de suelo. Y aunque nunca obtuvo una confirmación contundente, nunca tampoco fue claramente defraudado en su suposición. No llegó nunca a sorprender en el animal un movi­miento de retroceso o titubeo que le hiciera decir cla­ramente: al llegar aquí no pasa. Y sin embargo era el caso que no pasaba. Siempre, como unos metros antes, se desviaba sin mirar, o bien, al llegar ya al lí­mite justo, parecía atraído de pronto por cualquier desperdicio que iba a revolver y olfatear frívolamente. Nunca, ninguno llegó a pararse en seco, a mirar dere­cho, como el hombre necesita mirar para ver. Sólo logró sorprender en algunos una ligera crispación de la oreja o bien ese curvamiento rápido del lomo con el cual parece que hacen escurrir el miedo hasta la cola.
Nunca logró observar más. Pero esto siguió observándolo indefinidamente sin que sus ojos errasen en una pulgada. El lugar donde el prodigio se había lo­grado estaba tan bien delimitado en su memoria como la planta de un templo cuyos cimientos no pudieran ser gastados por los siglos. Y siguió atendiendo a sus mercancías sin que nadie notase el misterio que ace­chaba, porque todos creían que lo que brillaba en su mirada oriental era esa oscura lámpara de fe que arde en los ojos negros que bebieron la luz en sus fuentes.